29 de Agosto de 2008

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Abr
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La piratería y la seudo-piratería.

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Por un lado están los piratas. Más guapos o más feos, por lo general malolientes y desde hace ya unos cuantos años, extintos.

Luego estamos el común de los mortales; más guapos o más feos, convenientemente aseados en la medida de lo posible, y que, por norma general, compartimos un mismo defecto: en cuanto a la adquisición de bienes se refiere, preferimos hacerlo con el mínimo desprendimiento de dinero por nuesta parte.

El gran problema de esta manía compartida por la mayoría de la población se presenta cuando, en aras de satisfacer nuestro afán capitalista, olvidamos actuar dentro de lo que se nos ha impuesto como el "marco legal". ¿Os suena, no? Armados de las mil y una versiones de programas destinados a ello, dedicamos nuestro tiempo y nuestra conexión a internet a la adquisición ilegal de material digital de distinta índole.

Hasta aquí, el tema de hoy no pasaría de un estúpido e innecesario estudio antropológico si no fuera por la tendencia actual a equiparar ambos tipos de actividades ilegales: la piratería de sable y navío, y la descarga de archivos a través de Internet.

Ya de por sí es molesto que le acusen a uno de robar aquello por lo que ha pagado (véanse cánons como ejemplo explícito), pero que alguien como yo, que nunca a blandido un sable y cuya máxima experiencia en alta mar acabó en forma de vómitos incontrolables, sea acusado de piratería, tiene delito.

Así pues, sirva este artículo de advertencia: no somos piratas, ni corsarios de dudosa moral. Somos el común de los mortales, con nuestras manías y nuestros defectos crónicos.

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