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![]() En la década de los 80 y principios de los 90 toda la fauna juvenil y adolescente se congregaban en locales abarrotados de máquinas de videojuegos encargadas de satisfacer la ludopatía infantil que empezaba a pronosticarse. Eran los llamados Recreativos, grandes salones infestados de humo y testosterona, de luces y sonido enlatado,en un tiempo donde la informática daba sus primeros pasos y los videojuegos empezaban a cobrar gran influencia mediática, estos locales eran la representación por excelencia del ocio de moda. Por extraño que algunos os parezca, no todos tuvimos la suerte o la desgracia, según se mire, de nacer con una playstation bajo el brazo, o un ordenador personal ni siquiera para hacer los trabajos de clase a limpio, pues si acaso y con suerte contábamos con la vieja máquina de escribir de nuestros padres y que solía quedarse sin cinta justo cuando más falta nos hacía. Algunos llegamos incluso a ser poseedores de grandes artefactos prácticamente inútiles para jugar a cualquier primitivo juego de entonces, y que a tesón de nuestro interés nos llevaba cerca de dos horas de angustiosa desesperación para simplemente conseguir cargar un aburrido y repetitivo juego. Era lo único que existía en esos años a nivel doméstico, por eso los recreativos pronto lograron expandirse como fenómeno social agregando cada barriada el suyo propio. La chavalería del momento se daba cita en los días festivos y fines de semana de forma masiva, en grupos y peñas de adolescentes que solían adueñarse durante horas y gastar sus monedas en la máquina más concurrida y deseada, el juego del momento, glorias de la época que todavía muchos recordamos con cierta añoranza. Un pasado que puso en atecendentes el futuro que hoy vivimos. No sólo eran lugares donde malgastar el dinero, como nuestros padres debían pensar, la novedad pasajera y perniciosa para sus hijos. El nuevo mal de la sociedad, una atmósfera camorrista y vulgar peligrosa para la salud mental que los siempre retrogrados de turno vaticinaban a voces.
Tampoco sería justo llegar hasta aquí haciendo uso excesivo de mi propensión favoritista, pues hay que reconocer que muchas veces estos locales albergaban minorías de lacra social, que incluso frustraban las intenciones del más sano e inocente zagal, al que sólo le interesaba gastar su dinero en su pasatiempo preferido,al margen de la trastienda oscura que empezaba a gestarse en estos sitios.Algunos de estos chicos que pasaban la tarde fumando porros o molestando a los que precisamente no eran de su tamaño,pronto complicaron las cosas y enfangaron la imagen de los recreativos y los videojuegos. La persona al cargo de los recreativos normalmente solía ser un hombre que tras una barra propinaba el cambio de las monedas y billetes a las ya desaparecidas y memorables 25 pesetas. Este hombre además de sólo suministrarnos cambio debía de controlar el correcto funcionamiento de todas y cada una de las máquinas de su salón, todas esas que se tragaban monedas sin dar créditos o que de repente dejaban de funcionar o se estropeaban, echar un ojo a los más avispados que empezaban a hacer de las suyas con trucos y artimañas que conseguían engañar a la máquina y obtenían créditos sin necesidad de introducir monedas. Algunos de estos establecimientos no solo integraban ocio electrónico, aunque ganaban en número, aún seguían compartiendo sala con las clásicas mesas de billar, el futbolín, o el ping pong. El aspecto de una máquina arcade pronto se hizo familiar y común entre todos, llamadas también por el ingente gentío “maquinitas”, proliferaban por todos los sitios públicos; bares, restaurantes, boleras.
Estos aparatos solían ser grandes muebles de madera revestidos en diferentes colores, la mayoría al principio solían ser negras, luego se modernizaron y aparecieron de muchos colores y formas. Contaban con la pantalla en el centro del mueble y las palancas y botones que permitían controlar el juego. Así era una maquinita tradicional, todas descendientes y algo perfeccionadas de la Pong de Atari pero todas esenciales en el transcurso de la historia de los videojuegos. Las precursoras de todo lo que hoy conocemos y que inevitablemente acabaron olvidadas, consumidas tras el éxito efímero de una época, relegadas por la influyente aparición de las nuevas consolas domésticas. Apagaron sus luces y sus sonidos, dejaron de acumular monedas y de dar créditos y se resignaron a perder la popularidad que durante un tiempo las convirtió en un icono cultural y social. El último “Game Over” que las apagó para siempre.
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