16 de Septiembre de 2014

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Abr
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Relatos: Mis hijos

 

Hola, me llamo Edgar Hollins.

Trabajo para el gobierno.

No me dedico a eso que estáis pensando.

¿Téneis algún hijo?

Pues sabed que yo soy su padre.

Sí, habéis acertado: Yo soy el “Fecundador”.

Hace ya muchos años que empezó la epidemia que fue dejando estériles a todos los hombres del planeta.

Primero cayeron los más jóvenes.

Ningún jovenzuelo que superara la pubertad y hasta los 21 había nacido con la facultad de procrear.

Todavía no se conocen las causas, pero parece ser que Dios quiso castigarnos para que no siguiéramos poblando el mundo.

De los aproximadamente 3 millones de varones que éramos en el año 2010 más de la mitad y en sólo un par de semanas fueron afectados por la epidemia.

De la noche a la mañana quedaron estériles.

La otra mitad a pesar de las medidas cautelosas que se tomaron sigueron por el mismo camino.

Sólo unos pocos elegidos, 12 en total fuimos tocados por la mano divina y todavía somos capaces de fecundar a las féminas.

Bueno, hablo ya en pasado por que a día de hoy, los otros 11 han sido asesinados por "La Secta”.

Una organización militar religiosa que quiere acabar con la raza humana porque piensan que así lo ha querido Dios.

Que yo y los que ya han sido sus víctimas somos una aberración de la naturaleza.

El Gobierno de todos los países me protege.

Por cada donación de mi semen yo cobro una fortuna. Lo que me permite vivir con todas las comodidades posibles dentro del aislamiento de mi cautiverio.

Cada fecuandación finalizada con éxito me genera unos ingresos altísimos.

Tengo a mi disposición todo un ejército que me protege y me cuida.

Así que vivo sólo en el anonimato para evitar que puedan atentar contra mi vida.

Pero si ya han muerto los otros 11, sé que me queda poco tiempo.

Los científicos buscan una cura a la infertilidad lo más rápido posible mientras yo voy donando mi esperma a los laboratorios que inseminan a las hembras elegidas después de rigurosos exámenes.

Los partos son rápidos.

El porcentaje de éxito es alto.

Así que tengo hijos desperdigados por todos los continentes del planeta.

Sin embargo, resulta que los varones nacidos de mí que han llegado a una edad en la que se supone sus testículos ya deberían poder generar espermatozoides activos se han visto afectados por la epidemia.

 

Es una lucha contrarreloj.

Cuando yo muera, si nadie en el mundo ha encontrado un remedio, la raza humana desaparecerá inevitablemente.

Por eso me pagan lo que me pagan.

Pero empiezo a estar cansado.

Me siento como un conejillo de indias con el que constantemente hacen pruebas de laboratorio.

Mi semen ha sido analizado una y otra vez para ver que tiene que los demás no tengan.

Me han hecho cientos de pruebas y nadie encuentra nada diferente.

No todo lo que produzco es utilizado al instante.

Una parte se está guardando en probetas y tubos de ensayo para utilizarlos en el futuro.

Hijos míos, yo soy vuestro padre.

Dicen que soy la promesa, la única esperanza.

Ya estoy mayor y si no acaba pronto conmigo la edad si que lo harán ellos.

¿Cuántas generaciones han nacido ya de mi?

Veo cada día en las noticias que nada se consigue. Que todo seguirá igual hasta después de mi muerte.

Sé que cuando yo ya no exista todo dejará de valer la pena. Por eso estoy deprimido y me intento desahogar contandoos todo esto.

No sé cuantas palabras o párrafos censurará el Estado.

Ya no soy un hombre libre.

Disfrutad vosotros por mi hijos míos.

Ya que tenéis en vuestros genes parte de mi ser.

Creo que ya he cumplido con el mundo.

Si alguna vez cometí algún pecado, puedo afirmar con seguridad que he pagado mi deuda.

Así que no os asustéis cuando alguien os lea esta carta.

He decidido acabar con esta pesadilla que me asola.

Espero que alguien con más fuerza que yo encuentre una forma de solventar este grave problema.

He conseguido descubrir un pequeño fallo en los sistemas de vigilancia y ya sé en que momento voy a cometer el acto.

Ahora es ese momento y con las manos temblorosas agarro el revólver y apunto contra mi cabeza.

Tengo muy poco tiempo, así que no me está permitido dudar.

O lo hago ahora o no habrá ninguna nueva oportunidad.

Adios hijos míos.

Acoordaos de quien fui y lo que hice por este mundo.

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