A la mañana siguiente, el grupo de Lezith y los demás se
preparaba para seguir con su viaje. Aún después de lo sucedido, seguían
teniendo un objetivo que cumplir y unas dudas que sólo el Guardián podría
resolver.
Pero uno de ellos no dormía, solo quedaba inmóvil, bajo el
frío manto de oscuridad que al alba comenzaba a desaparecer de la montaña. Syok
no pudo evitar acercarse a Lezith, que seguía sentado en la roca desde la que
podía contemplar los restos de lo que había sido una pequeña hoguera.
Tras varios minutos en silencio, Syok decidió dar el primer
paso.
- ¿Estás bien? –
en el fondo, conocía la respuesta de su compañero.
- Lo estaré... –
dijo Lezith mientras se levantaba y preparaba su equipo.
El grupo bajó la ladera de la montaña en silencio, nadie
estaba con ánimo de hablar. No era para menos, el sacrificio de Isal había sido
un duro golpe para todos, especialmente para Lezith, quien conservaba lo único
que quedaba de ella: un colgante que, según el pequeño alquimista del grupo,
poseía un gran poder.
Por fin, Nihls se atrevió a romper el hielo.
- ¿Adónde nos
dirigimos? – preguntó.
- Al bosque de los
dragones.