La Biblioteca de Sajonia
Relatos de un redactor de MeriStation, cuyo mayor mérito hasta el momento ha sido demostrar que la realidad no sólo puede superar a la ficción, sino también al Photoshop...
Todo aquello había tenido lugar muy poco tiempo atrás. Veinte minutos a lo sumo.
Lo había hecho, el joven imbecil había alimentado a la criatura cuando apenas acababa de anochecer. Un nuevo estremecimiento recorrió el cuerpo de Dalkorem; al igual que el anterior, no había sido causado por el frio, sino por el terror.
Aquel ser seguramente se encontraba ahora descansando, tumbado en el suelo mientras su cuerpo se regeneraba gracias a la sangre que había ingerido. Luego despertaría siendo de nuevo dueño de sus actos; siendo consciente de quién era, de dónde se encontraba…, y de quién le había encerrado allí.
Quizá ya había despertado; quizás en aquel mismo instante andaba suelto por la fortaleza, buscando a Dalkorem para hacerle pagar con creces por todos los padecimientos que el viejo hechicero le había infligido.
-¡Idiota! ¡Malnacido! ¡Hijo de mala madre! –Dalkorem acabó explotando de ira. Incluso su voz dejó de estar atenazada por la debilidad- ¿Sabes lo que has hecho? La criatura sólo debe ser alimentada pocos minutos antes del amanecer. ¡Pocos minutos antes del amanecer! ¡Y la noche apenas acaba de comenzar! ¡¿Sabes lo que has hecho?!
Hasta ese momento, tanto Vergel como el compañero del joven soldado habían permanecido situados justo al lado de Dalkorem; pero se apartaron de inmediato, sabedores de lo que iba a suceder a continuación.
-Yo... Yo no sabía... Yo creía que usted había ordenado…
El joven, que seguía tirado en el suelo, alzó la cabeza e intentó explicarse, pero ya era tarde para eso. El rostro de Dalkorem solía mostrarse incapaz de reflejar clase de emoción alguna, sobre todo debido a las innumerables arrugas que lo surcaban por completo; pero en aquel momento era la viva expresión de una ira tan inconmensurable como incontrolable. El hechicero bajó su báculo y apuntó al joven soldado con él. Algo que pareció ser una corta ráfaga de aire helado golpeó y rodeó el cuerpo del muchacho, y desde aquel mismo instante fue incapaz de moverse. Una fuerza invisible lo levantó hasta mantenerle fijo en una posición completamente vertical. Sus brazos quedaron rígidos, pegados al costado; su cuello se estiró y su cabeza se alzó hasta quedar mirando al techo. El joven intentó hablar, pero los músculos de su garganta se encontraban demasiado tensos y no pudo moverlos.
-¡Malnacido! ¡Bastardo! –Dalkorem trazó con su báculo una línea ascendente, y en ese mismo instante el muchacho salió disparado hacia arriba. Su cabeza se estrelló con una violencia espantosa contra el techo- ¡¿Sabes lo que has hecho?! ¡Lo has liberado! ¡Condenado imbecil!
El viejo hechicero trazó repetidos movimientos ascendentes y descendentes con su báculo. Al mismo tiempo, el cuerpo del muchacho bajaba y subía para volver a estrellarse contra el techo, una y otra vez. Los impactos continuaban; su cráneo acabó quebrándose en decenas de pedazos; sus sesos se desparramaron por doquier; su rostro se convirtió en una masa sanguinolenta e irreconocible... Dalkorem, sin dejar de lanzar improperios y maldiciones, comenzó a sacudir su báculo a derecha e izquierda. El ya inerte cuerpo del joven pasó a estrellarse contra las duras paredes de roca con una violencia aún mayor. Sus huesos se quebraron; su caja torácica se desgarró; sus órganos internos reventaron y comenzaron a salir disparados por todas partes... Para cuando Dalkorem logró recuperar la calma, el cuerpo del muchacho se encontraba en un estado completamente irreconocible.
Relatos de un redactor de MeriStation, cuyo mayor mérito hasta el momento ha sido demostrar que la realidad no sólo puede superar a la ficción, sino también al Photoshop...
