Tengo una amiga, a la que quiero un montón aunque estemos peleados un día sí un día no, que odia los lunes. Les tiene una tirria mortal. Pase lo que pase, aunque sea algo bueno, tiene su carga negativa por haber ocurrido en lunes. Y claro, si pasa algo malo, que suele hacerlo, es algo gordo o que en parte, condiciona la semana. Si ya jode tener que levantarse para volver a levantar el país, peor es hacerlo con mal pie...
Y mira que tenía ganas de que llegase por fin hoy para así dar por concluida la Semana Santa y que volviese la normalidad. Pero la maldita festividad del diablo tenía que dejar sus secuelas, aún habiendo pasado ya 24 horas desde que encerraran por fin al último trono. Como cada mañana, a las 8:25 con la hora pegada al culo para no perder la costumbre, me enfundaba mi casco quitamultas y me montaba en mi flamante moto (o ciclomotor mejor dicho, que desgraciaco soy...) para ir al instituto. No obstante, se podía respirar un ambiente enrarecido. No había hecho más que subir la rampa del garaje y ya notaba en mis propias carnes que algo extraño sucedía. Era como si presintiera que nada bueno me aguardaba.