9 de Febrero de 2012

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Harmony - La cruzada de las chicas guerreras


Lo reconozco, soy un amante incondicional del Doom. Lo he dicho en más de una ocasión, y no me cansaré de repetirlo; si el autor de este mal intento de blog es un videojugador consumado, es gracias a las aventuras del marine más chulo de Phobos. Ya había tenido algunos roces con el mundillo, pero nada que pudiera compararse a la perra que me dio con el infierno pixelado de ID.

Los años pasan y de vez en cuando sigo dedicándole partidas… adentrándome en ese sorprendente mundo que es la modificación. Muchos serán incapaces de entender la fascinación que el vetusto motor del juego sigue ejerciendo. No les culpo; echando un vistazo rápido a cualquier pantallazo de un FPS actual, los oscuros pasillos que recorríamos boquiabiertos en 1994 parecen un chiste de mal gusto. Pero la nostalgia tira. Vaya si tira.

El juego de hoy, Harmony, es una modificación profunda del Doom original, una variación radical de todos sus aspectos con el propósito de presentar un FPS completamente distinto, pero fiel a la jugabilidad clásica. Es por ello que mucha gente no entenderá ni valorará la experiencia que ofrece. Pero si eres de los que todavía se resiste a abandonar el infierno marciano… bueno, estás de enhorabuena.


Su autor se ha pasado la friolera de ocho años desarrollándolo. Imagino que algo así puede sonar absurdo, pero cualquiera que haya intentado hacer un juego con un mínimo de calidad, sabrá lo complicado que es dedicarse en cuerpo y alma a algo que ni siquiera tienes la seguridad de que vaya a gustarle a alguien. El porqué de esta tardanza tiene varias explicaciones (todas hipotéticas); una de las más llamativas: los sprites enemigos están modelados a partir de figuras de arcilla obra del programador. Echad un ojo a su galería cuando hayáis probado el juego y apreciaréis el titánico esfuerzo de este chico.

Pero seamos justos. En términos jugables todo esto es irrelevante… Así pues, ¿por qué debería interesarle a un amante de la vieja guardia de ID?

Como ya he dicho, no es más que un FPS estándar que podría haber sido comercializado hace más de una década. Como era habitual de los videojuegos de entonces, el argumento quedaba en un segundo plano. La historia está descrita en el manual de instrucciones y apenas (y con apenas quiero decir prácticamente nada) desarrollada en el meollo de la partida.


Tomamos el control de Harmony (¿será la Harmonia que AuSable busca?), una guerrera solitaria que vive en un mundo asolado. El planeta Tierra está casi devastado por culpa de un virus que mutó salvajemente a los hombres… horrorizadas, las mujeres vieron como sus compañeros se convirtieron en bestias horripilantes. Unidos por la causa común de exterminar a todos los seres no-mutados, los otrora representantes del género masculino se organizan y crean un ejército fuertemente armado que pone en jaque a la resistencia humana femenina –aunque casi entiendo que quieran exterminarlas teniendo en cuenta el derroche de originalidad que las humanas mostraron al ponerse nombre: Las Amazonas–.

El juego comienza cuando la base de Harmony es atacada por un grupo muy numeroso de mutantes, que acto seguido raptan a Amira, su mejor amiga y comandante del complejo. A partir de ese momento iniciaremos una aventura que nos llevará a recorrer once mapas inmensos, tras la pista de nuestra colega perdida.


Olvidaos de cualquier refinamiento jugable moderno: Harmony es un shooter en primera persona añejo hasta las trancas. Nada de compañeros o de elementos jugables que se distancien del sagrado arte de repartir sabiamente balazos y cargas de plasma. Esto implica que la coherencia entre los niveles, a pesar de estar presente, no tenga ningún tipo de hilo conductor. Sencillamente avanzamos por zonas dejando cadáveres de mutantes tras nosotros.

La miga de todo esto, por supuesto, reside en el sistema de palancas y llaves que tantos quebraderos de cabeza provocó en los sufridos jugadores del doom original. Aparte de disparar a todo bicho viviente, nos veremos envueltos por escenarios mastodónticos con incontables cachivaches activables. Este esquema se repetirá una y otra vez en cada uno de los once mapas que conforman el universo de Harmony, con una curva de dificultad muy abrupta que pillará desprevenido a todos los que se hayan habituado a las bondades de los FPSs actuales.


Por eso al principio he insistido en su naturaleza noventera… aunque Harmony es un juego grandioso, dudo que tenga alicientes para un primerizo (o incluso para cualquier jugador viejuno que renegara de aquel sistema de pasillos laberínticos inundados de enemigos).

En caso de que puedas (o quieras) congraciarte con estas premisas, disfrutarás de unos niveles muy bien pensados y excelentemente diseñados. Si obviamos el factor pionero de los juegos que homenajea, no cabe duda de que Harmony está mucho más inspirado: gigantescas ruinas interconectadas, paisajes urbanos kilométricos, cubiles mutantes infestados de veneno, trenes en movimiento… el partido que se saca del motor ZDoom es sencillamente magistral.


Eso no quita, por supuesto, que tenga sus más y sus menos. El más molesto, a mi modo de ver, es la iluminación irregular. Si por algo brillaba el paseo en tres capítulos por Marte es por hacer un uso muy inteligente del precario sistema de luces. Esa imaginería de zonas oscuras y parpadeantes no está presente en Harmony. La sustituye un montón de pasillos pobremente iluminados en los que las texturas, ya de por sí criticables, tienen un aspecto decepcionante.

Otro aspecto relativamente criticable es el escaso repertorio musical. Aunque los temas son de calidad, se repiten con frecuencia, y en ocasiones el ritmo no casa lo más mínimo con la dinámica del nivel -especialmente en los escenarios más grandes, en los que resulta demasiado sencillo hartarse de pistas machaconas-.

Si a eso le añadimos la falta de originalidad real, es posible que algunos se me tiren a la yugular al comprobar mi valoración final. De cualquier forma, creo que sus virtudes son mucho más reseñables; al mentado diseño de niveles añadiría la ajustada dificultad, que convierten los once niveles en una aventura más intensa que los juegos originales. Los enemigos siguen comportándose de forma errática, pero están mucho mejor armados; y lo que es peor, aguantan mucho mejor nuestros amables intentos por enviarlos al otro barrio.


Aunque sin lugar a dudas, si en algo flojea el trabajo de Rabotik (nick del autor), es en el arsenal disponible. La pobre Harmony tiene poquito donde elegir: una pistola de energía con munición infinita (pero poco potente), una escopeta de toda la vida, la ametralladora en cadena, un lanzagranadas y el inevitable cañón de plasma de fuego continuo. También podemos lanzar las granadas manualmente, pero difícilmente se puede considerar un arma extra.

Con todo, insisto en que sus virtudes pesan mucho más que sus errores. Al menos para cualquiera que busque diversión rápida y sin contemplaciones. Los demás echarán en falta (con razón), una ruptura mayor con el Doom original, algo que añadiera más sustancia a un concepto jugable tan trillado. Y como tantas otras veces, la ausencia de un argumento no meramente planteado hará huir despavoridos a los más exigentes. Pero no era esa la intención de Rabotik; como homenaje a una forma de plantear FPSs que ya nunca volverá, Harmony es una criatura maravillosa… pero como videojuego enfrentado a los cánones jugables en boga, no es nada más que un anacronismo nostálgico.

Vosotros elegís.

Valoración final: 7

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