8 de Octubre de 2008

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Capítulo III: Bailando con la Muerte:

Capítulo I: Cinco minutos para salvar al mundo

Capítulo II: Juego Duro

Enardel continuó los saltos al vacío entre coches voladores, bajando los distintos niveles de las aeropistas de la gran ciudad, sin despistar a los helicópteros equipados con sistemas de visión térmica que descubrían su invisibilidad.

Ante la cercanía de sus perseguidores se detuvo en el techo de un coche volador, anuló la invisibilidad y se volvió para observar a la escuadra en “V” de helicópteros tras de él. Extendió sus brazos en forma de cruz y les dedicó una sonrisa.

El coronel comprendió que pretedencía hacer. Ordenó la postcombustión de los helicopteros, pero fue demasiado tarde. Antes de que le alcanzaran, Enardel saltó de nuevo al vacío directo al nivel terrestre de la ciudad.

Descendía de cabeza con los brazos pegados a la espalda y las piernas rectas, guiado por los pequeños impulsos de los generadores de gravedad de su cibertraje de combate, esquivando ríos de coches voladores y objetos flotantes de las aeropistas. Seguido de lejos por los helicópteros de combates que no podían igualar su velocidad de descenso.

Pasada la última aeropista penetró en el banco de nubes, que delimitaba la ciudad flotante de la terrestre. Entonces, por primera vez desde el comienzo de su aventura, vió la superficie del planeta cubierta hasta el horizonte por la gran ciudad.

La velocidad con la que se apróximaba a los edificios hizo que el publico de los estadios guardara silencio, conteniendo la respiración. La cantante cedió el protagonismo a la orquesta, cuyos compases iban y venían cada vez con más fuerza. Iba a suceder algo…

Enardel descendía paralelo a las fachadas de los rascacielos terrestres más elevados, rumbo a la azotea de un edificio menor de un barrio de la periferia. Cuando la azotea ocupó todo su campo de visión, giró sobre sí mismo en varios saltos mortales, reduciendo la velocidad y, aterrizó de pie contra el suelo de la azotea.

Los generadores de gravedad del cibertraje de combate de Enardel, condujeron toda la energía liberada por la velocidad de caída hacia el suelo, produciendo un impacto devastador. El suelo alrededor de Enardel se hundió, agrietando la fachada de cristal del edificio, que explotó en una lluvia de fragmentos de cristal que caía a la calle a cámara lenta, influida por los generadores de gravedad del cibertraje.

La baja gravedad artificial de la zona del impacto levantó una nube de polvo que la ocultó de las cámaras. La orquesta dió paso a una melodia lenta más de silencios que de letras llena de dudas y esperanzas.

Entonces irrumpió la voz del Singer con fuerza diciendo que: Miranda merecía un mundo mejor y, que él iba a darselo hoy mismo. El publico rompió en aplausos mientras la orquesta retomaba el inició de la melodia épica. La cámara volvió a transmitir imágenes desde el propio ojo izquierdo mécanido de Enardel, quién miraba fijamente el panel de su muñequera izquierda, programando el cibertraje de combate tan rápido que las imágenes eran borrosas hasta que confirmó la selección y la activó:

Modo de Máximo Rendimiento: cargando…

Dosis Masiva de Drogas Potenciadoras: inyectando…

Diagnostico del Sujeto: Muerte irreversible por sobredosis pasados los efectos…

Generadores de gravedad: acomulando energía…

Tiempo Estimado de Vida: 2:36 minutos.

Ninguno de los espectadores del concierto podía creerselo: Enardel, el Singer, el mito iba a morir. La cantante, mientras se derramaba lágrimas por sus mejillas, interrumpió sus pensamientos, diciéndoles que ahora más que nunca debían apoyarlo, o su sacrificio sería en vano.

Comenzó una nueva canción muy intensa: la letra decía que todos podemos cambiar el mundo, basta con desearlo de corazón y luchar hasta el final, a pesar de la fuerza de las tormentas que nos sacudan, a pesar de los sacrificios, a pesar de las dificultades, porque siempre al final nos aguarda una luz, una luz calida que abraza y protege a todos nuestros seres queridos, basta con desearlo de corazón.

Las palmadas de los espectadores se hermanaron con la orquesta, componiendo la melodia de la calidad, llena de altibajos, angustía y breves momentos de felicidad, hacia un futuro todavía por dibujar.

Enardel gemía en silencio con la cabeza agachada, su cuerpo ardía en un sufrimiento terrible provocado por las drogas, que convertía su vida en una fuerza pura, inmediata y perecedera.

Las líneas azul marino tejidas sobre su cibertraje negro empezaban a brillar con fuerza. En su interior los generadores de gravedad habían invertido el flujo, absorbiendo la energía electromágnetica del planeta. El brillo se tornó un azul cegador que emitía rayos electricos alrededor de Enardel, alcanzando todas las piezas metálicas a su alrededor.

Desenvainó su espada negra y, encendió su haz rojo de energía, que alimentado por los generadores de gravedad, empezó a expandir la hoja de energía por encima de lo habitual.

Los helicópteros descendieron en formación de pentagrama alrededor de la azotea, expulsando la nube de polvo con las corrientes que producían. La inquietud de los oficiales era controlada por la voz de mando, experta y segura del Coronel. Aunque el mismo guardaba sus temores donde nadie pudiera percibirlos. Por sus conocimientos militares sabía lo suficiente de los cibertrajes de combate antiguos para sentirse aterrado.

Fueron diseñados en la era del Imperio Sombrío. Una leyenda de un pasado oscuro dominado por hombres de increibles poderes y fines dementes: regresar a la galaxia original de la humanidad para reconquistar a “Los Otros” el planeta madre. Su caída había salvado a la humanidad del exterminio completo a cambio de una era de decadencia y corrupción, preferible en cualquier caso.

Sabía que cualquier hombre podía llevar un cibertraje de combate y, tolerar los modos de potencia más bajos, pero usar la potencia máxima era imposible para un humano… sólo podían tolerarla los antiguos hombres sombríos o sus descendientes. Quizás fuera el último con vida en todo el universo. El superviviente de una raza extinguida dispuesto a sacrificarse por la humanidad…¿podía existir un enemigo peor?.

Los helicópteros giraban alrededor de su formación de pentagrama a la expectativa del menor movimiento. Enardel permanecía inmovil con la cabeza agachada mirando el suelo. La corriente electrica de su cibertraje se mezclaba con la hoja de energía, creando una tormenta continua de rayos cerca de él cada vez más intensa.

Enardel alzó el brazo izquierdo libre, señalando al helicoptero en movimiento del coronel y, le hizo un gesto de desafio indicando que vinieran a por él. El coronel impartió las ordenes con una voz inflexible que no admitía dudas. Los helicópteros detuvieron el movimiento, regresaron a la formación de pentagrama, tomaron distancia del edificio, apuntaron con cada una de sus tres ametralladoras láser al Singer, e iniciaron el pitido de carga, que resulto ser un estruendo conjunto, preludio de la muerte que iba acontecer ahí.

A la señal del Coronel, todas las ametralladoras láser, dispararon al unisono contra Enardel una tormenta frenética de fuego láser. La percepción de su cuerpo llevada al extremo por las drogas que le habían sentenciado a muerte, le permitieron ver todos y cada uno de los disparos láser. Emprendió la marcha hacia delante, esquivando la mayor parte de los disparos, bloqueando los restantes con la espada de energía amplificada. Iba a una velocidad tan exagerada que ninguno de los artilleros veían nada, sólo podían seguirlo los ordenadores de precisión de los helicopteros.

El Coronel al ver avanzar una sombra borrosa perseguida por las rafagas láser intuyó que se proponía, demasiado tarde de nuevo. Todo sucedió antes de que tuviera tiempo de vocalizar la primera palabra…

Enardel avanzó directamente hacia el helicóptero que tenía frente a él, bloqueando sus disparos con movimientos de espada cada vez más violentos, hasta plantarse a unos metros. Entonces se agachó y saltó por encima del helicóptero. Los demás artilleros no tuvieron tiempo de apagar sus ametralladoras antes de que alcanzaran al helicóptero amigo. La oleada de fuego láser lo detonó en el aire convirtiéndolo en una bola de fuego que caía a la calle donde Enardel ya había aterrizado.

Mientras los helicópteros reiniciaban la persecución, reactivó el modo invisible y se introdujó por un callejon muy estrecho, que conducía a una zona abandonada de la ciudad cercana al nuevo centro de seguridad planetaria

Corría a tal velocidad que arrastró a su paso los escombros de la calle asustando a los mendigos. Al abandonar la calle de paso por una vía amplía, se cruzó con un coche de la policía que iba a toda velocidad. Durante la carrera apoyó uno de sus pies en el capo con tal fuerza, que el coche se detuvo en seco, se levantó por detrás y se elevó por los aires girando sobre sí mismo hacia delante, volando contra una pared donde se estrelló.

Pasada la vía amplía, se introdujo de nuevo en la continuación del callejon siguiendo su veloz carrera. Una moto flotante venía a gran velocidad desde el otro lado hacia él. En el último momento se apartó a un lado y, el segundo ocupante le lanzó una capsula de metal del tamaño de un antebrazo que cogió al vuelo. Les dedicó un gesto de agradecimiento sin llegar a detenerse, desconectó el sistema de invisibilidad y siguió corriendo.

Dos helicópteros pasaron por encima del callejon a gran velocidad. Enardel les ignoró buscando con la mirada la puerta de un bar en ruinas frente a él. Según pasaba ante la puerta, desde el interior un anciano le tendió un fusil cibernético de francotirador. Volvió a agradecer la ayuda con un gesto y, sin detener su carrera, abrió el fusil por la caluta insertando la capsula de energía en su interior.

Por detrás de él aparecieron los dos helicópteros restantes. El Coronel iba en uno de ellos. Convencido de la futilidad de las ametralladoras, ordenó emplear el cañon láser principal. Las primeras descargas concentradas de energía láser detonaron en el callejon, conduciendo por sus paredes una corriente de energía mortal, que no llegaba a alcanzar al singer por la fuerza que le transmitía la gente a través del concierto. En ese momento todo el planeta estaba con él, podía sentir en lo más profundo de su moribundo interior los gritos y ánimos de cada una de las personas que también deseaban un mundo libre.

Al final de la calle le esperaban los dos primeros helicópteros. Nada más verlo, abrieron fuego indiscriminado con sus ametralladoras láser, en una táctica ideal para reducir su velocidad y ser atrapado por los cañonazos láser de la retaguardia.

Saltó contra la pared derecha del edificio a su lado y, continuó la carrera por la fachada tratando de ganar unos segundos mientras blandía el fusil cibernético. El artillero del helicóptero frente a él, estaba seguro de que esta vez iba a atraparlo. Empleaba el modo de punteria manual ayudado por el sistema de visión completa del helicoptero. A cada disparo se acercaba un poco más a él. Sólo unos segundos más…

Enardel ascendía por la fachada del edificio esquivando las oleadas de fuego láser que destruian todo a su paso. La luz verde de la empuñadura del fusil cibernetico anunció que se había cargado con éxito. Era su última oportunidad.

De pronto, se impulsó hacia la fachada del otro edificio. Por unas decimas de segundo quedó suspendido en el aire entre ambos a la merced de los helicópteros. El artillero emitió un grito de jubilo - ¡lo tenía, lo tenía! – Lo vió claramente flotando en el aire con las piernas ya enfocadas al edificio al que iba dirigido y, el fusil cibernético empuñado entre sus manos, le estaba apuntando…

Lo primero que sintió fue la sangre de su compañero, el piloto, alcanzar su rostro. Lo segundo que sintió fue una oleada de fuego láser en el interior de su cabeza, después… el abrazo de la oscuridad eterna…

El helicóptero sin control se estrelló en la calzada, levantando una nube de humo y fuego que cegó a los oficiales del segundo helicóptero tras de él. El piloto retrocedió alarmado gritando al artillero que le diera con todo. El copiloto aún más excitado gritaba sin cesar toda clase de insultos y locuras, barriendo el callejon oculto con el fuego de las ametralladoras y, una oleada de destrucción con todos los misiles del helicoptero.

Mientras el piloto retrocedía más para esquivar la detonación brutal conjunta de los misiles. De la onda expansiva de fuego y devastación emergió Enardel, protegido por rayos de energía de todo el infierno a su alrededor. Empuñaba la espada de energía con ambas manos. Su mirada era la mimísima muerte.

Saltó en el aire directamente hacia el helicóptero, deteniendo todos los disparos láser con la espada, dibujando el último movimiento. La espada se hundió en la parte frontal del helicóptero desgarrándolo hasta la cola. Cuando Enardel aterrizó de rodillas en el suelo ya no era más que una masa de metal en llamas.

Enardel vomitó sangre contra la calzada. La muñequera parpadeaba en rojo anunciando los primeros fallos orgánicos. Se incorporó con dificultad, volvió a envainar la espada de energía y contemplo su destino… el imponente edificio del nuevo centro de seguridad planetario. En menos de dos minutos todo terminaría.

Yo lucho por Miranda – Susurró con el rostro ceniciento antes de volver a emprender la marcha, en el que sería el último esfuerzo de toda su vida.

Continuará…

El Cantante de la Muerte:

Capítulo I: Cinco minutos para salvar al mundo

Capítulo II: Juego Duro

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