La Biblioteca de Sajonia
Relatos de un redactor de MeriStation, cuyo mayor mérito hasta el momento ha sido demostrar que la realidad no sólo puede superar a la ficción, sino también al Photoshop...
Vergel se dio la vuelta para observar a sus hombres. En aquellos rostros no existía rastro alguno de temor. Era una buena señal, sobre todo teniendo en cuenta que una buena parte de esos mercenarios habían sido anteriormente caballeros cristianos, antiguos servidores del Imperio en aras de mantener a los sarracenos alejados de Tierra Santa. En aquel lejano lugar, criaturas como la que permanecía encerrada en los calabozos de la fortaleza de Dalkorem eran firmes aliados de los Islamitas, y habían acabado expulsando a los soldados del Imperio Cristiano con una facilidad pasmosa en apenas unos meses desde que forjaran la alianza. El líder de los mercenarios observó más detenidamente los rostros de los supervivientes de aquellas batallas, cuyos ojos reflejaban un odio más que palpable. Por supuesto, no era un odio tan profundo y visceral como el que Vergel sentía, pero sin duda sería el suficiente como para permitirles plantar cara al ser que aguardaba su sentencia final en los calabozos de la fortaleza.
Aún así, Vergel no debía olvidar que varios de los hombres que tenía frente a él jamás se habían enfrentado al tipo de enemigo con el que entablarían combate en breve. En los semblantes de esos mercenarios era claramente visible una señal de profunda ignorancia; y eso sí que no era buena señal, así que Vergel se apresuró a tomar cartas en el asunto.
-Encended la hoguera –ordenó mientras daba la espalda a sus hombres y alzaba la vista hasta más allá de los muros que le rodeaban para acabar fijándola en el firmamento.
El cielo se encontraba libre de nubes, a excepción de las delgadas volutas de humo que se elevaban desde las numerosas chimeneas distribuidas a lo largo y ancho de la fortaleza. Desde luego, aquella situación no era nada corriente, sobre todo en esa época del año. Un clima soleado reinaba desde hacía varios días, sin que tan siquiera soplara el más mínimo atisbo de brisa, e incluso la mayor parte de la nieve acumulada en Monte Perdido había desaparecido. Las ventiscas y demás inclemencias del tiempo ayudaban a ocultar la fortaleza ante posibles amenazas externas, por lo que a Vergel no le hacía la menor gracia aquel clima insólitamente apacible. Ahora, por culpa del humo de las malditas chimeneas, la posición del fortín era visible a kilómetros y kilómetros de distancia. El líder de los mercenarios no tuvo más remedio que admitir que Dalkorem tenía razón. Si los soldados imperiales que atravesaban continuamente la cordillera aún no habían atacado, era simple y llanamente porque no tenían el menor interés en hacerlo. Mejor así, un problema menos del que preocuparse.
Uno de los soldados blandió su antorcha encendida y la acercó al considerable montón de madera que había sido apilado justo en el centro del patio interior. La madera, seca y cubierta de aceite como estaba, ardió con suma facilidad. Vergel caminó hasta aquella gigantesca hoguera e instó a sus hombres a que se acercaran; después centró su atención en quienes aún ignoraban todo lo que había que saber sobre la clase de enemigo a la que se enfrentarían en breve.
-Bien, escuchadme con atención. Olvidad todo lo que os hayan contado sobre las diferentes formas que existen de matar a criaturas como la que se encuentra encerrada en el calabozo, pues la mayoría de ellas son sólo cuentos de viejas –Vergel alzó una de sus manos enguantadas con la palma abierta, y fue contrayendo los dedos a medida que iba enumerando-. Crucifijos, agua bendita, estacas de madera, ajos... Todo eso son burdas mentiras, que quizá fueron sembradas y extendidas hace siglos por esa maldita especie para confundir y desorientar a quienes se dedican a darles caza.
>Sin embargo, una de ellas es cierta –continuó diciendo Vergel-. La luz solar puede matarles. Una exposición directa los incinera hasta dejarlos convertidos en un montón de cenizas humeantes. Por desgracia, aún queda mucho para el amanecer, así que usaremos otra cosa –Vergel blandió su propia tea y la acercó a la pira. El extremo superior del grueso palo de madera prendió con facilidad. Después la alzó para remarcar sus siguientes palabras-. El fuego. Sólo hay que acercar una llama a una de esas criaturas y arderá como si su monstruoso cuerpo estuviera compuesto por paja seca. De todas maneras, no os confiéis; no será fácil prender fuego a ese ser. Es inhumanamente rápido, mucho más que cualquiera de nosotros.
Relatos de un redactor de MeriStation, cuyo mayor mérito hasta el momento ha sido demostrar que la realidad no sólo puede superar a la ficción, sino también al Photoshop...
