Bilbao. Una de las calles más concurridas. Una tienda de golosinas y alquileres de películas.
No soy un suicida, pero me confieso adicto al riesgo. Ver un cartel de
helados y los nubarrones que acechaban fué suficiente para provocarme.
Esbocé una sonrisa irónica mientras miraba a los ojos del Destino, y le
dije «just do it» con tono desafiante.
La dependienta vió que algo no encajaba cuando puse el Twister y el
euro sobre el mostrador. «Noventa céntimos», dijo, sin embargo sus ojos
fulgorosos gritaban a los cuatro vientos «¡Pero si es de hielo y
estamos en febrero! ¡O está loco, o no teme a nada!»
Al salir de la tienda, Morfeo ya anegaba las calles con su agua
celestial, en un intento desesperado de hacerme desistir. Todo en vano.
Me coloqué bajo un toldo y me apoyé contra la pared, viendo a la gente
pasar asombrada ante tal exhibición de osadía y desprecio por la vida.
Me dije: «ahí tienes tus 15 minutos de fama, viejo».
Lo terminé sin titubear. La boca me ardía y la nariz me goteaba, pero
el alma también me ardía y el corazón me goteaba libertad. Así soy yo.
¿Llevo un mes sin meter nada en el blog y ahora vengo con algo revenido y caducado?
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Sí, es una historia de hace semanas, así que esto es como una DIVERTIDA reposición de El Príncipe de Bel Air
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Sí, es una historia de hace semanas, así que esto es como una mierdosa reposición de El Príncipe de Bel Air
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