Dagon
H.P. Lovecraft
Escribo esto bajo una fuerte
tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi provisión de droga,
que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo seguir soportando más
esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida
calle de abajo. Pese a mi esclavitud a
la morfina, no me considero un débil ni un degenerado. Cuando hayáis leído estas páginas
atropelladamente garabateadas, quizá os hagáis idea -aunque no del todo- de por
qué tengo que buscar el olvido o la muerte.
Fue en una de las zonas más
abiertas y menos frecuentadas del anchuroso Pacífico donde el paquebote en el
que iba yo de sobrecargo cayó apresado por un corsario alemán. La gran guerra estaba entonces en sus
comienzos, y las fuerzas oceánicas de los hunos aún no se habían hundido en su
degradación posterior; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y
nuestra tripulación tratada con toda la deferencia y consideración debidas a
unos prisioneros navales. En efecto, tan
liberal era la disciplina de nuestros opresores, que cinco días más tarde
conseguí escaparme en un pequeño bote, con agua y provisiones para bastante
tiempo.