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Algunos lo llaman "destino". Otros lo llaman "fortuna", "hado", "suerte", "fatalidad", "sino", "busca más sinónimos desde Firefox"... Y también están aquellos que, como yo, no creen en él de ningún modo. Por desgracia, mantenerte incrédulo ante algo no te hace invulnerable ante ello; lo aprendieron por las malas los desgraciados dinosaurios, que no creían en meteoritos. Casi todos habréis visto alguna de las películas de la saga "Destino Final". O varias, o todas incluso. Yo no he visto ninguna pero, por lo que leí en las críticas de un periódico hallado sobre un banco, se asemeja bastante a la situación real que he vivido hoy. Porque una persona puede estar al borde de un grave accidente sin sospechar nada, pero con TRES VECES EN UN DÍA hasta el más pintado puede acabar con manía persecutoria. Sí, incluso YO. Volviendo de la universidad, estaba esperando para cruzar un paso de cebra de una calle con cuatro carriles. Los coches iban con velocidad a tope, como diría Constantino Romero en un anuncio de Hot Wils. De pronto, un Wolksväagen negro intentó girar a una calle perpendicular a su izquierda, y una berlingo que venía de frente estuvo [u]"a punto"[/u] de colisionar con él. Me encontraba a escasos treinta metros, y al oir el frenazo me agaché en posición fetal tras una anciana para evitar las piezas que pudieran haber saltado en una hipotética explosión. No llegaron a chocar, como ya he dicho, pero se quedaron a escasos cien centímetros el uno del otro. La tensión, la adrenalina, la sensación de haber visto los ojos de la Parca, no habían desaparecido del todo cuando me monté en el metro en dirección a mi hogar. Pensé que podía relajarme haciendo uno de mis habituales [color=blue]"Juegos De Metro"[/color] que suplen de sobras la carencia de una PSP. Fueron ideadas para gente pobre de imaginación. En fin, el juego que elegí para hoy se llama [color=orange]"Aguantar La Respiración Durante El Trayecto"[/color], y consiste en aguantar la respiración durante el trayecto entre dos estaciones concretas. Ya lo había hecho más veces y sabía que no era difícil. Pero resultó que [u]"por algún motivo"[/u] el metro deceleró ostensiblemente, alargando sobremanera la duración del viaje. Mi honor no me permitía desistir, por lo que estuve a punto de padecer hipoxia. Una vez que volví a respirar con jadeos, toses, sonidos guturales y moqueo, los compañeros de trayecto fueron muy amables al apartarse para ofrecerme más oxígeno. Aún quedan personas educadas en el mundo. Pensé que el periplo del peligro diario habría acabado tras dos experiencias cercanas a la muerte. Pensé mal. La fría mano de la tumba nos aguarda en los lugares que menos esperamos. Creía que tras entrar en el portal de mi casa estaría a salvo; inocente de mí. Olvidé que el 100% de los accidentes domésticos ocurren en el hogar. Estaba ascendiendo por las escaleras hasta el lejano, muy lejano, cuarto piso. Estaba absorto en mis pensamientos e integrales de Euler que suelo idear y resolver mentalmente por diversión. Estaba demasiado distraído como para ver un charco en un escalón...
[size=20][b]¡¡¡RESBALË!!![/b][/size] Me aferré al pasamanos lo bastante rápido como para evitar caerme, aunque estuvo más cerca de lo que cualquier fiero espartano hubiese querido. Doy gracias al Señor por los instintos felinos que se me otorgaron innatamente. Examiné el charco y me pareció que era orina de perro. De todas formas no lo analicé muy exhaustivamente; no me interesaba mucho la especie del infractor, ni si realmente era de animal. Ya estamos habituados a este tipo de cosas en la escalera. Lo que quería era entrar en casa lo antes posible, y sólo llevaba dos escalones del piso bajo. Aquí concluye el relato sobre lo que ha sido mi día, al menos hasta ahora. Algunos ingénuos lo describirían como «he visto un frenazo, he aguantado la respiración 40 segundos y he pisado una meada», pero mis ojos privilegiados me permiten tener una visión de conjunto, a la par que escudriñante, de todas las cosas. Como Michael Scofield. Lo que no te mata te hace más fuerte, queridos míos. Y sigo vivo.
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