El
relato que comparto con ustedes es una parábola teñida con el
inconfundible estilo del escritor,y se titula como "Un virtuoso del
hambre" o "Un artista del hambre",dependiendo de la edición del volumen
en donde se haya condensado sus obras. "Un virtuoso del hambre" trata
acerca de un orgulloso ayunador de tendencias perfeccionistas que
practicaba su arte con fidelidad y ahínco, prolongando el ayuno a
períodos prácticamente inhumanos, pero como era de esperarse, el interés
popular por este arte ha ido decayendo con el pasar de los años, pese a
ello, el artista del hambre, de fuerte convicción, prosiguió ayunando
hasta el fin de sus días: El día que en vez de suscitar el asombro entre
la marabunta popular, permanecía impersonal ante la mirada de los
espectadores. Y luego fué sustituido por una vigorosa pantera, que era
todo lo contrario a él: saludable,espléndida,impetuosa y sobre todo
exhibicionista.
Desde mi punto de vista, el arte del ayunador representa metafóricamente
las postrimerías de una era por obrar por principios tradicionales, la
decadencia del ayunador representa el inicio de la modernidad, los cambios que conlleva y la lucha por
preservar tales principios,aunque a la final, con la prevalencia de la
estética (la pantera vigorosa y exhibicionista) en la época moderna, lo tradicional practicamente "muere de hambre" justo como le sucedió al pertinaz ayunador.
En los últimos decenios, el interés por los
ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar
grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente,
cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos.
Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a
cada día de ayuno; todos querían verlo siquiera una vez al día; en los
últimos del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado
ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones
nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días
buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les
mostraban el ayunador a los niños. Para los adultos aquello solía no ser
más que una broma, en la que tomaban parte medio por moda; pero los
niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y
boquiabiertos a aquel hombre pálido, con camiseta oscura, de costillas
salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja
esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortésmente o respondía con
forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un
brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, y volvía
después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de
nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única
pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando
al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en
cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los
labios.
*
Aparte de los espectadores que sin cesar se
renovaban, había allí vigilantes permanentes, designados por el público
(los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre
debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y
noche al ayunador para evitar que, por cualquier recóndito método,
pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo una formalidad introducida
para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien que
el ayunador, durante el tiempo del ayuno, en ninguna circunstancia, ni
aun a la fuerza, tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de
su profesión se lo prohibía.
A la verdad, no todos los vigilantes
eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces había grupos de
vigilantes nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se
juntaban adrede en cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un
juego de cartas con la manifiesta intención de otorgar al ayunador un
pequeño respiro, durante el cual, a su modo de ver, podría sacar
secretas provisiones, no se sabía de dónde. Nada atormentaba tanto al
ayunador como tales vigilantes; lo atribulaban; le hacían espantosamente
difícil su ayuno. A veces, se sobreponía a su debilidad y cantaba
durante todo el tiempo que duraba aquella guardia, mientras le quedase
aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus sospechas.
Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad que
hasta le permitían comer mientras cantaba.
Muy preferibles eran,
para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas, y que, no
contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala, le lanzaban
a cada momento el rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo que ponía
a su disposición el empresario. La luz cruda no lo molestaba; en
general no llegaba a dormir, pero quedar traspuesto un poco podía
hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sala llena de
una estrepitosa muchedumbre. Estaba siempre dispuesto a pasar toda la
noche en vela con tales vigilantes; estaba dispuesto a bromear con
ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en cambio,
las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de
nuevo que no tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el hambre
como no podría hacerlo ninguno de ellos. Pero cuando se sentía más
dichoso era al llegar la mañana, y por su cuenta les era servido a los
vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el
apetito de hombres robustos que han pasado una noche de trabajosa
vigilia. Cierto que no faltaban gentes que quisieran ver en este
desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero la cosa seguía
haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su cargo, sin
desayuno, la guardia nocturna, no renunciaban a él, pero conservaban
siempre sus sospechas.
Pero éstas pertenecían ya a las
sospechas inherentes a la profesión del ayunador. Nadie estaba en
situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como
vigilante junto al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por
experiencia propia si realmente había ayunado sin interrupción y sin
falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo,
un espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por otro
motivo, tampoco lo estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su
enflaquecimiento, tan atroz que muchos, con gran pena suya, tenían que
abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir su vista;
tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo
mismo. Sólo él sabía -sólo él y ninguno de sus adeptos- qué fácil cosa
era el suyo. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba,
pero no le creían; en el caso más favorable, lo tomaban por modesto,
pero, en general, lo juzgaba un escéptico, o un vil farsante para quien
el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que
tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había de aguantar todo
esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero,
en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez,
al fin de su ayuno -esta justicia había que hacérsela-, había abandonado
su jaula voluntariamente.
El empresario había fijado
cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual no le
permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no
dejaba de tener sus buenas razones para ello. Según le había enseñado su
experiencia, durante cuarenta días, valiéndose de toda suerte de
anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá aguijonearse
progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el
público se negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el
artista del hambre. Claro que en este punto podían observarse pequeñas
diferencias según las ciudades y las naciones; pero, por regla general,
los cuarenta días eran el período de ayuno más dilatado posible. Por
esta razón, a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula,
ornada con una guirnalda de flores; un público entusiasmado llenaba el
anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar, dos médicos
entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas científicas, y
el resultado de la medición se anunciaba a la sala por medio de un
altavoz; por último, dos señoritas, felices de haber sido elegidas para
desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la jaula y pretendían
sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para
conducirle ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de
enfermo cuidadosamente escogida. Y en este momento, el ayunador siempre
se resistía.
Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos
brazos en las manos que las dos damas, inclinadas sobre él, le tendían
dispuestas a auxiliarle, pero no quería levantarse. ¿Por qué suspender
el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún
mucho tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando
estaba en lo mejor del ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir
ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los
tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de
sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite
alguno a su capacidad de ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía
admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si aún podía seguir ayunando,
¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado, se hallaba
muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse en pie cuan
largo era, y acercarse a una comida, cuando con sólo pensar en ella
sentía náuseas que contenía difícilmente por respeto a las damas. Y
alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan
amable, en realidad tan cruel, y movía después negativamente, sobre su
débil cuello, la cabeza, que le pesaba como si fuese de plomo. Pero
entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el empresario
silenciosamente -con la música no se podía hablar-, alzaba los brazos
sobre el ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado en
que se encontraba, sobre el montón de paja, aquel mártir digno de
compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro sentido, lo era;
agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas
precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos
algo tan quebradizo como el vidrio; y, no sin darle una disimulada
sacudida, en forma que al ayunador, sin poderlo remediar, se le iban a
un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas, que
se habían puesto entretanto mortalmente pálidas.
Entonces el
ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el pecho, como
si le diera vueltas, y, sin saber cómo, hubiera quedado en aquella
postura; el cuerpo estaba como vacío; las piernas, en su afán de
mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra; los pies
rascaban el suelo como si no fuera el verdadero y buscaran a éste bajo
aquél; y todo el peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una
de las damas, la cual, buscando auxilio, con cortado aliento -jamás se
hubiera imaginado de este modo aquella misión honorífica-, alargaba todo
lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con el
ayunador. Pero después, como no lo lograba, y su compañera, más feliz
que ella, no venía en su ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las
suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de la mano del ayunador, la
portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala,
rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga por un criado, de
largo tiempo atrás preparado para ello.
Después venía la
comida, en la cual el empresario, en el semisueño del desenjaulado, más
parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía tragar alguna cosa, en
medio de una divertida charla con que apartaba la atención de los
espectadores del estado en que se hallaba el ayunador. Después venía un
brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el
ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo, marchábase
el público y nadie quedaba descontento de lo que había visto, nadie,
salvo el ayunador, el artista del hambre; nadie, excepto él.
Vivió
así muchos años, cortados por periódicos descansos, respetado por el
mundo, en una situación de aparente esplendor; mas, no obstante, casi
siempre estaba de un humor melancólico, que se acentuaba cada vez más,
ya que no había nadie que supiera tomarlo en serio. ¿Con qué, además,
podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía
alguien, de piadoso ánimo, que lo compadecía y quería hacerle comprender
que, probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía
ocurrir, sobre todo si estaba ya muy avanzado el ayuno, que el ayunador
le respondiera con una explosión de furia, y, con espanto de todos,
comenzaba a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas para
tales cosas tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear.
Disculpaba al ayunador ante el congregado público; añadía que sólo la
irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad incomprensible en
hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del
ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a
rebatir la afirmación del ayunador de que le era posible ayunar mucho
más tiempo del que ayunaba; alababa la noble ambición, la buena
voluntad, el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en
esta afirmación; pero en seguida procuraba echarla abajo sólo con
mostrar unas fotografías, que eran vendidas al mismo tiempo, pues en el
retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto de inanición, a los
cuarenta días de su ayuno. Todo esto lo sabía muy bien el ayunador, pero
era cada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de
la verdad. ¡Presentábase allí como causa lo que sólo era consecuencia de
la precoz terminación del ayuno! Era imposible luchar contra aquella
incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe,
escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero
al aparecer las fotografías, soltábase siempre de la reja, y,
sollozando, volvía a dejarse caer en la paja. El ya calmado público
podía acercarse otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor.
Unos
años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse de
ellas, notaban que se habían hecho incomprensibles hasta para ellos
mismos. Es que mientras tanto se había operado el famoso cambio;
sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para ello; pero
¿quién es capaz de hallarlas?
El caso es que cierto día, el tan
mimado artista del hambre se vio abandonado por la muchedumbre ansiosa
de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió
otra vez con él media Europa, para ver si en algún sitio hallarían aún
el antiguo interés. Todo en vano: como por obra de un pacto, había
nacido al mismo tiempo, en todas partes, una repulsión hacia el
espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía
haberse dado así, de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban
ahora muchas cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no
habían considerado suficientemente, presagios no atendidos como merecían
serlo. Pero ahora era demasiado tarde para intentar algo en contra.
Cierto que era indudable que alguna vez volvería a presentarse la época
de los ayunadores; pero para los ahora vivientes, eso no era consuelo.
¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por
las multitudes, no podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y
para adoptar otro oficio, no sólo era el ayunador demasiado viejo, sino
que estaba fanáticamente enamorado del hambre. Por tanto, se despidió
del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se hizo
contratar en un gran circo, sin examinar siquiera las condiciones del
contrato.
Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y
aparatos que sin cesar se sustituyen y se complementan unos a otros,
puede, en cualquier momento, utilizar a cualquier artista, aunque sea a
un ayunador, si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en
este caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado,
sino su antiguo y famoso nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la
singularidad de su arte, que, como al crecer la edad mengua la
capacidad, un artista veterano, que ya no está en la cumbre de su poder,
trata de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario, el
ayunador aseguraba, y era plenamente creíble, que lo mismo podía ayunar
entonces que antes, y hasta aseguraba que si lo dejaban hacer su
voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquella la vez en
que había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que
provocaba una sonrisa en las gentes del oficio, que conocían el espíritu
de los tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase olvidado el
ayunador.
Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo
de las circunstancias, y aceptó sin dificultad que no fuera colocada su
jaula en el centro de la pista, como número sobresaliente, sino que se
la dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante
concurrido. Grandes carteles, de colores chillones, rodeaban la jaula y
anunciaban lo que había que admirar en ella. En los intermedios del
espectáculo, cuando el público se dirigía hacia las cuadras para ver los
animales, era casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se
detuvieran allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a
él si no hicieran imposible una contemplación más larga y tranquila los
empujones de los que venían detrás por el estrecho corredor, y que no
comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las
interesantes cuadras.
Por este motivo, el ayunador temía aquella hora
de visitas, que, por otra parte, anhelaba como el objeto de su vida. En
los primeros tiempos apenas había tenido paciencia para esperar el
momento del intermedio; había contemplado, con entusiasmo, la
muchedumbre que se extendía y venia hacia él, hasta que muy pronto -ni
la más obstinada y casi consciente voluntad de engañarse a sí mismo se
salvaba de aquella experiencia- tuvo que convencerse de que la mayor
parte de aquella gente, sin excepción, no traía otro propósito que el de
visitar las cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así,
desde lejos. Porque cuando llegaban junto a su jaula, en seguida lo
aturdían los gritos e insultos de los dos partidos que inmediatamente se
formaban: el de los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a
ser este bando el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no
porque les interesara lo que tenían ante los ojos, sino por llevar la
contraria y fastidiar a los otros) y el de los que sólo apetecían llegar
lo antes posible a las cuadras. Una vez que había pasado el gran
tropel, venían los rezagados, y también éstos, en vez de quedarse
mirándolo cuanto tiempo les apeteciera, pues ya era cosa no impedida por
nadie, pasaban de prisa, a paso largo, apenas concediéndole una mirada
de reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso
insólito el que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con
el dedo al ayunador y explicando extensamente de qué se trataba, y
hablara de tiempos pasados, cuando había estado él en una exhibición
análoga, pero incomparablemente más lucida que aquélla; y entonces los
niños, que, a causa de su insuficiente preparación escolar y general
-¿qué sabían ellos lo que era ayunar?-, seguían sin comprender lo que
contemplaban, tenían un brillo en sus inquisidores ojos, en que se
traslucían futuros tiempos más piadosos. Quizá estarían un poco mejor
las cosas -decíase a veces el ayunador- si el lugar de la exhibición no
se hallase tan cerca de las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a
las gentes elegir lo que prefirieran; aparte de que le molestaban mucho
y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de las cuadras, la
nocturna inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de
los sangrientos trozos de carne con que alimentaban a los animales de
presa, y los rugidos y gritos de éstos durante su comida. Pero no se
atrevía a decirlo a la Dirección, pues, si bien lo pensaba, siempre
tenía que agradecer a los animales la muchedumbre de visitantes que
pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando, bien se podía
encontrar alguno que viniera especialmente a verle. Quién sabe en qué
rincón lo meterían, si al decir algo les recordaba que aún vivía y les
hacía ver, en resumidas cuentas, que no venía a ser más que un estorbo
en el camino de las cuadras.
Un pequeño estorbo en todo caso, un
estorbo que cada vez se hacía más diminuto. Las gentes se iban
acostumbrando a la rara manía de pretender llamar la atención como
ayunador en los tiempos actuales, y adquirido este hábito, quedó ya
pronunciada la sentencia de muerte del ayunador. Podía ayunar cuanto
quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle; la gente pasaba
por su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del
ayuno? A quien no lo siente, no es posible hacérselo comprender.
Los
más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron
arrancados, y a nadie se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el
número de los días transcurridos desde que había comenzado el ayuno, que
en los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días, hacía
ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas este
pequeño trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y de este
modo, cierto que el ayunador continuó ayunando, como siempre había
anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en otro tiempo lo había
anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba; nadie, ni
siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba
alcanzados, y su corazón sé llenaba de melancolía. Y así, cierta vez,
durante aquel tiempo, en que un ocioso se detuvo ante su jaula y se rió
del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole
imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida
mentira que pudieron inventar la indiferencia y la malicia innata, pues
no era el ayunador quien engañaba: él trabajaba honradamente, pero era
el mundo quien se engañaba en cuanto a sus merecimientos.
*
1 Comentario:
Como siempre la escritura de
8 de Junio de 2010 • 13:23 — Invitado (invitado)