Internet, internet. Posiblemente en ningún otro momento de la historia hemos tenido la opción de expresar nuestros pensamientos al resto de la humanidad, dar nuestra opinión a todo el universo conocido y compartir nuestro pequeño mundo interior con el resto de la Tierra. De acuerdo, es un instrumento y un medio de formación, una nueva forma de entretenimiento, el medio de comunicación que más ha roto esquemas y transformado nuestros hábitos y relaciones, pero incidir en todo eso es algo tan aséptico y aburrido…
Juanma Bajo Ulloa, ya hace unos añitos, cuando se interrogaba sobre el papel que iban a desempeñar las cámaras digitales en el cine, además de alabar el lógico abaratamiento de costes, incidía, con un ligero tono de apesadumbrado, que se iba en poner (todavía más) en manos de un montón de estúpidos herramientas para hacer un millón de imbecilidades. Salvando las distancias: que todos tengamos voz en un foro, en una página web, que podamos comentar las noticias de un periódico digital o sencillamente un video de YouTube es netamente positivo. Pero el reverso tenebroso de tener que aguantar la diarrea mental de tantas personas, como puede ser el pensamiento de un Rafapal cualquiera, puede ser terriblemente abrumador.