7 de Octubre de 2008

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La cantante seguía cantando con tal confianza que el publico no perdió la esperanza, al contrario, coreaban ánimos para el Singer, quién para sorpresa de los motoristas, sin soltar el manillar con la mano izquierda, desenfundó un revolver. Un anacronismo de un arcaico pasado en el que las armas eran de munición sólida, que hizo esbozar una sonrisa de burla en los rostros de los motoristas, craso error.

Enardel disparó a la cabeza del motorista más cercano. Su escudo de energía parpadeo deteniendo la bala, pero fue incapaz de amortiguar la fuerza del disparo de un revolver de semejante calibre, que arrojó al motorista contra el asfalto, donde sin llegar a detenerse fue atropellado por un coche.

Cinco disparos después el tráfico de la vía se detuvo, debido a la colisión múltiple que produjeron seis motos caídas alrededor de cadáveres aplastados. El líder de los motoristas saltó por encima de los vehículos accidentados, espada de energía en mano, directo hacia Enardel con la locura dibujada en su rostro. Enardel enfundó el revolver y le hizo un gesto retándolo a alcanzarlo.

El líder de los motoristas sobrepasó los 350 Km/h. Ambos adelantaban a los demás coches como dos sombras borrosas, dibujando líneas de luz con sus faros traseros. Cuando alcanzó a Enardel, lanzó un corte directo al cuello que esquivo agachando la cabeza en el último instante. Los ataques eran continuos mientras la velocidad aumentaba, hasta que por fin lo tuvo a su lado sin escapatoria. Lanzó un corte horizontal contra la cadera del Singer. Éste le esbozó una leve sonrisa e hizo saltar a la moto. El escudo de la rueda delantera rompió la espada de energía en mil pedazos, mientras la moto saltaba por encima del coche que tenían enfrente. El líder de los motoristas ni siquiera lo vió antes de chocar contra él, murió en el acto.

Bajo el sonido de nuevas motos llegando por detrás, Enardel recargó el revolver con sangre fría y consultó el cronómetro: 3.17 minutos. El estruendo de sirenas militares precedió al rotor de dos helicópteros de combate militar, que ascendieron desde la parte inferior de la ciudad hasta superar la autopista flotante. Ambos ordenaron con potentes micrófonos a todo el tráfico que se detuviera o serían víctimas del fuego amigo. Entonces superaron a los motoristas y se situaron a la cola de Enardel.

No hubo la menor advertencia, exceptuando el pitido de las ametralladoras láser pesadas al cargarse. Un torrente de lluvia láser perseguía a Enardel. La autopista flotante temblaba mientras se hacia añicos y se hundía en las nubes bajo ella. Enardel seguía esquivando los disparos con movimientos imposibles. Haciendo caso omiso a la inminente curva a la izquierda, pulsó el botón del turbo sin desviar su rumbo. La calzada a los pies de la moto caía a su paso hacia el vacío.

Cuando los artilleros de los helicópteros armaban sus mísiles, la imagen dió paso al Senador Mossul en pleno discurso. Su gesto de suficiencia se contrario al ser interrumpido por uno de sus agentes, que le susurraba algo al oído mostrándole un video con una pantalla de mano, que retransmitía en directo la histeria colectiva de los estadios. En especial el principal, situado en la estación especial, donde el ejército había sido enviado a sofocar un presunto golpe de estado. Mossul clavó una mirada desafiante a las cámaras de holovisión.

Enardel aceptó el desafio clavando su mirada en la pantalla gigante de holovisión de la autopista flotante frente a él, justo antes de la curva a la izquierda. El corazón de todos los espectadores se detuvo al verle saltar por encima de la autopista flotante, directo al rostro del Senador Mossul en la pantalla de holovisión. Los helicópteros sin dejar de disparar sus ametralladoras láser disparon sus misiles contra él.

La moto atravesó la pantalla de holovisión flotante cuando los misiles la alcanzaron. Continuó volando transformada en una bola de fuego directa hacia un rascacielos. El publico del estadio grito aterrorizado por el espectáculo, hasta que el Singer, protegido por su escudo, de las llamas a su alrededor, se puso en pie sobre la moto y la recorrió dando el salto final

La moto explotó violentamente en llamas contra la fachada del rascacielos. El Singer apareció entre ellas corriendo por la fachada de espaldas al vacío, gracias a los generadores de gravedad de su cibertraje de combate, que trasladaron su eje de atracción a la propia fachada.

Los dos helicópteros al avistar al Singer, dispararon de modo indiscriminado contra él, sin importarles la gente del interior, mientras iniciaban el ascenso vertical.

Enardel interrumpió su ascenso y se impulsó directamente contra los helicópteros para detener la masacre. El público pronunció un grito ahogado al verlo arrojarse contra las hélices del primer helicóptero. La imagen saltó a la cabina de los pilotos del helicóptero que gritaban de júbilo. El diablo se había suicidado contra sus hélices.

Fue entonces cuando la risa del piloto se transformó en agonía. Una espada de energía roja se había clavado en su pecho desde el exterior de la ventana izquierda. Sobre el ala izquierda del helicóptero la empuñaba Enardel con una mirada implacable. Al extraerla arrancó restos del cristal mezclados con la sangre del piloto muerto. Antes de que su compañero pudiera reaccionar desenfundó el revolver, y vació el cargador entero a través del cristal roto.

Impasible a la caída libre del helicóptero sin pilotos que giraba sobre si mismo, el Singer miró fijamente a la micro cámara voladora, recargó el revolver, y coreó a la cantante, respondiendo que Alice merecía su planeta su libre de las garras de su asesino.

Saltó a la fachada justo en el instante que su helicóptero chocó con el segundo perseguidor, produciendo una explosión devastadora, de la que surgió de nuevo escalando la fachada del rascacielos.

Según ascendía el Singer, inició una nueva canción dedicada a Miranda, la hija de Alice. Su voz reflejaba el extremo esfuerzo que realizaba al cantar y escalar corriendo el rascacielos al mismo tiempo. A lo que se sobrepuso gritando con más fuerza y claridad, para la estrofa en que decía que Miranda merecía un mundo más justo donde crecer que su madre. La orquesta entono un compás épico y la cantante tomo el relevo, continuando la segunda parte de la canción, hablando de la vida de Mirando desde la muerte de su madre. Una vida de tristeza, soledad, silencio y opresión que terminaría hoy. El público la coreaba enloquecido acompañando la melodía con sus palmas.

El Singer coronó la azotea con un salto mortal impresionante, que lo catapultó a la otra cara del rascacielos directo al vacío. Según caía activó el modo invisible del cibertraje de combate, y aterrizó en el techo de un coche volador. Antes de que el conductor se preguntará que ocurría se deslizo al vacío, volviendo a caer sobre el techo de otro coche volador que conducía por una aeropista. A cada salto al vacío, la ciudad de la superficie bajo las nubes se hacía un poco más grande.

La cámara se volvió a la escuadra en “V” de cinco helicópteros de combate que avanzaban directos a Enardel. Recogiendo la voz del coronel al mando que informaba a los oficiales de las condiciones de la misión. Llegaba el momento de jugar duro.

Continúa en: Capítulo III: Bailando con la Muerte

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