Los Viejos Tiempos
Prólogo
Duermo.
Pero al mismo tiempo estoy despierto. Primero oigo el crujido a mi
alrededor, huelo el aire quemado, saboreo las cenizas. Siento
crepitar el suelo bajo mis pies, y, por último, veo el fuego,
el más ardiente fuego que pudiera imaginar. Pero no me quemo.
No se quién soy, si soy hombre o mujer, animal o humano, ser o
no ser.
Cada
vez que duermo, algo más se revela. Como pequeñas
piezas de un puzzle extraño, todo empieza a encajar según
la negra niebla se esfuma y revela mi alrededor. Hoy es el fuego,
rojo y dorado, hipnotizante y lujurioso en su danza. Y entonces
despierto.
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I
La tarde agonizaba en la ciudad. Las luces empezaban a encenderse, y
atraían como polillas a los aldeanos que aún seguían
con las tareas del día. En las tabernas, las primeras jarras
salían a las mesas, y las anécdotas del día y
los abrazos entre amigos compensaban el duro trabajo diario del
trabajador común. Era la hora de hacer negocios para Grosh y
Merklin. Conforme las estrellas empezasen a salir, las jarras se
convertían en vómito, las anecdotas en amenazas, y los
amigos en enemigos. Pero para ese momento, ambos ya estarían
fuera, huyendo del ruido, y buscando un sitio para dormir. Eso si el
hombre que estaba delante suyo no paraba de hablar hasta entonces,
claro.
“...y esa es mi oferta.”