30 de Agosto de 2008

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La rabia y la ira le poseyeron. Sus gritos se transformaron en un rugido animal. Entonces vio a los soldados y en pleno frenesí se arrojó hacía ellos.

Durante la carrera desenvainó su espada de energía. Un antiguo modelo del Imperio Sombrío. El arma de la familia. Una espada convencional negra. Estrecha y ligeramente arqueada de un filo temible. Recubierta en la hoja por un campo de energía rojo. Capaz de separar partículas a un nivel atómico al mero contacto. Ideada para traspasar blindajes físicos o escudos de energía por igual.

El primer soldado blandía otra espada de energía de haz blanco. Enardel rugió su desafió frente a él. Éste lanzo un golpe directo a Enardel hacía el corazón. Quién para su sorpresa giro sobre sí mismo mediante su pie izquierdo esquivando el golpe. Para lanzarle una estocada mortal por la derecha que le cerceno la cabeza.

Los dos soldados siguientes, equipados con ametralladoras láser se detuvieron de golpe. Sorprendidos por el desenlace se unieron para contraatacar de inmediato. Enardel ya corría hacía ellos. Recortando la distancia que les separaba entre el prado embarrado por la tormenta. Los rayos y las ráfagas de viento se sucedían. Pero para ellos sólo existía el combate. La mirada de Enardel no era humana. Ambos soldados hubieran corrido a la nave de haber tenido tiempo de regresar. Era la peor bestia que habían visto a lo largo de sus años de sangrientas campañas.

Las ametralladoras láser emitieron el pitido agudo previo a la carga. Entonces ambas escupieron una ráfaga mortal de rayos amarillos sin descanso. Tan pronto hicieron fuego. Enardel se desvaneció hacía un lado. Dando inicio a una carrera frenética casi imposible de seguir. Se movía a una velocidad tan rápida, combinada con saltos y movimientos acrobáticos que apenas podían apuntarlo. Por más que disparaban siempre llegaban tarde o él mismo los detenía con la espada.

Los soldados sudorosos, sin dejar de disparar, entre juramentos empezaron a retroceder cada vez más nerviosos. Se les estaba echando encima, hasta que de pronto desapareció.

Para cuando lo vieron estaba a su izquierda agachado, lanzando un golpe bajo que secciono las piernas del segundo soldado por encima de las rodillas. El tercer soldado, conmocionado entre los gritos del segundo. Trato de disparar a Enardel a bocajarro, pero fue demasiado tarde. No había terminado de ver caer a su compañero al suelo, y el ya estaba flotando en el aire empalado por la espada de energía, cuyo haz de partículas por la fuerza de gravedad le continuaba seccionando hacía arriba. Lo último que vio antes de morir fueron los ojos de Enardel clavados en él, eran las puertas del infierno.

El cuarto soldado contemplo atónito la brutal muerte de sus compañeros paralizado apenas a diez metros de sus cadáveres. Cuando el cuerpo del tercero termino de caer al suelo partido por la mitad permaneció petrificado. El rugido de Enardel con la mirada fija en él, le hizo regresar a la realidad. Llovía más fuerte que nunca. Enardel caminaba hacía él con la espada apuntando al suelo. El soldado retrocedió unos pasos hasta reunir el poco valor que le quedaba. Grito e embistió a Enardel. Éste le contesto con nuevo rugido que apagó su grito. Dio un salto y las espadas chocaron. Enardel retraso la espalda y volvió a lanzar otro golpe, y otro, cada vez más fuerte que el anterior. El soldado hacía uso de toda su fuerza, con la mano izquierda apoyada en la parte posterior de la espada para detener los golpes de Enardel. Cada golpe le hacía temblar todo el cuerpo y le hacía retroceder unos centímetros por la superficie embarrada. Los lanzaba uno detrás de otro a tal velocidad que era incapaz de contraatacar. Su respiración se entrecorto y empezó a sollozar desesperado. Cada golpe le hacía bailar más. Enardel lejos de cansarse iba en aumento. Finalmente, tras un segundo de pausa y un grito estremecedor lanzo el golpe final. La espada de energía del soldado se partió y cayó muerto al suelo, atravesado por la espada.

La tormenta había ensombrecido el cielo hasta adelantar el anochecer, iluminado por rayos fugaces. Enardel miro fijamente al hombre, en él que se había posado un cuervo sobre su hombro izquierdo. Parecía divertido de la situación. Desafiante volvió a enfundar la pistola láser y le invitó con un gesto a ir por él.

Enardel acepto el desafió. Emprendió una nueva carrera, la mayor de todas. Los cientos de metros que los separaban se recortaron en unos parpadeos. La velocidad de Enardel fue en aumento a cada paso hasta ser prodigiosa. El hombre permanecía inmóvil ajeno a la tormenta concentrado. Cuando Enardel fue tan rápido que lo perdió de vista en la oscuridad cerró los ojos.

El tiempo se detuvo entre ambos. Enardel estaba frente a él lanzando una estocada horizontal directa al cuello. Cuando él abrió los ojos frente a su mirada, un rayo cegador rasgó el cielo con su estruendo. La espada de Enardel se detuvo a un centímetro de la yugular del hombre. Sorprendido, Enardel se miro hacía abajo. La pistola del hombre todavía apuntaba a su estomago. El cañón escupía el humo de la combustión, mientras el barro que recubría su traje se teñía con su propia sangre.

Volvió a mirarlo fijamente a sus negros ojos. Rugió y saco fuerzas para terminar lo que había empezado. El hombre le devolvió el gesto con una sonrisa. Un segundo rayo rasgó el cielo cuando un nuevo disparo le alcanzo por encima del corazón. Exhausto y moribundo Enardel cayó de espaldas contra el suelo embarrado. El dolor emocional que le embargaba era tan intenso que no llego a sentir el menor dolor físico a causa de heridas. Sólo sentía que a cada bocanada de aire se le escapaba la vida. Contemplo el cielo mientras llovía sobre él, tratando de arrastrarse hasta su hermana para darle la mano antes de morir. Entonces una nave de asalto terrestre les sobrevolo antes de aterrizar a un lado. El cuervo del hombre le salto al pecho. Le graznó igual de divertido que su amo, ahora frente a él.

- Hermanos asesinando a hermanos. ¿En que nos hemos convertido? – No espero la respuesta. Pronunció la carcajada más horrible que jamás hubiera escuchado en su vida, y le abandono tendido en el barro en sus últimos segundos de vida.

Continúa en...El Barón Negro IV: Hermanos de la Muerte

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