2 de Diciembre de 2008
Sep
8

Sendero de Sangre: Página 4

Categorías: ,

        Tras unos cuantos ataques más, Dalkorem logró al fin recuperar la compostura. Se llevó su huesuda mano al pecho mientras trataba de volver a respirar con normalidad, y luego decidió bajar la vista para observar aquello que la tos había expulsado de su cuerpo. Normalmente solía ser sangre aunque, desde que Dalkorem empeoró, el fluido vital había sido sustituido por un nauseabundo y espeso líquido amarillento cuyo olor era peor incluso que el de su propio cuerpo extremadamente envejecido.        

Sin embargo, cuando el anciano logró al fin enfocar la vista, se dio cuenta de que no era nada de eso. Ni sangre, ni clase alguna de líquido.       

Lo que Dalkorem había expulsado de su cuerpo se movía ahora espasmódicamente sobre una de las lujosas alfombras que cubrían el suelo de sus aposentos.       

Gusanos, asquerosos gusanos blanquecinos. La mayoría no eran más grandes que una uña, aunque al menos un par de ellos tenían el tamaño de un pulgar. Dalkorem se quedó sorprendido, horrorizado, petrificado, y entonces sintió como algo reptaba por su labio, luchando por volver a introducirse en su boca desdentada. El anciano lo tiró al suelo de un manotazo. Era otro gusano, más gordo y grande que cualquiera de sus congéneres.       

Los sirvientes, nada más ver aquello, apartaron la vista asqueados. Las dos mujeres que habían vestido a Dalkorem se echaron al suelo y comenzaron a vomitar, incapaces de reprimir las nauseas por más tiempo. Incluso el fiel e impasible Vergel, aún consiguiendo permanecer con la vista clavada en su señor, no pudo evitar arrugar la nariz en un gesto de desagrado. Las únicas personas de aquella estancia que permanecieron impasibles fueron las jóvenes concubinas, hipnotizadas y drogadas como estaban.       

-Mi... Mi bastón... –acertó a balbucear Dalkorem mientras alargaba su huesuda y temblorosa mano e intentaba reprimir un nuevo acceso de tos.       

Vergel se lo alargó y el anciano se aferró a él de inmediato, manteniéndolo apretado junto a su cuerpo con la poca fuerza que sus envejecidas manos le permitían. Aquel bastón de mago era una auténtica obra de arte, tallado de manera exquisita y salpicado de hermosas gemas a lo largo de su superficie. El báculo había sido forjado casi por completo mediante el uso de un laborioso proceso de aleación que permitía fusionar el platino y el ónice, ya que el extraño metal resultante era el mejor conductor de magia que se conocía. Dalkorem necesitaba aquel objeto como cualquier ser vivo necesitaría el aire para respirar, pues su cuerpo se había vuelto inútil para ejecutar cualquier clase de hechizo. Si el viejo mago decidía intentar usar su propio organismo como conductor final de un sortilegio, seguramente acabaría reventando en mil pedazos debido a la presión. Por suerte, contaba con su báculo para tal efecto.       

El anciano hechicero murmuró unas cuantas palabras. Su bastón brilló con luz propia durante un instante, e inmediatamente después los temblores del cuerpo de Dalkorem remitieron visiblemente hasta acabar desapareciendo casi por completo. Tras esto, el anciano logró incorporarse sin ayuda alguna; aunque tuvo que ayudarse de su bastón para mantenerse erguido, pues sus piernas eran incapaces de sostenerle por si solas.         

-¿Aún es de día? –preguntó a continuación mientras dirigía su cansada vista hacia Vergel.        

-No, Milord. El Sol se ocultó hará una media hora.       

-¿Cuántos han sido capturados hoy?

Página siguiente         

Página anterior

Primera página

0