22 de Agosto de 2008

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Sonaban mil alarmas, decenas de luces indicaban daños, se ahogaba, el blindaje exterior se consumía y el escudo perdía fuerza, sin que llegara a ver el fin de la Tormenta Solar.

En el puente de mando del crucero todo regresaba a la normalidad. La Tormenta Solar apenas había causado daños menores, aunque nadie hablaba. Todos pensaban silenciosamente en Enardel. Lilith daba instrucciones para continuar el vuelo hacía la nave de transporte, ordenaba a las escuadras volver a salir para patrullar la ruta de viaje y supervisaba todo, sin que pudiera evitar revisar constantemente las lecturas de los sensores en busca de la nave de Enardel, al igual que todos en el puente de mando. Los minutos se sucedieron en una angustia terrible, hasta que el oficial de sensores estrategicos se pusó en pie sobresaltado.

- ¡Es él, ha sobrevivido¡ - El griterío se adueño del puente de mando por unos instantes, pero el semblante serio del oficial de sensores hizo temer lo peor-. Oh dios mío, casi ha llegado a la nave de transporte. Llega por detrás en rumbo de intercepción. Tiempo estimado: 30 segundos.

Lilith llamo de inmediato al comandante de la nave de transporte.

- El piloto desertor está a punto de atacarlos por detrás – La hostilidad en los labios del comandante cambió radicalmente, para sonreir igual de divertido que cuando se río de Enardel en el prado-. Tiene dos torpedos nucleares y no podemos detenerlo.

- Yo lo haré… - Le cortó la comunicación con una mueca en su sonrisa.

La nave de transporte encendió sus motores a máximo impulso. Las baterías de torretas láser anti-caza se desplegaron. Entonces apareció Enardel. Amparado por la estática de la tormenta solar, no pudieron detectarlo hasta tenerlo encima. Todas las baterías de la parte posterior se giraron, y escupieron una tormenta de ráfagas de fuego láser contra el caza, que volaba en rumbo kamikaze contra los motores esquivando los disparos.

Justo antes de impactar, después de traspasar el escudo protector, el caza disparó un torpedo nuclear contra el motor principal, y continuó el vuelo por encima de la cubierta del transporte. La parte posterior de la inmensa nave de transporte de un kilómetro de longitud explotó salvajemente desintegrándose por completo.

El puente de mando, situado en la punta del transporte era un hervidero de gritos y heridos, por las explosiones en cadena desatadas por toda la nave. Cuando el caza de Enardel les pasó por encima a escasos centímetros. El comandante ajenó al desconcierto de sus hombres, caminó unos pasos con su cuervo al hombro hasta el cristal del puente. A lo lejos vio el caza con el blindaje en un estado lamentable darse la vuelta antes de detenerse. Quería saber quién era ese hombre. La cúpula de la cabina del caza se abrió, y su piloto se puso en pie con orgullo protegido del espacio por el escudo del caza.

Ambos se reconocieron mutuamente y observaron con atención unos interminables segundos. Lanzado el desafió, Enardel cerró la cúpula del caza y el comandante se volvió a sus hombres. Les ordenó embestir con el máximo impulso de los motores de apoyo al caza que tenían delante.

La gigantesca mole herida de la nave de transporte se puso en marcha directa al caza, y éste se lanzo contra la nave de transporte para jugar la última mano. El comandante abandono en silencio el puente mando cerrando las puertas tras de sí. Sin tiempo para esquivar a la nave, Enardel disparó el torpedo nuclear.

Una devastadora explosión transformó la nave de transporte en una gigantesca bola de fuego, de la que emergió triunfal el caza de Enardel.

No habían pasado unos segundos cuando las alarmas de misiles sonaron de nuevo. De la bola de fuego emergió un segundo caza negro en rumbo de intercepción. Enardel giro 180 grados el caza, disparando las ametralladoras láser contra los misiles, arrojando los suyos propios. El segundo caza igualó la posición. Ambos uno frente al otro en constante giro a una pequeña distancia se dispararon a muerte. Enardel lanzó una lluvia de misiles, y cargó contra el caza sin dejar de disparar con los cañones láser. El segundo caza le devolvió la jugada y ambos se esquivaron in extremis. La explosión conjunta de sus misiles los sacudió dañando sus sistemas.

Enardel atacó al segundo caza sin darle tiempo a volverse en rumbo de colisión. El comandante en vez de apartarse se giró y abrió fuego a discreción. Ambos cazas se machacaron en una lluvia mortifera de fuego láser. Enardel pasó por debajo y ambos se volvieron a girar. La igualdad de sus habilidades hacía de sus ataques un continuo empate. En el último choque, el caza de Enardel, agotado por los esfuerzos anteriores se quedó sin energía a merced del comandante. Éste le propino una ráfaga de láser que termino de dañarlo por completo.

Con la victoria en sus manos, igualó el rumbo a la deriva del caza de Enardel, para situarse a escasos metros frente a su cabina. Quería verlo una vez más, antes de volver a quitarle definitivamente la vida.

Cuando se abría la cúpula de su cabina e incorporo. Vio a Enardel correr por encima de la cubierta de su caza, con la espada de energía de haz rojo desenvainada, pronunciando un rugido desgarrador que se grabo a fuego en su mente, más fuerte que el anterior unos años atrás. Se serenó llevando la mano a la empuñadura de la pistola láser, dispuesto a repetir el choque. Enardel cruzó la distancia entre los cazas con un salto suicida, y una vez aterrizó en el del comandante continuó su carrera por la cubierta. Su rostro estaba desencajado por la rabia y la furia que le consumían. El comandante desenfundó la pistola láser apuntando al corazón de Enardel. Cuando iba a oprimir el gatillo, un golpe seco le empujó contra el asiento. Incrédulo, con la boca de la pistola láser sobre el corazón de Enardel, no logró pulsar el gatillo. Por primera vez en su vida tuvo miedo, bajó la mirada a su pecho, vio que la espada de energía le había empalado contra el asiento. Furioso alzó la vista buscando la mirada de Enardel, lanzó su último rugido y pulsó el gatillo de la pistola láser. Pero Enardel más rápido le hundió la espada hasta la empuñadura, el movimiento mortal del comandante murió con él antes de llegar a la mano.

Enardel rugió triunfalmente con todo el dolor que había acumulado a lo largo de los años. En pie sobre la cabina del comandante muerto por fin. La onda de choque psíquica fue tan grande que alcanzó a todos en el crucero estelar y las escuadras. Lilith en la distancia lloró de la emoción, mientras la primera escuadra le sobrevoló. Nadie acababa de creer lo que había hecho.

Lentamente recuperó la espada del cuerpo del comandante muerto, la envainó en la funda de la espalda y se impulsó de vuelta a su caza. La nave de abastecimiento robada por Sandra apareció detrás, después de un salto, en rumbo de acoplamiento. Enardel cerró la cúpula del caza mirando al sol y ambos saltaron a lo desconocido.

Comenzaba la leyenda de “The Singer of The Death”.

Capítulo Anterior en...El Barón Negro VII: Tormenta Infernal

Primer capítulo en...El Barón Negro I: Puente de Mando

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Historia previa...El Éxodo II: El Renacimiento

Continúa en...

Crónicas de Mundo Destierro:

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