MANDRAGORA AUTUMNALIS
Una relación emocional intensa en cinco actos
Recomendado para
lectores adultos
Acto I
Well of course I'd like to sit around and chat
But someone's listening in.
Radiohead
(El
escenario está completamente a oscuras. De él emergen gritos
desgarradores a un volumen considerable, cada vez más ensordecedor. Se
prolongan durante algunos minutos. El último grito se transforma en una
pérdida gradual de voz hasta terminar en un gruñido que se desvanece. Se
abre lentamente el telón. El escenario es la consulta de un psiquiatra.
Al frente están los clásicos diván y sofá, más al fondo una mesa de
despacho y en las paredes diplomas y cuadros. No hay puerta ni ventanas.
Iluminación sombría. H. y el doctor Rimunades están allí. H.,joven,
tumbado en el diván, viste con ropa negra y una chaqueta de cuero
marrón. El doctor Rimunades, anciano, con chaqué, en el sofá, sin
mirarle, con una libreta. Ambos llevan gafas idénticas. El volumen de la
música desciende gradualmente hasta desaparecer.)
H.: Pensé que duraríamos.
RIMUNADES: ¿Y le sucede a menudo?
H.: No, normalmente dedico más tiempo a pensar que a durar. Supongo que ahora debo hablarle de ella.
RIMUNADES: No,
no quiero que me hable de ella. No me interesan las personas que no se
encuentren en el diván de mi consulta durante mi horario de trabajo.
Hábleme de usted.
H.: Yo no tengo demasiado interés,
la verdad. Todo el que pudiera tener me lo robó ella, y ahora sólo
deambulo errante. Por eso estoy aquí, para librarme de la maldición.
RIMUNADES: Está bien. (Fastidiado.) Hagamos una cosa: Hábleme de su relación con ella y lo que le ha provocado. Así puede que lleguemos a alguna parte.
H.: (Sacando unas hojas del bolsillo de la chaqueta.) He
traído esto. Son algunas cartas que le escribí en determinados momentos
de la relación. Es menos doloroso que tener que contársela. La primera
es de...
RIMUNADES: ¡Por Dios, no! ¿Tanto le cuesta hablarme un poco con sus propias palabras?
H.: Eso
me temo. Ella me ha vuelto así y ya no tengo interés por nada, ni
siquiera por escribir acerca de ello. Lo cual es un problema, porque me
impide cumplir los plazos de publicación.
RIMUNADES: De acuerdo (Refunfuña), si
no hay más remedio... Hágame una síntesis, o léame sólo los párrafos
importantes para que me haga una idea del tema. ¿De cuando es esa
primera carta?
H.: Abril del año pasado. El fragmento más esclarecedor dice así, y cito textualmente, (leyendo con mucha entonación y gestualizando) "Por
eso conocerte puede ser tan atrayente, como peligroso, como puede
merecer la pena. Y en eso llevo ya un buen tiempo. Sí, quiero
idealizarte. Sé lo que me juego y los riesgos que conlleva, pero el
sentimiento que nace al idealizarte, ese mismo al que tu encendiste la
mecha, es superior a todo eso, y lo que importa es..."
RIMUNADES: Suficiente,
he captado el concepto. Pasemos a la siguiente carta. Si no le pregunto
por la reacción de ella es porque me la imagino. Continúe, por favor.
H.: Ésta
es de otoño del año pasado, después de morirme de desilusión: "Ya no
hay ciudades que investigar ni contigo ni en tu busca. No quedan
sombreros ni abrigos largos que calzarse ni oscuros rincones de bares en
los que ocultarse. Ya no tiene sentido mirarte a través del humo del
cenicero más cercano que haya entre nosotros, y menos sentido seguir
ocupando un lugar aquí habiendo tanta gente esperando para sentarse en
esta posición privilegiada. Abandono. Abandono a favor de los que aun
creen que de ilusión también se vive. Es la mejor cesión de asiento que
he escuchado nunca. "
RIMUNADES: ¿Vamos al grano, por favor?
H.: (Sigue leyendo) "Nada a lo que pegar fuego..." (El doctor Rimunades hace ademán de interrumpirlo, pero H. continua) "Atisbo
una pintada enfrente de mi hotel mientras la ciudad se desmorona a mi
alrededor, “Solo solos somos libres”. Para lo único que soy libre es
para afirmar que te carga el diablo y estás construida sobre un
cementerio indio. Dirán que debo alegrarme, pero yo no he ganado nada.
No me va eso de alegrarme por los éxitos ajenos, en cambio adoro el
Schadenfreude. Pero nada de eso tiene cabida ahora. Afirmar o negar es
indiferente a estas alturas. Niego ser capaz de incendiarte. Niego ser
capaz de comunicarte. Niego ser capaz de expresarte. Niego ser capaz de
acompañarte. Niego ser capaz de gustarte. Niego ser capaz de esperarte.
Afirmo ser capaz de imaginarte. Afirmo ser capaz de soñarte. Afirmo ser
incapaz de interesarte, y siempre lo seré." (Se detiene y se tapa los ojos con la mano.) Eso es todo. Había un par de cartas más, pero no tengo ánimo para leérselas.
RIMUNADES: No se preocupe, es comprensible. ¿Y lleva un año entero en este estado tan deplorable?
H.: Sí, unas veces más que otras. Ojalá se redujese sólo a esto, a atormentarme en forma de recuerdo, pero no es así.
RIMUNADES: Sorpréndame. ¿Hay algo más terrible que eso?
H.: Aparece en mi habitación por las noches y me viola.
RIMUNADES: Ojiplático me hallo. ¿Y de qué se queja, entonces? Debe de ser lo mejor que le ha pasado en su vida.
H.: No
se imagina lo desagradable que es. Es decir, ahí estoy yo, indefenso en
un mar de trágicas lamentaciones y, ya sea por su magia negra, por uso
de la proyección astral, qué sé yo, aparece ella como una bruja y abusa
de mí mientras me recuerda que nunca será mía. Es humillante, y dura
toda la noche. Quiero que se acabe, doctor.
RIMUNADES: Cada loco con su tema. Le voy a recetar paroxetina, que nunca viene mal. (Garabatea en su libreta.)
H.: No,
no, no. Conocí la paroxetina antes que a ella y un antidepresivo anuló
al otro. No me va a servir de nada. Ya no tiene efecto sobre mí. Incluso
preferiría probar algo más fuerte.
RIMUNADES: Muy bien, experimentemos. Prepárese para la mandrágora.
H.: ¿Mandrágoras? Pensaba que se limitaban a la existencia mitológica. ¿Es tan fácil como pedirlas en la farmacia?
RIMUNADES: Se sorprenderá de lo avanzado que está el mundo místico y su interacción con el nuestro. (Termina de garabatear, arranca la hoja y se la da.) Aquí tiene la receta y las dosis pertinentes. Vuelva en una semana y me cuenta.
H.:
Doctor, en una semana hay muchas noches. ¿Cree que sobreviviré? Es
mucho esperar. Y además, si recuerdo correctamente, el jugo de la
mandrágora puede ser letal. ¿Pretende matarme?
RIMUNADES: No, al menos de momento, pero si sigue gimoteando así tal vez me lo plantee. Nos vemos.
H.: Pero...
¿Qué clase de doctor es usted? Me receta una planta que hasta ahora
creía que sólo existía en las leyendas y aún espera que confíe en usted.
Si yo...
RIMUNADES: Puede confiar en mí o quedarse
con esa ninfa de la que habla, pero acabará volviendo aquí. Es sencillo,
porque no tiene nada mejor que hacer.
(Se cierra el telón.)
Acto II
Every night I turn the light out
(...) find me where I'm hiding
Pink Floyd
(El escenario es la habitación de H.. Una
cama deshecha sin edredón y una mesa metálica con una lamparita, una
botella verde de cristal y una máquina de escribir de aspecto antiguo.
No hay ventanas. H. está sentado en el borde de la cama con una camiseta
negra y un pantalón de pijama también negro. Está leyendo un tomo de
enciclopedia.)
H.: "Mandragora Autumnalis..." Vale,
esto ya lo sabía... "Emite ruidos que se asemejan a gritos
desgarradores cuando se la arranca de raíz, la cual tiene forma de
cuerpo femenino..." Esto es interesante. "Crecen en determinadas zonas
de los bosques en donde no da la luz..." Demasiado poético, pero
aprovechable. ¡Ah, germina bajo los patíbulos gracias al semen expulsado
por los ahorcados! Esto lo recordaba de cierta película de cruzadas.
Entonces tiene que dar un chute de libido brutal... Veamos qué dice de
la dosificación. "No existe dosificación calculada." Eso es genial...
"Venenosa y curativa a la vez, puede tener efecto anestésico. ¡Su
ingesta en grandes dosis puede ocasionar coma!" Tampoco tengo tanto que perder, la verdad. Me pregunto si...
(E.
aparece en el lateral derecho del escenario. Pelo castaño oscuro largo,
gafas doradas, complexión frágil, atractiva. Viste ropa oscura. H. la
mira.)
E.: El diablo se lleva el alma al salir y un ratón ridículo ha de nacer. Tú eres el ratón ridículo, adivina quién es el diablo.
H.: Te voy a vencer y ya sé como. Volveremos a estar solos y tú desaparecerás de mi mente.
E.: ¿Con qué, con esto? (Agarra la botella de cristal.) ¿Jugo de mandrágora? Adelante. (Se acerca a H. caminando sinuosamente, con la botella por delante en todo momento, hasta llegar al camastro.) Bebe de mí, pues esta es mi sangre.
H.: Esta vez no vas a confundirme. Sé que...
(E. ya está junto a él, presionándole la botella contra el cuello.)
E.: ¿Qué sabes tú? Tú no sabes nada. Nada más que lo que yo te diga.
H.: Déjame...
E.: Sí, tanto patetismo empieza a aburrirme. (Deja la botella sobre la cama.) ¿Para
qué presionarte? Sigue siendo una botella en tu cama. No durará mucho. Y
a mí, como todo lo que haces, me da igual lo que hagas con ella. Bueno,
con una condición, ya sabes... (Sonríe) Que sea emocionalmente agotador.
H.: Contigo todo lo es. Te odio por ello. Si me dejases en paz...
E.: No mientras siga resultando cruel. (Empujándolo, obliga a H. a tumbarse.
E. le sujeta las muñecas y se inclina sobre él, con las caras muy
cerca. La botella rueda y cae al suelo pero no se rompe.) La crueldad es divertida. (Roza el cuello de H. con los labios, sin llegar a besarlo, pero lo recorre entero.) Veremos hasta cuando puedes resistirte...
H.: (Entre jadeos) Vamos... hazlo ya... ¡Hazlo ya!
E.: (Susurrando y mordiéndose los labios.) ¿No
eras tú el que hablaba del placer que suponía retrasar los grandes
momentos? No tienes derecho a exigirme nada. A nadie. Nunca. Eres un
ratón ridículo, ridículo... (Desliza su mano por debajo de la camiseta de H. y le araña. H. grita.) Y por eso nunca me tendrás. Nunca me tendrás...
H.: Porque no te merezco.
E.: Exacto... (Desgarra por la mitad la camiseta de H. y le araña el pecho, más fuerte que antes.) No tienes derecho a tenerme, ni siquiera a soñar con tenerme. Deja de rebelarte y ríndete.
H: No puedo hacerlo... te demostraré que puedo superarte. Voy a romper tu hechizo y no volverás a violarme.
E.: ¡Pues hazlo entonces! (Agarra la botella, la destapa y vuelca todo el jugo de mandrágora sobre la boca de E.) ¡Toma tu estúpida solución final, si crees que puede servirte de algo!
(H. tose, ahogándose. E. termina de arrancarle la camiseta y hace un lazo con ella.) ¿Recuerdas como germinaban las mandrágoras? ¡Vamos a fabricar una, ratón ridículo! (Echa
el lazo al cuello de H. y le introduce la mano por debajo del pantalón.
E. ríe. Se cierra el telón. Volvemos a escuchar los gritos
desgarradores a alto volumen.)
Acto III
Take the highway to the end of the night
End of the night, end of the night
Some are born to sweet delight, some are born to the endless night
End of the night, end of the night
The Doors
(El escenario es el interior de un
vagón de tren, viejo y destartalado. Escuchamos su traqueteo, ya que
está operativo y en movimiento. La mayoría de los asientos no están y
sólo vemos los trozos de metal que los adherían al suelo, rotos y
arrancados. Sólo quedan dos. Hay una puerta automática en el centro y un
botón de emergencia hacia la derecha. Algunas de las ventanas están
tapadas con cartones, y las demás están totalmente a oscuras o con las
persianas bajadas. La débil iluminación consiste en dos bombillas, una a
cada lado, cada uno de los cuales también cuentan con una puerta para
cambiar de vagón. H. está sentado, dormido, en el asiento de la
izquierda. Viste de traje gris oscuro, con sombrero del mismo color
sobre las rodillas. Reposa la cabeza en la ventana. Permanece así unos
veinte segundos.)
VOZ EN OFF (Átona e impersonal): Próxima estación: Valle de la Vergüenza.
(H.
se despierta y mira a su alrededor lentamente. Acaba incorporándose y
trata de caminar por el tren, pero se tambalea y cae al suelo.)
H.: Maldita sea... ¿Dónde estoy?
(Vuelve a incorporarse y camina a duras penas hasta el botón de emergencia. Lo oprime.)
VOZ EN OFF: Servicio
de emergencia de la línea "Viajando al fin de la noche" perteneciente a
"Empresas de transporte subterráneo Gemeine Alraune". Esperamos que disfrute del trayecto. (La voz se corta y el ruido del traqueteo cesa. Suena un pitido y las puertas se abren.
VOZ EN OFF: Valle de la Vergüenza.
(E. entra por la puerta. Lleva un elegante traje de noche negro y va maquillada. Tiene unas páginas en la mano. H. la mira.)
E: Qué
razón tenía el que dijo que si hay algo que se pueda decir de un
hombre, es que vive de sueños... Tienes todas las razones del mundo para
dejarlo correr, mejor dicho, no tienes ninguna para no hacerlo, y aquí
sigues, incapaz de perder la consciencia.
H: Hubo otro dijo que los sueños de los hombres no terminan nunca. No voy a rendirme. (Da
un paso al frente. Suena de nuevo el pitido, las puertas se cierran y
vuelve el traqueteo. H. no puede sostenerse y acaba cayendo al suelo.)
E.: (Ríe.) Estás
muy débil después de beberte todo el jugo de mandrágora y sembrar la
tuya propia. Después de semejante semilla no debe de quedarte una gota
de energía en el cuerpo. (Lo mira. H. no tiene fuerzas para levantarse.) Eres lamentable. Vamos, te ayudaré a volver al asiento. Aunque... (Detiene el ademán.) Estarás mejor en el suelo. Después de todo, estamos dejando atrás el Valle de la Vergüenza. (Se
sienta, cruzando las piernas. H. vuelve a intentar incorporarse, pero
sigue sin conseguirlo y señala las hojas que tiene E. en la mano.)
H.: ¿Qué es eso? No me digas que...
E.: ¿Las
has reconocido? Por lo visto todo lo inalcanzable te obsesiona. Las he
cogido de tu escritorio para que todo el mundo sepa tus más íntimos
secretos. (Ríe mientras señala al público). ¡Toda una
sala llena esperando para oírlos y tú arrastrándote intentando evitarlo!
Deberías alegrarte, al fin vas a conseguir causarme algo de placer.
H.: No lo hagas, por favor.
E.: Vamos con el primer caso. (Leyendo.) ¡B.! Esto es lo que le escribiste hace doce meses:
"Quiero
besarte y acariciarte. Quemaré toda tu ropa para que en mi presencia
siempre estés desnuda, deleitando mi vista y gozando de mis dedos y mi
lengua por tu cuerpo. Besarte y morderte los labios y el cuello mientras
te enroscas en mi cuerpo como Uróboros, que gimas pidiendo más y darte
solo lo que yo quiera, cuando yo quiera. Disfruto viéndote caminar
desnuda por mi casa, inclinándote, estirándote. Nunca tendrás frío, me
ocuparé de tu cuerpo, descalza tanto en las alfombras más mullidas como
en el suelo más helado. No necesitarás sábanas ni toallas, también lo
seré yo. Nunca me cansaré de tí, de lamer tu sexo, de penetrarte, de
nadar por tus pechos, de anidar en tu boca, de correr por tu pelo. Nunca
dejaré de amarte mientras seas mía."
H.: Déjalo ya...
E: ¿Para sonrojarse, verdad? Mejor no hablar del resultado obtenido. Veamos qué más tenemos por aquí... (Pasa la página) ¡M! Con ésta chica tendremos un problema, ya que lo que le escribes es muy largo y aburrido. (Dirigiéndose al público) Para
que se hagan una idea, enumera todos los detalles que adora de su
cuerpo, interiores y exteriores, para acabar con "Reinas con una
perfección que produce rabia al no ser yo poseedor de la dignidad
necesaria para aspirar a rozarte, pero que ambos seamos conscientes de
ello es el mejor de los placeres." (Larga carcajada) ¡Terrible! Y lo peor es que es cierto.
H: Cállate. No tienes ni idea.
E: (Ignorándole) Hay muchas más, pero tengo otra idea. (Alza una hoja en blanco) ¿Acaso
no es esto lo que os causa tanto miedo y placer a la vez a los que
escribís? Quiero que me escribas algo a mí ahora mismo. (H. intenta incorporarse, quedando de rodillas agarrado al asiento libre.)
Y no digas que no puedes, porque lo harás. Te encuentras rendido a los
pies de tu musa, preso en mi mundo del que no puedes ni quieres escapar,
porque el dolor que te causo es lo que da sentido a tu vida. Vamos,
escritor. Soy lo más inalcanzable de tu vida, esmérate.
H.: De acuerdo, lo haré. (Jadea.) Y después se acabará todo.
E: ¿Que se acabará? (Carcajada. Agarra a H. por el pelo y lo zarandea.) No sabes nada...¡No tienes por qué fingir que todo tiene sentido, que toda esta lucha sirve para algo!.
No terminará nada, porque tu mente se colapsaría si dejases de pensar
en mí. Por eso, por tu vulgaridad y tu patética obsesión. Tal como están
las cosas, te lanzarías a dentelladas contra el suelo con tal de
arrancar cualquier mandrágora que allí creciese. Así que escribe. (Toma
la mano derecha de H. La acaricia lentamente y sujeta firme el dedo
índice, que pincha con un alfiler y lleva al folio, que deja en el
suelo. Tirando de la mano de H, este cae de nuevo al suelo, sobre el
folio.) Escríbeme con tu sangre.
H.: Sí... (Escribe. Pasan un par de minutos. E. lo contempla.) Ya está...
E.: Has tardado mucho. ¿A qué esperas? De rodillas, léemelo. (H. obedece con visible esfuerzo.)
H.: Despiertas
y otra vez quiero hacer la revolución en tu cama y declarar la guerra a
tu ropa y volver a tropezarme con tu falda enrollada entre el naufragio
que muere en el suelo y tu habitación debe de odiarme pues últimamente
nuestro sudor esta matando el olor a pino Ambipur y me lanza trampas
para que me vaya pero por ahora no puedo hacer eso y corro raudo a tu
interior porque volver a estar dentro de ti sabe a salvación y volver a
estar dentro de ti y ya van unas cuantas veces en las últimas horas y tu
cuerpo por dentro parece una fortaleza y ojalá pudiera quedarme más
tiempo algún día mientras arrecia la tormenta pero en este mundo por lo
visto no es posible así que salgo y me entretengo escalando la parte
superior de tu cuerpo mientras finjo que resbalo accidentalmente una y
otra vez hasta que me encaramo sobre tu pezón y agarro los cabellos
rubios daneses escandinavos que cuelgan y me abro paso entre tu pelo y
creo que se te van a caer las pecas nórdicas y ya me apresuro a procurar
que se queden pegadas en tus mejillas con los labios y me empleo en eso
un buen rato y el diablo se debe de llevar el alma al salir porque he
subido a tu ojo izquierdo y por lo visto debe hacerte gracia porque me
golpeas con las piernas desnudas y entonces ahora sí te acaricio con las
dos manos repetidas veces y cuando realmente podemos decir que nos
volvemos a encontrar las narices después de tanto tiempo y creo que es
ahí cuando volvemos a besarnos después de muchas horas y el sabor ha
cambiado tras tanto tiempo encerrado como el vino y ahora sabe a
despertar y a legañas y puede que yo tenga parte de culpa en eso al
haberte chupado antes el ojo pero tu lengua tampoco es que se quede
quieta y se venga y está algo más áspera que la vez anterior después de
haber dormido y no para de moverse como una serpiente y ahora creo que
es verdad que tienes raíces del norte y que en otra vida fuiste vikinga y
por eso tu piel es tan blanca que te deslizas desnuda por todos los
rincones de la habitación y puedes pegarte al techo y reptar por los
cuadros mientras sin darme cuenta me empalmo de nuevo ligeramente y por
casualidad y no sólo por ti sino porque suena el disco de Christina
Rosenvinge y debo confesarte que todo este tiempo he fingido contigo y
te he puesto su cara y su cuerpo y su voz y su piel y lo demás
obviamente me lo he imaginado y no miento si te digo que no sé nada de
ti y ya no creo que sea necesario saberlo porque debes de ser tan
insulsa que con Christina no puedo y contigo sí. (H. se levanta ante E., la cual queda en shock.)
H.: ¿No esperabas este final, verdad? (Golpea con fuerza el botón de emergencia y escuchamos el sonido de una sirena a alto volumen.)
E.: ¿Qué...? ¡No! ¡No hagas eso!
H.: (Gritando para hacerse oír sobre la sirena) Sólo
han sido palabras, también lo fueron antes. Pero si con eso es
suficiente para hacerte vacilar, lo aprovecharé. ¡Intenta atraparme
ahora! (El vagón da una sacudida y las tenues luces
parpadean. E. cae del asiento y H. llega trastabillando hasta la puerta
de la parte derecha.)
E.: ¿Adonde irás? Esta línea viaja en mitad de ninguna parte. ¡No puedes escapar!
H.: Entonces me voy mucho más lejos, donde esté fuera de tu alcance. (Abre
la puerta y desaparece tras ella. E. queda en el suelo del vagón. Las
luces se apagan y el sonido de la sirena va disminuyendo.
VOZ EN OFF: Servicio
de emergencia de la línea "Viajando al fin de la noche" perteneciente a
"Empresas de transporte subterráneo Gemeine Alraune." Próxima estación:
Final de trayecto.
(Se cierra el telón.)
Acto IV
It's never over
My kingdom for a kiss upon her shoulder
Jeff Buckley
(El
escenario es un parque en otoño. Hojas anaranjadas en los árboles y en
el suelo. En el centro hay un banco de madera pintado de negro, en el
cual está sentada E. Ahora está vestida con ropa normal, de calle. Está
leyendo un cómic. H. aparece por la parte izquierda, vistiendo el pijama
del acto II pero mucho más roto y gastado. Está despeinado y sin
afeitar, visiblemente cansado. E. le mira sorprendida.)
H.: Déjame de una vez.
E.: Pero, ¿de dónde sales? ¿Qué te ha pasado?
H.: Como si tú no lo supieras. Después de la noche que me has dado, aún te dignas a aparecer...
E.: Pensaba que ya habíamos dejado eso de lado. (Suspira.) Me incomodas. Y ya que sacas el tema, he pasado la noche... fuera. No tienes buen aspecto.
H.: Claro. Por supuesto. La noche... la noche ha sido... (Camina unos pasos enfurecido hacia el banco, pero se desploma al llegar y cae al suelo.)
E.: ¡H! (E. hace ademán de inclinarse a ayudarlo, pero H. la rechaza extendiendo el brazo frente a ella.)
H.: No te acerques a mí. No me toques nunca más. Te... (Sufre una convulsión y se agarra la cabeza con las dos manos.) ¡Argh!
E.: Ya veo. ¿Has vuelto a dormir con la botella. verdad? Creí que te dejaba peor, pero siempre vuelves a caer.
H.: Bien lo sabes tú... Joder, claro que sí. Venenosa y curativa a partes iguales. Te maldigo.
E.: Oye,
respétame. Que no pueda darte lo que quieres no significa que no quiera
ayudarte. Pero tú me odias, y me haces daño así. ¿Crees que no me
duelen las miradas llenas de rencor que me lanzas? Echo de menos
llevarnos bien como antes. Me das miedo, maldita sea. Pensaba que si nos
distanciábamos ibas a dejar de echármelo todo en cara, pero...
H.: No... si en el fondo lo sé. (Tose.) Sólo quiero que salgas de mi cabeza, porque me estás matando.
E.: ¡Pero yo no tengo nada que ver con eso! Todo lo tienes ahí dentro.
H.: (Susurrando) ¿Y... y crees que no sé eso también? Pero te sigo necesitando aunque no sea de verdad, joder. (Agacha la cabeza.) No me va bien borrarte sin más, ni puedo hacer eso.
E.: Yo tampoco. No me gustaría... pero tampoco me gusta cómo estamos ahora.
(H. extiende los brazos. E. lo ayuda a incorporarse y termina abrazándolo para sentarlo a su lado en el banco. Permanecen así.)
H.: Eres
como si... Me vino una imagen el otro día a la cabeza. Ojalá dibujase
mejor... Imagínate a Batman con su traje frente al espejo de su cuarto
de baño. Se ha quitado la máscara. En sus manos hay utensilios de
maquillaje, y amontonados en el lavabo sprays de pintura. Se ha pintado
toda la cara como el Joker, blanca, roja, negra, y teñido el pelo de
verde. Torpemente, mal, en un ataque de locura...
E.: Porque
lo necesita para no volverse loco del todo. Necesita apoyarse en su
némesis para sentirse vivo, para tener una meta. ¿Eso soy yo para tí?
¿El mal soportable?
H.: Mucho más que eso. El mal necesario.
E.: Gracias, supongo... (Imitando al Joker.) ¡No tienes por qué fingir que todo tiene sentido, que toda esta lucha sirve para algo!
(H. la aparta de un empujón y se levanta de un salto.)
H.: ¡Aléjate de mí! Lo sabía.
E.: ¿Por qué has hecho eso? Yo...
H.: Venga
ya, deja de aferrarte. Deja de intentarlo, porque se tiene que acabar.
Diablos, tenía que haberse acabado al primer aviso. Todo lo que ha
venido después ha sido una estupidez que no hace más que amargarme la
vida. (La señala acusadoramente.) Te lo habría dado
todo. TE LO DÍ TODO, JODER. No finjas no saber todo el tiempo que
sacrifiqué por una esperanza. Una ESTÚPIDA, FRÁGIL y PUTA esperanza. Un
millón de deseos que habría cambiado sólo por sentirte una vez, y todo
eso desapareció de repente. ¿Tu misterio? ¿Dije que necesitaba tu
misterio? Claro que sí, pero tu misterio desapareció cuando revelaste tu
verdadera cara y me diste la espalda.
E.: H., lo siento...
H. ¡CÁLLATE!
Se tiene que acabar, y se va a acabar, y te voy a ganar. Te gané esta
noche y me la he pasado entera huyendo de tí a través de no quieras
saber cuántos lugares siniestros que no se acabaron hasta que salió el
sol y te convertiste en piedra. Te he ganado, así que desaparece. Ya no
me importa seguir sabiendo que disimulas porque te mueres por que
alguien te incendie por dentro, y eso es lo que te mata.
E.: Ya me voy... (Con un nudo en la garganta.)
H.: Nunca
más voy a escapar, ya estoy cansado. Te destierro de mi vida, ¿lo
entiendes? Es la última flecha que disparo. Ya no te necesito. Estoy
mejor sin tí, ¿no lo ves? ¿NO LO VES?
E.: Tranquilo, H. (Entre lágrimas.) Ya me voy. (Se levanta y camina hacia el lado derecho del escenario hasta desaparecer.)
H.: Vuelve al sitio de donde nunca debiste... (Siente otra convulsión y cae al suelo entre gritos. Se cierra el telón.)
Acto V
Y después se hizo el silencio y el silencio fue a parar
a una especie de pesada y repartida soledad,
y la soledad dio paso a un terror que hacia el final
nos mostró un mundo del que ninguno quisimos hablar.
Nacho Vegas
(El
escenario es de nuevo la consulta del Dr. Rimunades. Sentado en el sofá
sin mirar a H. tumbado en el diván, ya arreglado y con la misma ropa
del primer acto.)
H.: Fue agotador, ¿sabe? Todo ese rencor saliendo. Pero valió la pena.
RIMUNADES: Ya veo. ¿Qué ha sido de ella?
H.: ¿Cómo
quiere que lo sepa? Hice eso para no tener que verla nunca más, y
procuro cumplirlo. Además, ¿no era usted el que decía que sólo le
interesaba hablar de las personas que se encontrasen en su consulta?
RIMUNADES: Intentaba
encontrar algún punto interesante de su historia, no se moleste.
Entonces podemos decir que el jugo de mandrágora funcionó. ¿No es así?
H.: ¿Se refiere a ésto? (Saca la botella de dentro de su chaqueta y la sostiene en alto. Apenas le queda un poco de contenido.) Por favor, no vuelva a recetarle esto a nadie. Produce las peores alucinaciones, Al menos eso quiero creer. (Deja la botella en el suelo.)
RIMUNADES: De
acuerdo con su relato de la experiencia en el tren, parece lo más
plausible. Pero sin ello no habría encontrado el valor, por llamarlo de
alguna forma, para decirle a esa pobre chica lo que le dijo.
H.: Lo
que sea, pero jamás volveré a beber nada semejante. No quiero volver a
ese horrible mundo donde ella hace lo que quiere conmigo. Sabe... me
humilló delante de toda una sala llena de personas que nos estaban
mirando. Tenía cosas íntimas que usó en mi contra.
RIMUNADES: Propio de un ser abyecto y cruel, desde luego. (Lanza una mirada cómplice al público.) Bien, entonces, ¿qué es lo que ha aprendido?
H.: Que
debemos preparar a las nuevas generaciones. Enseñarles a considerar la
posibilidad de que el amor no sea suficiente para salvarles. Casi me
cuesta la vida, pero yo lo he aprendido y ahora soy una persona nueva.
He vuelto a cumplir los plazos de entrega, no he vuelto a beber por las
noches ni ella ha vuelto a visitarme.
RIMUNADES: ¡Oh, misericordia!
H.: También
he aprendido a no obsesionarme con algo que no conduce a nada y a no
quemar mis esperanzas en ello, porque puede resultar fatal. Hay que ser
cauto y actuar racionalmente ante todo. Y no hay que arriesgarlo todo
por nadie, porque nadie lo hará por nosotros. Al fin y al cabo, es sólo
una relación emocional intensa que se acaba. Se acaba, y el sol sigue
saliendo, la gente sigue sin tener ni puta idea de música y el puerto
sigue al lado del mar. La vida debe seguir, y lo hace. Si estás vivo,
tienes que jugar. Sólo tengo algo que me molesta...
RIMUNADES: Dígame.
H.: No
he vuelto a escribir una línea medianamente decente. Es como si me
faltara su chispa para inspirarme, como antes lo hacía. Me preocupa no
volver a ser el de antes. Antes no dudaba de mi talento, sólo del
criterio de los demás. Ahora, por primera vez, dudo. Y tal vez, si
ella...
RIMUNADES: También puede buscarse un trabajo de verdad.
H: ¿Qué quiere decir?
RIMUNADES: Que
ahora que ha conseguido librarse de su obsesión, podría empezar a
ponerse serio ante la vida. Ya sabe, asumir responsabilidades que antes
no podía hacer. Estudiar una carrera, el coche, trabajar de sol a sol,
cuidar las relaciones sociales y familiares, forjarse una reputación,
cuidar su salud, hacer algo por los demás. Esas cosas que todo el mundo
hace. En fin, señor H. Lo veré la semana que viene. Tengo que irme a
recoger a mis nietos del aeropuerto. (Se levanta.) Le acercaría de paso al centro, pero es pronto para una terapia tan vertiginosa, me temo. (Se pone el abrigo, coge el sombrero y el paraguas y sale de la consulta.)
H.: Claro, doctor... Muchas gracias. (Se
cierra la puerta. H. mira a su alrededor, fija la vista en la botella y
tras unos instantes la coge. La abraza y se acurruca en el diván.
Vuelven a sonar los gritos desgarradores. Se cierra el telón.)
FIN
Imagen de portada: "Embrace", por Laurie Lipton
La próxima vez lo haré mejor. Eso es lo único que merezco dedicar.
3 Comentarios:
Dime que esto que escribes
30 de Noviembre de 2010 • 21:21 — piritaPues... lo es. Espero que
2 de Diciembre de 2010 • 02:02 — Sangtrait_87Claro que es para bien...
4 de Diciembre de 2010 • 12:38 — piritaClaro que es para bien... es fantástica tu historia.