5 de Diciembre de 2008

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Jul
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Crónicas de Silent Hill: Turno Nocturno

 

I.Turno Nocturno

 

-Control. Aquí V-1. ¿Me recibes?

-Control a Capullo-1. Alto y claro

-Serás mamón... Deja de hacer el gilipollas con las transmisiones y escucha.

-Jajaja... de acuerdo señor V-1. Dime

-La ronda de locales ha finalizado. Sin novedad.

-Vale, queda anotado. Oye, hazme un favor. Súbeme un café cuando termines. Se me están cerrando los ojos aquí arriba.

-Eso está hecho. Marchándo otro para mi. Voy para allá.

 

Jack Corbent, vigilante nocturno, se despegó el walkie de la boca y lo colgó en el cinturón mientras caminaba por la oscura y vacía galeria de la primera planta. Era un hombre de unos treinta años, fibroso pero no muy dado al deporte. De pelo castaño echado hacia atrás, siempre mantenía una barba de dos días que cubría sus rasgos angulosos.

Las largas rondas por el centro comercial le hacían pensar en muchas cosas, pero inevitablemente siempre acaba pensando en el trabajo. Recordó las dichosas rondas, comprobando los puntos de control, las puertas y sistemas de ventilación, las cerraduras de las tiendas. Recordó todas las pesadas e inacabables noches que había pasado allí.

Y eso le llevó a Miriam y su última discusión con ella acerca de trabajar en horas nocturnas. Se sentía sóla y a veces pasaba miedo. Corbent sabía que poco a poco aquella situación estaba deteriorando la relación, pero era el turno mejor pagado y necesitaban salir adelante tras adquirir aquella preciosa casa en las afueras. Él sabía que aquello había sido como morder más de lo que podía tragar y ahora estaban agobiados por los pagos. Pero no le importaban los pagos ni los turnos, simplemente no quería perderla. Esa mañana, al llegar a casa, le daría la sorpresa. Había conseguido un trabajo bien pagado como vigilante en un banco del centro, un turno normal con un horario estupendo. Comerían y dormirían juntos. Parecía que todo iba a mejorar...

...Hasta que esa sirena comenzó a sonar y su mundo se volvió oscuro y tenebroso. Era un sonido ululante que iba creciendo lentamente y que le hacía vibrar la caja torácica. Su primer pensamiento fue comprobar con el auxiliar de control el estado de los locales, de las alarmas anti-intrusión o de incendios. Pero aquel sonido no se parecía en nada a esas alarmas que ya conocía de haber participado en los simulacros que el equipo de Seguridad realizaba cada seis meses.

Le recordó a las sirenas de los bombardeos en Londres o Francia durante la Segunda Guerra Mundial. Un bombardeo era tan poco probable cómo que se despertara una mañana y en su garaje encontrara un deportivo deslumbrante. Usó su walkie, ese viejo motorola de color negro que había visto mejores tiempos.

-¡Control! ¡Aquí V-1! ¿Me recibes?....¡Mierda Hails! ¿Me oyes?

Levantó el dedo del pulsador y sólo recibió estática.

Durante el servicio, tanto diurno como nocturno, era indispensable utilizar los código én las transmisiones. Cada personal tenía el suyo, así como cada zona. Pero en aquel momento Corbent pensó en muchas cosas antes que en mantener el protocolo.

Corrió por la oscura galería central del primer piso hasta llegar a las escaleras mecánicas que permanecían apagadas. Subió los escalones como una exhalación, de dos en dos, mientras esa sirena desagradable seguía sonando haciendo vibrar los cristales y mamparas de los escaparates. Una marea incesante de preguntas surgían en su cabeza y, a medida que pasaban los segundos e intentaba darle explicación a ese sonido, sentía cómo la ansiedad y la incertidumbre aumentaban de la misma forma que un tumor maligno en un cuerpo enfermo, con una fuerza desgarradora y sin intención de detenerse.

Al llegar al tercer piso, donde se encontraban las oficinas y la sala de control, un olor a sudor rancio y descomposición le inundó las fosas nasales. Tuvo que contenerse para no vomitar. Un aire viciado y caliente le rodeó mientras intentaba avanzar. En un movimiento instintivo, parecido al que hace un animal que se siente acechado, Corbent desenfundó el revolver y lo afianzó en la mano derecha. No alcanzaba a entender que estaba pasando, pero aquello le hizo sentirse más seguro.

Recorrió los últimos metros hasta llegar a la salida de emergencia que daba a el pasillo de la sala de control. Empujó la puerta y entró al pasillo a la carrera. Una rejilla carcomida y rojiza se hallaba ahora donde antes había habido suelo. Las paredes del pasillo se deformaban poco a poco, crujiendo y rezumando un líquido negruzco y nauseabundo que oxidaba todo aquello que tocaba. Un dolor intenso en las sienes le hizo caer de rodillas y notó como un fino reguero espeso y caliente le brotaba de la nariz. Odiaba el sabor metálico y salado de la sangre, y ahora le inundaba toda la boca. Presa del pánico, se puso en pie intentándo controlarse y, paso a paso, llegó a la puerta blindada de la sala de control.

-¡Hails! -gritó.- ¡Abre la puta puerta, joder!

Antes de que Corbent cerrara la boca sonó el característico ruido electronico de la puerta, desbloqueando los cierres y abriendose lentamente. Una brisa caliente y de olor enfermizo emergió de la estancia. Incluso más repulsiva que la anterior.

Corbent entró en la sala haciendo que la puerta blindada golpeara fuertemente contra uno de los escritorios del habitáculo. Uno de los ordenadores se desplomó sobre el suelo con un estruendo enorme y los papeles, cuadrantes y hojas de servicio, se desperdigaron por todos lados. La emisora emitía una señal desagradable, un pitido entrecortado. De fondo se podía distinguir una voz mezclada con estática.

"¡Contr...." ¡Click! "...quí V-1!...¿Me...ecibes? ¡Mierda Hails....oyes?" ¡Click! "Hazme un favor..." ¡Click! "Se me..stan..cerrand...os ojos..." ¡Click!

La transmisión, débil y lejana, se repetía una y otra vez hasta que finalmente alcanzó unos volúmenes estruendosos. Corbent tragó saliva. No daba crédito a los que sus ojos y oídos buscaban transmitirle.

-¿Qué cojones....? -Alcanzó a decir.

Frente a él se encontraba Hails, el joven auxiliar de cámaras del turno nocturno. Estaba sentado de espaladas a la puerta y parecía que observa los monitores, que emitían una imagen que Corbent no se habría atrevido a describir de ningún modo. Dio tres zancadas y agarró al chico por la pechera del uniforme para ponerlo en pié.

-¡Mírame! -le gritó a dos centímetros de su cara. -¡He dicho que me mires, maldita sea! ¡Hay que salir de...

El chico se dio la vuelta, gimiendo. Corbent se écho hacia atrás horrorizado a la vez que soltaba la chaqueta del auxiliar. Se había arrancado los ojos con sus propios dedos. Avanzó hacia él, con los brazos en alto y un destornillador de la caja de herramientas del control en la mano derecha.

-Dios no... No... -susurró Corbent mientras retrocedía

-M... Mmme estaba durmiendo... Sse me cerrbann los ojoss...

Hails avanzó cada vez más rápido hacia Corbent y levantó el destornillador en alto. Corbent apuntó el revolver a la cabeza del chico. El sonido de la sirena y el olor indescriptible se habían hecho más fuertes. Pensó en Miriam. Pensó que quería salir de allí.

Y apretó el gatillo.


Hasta aquí el primer episodio. Espero que os haya gustado esta primera entrega basada en esa colina silenciosa en la que ninguno querríamos estar...

¡Un saludo y no olvidéis que esperamos vuestros relatos!

Baalard, Relatos de Suburbia

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