3 de Diciembre de 2008

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Jul
19

Recios de Karan. Segmento de novela.

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Ya estoy instalado y listo para continuar con esta pequeña ventana dedicada a la narrativa por y para jugadores, Relatos de Suburbia.

Antes de publicar la segunda entrega de Mitología en Final Fantasy. Invocaciones y Bestias, quiero exponer un segmento de una novela en la llevo trabajando unos dos años, basada en un conocido juego de estrategia.

Lo típico. Empiezas, la dejas, la retomas, te inspiras y sigues, la vuelves a apartar... pero como no quiero dejarla de lado voy a aprovechar este blog para ir colgando pequeñas partes a la par que sigo desarrollando la historia.

Sin más dilación, empecemos.



 

Sinopsis 

  La Guardia Imperial, el devastador puño del imperecedero Emperador, se ve forzada a invadir un pequeño y helado planeta alejado de la mano del glorioso Señor de la Humanidad. Al parecer, las abominables legiones del Caos han desenterrado una nueva y misteriosa tecnología arcana capaz de abrir un camino hacia cualquier punto del interminable miasma que compone la galaxia. Al tiempo que Terra triplica sus férreas defensas, el Señor de la Guerra envía a la descomunal flota de combate Bakaresh hacia el planeta. El regimiento Recios de Karan, principal fuerza de combate de la flota, se ve envuelto en una invasión planetaria cuyos motivos les son desconocidos.

En el segmento plasmado a continuación, una de las naves de desembarco desciende hacia la superficie del planeta, directa a la boca del lobo.

          Recios de Karan. Capítulo II. Sangre bajo el hielo.

   Los hombres volvieron a sus quehaceres. Unos intercambiaban palabras sueltas, otros simplemente miraban al vacío, escuchando el sonido de lo que les esperaba ahí abajo.

El sargento Baran Saith volvió de nuevo su vista hacia Mails. El muchacho lo miraba extrañado, como si el sargento fuera de algún tipo de raza xénica aún no descubierta por la humanidad.

 

  –¿Más preguntas, chico? –dijo Saith con un leve gesto de cabeza.

  –¿Cómo demonios hace para estar tan tranquilo? Qui…quiero decir, está ahí sentado, hablando de no se qué rollo térmico y…

  –Trajes termo-adaptables.

  –Si, si. Lo que quiero decir es que…en fin, vamos a descender sobre una ciudad fortaleza tomada por el enemigo en la que muy probablemente suframos más de un cincuenta por ciento de bajas y usted... ¿usted ni si quiera está un poco nervioso?

 

   Saith se quedó pensativo, sin quitar la vista del soldado, mientras su cabeza se balanceaba ligeramente con cada movimiento de la nave.

 

  –Si me estás preguntando si me pone nervioso el hecho de morir, te diré que no. Es más, te contaré algo, pero que quede entre tú y yo –se acercó hacia el soldado todo lo que los corr­eajes le permitieron. El chico hizo lo mismo, atento como nunca lo había estado–. Una vez –bajó la voz– en una instrucción disparé mi rifle por accidente cuando intentaba ponerme a cubierto. El disparó, guiado por alguna fuerza misteriosa y divina desconocida por mí, dio en el culo de mi sargento instructor. Que el Emperador me asista, por que ahí me puse jodídamente nervioso –Saith se incorporó, sin dejar de mirar al joven–. ¿Descender sobre una ciudad fortaleza tomada por el enemigo entre explosiones de batería anti-aérea? –Movió ligeramente la cabeza hacía un lado con expresión irónica–. Nunca será peor que aquel día, te lo aseguro.

 

   Mails se incorporó lentamente, mirando al sargento con la cara desencajada y todavía con más dudas que antes, preguntándose que clase de loco estaba a cargo de sus vidas.

 

   Una explosión cercana los hizo callar a todos de golpe. Las luces parpadearon de nuevo.

   Saith guiñó un ojo a Mails “Novato” Ethar.

   El único que podía guiñar.

 

   El sargento había perdido el ojo izquierdo y en su lugar poseía una profunda y delgada cicatriz que le recorría verticalmente la parte izquierda de su rostro.

   Los hombres hacían apuestas cuando iban bebidos o jugaban, y sin duda alguna la más popular era la que Cadrik y Dell llamaban “Dónde demonios está el ojo de mi sargento”

La apuesta ascendía ya a cantidades bastante generosas y muchos estaban ansiosos por saber dónde y cómo había sido para nombrar al ganador.    

   Pero el sargento no solía hablar de ello y los soldados lo sabían.

   Era un hombre de altura media y un cuerpo acostumbrado al ejercicio, atlético y resistente. Tenía el pelo oscuro, cortado al raso, y una barba de cuatro días que mantenía continuamente.

   A diferencia de sus hombres, no llevaba el casco reglamentario y una tosca máscara respiratoria de forma triangular le cubría desde la nariz a la parte baja del mentón, lo que le proporcionaba un aspecto bastante siniestro.

  

    Saith miró a su izquierda. El médico Aaran Brent, un hombre de estatura baja y bastante delgado, susurraba algo con la vista fija en el suelo. Al sargento le pareció reconocer una vieja letanía contra la mala suerte.

  Una buena letanía contra la mala suerte. Sí, quizás eso les vendría bien, pensó.

 

    Brent era un buen médico y un mejor amigo. Aquí y allá recibía agradecimientos cuando recorrían juntos los pasillos y galerías de las naves de transporte de tropas. Cientos de karanos habían pasado por sus manos y Saith estaba orgulloso de llevarlo consigo.

 

  –Ésa es buena. ¿De la academia?

  –No. Me la enseñó mi madre. En las granjas de grano de Karan te podías pasar la temporada entera pendiente del cultivo, cuidándolo y utilizando todos los métodos al alcance, pero un golpe de mala suerte, una tormenta o una plaga de insectos de grano echaba por tierra los ingresos de todo un año.

  –Ya veo.

  –Es por esto que la se. Mi madre la recitaba todas las noches, cuando pensaba que yo dormía en la habitación de al lado. ¿Sabes? Nunca había sentido la necesidad de usarla, ni siquiera en Ramesh

  –Uff, allí nos habría hecho falta, ¿eh? 

  –¿Tú crees? Por el Emperador que estuve a punto de usarla cuando el comisario nos pilló durmiendo en horas de guardia.

 

   Los dos hombres, antiguos amigos en Karan, rieron a pierna suelta.

   Poco a poco, Brent paró y miró hacia arriba ensimismado, pensando quizá en Karan, en los cultivos o en su madre, recitando aquellas palabras mientras el se acurrucaba en las cálidas sábanas de su camastro.

  

  –Y ¿por qué ahora? –preguntó Saith con repentina seriedad. 

  –¿Qué? –el médico lo miró extrañado. Los recuerdos se desvanecieron y las turbinas seguían rugiendo en la fría bodega.

  –¿Por qué usarla ahora?

  –Bueno. Yo no sé mucho de las reuniones de los altos cargos, pero corre el rumor de que hay algo realmente jodido allí abajo.

  –¿Dónde has oído eso?

  –En las galerías del crucero. Varios soldados de Rualthor lo comentaron por encima mientras Cadrik, Dell y yo jugábamos a las cartas con ellos.

  –Te puedo asegurar que en la reunión con el comisario no se dijo nada parecido. Revisiones de mapas y ordenes precisas… Nada más. No te preocupes Aaran, bajaremos allí abajo y les patearemos el culo. Tú céntrate en estar ahí cuando el culo pateado sea el nuestro.

  –Hablo en serio Baran. ¿Y si nos mandan allí abajo sin decirnos realmente lo que nos espera? Quiero decir…Nunca lo sabemos con certeza pero, ¿Y si esta vez la cosa es más seria?

 

  Saith desvió la vista por encima de Brent y observó a su pelotón, uno a uno hasta el último hombre.

Junto al médico, Mennet Artham besó un pequeño colgante con el símbolo del aquila y lo metió dentro de la chaqueta cubierta de placas, rodeada por unas cinchas y varios bolsillos abultados, para después quedarse mirándo fijamente la luz roja de la bodega. Ese chico poseía una devoción hacia el Emperador por encima de lo considerado normal. En las primeras campañas, el resto de muchachos pronto le apodaron “Padre” por su carácter devoto y su fe ciega en el Emperador

   Más a la derecha, Efraem, el francotirador asignado al grupo de Saith, mantenía la vista fija en sus manos. Había ingresado hace poco en la unidad tras la muerte de Brartom, y su carácter frió y reservado le separaba del resto de los soldados.

   Meyn, el siempre oportuno responsable de comunicaciones, le preguntó algo que Saith no alcanzó a oír. Efraem separó la vista de las manos de forma repentina y colocó las palmas sobre los muslos, como si hubiese cometido el error de que alguien lo viera de aquella forma. Contestó con una sonrisa forzada y los dos hombres siguieron hablando de forma desinteresada.

    Koller ojeaba un diminuto libro de papel, un ejemplar de bolsillo de “Canciones para Ése momento”.

Recorrió varias líneas con el dedo índice, moviéndolo de forma espasmódica con cada vibración. Se detuvo en una de las últimas páginas con cara de satisfacción. Si alguien era capaz de animar aquel entierro, ése era Grant Koller.

    Allá en el último asiento, junto a la compuerta de la bodega, Dell, quizás el más joven de los allí presentes, hizo un amago de vomitar, pero consiguió contenerse para alivio de su compañero sentado en frente.

Después lanzó un profundo suspiro mientras su cara imberbe palidecía más y más a cada momento que pasaba.

   Cadrik… Bueno. Aquel parecía disfrutar de todo aquello.

   El resto de soldados simplemente susurraban para sí mismos, ajustaban sus cinchas o mantenían las miradas perdidas mientras las cabezas se balanceaban.  

  

   Brent no había dejado de mirarle durante esos segundos de silencio. Le pareció detectar durante apenas una milésima un gesto de preocupación. Un ligero movimiento con los ojos que indicaba que algo no marchaba del todo bien. La más incómoda de las sensaciones se apoderó del médico.

 

  –Baran… Si hay algo que…

  –Si ésta vez la cosa es más seria –le cortó el sargento–. entonces bajaremos a ese cubito de hielo hereje y demostraremos nuestra valía. ¿Está claro? ¿Quién más oyó ese comentario?

  –¿De los nuestros? Sólo Cadrik y Dell –los señaló con el mentón. Ambos parecían ajenos a la conversación–. Dell está bastante preocupado.

  –Lo entiendo –respondió Saith–. Esa infamia llamada Caos nos preocupa a todos, pero al fin y al cabo no es más que otra cucaracha a la que el puño del Emperador aplastará más tarde o más temprano –entrechocó las manos, puño contra palma–. Hablaré con los dos cuando tenga oportunidad. No nos conviene que ese condenado rumor se propague entre los hombres. Bajaremos allí y haremos nuestro trabajo. Nada más.

   Brent asintió pesadamente mirándo hacia abajo, no más tranquilo que antes.

  

   Una explosión cercana, cuyo sonido quedó ahogado parcialmente por las paredes blindadas del transporte, hizo tambalearse la nave y provocó que las luces parpadearan de forma leve.

   Los estampidos comenzaron a hacerse más frecuentes.

Alguien carraspeó de forma nerviosa.

Otra detonación aún más cercana que la anterior inclinó la proa de la nave bastantes grados hacia abajo, y poco a poco cobraron estabilidad de forma costosa. El fuego anti-aéreo se convirtió en un hilo musical constante.

  

   Un cántico comenzó a surgir en el fondo de la bodega. Koller, con su voz potente y profunda, había comenzado a recitar la Oda a la Suerte del Soldado. Cadrik, Vanir, Ethar, Meyn, Artham, Dell, Brent, Efraem y los demás hombres le siguieron, primero algo tímidos y, a medida que pasaban los segundos, totalmente entregados.

 

–¡Un minuto! –Anunció la voz del piloto a través de los altavoces. La luz giratoria cambió a ámbar–. ¡Se prevé un impacto brusco! ¡Señoritas, será mejor que se sujeten!



Hasta aquí el primer segmento.

Saludos y recordad que esperamos vuestros relatos.

Baalard, Relatos de Suburbia

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