19 de Junio de 2013
Dic
29

Relato: Si te portas mal, vendrá Papá Noel.

Amigos, hoy quiero publicar en el blog un relato que he escrito y que, además, está ambientado en esta época del año. Pero no os esperéis un relato moñas sobre el espíritu navideño ni nada por el estilo, no va por ahí la cosa. Tengo que agradecerle a mi hermano un par de cosas: la idea original del relato y la ilustración que lo acompaña, que no es poco. Espero que lo disfrutéis.


 
Si te portas mal, vendrá Papá Noel.
 
 
 

- Papá Noel no tiene nada de simpático. Papá Noel mata niños.

- ¿Qué dices?

A sus seis años, Jorge no estaba seguro de poder creer todo lo que su hermano le contaba, por mucho que fuese su hermano mayor.

- Digo que Papá Noel no es como tú te piensas. A los niños buenos les trae regalos, pero… - Iván bajó la voz teatralmente a la vez que se aproximaba a su hermano - a los que se portan mal los estrangula en la cama con una cuerda.

Jorge se quedó atónito mirando el gesto de su hermano, que había empezado a agarrarse el cuello apretando un poco. Deseaba que Iván se echara a reír en cualquier momento, demostrándole que todo era una de sus odiosas bromas, pero éste continuó su representación con absoluta seriedad.

- Pero… a mí todos los años me trae regalos - replicó el pequeño.

- Eso es porque siempre te portas bien. Bueno - rectificó -, porque hasta ahora te portabas bien.

- ¡Este año también me he portado bien! - se apresuró a añadir Jorge.

Iván le miró extrañado.

- Sí, bueno… más o menos.

- ¿Cómo que más o menos?

- ¡Ssshhh! Baja la voz, idiota.

Iván se giró para echar una ojeada al pasillo y asegurarse de que su madre seguía en la cocina.

Vacío.

El escandaloso ruido del viejo extractor de humos continuaba fundiéndose con la voz de la mujer, que amenizaba sus escasos ratos dedicados a la cocina (que normalmente se limitaban a freír cualquier cosa o a meter algún alimento precocinado en el microondas) cantando canciones de sus años de adolescencia. Perfecto, era mejor que siguiese en la cocina, porque mamá siempre le castigaba cuando asustaba al mosquita muerta, ¿pero qué podía hacer él si era tan divertido? Desde luego, ella no lo entendía.

- ¿Te acuerdas el día que perdiste las llaves de papá en el centro comercial?

Jorge se quedó helado. Odiaba que su hermano le recordara ese día (cosa que, por supuesto, hacía frecuentemente), porque aquel día papá y mamá se habían enfadado mucho, y por una vez, el responsable de aquel desastre no había sido Iván.

- Fue sin querer…

- Fue jugando con ellas, cosa que no tendrías que haber hecho. Y papá tuvo que cambiar las cerraduras de la casa, y se gastó un montón de dinero… La armaste buena.

Jorge se quedó un rato sopesando aquello. ¿Contarían ese tipo de accidentes como “portarse mal”? Papá solía distinguir entre las cosas que se hacían con mala idea (Iván) y las cosas que pasan por accidente (Jorge). Incluso el día en que el pequeño perdió las llaves, ese día en que su hermano Iván decidió canturrear incesablemente una estúpida canción,

Donde están las llaves, matarile-rile-rile…

papá se enfadó mucho al principio, pero viendo después el sofoco que el niño tenía, le dijo que no se preocupara, que había sido un accidente y ya está. ¿Tendría Papá Noel el mismo concepto de “accidente” que su padre?

- ¿Y a ti por qué te trae regalos todos los años? - preguntó Jorge cada vez más asustado.

- No te creas - contestó Iván fingiendo preocupación - el año pasado ya me dejó una nota advirtiéndome de que me perdonaba sólo por esta vez. Creo que esta noche… quizás también intente matarme a mí cuando acabe contigo - se acercó a su hermano y levantó algo la voz, para rematar la faena -, ¡porque siempre empieza por el más pequeño de la casa!

Jorge se levantó corriendo y salió de la habitación gritando.

- ¡Mamáaaa!

- ¡Ven aquí, idiota! - dijo Iván a la vez que trataba de agarrar a su hermano por la pierna para que no se chivase.

- ¡Mamá, Iván me está asustando!

Iván salió corriendo detrás de Jorge en dirección a la cocina para desmentir rápidamente tales acusaciones. En estos casos era conveniente poner cara de inocente lo más rápido posible y fingir que no sabía de qué demonios hablaba el mosquita muerta, aunque Iván tenía a sus espaldas suficientes antecedentes como para saber que su credibilidad estaba merecidamente por los suelos y que no tenía posibilidad ninguna de salir airoso de aquello.

Pero había conseguido asustar a su hermano una vez más… ¡Jo, ¿acaso no era divertidísimo?!

 

 

Eran las siete de la tarde cuando Iván escuchó el ruido del coche de su padre entrando al garaje. Hasta el sonido más leve se percibe mejor desde el encierro en una habitación sin televisión y sin música, y a sus diez años, una situación así no era ni mucho menos novedosa para Iván. Tirado en su cama, ojeaba un libro demasiado infantil para él, uno que debían haberle regalado al menos tres años atrás. No comprendía por qué la gente se empeñaba en regalarle libros. El mosquita muerta, sin embargo, los desgastaba de tanto usarlos. Jorge había aprendido a leer asquerosamente pronto, y desde entonces no paraba de releer los libros una y otra vez. Él, sin embargo, prefería limitarse a ojear de vez en cuando los dibujos, y lo que tuvieran que contarle con tediosas palabras y más palabras le importaba más o menos un pimiento.

Escuchó a su padre bajar del coche, entrar en casa y llegar hasta la cocina. El incesante ruido del extractor le impedía oír la conversación entre sus padres, pero se imaginaba perfectamente lo que estaba sucediendo, y casi podía oír la voz de su madre con su exagerado tono de mujer agotada diciéndole a su padre que era incapaz de controlar a su hijo mayor.

También sabía perfectamente en qué consistía el segundo acto de la función, y sólo tuvo que esperar un par de minutos para escuchar los pasos de su padre subiendo las escaleras y caminando por el pasillo en dirección a su habitación. La puerta se abrió e Iván se hizo el despistado pasando páginas del estúpido libro hasta llegar a una en que una tortuga sudorosa era adelantada por una liebre en una especie de carrera animal. Se quedó mirándola con fingido interés.

- ¿Qué le has hecho a tu hermano? - fue la absurda pregunta de su padre.

- ¿Yo? Nada - fue la evidente respuesta de Iván.

El hombre, sin entrar a la habitación, abrió más la puerta.

- ¿Es que ni siquiera el día de Nochebuena puedes portarte como es debido?

- ¿Pero yo qué he hecho?

- Te tengo dicho que no asustes a tu hermano.

- Es que ése se asusta con cualquier cosa…

- “Ése” es tu hermano y se llama Jorge, ¿vale? Y tiene seis años, así que más vale que dejes de contarle historias si no quieres pasarte la vida encerrado aquí sin tele y sin nada, ¿me oyes?... ¿Me has oído, Iván?

- ¡Que sí! - contestó finalmente el crío - ¿Puedo salir ya?

- Cuando vengan los abuelos. Y mañana ya veremos qué regalos te encuentras.

- Pues vale.

Iván volvió a clavar la mirada en el libro mientras su padre cerraba la puerta de la habitación. Los abuelos llegarían pronto, a su abuela le daría un patatús si no ayudaba a preparar la cena, así que no tendría que aguantar un encierro demasiado largo. Y en cuanto a los regalos, ¿a quién querían engañar? Iván sabía perfectamente que nunca serían capaces de dejarle sin regalos de Navidad, por muy gorda que la liase. Ésa era la ventaja de llevar años tanteando los límites de la paciencia de sus padres, limites que, afortunadamente para él, de momento estaban resultando ser sobradamente amplios.

 

 

Iván llevaba ya varias horas durmiendo. La cena había transcurrido con total normalidad y pronto los dos críos recibieron la orden de acostarse. Al contrario de lo que solía ocurrir otros años en Nochebuena, no le costó mucho conciliar el sueño. Se metió en la cama pensando en los dos videojuegos que había pedido por Navidad  y que pensaba estrenar nada más levantarse y pronto dejó de pensar en nada.

Faltaban pocos minutos para las cuatro de la madrugada cuando se sobresaltó. Creyó haber oído el ruido de la ventana al cerrarse, pero no llegó a ser demasiado consciente de nada, se encontraba en ese limbo entre el mundo real y el de los sueños. Probablemente había sido el viento, o quizás el ruido formaba parte de algo que estaba soñando. Un minuto después dormía de nuevo cuando sintió algo que, esta vez sí, le despertó con un gran susto.

Una cuerda no muy gruesa presionaba su cuello haciéndole casi imposible respirar. Un segundo después notó el colchón de su cama hundirse y a un tipo enorme subiéndose encima de él. Debía pesar más de cien kilos y vestía una especie de bata roja y un gorro del mismo color rematado en la punta por una bola blanca que le caía sobre los hombros. Tenía la nariz y las mejillas enrojecidas y el aliento le apestaba a whisky barato.

- ¡Ho, ho, hooo! - rió melódicamente el tipo -. Tú debes ser Iván, ¿me equivoco?

El crío pataleaba y se retorcía tratando de escapar de aquella inesperada y surrealista situación. Intentó pegar un grito bien fuerte que hiciese levantarse a sus padres de la cama, pero le resultaba imposible producir el más mínimo sonido con aquella cuerda presionando su pequeño cuello.

- Oh, espera - dijo Papá Noel -. Voy a aflojar un poco la presión, pero tienes que prometerme que no gritarás. Es que necesito que me confirmes que eres tú. ¿Lo has entendido? Sois muchos niños para una sola noche.

Iván asintió con la cabeza y unos segundos después notó la presión disminuir muy poco a poco. Cuando se vio capaz, cogió todo el aire que pudo y gritó.

- ¡Papáaaa!

Papá Noel se apresuró a taparle la boca.

- Joder, el crío de los cojones... ¡Te he dicho que no grites!

El viejo se había desplazado hacia delante levantando algo su gordo culo. En cuanto Iván notó las piernas libres golpeó con la derecha sin planteárselo, por puro instinto, hundiendo su rodilla en los testículos de Papá Noel. Éste soltó un grito ahogado a la vez que sus ojos se abrían como platos y dejó caer su peso a un lado del chiquillo.

Iván no perdió el tiempo. Se levantó de la cama gritando, buscando la salida y esperando ver en cualquier momento la figura de su padre abriendo la puerta. Salió de la habitación y giró hacia la derecha en el pasillo, hacia la habitación de sus padres. Podía oír al viejo gordo maldecir y ponerse de nuevo en pié mientras recorría el largo trecho que separaba su habitación de la de sus padres al otro extremo. Al pasar por la de su hermano Jorge tuvo la tentación de entrar y sacarlo de la cama, pero sin duda lo mejor era que su padre se levantase lo antes posible para protegerles a los dos. Pasó por delante de la escalera que bajaba hacia el piso inferior y enseguida se plantó delante de la habitación.

- ¡Papá, mamá! - gritó mientras aporreaba literalmente la puerta y bajaba una y otra vez la manivela -. ¡Papáaaa, levántate!

Estaba bien cerrada, y del otro lado no se adivinaba ni el más leve sonido. Iván notó entonces una oleada de terror frío invadir su pequeño cuerpo, y aunque siguió gritando, golpeando y empujando, tuvo la certeza de que nadie iba a contestar. Escuchó la melódica risa de Papá Noel propagarse por el pasillo y se giró pegando su espalda contra la puerta. Allí estaba de nuevo aquel hombre que bien sabía el crío que no podía existir, saliendo por la puerta de su habitación con la cuerda con que había intentado estrangularle.

- Es mejor que te quedes ahí, ¿vale? - dijo Papá Noel -. Me has hecho mucho daño en los huevos y estoy muy, muy cabreado. Además, que tengo prisa, coño.

Empezó a avanzar hacia el muchacho, que estaba paralizado y sin saber qué hacer. Se quedó quieto, esperando a ver si el hombre pasaba de largo la habitación de Jorge o se detenía ante la puerta. Como suponía, pasó de largo. Para algo el mosquita muerta era un santo.

Salió corriendo escaleras abajo. Ya había dejado al gordo acercarse mucho, demasiado. Al cuarto escalón notó una mano enguantada rozarle el hombro y estirar del cuello de su pijama hacia atrás con mucha fuerza, lo que le hizo perder el equilibrio y caer rodando escaleras abajo. Se golpeó por todo el cuerpo, pero la peor parte se la llevaron la pierna izquierda y los brazos, con los que había intentado protegerse la cabeza. También sintió un dolor muy agudo al golpearse en un costado contra el borde de un escalón, pero afortunadamente ninguno de estos golpes le impidió levantarse y volver a ponerse en marcha en cuanto llegó al suelo del piso inferior.

Se le pasó rápidamente por la cabeza la idea de que su madre pudiese encontrarse aún en la cocina fregando los cacharros de la cena y fue hacia la izquierda. Mucho antes de llegar a la puerta ya era consciente de que aquello era absurdo y de que había sido una decisión estúpida. Podía oír los pasos de Papá Noel bajando la escalera a toda prisa. En menos de un segundo estaría abajo, bloqueándole el paso hacia el otro extremo, hacia la salida de la casa.

Ya no había otra opción, entró en la cocina y se fue directo a los cajones que había cerca del fregadero. Los abrió y empezó a buscar apresuradamente un cuchillo para defenderse. Sentía tal terror que no notaba las puntas de los tenedores clavándose en sus pequeños dedos mientras buscaba el cuchillo que tenía en mente, uno grande y afilado que su madre gastaba para cocinar. El chico sabía de sobra que los que usaban a diario no servían para cortar ni el aire. Oír el sonido de las pesadas botas de nieve avanzando rápidamente hacia la cocina le provocaba un temblor aún mayor en las manos. Aquel cabrón era rápido para estar tan gordo y viejo. Le pareció ver el mango del cuchillo que buscaba y hurgó en esa dirección, apresurándose y sin atreverse a mirar hacia atrás. Estaba muy cerca. Agarró el cuchillo y se disponía ya a girarse cuando notó de nuevo la fina cuerda presionando su cuello y estirando de él hacia atrás con mucha fuerza. El cuchillo se le escurrió de entre los dedos cayendo de nuevo al cajón.

- ¡Para ya, cabroncete! Me vas a hacer sudar en pleno diciembre, joder.

Iván pataleó y agarró la cuerda para intentar separársela del cuello al menos un poco. Pero la fuerza con que Papá Noel la tenía agarrada y estiraba hacia atrás hacía imposible que el crío hiciese ningún progreso. Le era imposible coger la más mínima gota de aire, así que soltó la mano derecha de la cuerda, fijó su mirada en el cuchillo que quizás aún quedaba dentro de su alcance y estiró en brazo todo lo que pudo. Sus dedos rozaron el mango y desplazaron ligeramente el cuchillo hacia el borde del cajón, aproximándoselo un poco más. En cuanto el viejo se dio cuenta de lo que el chico pretendía se movió rápidamente hacia atrás tratando de apartarlo de allí, pero resultó ser demasiado tarde.

Iván alcanzó el arma en el último momento antes de sentir todo su cuerpo moverse hacia atrás con un fuerte estirón. No se lo pensó dos veces y hundió con todas sus fuerzas la hoja afilada en la pierna derecha de Papá Noel. El hombre dio un largo y fuerte grito maldiciendo al niño mientras soltaba la cuerda y se llevaba las manos a la pierna, e Iván aprovechó para colarse rápidamente por el lado izquierdo de aquella mole y buscar la salida de nuevo al pasillo. Respiraba rápidamente, maravillado por la sensación de poder hacerlo de nuevo.

- ¡Mocoso hijo de putaaa!

- ¡Papá, ¿dónde estás?! - gritó Iván una vez más.

Mientras el crío cruzaba el pasillo hacia el salón, Papá Noel agarró el mango del cuchillo y, rabiando de dolor, estiró para extraer la hoja de su pierna. Un reguero de sangre chorreaba desde su enorme muslo. Lo notaba descender caliente por su pierna, y se había empezado a formar un pequeño charco rojo en las baldosas blancas del suelo de la cocina.

Iván llegó hasta la puerta de la calle y trató de salir a pedir ayuda a la calle. No le sería difícil dar con alguna parejita que volviese de su cena de Nochebuena o con algún grupo de la iglesia que anduviese por ahí cantando villancicos. Pero en cuanto tiró de la manivela se acordó de que sus padres siempre cerraban con llave al acostarse. ¿Y dónde leches estaban sus padres? Sin perder ni un instante se giró hacia el mueble recibidor donde guardaban las llaves, pero se quedó petrificado al ver a Papá Noel apoyado en el marco de la puerta de la cocina.

Tenía la frente empapada y una gota de sudor le colgaba tambaleante de la nariz. Su mano derecha presionaba sobre la herida de la pierna con un viejo trapo de cocina enrojecido. Su mano izquierda le estaba apuntando con un revólver.

- Ni se te ocurra moverte, chaval - dijo el hombre muy despacio.

Iván sintió de repente un vacío total. Casi pudo oír en el interior de su cabeza cómo su instinto de supervivencia se rendía y, cansado, se largaba dejándolo allí solo. Bueno, chaval, lo hemos intentado, pero él es enorme, y tiene una pistola. ¿Qué más podemos hacer? Yo ya estoy cansado. Y en cierto modo, Iván también lo estaba. Si ese loco se había empeñado en matarle y los subnormales de sus padres no daban señales de vida poco más podía hacer él. Se dio cuenta de que las rodillas le temblaban y apoyó su espalda en la puerta para no caerse al suelo.

- Así me gusta, que seas obediente - Papá Noel había empezado a acercarse al niño despacio, cojeando, y dejaba a su paso un rastro de pequeñas gotas de sangre sobre el suelo y la alfombra del salón -. Y ahora que ya has decidido quedarte quietecito… sabes por qué estoy aquí, ¿no?

- Sí.

- A ver, dímelo, ¿por qué? Quiero oírtelo decir.

Iván guardó silencio. Su visión se había nublado y luego las lágrimas habían empezado a resbalar por sus mejillas. Aunque miraba hacia el suelo sabía que Papá Noel estaba cada vez más cerca y sin dejar de apuntarle.

- ¡Que me lo digas, joder!

- ¡Porque me he portado mal - gritó -, porque me he portado muy mal!

- ¿Si? ¿Qué has hecho?

- Me he reído de mi hermano y le he pegado cientos de veces, he mentido a mis padres y a mis profesores, le di una paliza a Marcos en el colegio, he… he… ¿Yo qué sé qué más? ¡He hecho muchas cosas, no me acuerdo!

Papá Noel estaba ya junto a él, y ambos se miraban directamente a los ojos. Mientras una sonrisa de satisfacción se dibujaba en el rostro demacrado del viejo, el niño había pasado del miedo a una rabia provocada por el cansancio y la tensión. Estuvieron así durante unos segundos que parecieron interminables.

- Eso está muy mal, Iván, pero que muy mal. Y eso por no hablar de que me has dado una patada en los cojones y me has clavado un cuchillo en la puta pierna. Los niños buenos no intentan matar a Papá Noel, ¿sabes? Posan su pequeño culito en mi pierna, me dan un besito y empiezan a contarme todas las gilipolleces que se les han antojado ese año, pero nada de cuchillos ni cosas así. Abre la boca.

- ¿Qué?

Papá Noel agarró al crío por la mandíbula e introdujo el cañón de la pistola en su boca. Iván comenzó a llorar de nuevo al notar aquel frío y metálico sabor en su lengua.

- A los críos que se portan mal lo que mejor les va es esto, que les vuelen la cabeza. Así el año próximo el mundo será un lugar un poquito mejor. Y yo tendré un poco menos trabajo la próxima Nochebuena, ¿ves qué bien?

Iván cerró los ojos y se preparó. Se preguntó si llegaría a oír el sonido del gatillo o incluso el sonido del disparo antes de que todo se apagase. También se preguntó si dolería. Quizás era como cuando uno iba al practicante, un pinchazo y fuera, aunque se acordó del día en que un novato le tuvo que pinchar varias veces y pensó que mejor no. Fuese como fuese, casi deseaba que aquel cabrón apretase el gatillo de una puñetera vez.

- ¿Papá Noel?

Los ojos de Iván se abrieron al oír aquella voz que llamaba al viejo desde el otro extremo del salón. Era una voz que conocía bien. Notó la presión del cañón aflojar y empezar a retirarse poco a poco de su boca, y cuando el gordo se giró un poco para mirar hacia atrás él también dirigió su mirada hacia la escalera.

Su hermano Jorge estaba allí, en el último escalón, con una mano apoyada en el pasamano y la otra sujetando su viejo peluche de Winnie de Pooh. Tenía todo el pelo alborotado, el pijama torcido y se frotaba los ojos apenas abiertos con un gesto soñoliento. Papá Noel se separó de Iván y empezó a caminar hacia atrás. Seguía apuntándole con la pistola, aunque mantenía la mano escondida para que el pequeño no pudiese verla.

- Tú debes de ser Jorge, ¿no? ¡Hooo, ho hooo!

Iván se fue dejando caer poco a poco hasta quedar sentado en el suelo junto a la puerta. No se sentía capaz de mantenerse en pié. Aunque las piernas ya no le temblaban tampoco tenía fuerzas y solo le apetecía dejarse caer. Vio a Papá Noel llegar hasta el pie de la escalera y agacharse para recibir un beso del pequeño. Se guardó la pistola y, mientras reía y alborotaba el pelo de Jorge con gestos cariñosos, charló con él durante un rato.

Iván no podía escuchar de qué hablaban. Jorge se había puesto de puntillas y susurraba algo al oído del viejo, que asentía y contestaba de vez en cuando. A veces era Papá Noel el que hablaba durante más rato y Jorge le miraba entre fascinado y muerto de sueño. A Iván solamente le llegaban pequeños susurros e imágenes entrecortadas. Cada vez sentía su cuerpo más pesado y le costaba más mantener los párpados abiertos. A él también le estaba venciendo un sueño descomunal.

Al rato, Papá Noel se acercó de nuevo a él, tratando de disimular su cojera. Al llegar se agachó y le levantó la cara para mirarle a los ojos. Su semblante cambió de forma radical, pasando del rostro amable y entrañable que había adoptado para hablar con Jorge a nuevamente el rostro de un loco obsesivo y borracho que daba mucho miedo.

- Jorge dice que no eres tan malo, y que sin duda el año que viene te portarás mucho mejor. Yo tengo mis dudas, pero como él es un angelito confiaré en su criterio. Así que ya sabes, espero que el año que viene seas bueno, realmente bueno, porque si vuelves a portarte mal… - dejó la frase suspendida mientras acariciaba la culata de su pistola que asomaba por el bolsillo de su chaqueta -. Y que conste que lo hago por él.

Iván escuchó todo esto a medias, sin ser demasiado consciente de nada. Se encontraba ya más dormido que despierto. Papá Noel se levantó y fue hasta la escalera, donde Jorge le esperaba. Cogió al chiquillo de la mano y empezó a subir las escaleras con él para dejarlo acostado de nuevo en su cama. A mitad del trayecto se giró y se dirigió por última vez a Iván, aunque éste ya no pudo escucharle.

- Feliz Navidad, chaval, ¡hooo, ho hooo!

 

 

Iván se despertó pasadas las diez y media el día de Navidad, batiendo de lejos un nuevo récord personal. Nunca había aguantado en la cama hasta más tarde de las ocho en un día como aquel, por más que su madre le prohibiese levantarse antes de las nueve para poder descansar del ajetreo de la noche anterior. Su frente estaba húmeda por el sudor y notaba un ligero temblor en las piernas. Palpó las sábanas de su cama y se extrañó al sentir aquel tacto tan reconfortante. Recordaba haberse quedado dormido en el suelo del salón después de… No, evidentemente aquello no podía haber sucedido. Agarró con fuerza de nuevo las sábanas y el temblor fue desapareciendo poco a poco.

Menuda pesadilla horrible, pensó con una profunda sensación de alivio.

Pasado un rato se levantó y salió de la habitación. Su padre caminaba por el pasillo y a punto estuvieron de chocar cuando Iván abrió la puerta de su habitación.

- Hombre, ya era hora, ¿no? Iba a sacarte de la cama.

El muchacho se quedó embobado mirando a su padre. No sabía muy bien por qué, pero se alegraba más que nunca de verle. Tuvo la sensación de haber estado buscando desesperadamente a su padre en aquella pesadilla y de no haberlo encontrado, pero a medida que pasaban los minutos todo lo relacionado con aquello se iba difuminando en su mente.

- Es que se estaba muy a gusto en la cama - dijo Iván tratando de explicarse.

Su padre le miró entre extrañado y divertido. No esperaba una respuesta así, más propia de un muchacho más mayor el día de Navidad.

- Sí, supongo que tienes razón - le contestó -. Pero baja, que tu hermano hace horas que ha abierto sus regalos.

Iván bajó las escaleras y se encontró con su madre y su hermano en el salón, junto al gran árbol de navidad que habían decorado todos juntos unos días atrás. Jorge se alegró mucho de ver a su hermano mayor y enseguida empezó a enseñarle todos sus regalos saltando de alegría. Iván, aunque estaba interesado en saber todo aquello, y especialmente en ver cuáles eran los paquetes que contenían sus regalos, echaba de vez en cuando una fugaz mirada al suelo, como si esperase encontrar en la alfombra manchas de algo. Quizás de sangre. Pero el suelo estaba perfectamente limpio. Su madre nunca se acostaba sin limpiar bien el salón tras la cena de Nochebuena.

- Venga, Iván, abre los tuyos de una vez - le dijo su madre.

Jorge apartó todas aquellas cosas extrañas de su cabeza y fue directamente a por sus regalos. Había varios paquetes con su nombre escrito bajo el árbol. Cogió uno de ellos y empezó a desenvolverlo rápidamente rasgando el papel de regalo. Se encontró con uno de los videojuegos que había pedido y sonrió mientras Jorge, a su espalda, le pedía que se lo enseñase. Al girar la caja, Iván vio un papelito que acompañaba al regalo. Lo cogió y lo leyó en silencio.

 

“Espero que te portes mejor el próximo año. Si no, ya sabes lo que pasará.”  Papá Noel.

 

Iván sintió que su corazón se aceleraba súbitamente y le vinieron a la cabeza de forma muy viva algunos momentos de su desagradable pesadilla. Porque había sido solamente eso, una pesadilla, ¿verdad? Miró a sus padres, esperando ver en sus rostros algo que le dijera lo evidente, que aquella nota la habían escrito ellos para recordarle que quizás el año próximo cumplieran al fin su amenaza de dejarle sin regalos si no se portaba bien.

Era evidente que la habían escrito ellos.

 ¿Verdad? 

5
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1 Comentario:

Madre mía que cosa más

Madre mía que cosa más terrorifica. Tal vez era el hemano, que habia contratado un matón. Tal vez eran los padres, que no sabian que hacer con semajante elemento. Tal vez era Papa Noel de verdad.

Dime que no te has basado en nada real, porfa, que lo que me hago por las noches no le parecera bien a Papa Noel...

Por cierto, genial el relato.