La Biblioteca de Sajonia
Relatos de un redactor de MeriStation, cuyo mayor mérito hasta el momento ha sido demostrar que la realidad no sólo puede superar a la ficción, sino también al Photoshop...
-Ummmm...
El acceso de ira que había dado fuerzas al viejo hechicero se desvaneció, por lo que no tuvo más remedio que dirigirse a la pared más cercana para apoyar el hombro en ella y así evitar caerse. Luego posó la temblorosa y arrugada mano que tenía libre sobre su pecho. El corazón (o el seco, agarrotado y minúsculo músculo en el que seguramente se había convertido su corazón) latía con una violencia arrítmica. Dalkorem se encontraba al borde de un colapso.
-Milord, debe tratar de controlarse. Se encuentra demasiado débil, cualquier sobreesfuerzo podría ser fulminante para usted –le aconsejó Vergel desde una cierta distancia. Aún no quería acudir en su ayuda, o al menos no hasta asegurarse de que el viejo hechicero se había calmado por completo.
-¿Cómo ha podido pasar esto?... ¡Inútiles!
-Hemos alistado a varios reclutas nuevos en los últimos días –comenzó a argumentar Vergel-. Usted mismo...
-¡¿Y cómo demonios ha podido uno de esos condenados imbéciles tener acceso al calabozo?!
-Lo... Lo ignoro, Milord.
-La criatura se ha alimentado, y se encontrará en plenitud de faculta… –Un nuevo acceso de tos interrumpió a Dalkorem durante casi un minuto. Por fortuna no expulsó nada, aunque sintió algo en su garganta, algo que parecía moverse. Tragó toda la saliva que pudo, y sólo siguió hablando cuando se aseguró de que aquel cuerpo extraño ya no se encontraba en su tráquea-. Aún quedan demasiadas horas para que esa condenada aberración de la naturaleza entre en letargo, y no me encuentro en condiciones de enfrentarme a él. ¡Nos matará a todos!
Dalkorem pegó la espalda contra la pared y se dejó caer hasta quedar sentado; luego comenzó a temblar como un niño pequeño en mitad de una pesadilla.
-¿Por qué? ¿Por qué ahora? Va a matarme –balbuceó con tono lastimoso-. Estaba tan cerca, después de tantos y tantos años. Tan cerca...
Dalkorem se acordó de algo en lo que no había caído hasta entonces. Alzó el rostro para mirar a Vergel.
-¡Los sellos! –exclamó el anciano- Las puertas del calabozo de esa criatura, las sellé mágicamente. Sólo podría abandonar su celda atravesándolas o derribándolas, y no podrá por mucho que lo intente.
-Pero se ha alimentado, así que vuelve a ser consciente de sus actos. Ya no se comporta como un animal salvaje, por lo que buscará otra salida –replicó Vergel-. Yo mismo he visto con mis propios ojos como otros de su especie atravesaban sólidas paredes de roca con las manos desnudas, como si se abrieran paso a través de un muro de mantequilla, así que me temo que no existe calabozo que pueda retenerle.
-Por todos los dioses… –El viejo hechicero se cubrió el rostro con las manos-. Esto no puede estar pasando, no cuando estoy tan cerca.
-Milord, hay que destruir a ese ser antes de que escape –concluyó Vergel, quien al fin se atrevió a acercarse a Dalkorem-. En realidad, teníamos que haber aniquilado a esa aberrante criatura en el mismo instante en que apareció, tal y como le aconsejé.
-No... No puedo… No puedo enfrentarme a él –balbuceó el anciano mientras bajaba la vista hacia el suelo-. Estoy demasiado débil, esta vez no podré detenerle.
-Yo lo haré. He matado a muchos como él en el pasado. Sé como destruirle –aseguró Vergel-. Usted quédese aquí.
Relatos de un redactor de MeriStation, cuyo mayor mérito hasta el momento ha sido demostrar que la realidad no sólo puede superar a la ficción, sino también al Photoshop...
