2 de Diciembre de 2008
Oct
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Sendero de Sangre: Página 16

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        -No... –Dalkorem apretó los puños cuanto pudo, obligándose a sí mismo a reaccionar, a pensar con claridad-. Bajaré a la cueva del Oráculo. Allí están mis golems, ellos me protegerán en el caso de que esa criatura consiga dar conmigo.

        -Esa aborrecible criatura no dará con usted, Milord, tiene mi palabra –dijo Vergel con total convencimiento mientras tendía la mano a su señor para ayudarle a incorporarse-. Reuniré a mis mejores hombres y le daremos caza; pondré su cabeza a vuestros pies.

        -Ve pues –accedió Dalkorem. Luego observó las paredes y el techo manchados de sangre y restos orgánicos, para acabar deteniendo su vista en el destrozado cadáver del joven soldado que yacía en el suelo-. Y envía a alguien aquí para que limpie toda esta… porquería.

        Vergel asintió. Rápidamente, ordenó al soldado que llegó allí junto al ya difunto muchacho que escoltara a Dalkorem hasta la cueva del Oráculo. Al soldado no le hizo la menor gracia recibir ese mandato, pero no tuvo más remedio que asentir mientras miraba de reojo tanto al anciano como a los irreconocibles restos de su fallecido compañero, presa de un profundo temor por acabar igual que él. Vergel se dirigió a toda prisa hacia el comedor; desde allí saldría al exterior y daría la voz de alarma.

        Mientras corría, el líder de los mercenarios se permitió al fin exhibir en su rostro una amplia sonrisa de satisfacción. Después de tanto tiempo, finalmente había logrado forzar al hechicero para que diera la orden de ejecución. La criatura moriría esa misma noche, y sus colmillos pasarían a formar parte de la colección privada de Vergel.

 

 

        El líder de los mercenarios era consciente de su error, ya que con sus actos ponía en peligro los planes de aquellos a quienes realmente servía. Pero había sido superior a sus fuerzas, no pudo evitarlo por más que lo intentó. El odio que Vergel sentía hacia criaturas como la que permanecía encerrada en los calabozos de la fortaleza era demasiado fuerte e intenso como para poder ignorarlo.

        Vergel había recibido dos únicas órdenes por parte de sus superiores: proteger a Dalkorem y obedecerle fueran cuales fuesen las circunstancias. Como el viejo hechicero se negó desde el principio a dar la orden de ejecución, Vergel tuvo que buscarse un cabeza de turco, un pobre desgraciado ignorante al que manipular para que alimentara a la criatura sin ser consciente de que aquel ser sólo podía ser nutrido pocos minutos antes de la llegada del alba.

        Por supuesto, alimentar a la criatura justo cuando acababa de anochecer era poco menos que una temeridad, aunque Vergel no había tenido más remedio que hacerlo así. Dalkorem podía leer cualquier mente con asombrosa facilidad, por lo que si alguien le hubiera asegurado que la criatura acababa de ser alimentada antes de tiempo, cuando en realidad no era así, el viejo hechicero habría descubierto el engaño al instante.

        De todas maneras, el líder de los mercenarios no creía que el riesgo fuera muy alto. Aquel ser era bastante joven, y por lo tanto débil. En realidad, toda su especie se encontraba ya muy alejada de la gloria y el poder que antaño había poseído. Los miembros de la despreciable raza a la que esa criatura pertenecía llevaban varios siglos sumidos en un inexorable proceso de extinción; y Vergel, antes de entrar al servicio de Dalkorem, había sido uno de los encargados de acelerar ese proceso, dándoles caza sin descanso.

        El líder de los mercenarios dejó a un lado sus reflexiones y dio la señal de alto a los hombres que caminaban tras él. Eran una treintena, los mejores entre todos los que servían en el pequeño ejército de Dalkorem. Acababan de llegar al patio interior de la fortaleza; a una corta distancia podían ver el portón que daba acceso al calabozo subterráneo en el que aún permanecía cautiva la criatura.

 

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