24 de Julio de 2014
Mar
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La verdad sobre la profecía del ataque de Japón en 1941

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Tan pronto como el imperio japonés destruyó a la escuadra rusa en una espectacular batalla naval en el estrecho de Tsushima, en 1905, algunos pretendidos profetas pronosticaban el día en que japón se extendería hacia el este sobre el Pacífico, para llevarlo a un choque de frente con los Estados Unidos.

El autor William H. Honan, veterano coleccionista de novelas y relatos de la guerra en en Pacífico, se encontró un ejemplar de La gran guerra en el Pacífico, de Hector Charles Bywater (1884-1940), publicado en Londres en 1925. Allí encontró una predicción de que la guerra entre Japón y Estados Unidos comenzaría con un solapado ataque nipón.

Honan quedó pasmado. La narración del gran conflicto descrito por Bywater comienza con la conquista japonesa de puntos estratégicos de Manchuria, Formosa y Corea.

Pero al desarrollar así de una política encaminada a la virtual

esclavización de China, (el Japón) se había granjeado

inevitablemente la hostilidad de las grandes potencias

-Hector Bywater


Entonces Japón y los Estados Unidos se cruzan una serie de notas diplomáticas; y en pleno curso de estas negociaciones Japón descarga el golpe por sorpresa.

Según Bywater, los japoneses sorprenden a la flota asiática de Norteamérica patrullando frente a la bahía de Manila, y no en Pearl Harbor, pero el resultado es el mismo: el aniquilamiento del poderío de los buques de guerra estadounidenses. Bywater previó que el ataque sería precedido por la aproximación de aviones lanzados desde portaaviones, aunque esperaba que la mayor destrucción fuera la causada por la artillería naval. En cualquier caso, era un enfrentamiento con superioridad de una de las partes, porque los japoneses contaban con la ventaja del factor sorpresa y los navíos de guerra norteamericanos, un poco anticuados, no podían rivalizar con la poderosa y moderna armada japonesa.

Bywater no previó las agresiones del Japón a Malaca, Birmania y Hong Kong que siguieron al asalto a Pearl Harbor. No obstante, su descripción de los ataques a Guam y Filipinas es realmente pasmosa. Pronosticó que Guam sería el blanco de los ataques de una “escuadrilla de aviones de guerra japoneses, evidentemente procedentes de Saigón”, preparada secretamente por los nipones como una importante base naval. El principal objetivo de este asalto inicial sería la vital torre de radio de Machanao. El ataque aéreo iría seguido pocos días después de un bombardeo naval, incluso con el uso de granadas de gas (este fue él único error de Bywater), y el desembarco de tropas en las costas oriental y occidental de la isla. Bywater anunció el empleo de lanchas de desembarco de diseño especial.


A bordo de los transportes (los japoneses) llevaban grandes

barcazas o pontones de motor, para el desembarco de tanques

y artillería... (la infantería se dirigía a la playa en) barcazas

motorizadas... (navegando) hasta que las quillas encallaban en

la arena

-Hector Bywater


Después de escaramuzas intermitentes, la Infantería de Marina norteamericana se vería obligada a capitular, como sucedió en diciembre 10 de 1941.

Simultáneamente -en la visión de Bywater- las filipinas quedan sitiadas. “el principal peligro que (los japoneses) presentían”, según el autor, “procedería de la aviación norteamericana”. Declaraba que “treinta aparatos de un nuevo y potente tipo habían acabado de llegar de los Estados Unidos” (en realidad, a inicios de noviembre de 1941 llegaron, efectivamente, 35 nuevas fortalezas volantes B-17). Las hostilidades comenzarían cuando los aviones japoneses “bombardeasen duramente el aeródromo de Dagupán”. (De hecho, el así atacado fue el campo Clark, que había remplazado al vecino Dagupán). Provisto de completa información secreta acerca de las defensas de las islas, razonaba Bywater, el plan de invasión japonés mantendría a los agresores a una buena distancia de la fortaleza de Corregidor, que guardaba la bahía de Manila, así como de la otra base pesadamente fortificada, no lejos al norte, en Olangapo, que protegía la bahía de Subic, de las cuales se mantuvieron alejados los japoneses.

Los nipones amagarían con un bombardeo de Santa Cruz, en la costa oeste de Luzón. Sin embargo, esta estratagema era “un ardid tan evidente para alejar (a los norteamericanos) de otras partes de la costa, que fracasó”. Aquí, el paralelo histórico son los verdaderos desembarcos japoneses de distracción en la isla de Luzón, en Aparri y Vigan al norte, y en Legazpi al sur.

Según Bywater, los desembarcos principales se efectuarían en el golfo de Lingayen, al noroeste de Manila, y en “la bahía de Lamón, entre las islas Cabalete y Alabat”, al sudeste de la capital filipina. Las dos fuerzas convergerían entonces sobre Manila “simultáneamente desde el norte y el sur”. La segunda isla más grande del archipiélago filipino, Mindanao, sería invadida con un desembarco en la bahía de Sindangán. Bywater calculaba que el total de la fuerza invasora ascendería a “un número aproximado de cien mil hombres”.

Aquí ocurrió otra vez casi como si el teniente general Masaharu Homma, que mandaba el XIV Ejército, el mismo que invadió a Filipinas en diciembre de 1941, lo hubiera hecho llevando consigo un ejemplar de la obra de Bywater. Las fuerzas de Homma sumaban 65 mil hombres. Además, hubo dos desembarcos principales en la isla de Luzón, uno en el golfo de Lingayen y el otro en la bahía de Lamon, precisamente entre las islas de Cabalete y Alabat. Finalmente, una tercera partida importante de desembarco atacó a la isla de Mindanao, también como había vaticinado Bywater, aunque desembarcando en el golfo de Davao, en la costa sudeste, y no en Sindangán, en el noroeste. Si se tiene en cuenta el hecho de que hay más de siete mil islas en Filipinas, se verá que las coincidencias entre el libro de Bywater y el curso de la historia son realmente impresionantes.

La primera tentativa americana de llevar la guerra a aguas japonesas, según Bywater, consistiría en un audaz (quizá temerario) ataque a las islas Ogasawa, no lejos de Iwo Jima, cuya captura podría llevar al rápido fin de la guerra. No obstante, en este intento las fuerzas de los Estados Unidos se extenderían excesivamente y serían repelidas con cuantiosas bajas. Entonces se evidenciaría que la única forma practicable de atacar a Japón sería mediante cautos saltos graduales de isla en isla a todo lo ancho del Pacífico, atricherándolos en cada nueva base adquirida y deteniéndose para cubrir la retaguardia. Los norteamericanos, en la ficción de Bywater, eligen la misma ruta que iban a seguir en la práctica las fuerzas de Estados Unidos a principios de los años cuarentas, aunque él sitúa los saltos en zigzag de una isla a otra un poco más al norte de la trayectoria realmente seguida. Hay una correspondencia extraordinaria entre la campaña de Bywater y la que más tarde habría de desarrollar el general Douglas MacArthur. Una vez que los norteamericanos están a distancia adecuada para atacar a Filipinas, la Marina Imperial entra en acción en masa y sigue un tremendo choque naval. Bywater no previó que los navíos de superficie enfrentados nunca dispararían unos contra otros, sino que se cambiarían golpes devastadores por medio de su aviación. Escribiendo dos años antes del vuelo de Lindbergh, a través del Atlántico, es un misterio que Bywater no apreciase el enorme valor del poderío aéreo.

Sin embargo, presintió los kamikazes. La desesperación de los japoneses después de haber visto destruidos sus cinturones defensivos de islas, combinada con su fanática adoración al Emperador, dijo, daría por resultado que los pilotos japoneses “no vacilaran en embestir, en el sentido literal de la palabra, al enemigo cuando en otra forma se vieran privados de su presa, prefiriendo inmolarse...” el escritor presagió también que el avión torpedero demostraría su “completa superioridad” sobre el bombardero como arma antinaval. En efecto, los éxitos enemigos en Pearl Harbor, así como pocos días después frente a la costa oriental de Malaca contra los acorazados británicos Repulse y Príncipe de Gales, fueron obra de los aviones torpederos.

Bywater no previó la bomba atómica. Y no obstante, intuyó que los Estados Unidos harían algo fuera de lo ordinario para ahorrarse tanto a sí mismos como a sus adversarios el horror de una invasión de las islas metropolitanas japonesas. Este golpe de gracia, opinaba, podría ser una “demostración” aérea sobre Tokio, en la cual se lanzarían “bombas” cargadas con hojas que exhortarían a los japoneses a pedir a su Gobierno que llegase a una transacción en vez de “sacrificar más vidas” inútilmente. Los aviones norteamericanos arrojaron sobre el Japón millones de hojas que exhortaban a los ciudadanos a solicitar al emperador Hirohito que pusiera fin a la guerra. En el relato la capitulación se arregla tras la “demostración”, se firma un tratado de paz, y las antiguas islas alemanas confiadas al Japón por la Sociedad de Naciones quedan encomendadas a los Estados Unidos “para su futura administración”.

La idea de la destrucción por sorpresa de la flota norteamericana y las invasiones simultáneas en todo el sudoeste del Pacífico, descrita detalladamente por Bywater, era nueva. Infringía la cardinal regla militar de la concentración de una fuerza abrumadora en un solo punto. Contradecía la aceptada estrategia de contingencia bélica que se había ensayado en la Escuela Imperial de Guerra Naval de Tokyo por lo menos desde 1918. el plan prescribía el empleo, en caso de guerra con los Estados Unidos, de todo el poderío de la Marina Imperial en un ataque demoledor para capturar las Indias Orientales Holandesas. Después se desplegaría nuevamente la flota para aguardar el previsto contraataque norteamericano en algún paraje de las aguas japonesas, contra el cual la Marina Imperial desarrollaría una guerra defensiva.

La mayoría de los altos jefes navales japoneses propugnaron esta estrategia hasta el momento mismo en que estalló la guerra. Incluso el capitán de navío W. D. Puleston, de los más eminentes estrategas navales norteamericanos de la época, escribió en 1941 que el comandante de los Estados Unidos en el Pacífico debería “sentirse agradecido”, si, en caso de guerra, “el Japón lo ayudara dispersando sus fuerzas (navales) ligeras, submarinos y aviones”. Influidos por esta clase de razonamiento, los planificadores de la estrategia norteamericana no tomaron en serio las profecías de Bywater.

Yamamoto (1884–1943)

A pesar de todo, el almirante de la flota, Isoroku Yamamoto, comandante supremo de las fuerzas japonesas en el Pacífico, ideó el plan para el ataque a Pearl harbor juntamente con invasiones simultáneas en todo el Pacífico sudoccidental; es decir, siguió en esencia el plan de Bywater. Muchos piensan que en realidad Yamamoto fue influido por Bywater. Yamamoto falleció en 1943, poues un avión caza norteamericano abatió su avión, y desgraciadamente no dejó memorias y en su biografía no existe mención alguna del nombre de Bywater.

Hector Bywater

El quién es quién británico menciona a Bywater diciendo que fue un corresponsal naval del Daily Telegraph de Londres. Bywater murió en agosto de 1940, sólo un año y cuatro meses antes de que los acontecimientos mundiales confirmaran sus profecías. Justamente dos semanas después del ataque a Pearl Harbor, la revista LIFE publicó una versión abreviada de La Gran Guerra del Pacífico. Poco después se publicó el texto completo con el subtítulo “Una profecía histórica que se cumple ahora”.

Bywater había navegado en su juventud por el mundo, visitando muchos puertos de Europa, canadá, y los Estados Unidos. Inmediatamente antes de la primera guerra mundial, fue corresponsal naval de las publicaciones británicas Naval and military record, Pall Mall, Gazette y Dily Graphic de Londres. Durante la guerra trabajó para el servicio secreto naval británico. En 1921 escribió un completo estudio estratégico llamado Poderío naval en el Pacífico, en el cual describía y analizaba las fuerzas y debilidades relativas de las posiciones japonesa y norteamericana. Había un capítulo de 28 páginas titulado “posibles características de una guerra en el Pacífico”, y en él trataba de prever la forma que podría tomar un futuro conflicto en aquel enorme océano. En el curso de los cuatro años siguientes, amplió este capítulo hasta darle la extensión de un libro, que finalmente publicó en 1925 con el nombre de La Gran Guerra del Pacífico.

La verdad acerca de la profecía de Bywater

No había pruebas de que los militares japoneses hubieran adoptado los planes estratégicos de Bywater hasta que William H. Honan se topó, en la biblioteca del Congreso, con la ficha de un libro escrito en japonés con su nombre como autor.

Honan comenzó así a entrevistarse con eruditos tanto militares como académicos y reunió las suficientes pruebas de que Bywater fue realmente la mente inspiradora de los planes de la conquista japonesa en el Pacífico.

Poco después de la publicación, en 1921, de Poderío naval en el Pacífico, la Oficina del Estado Mayor General Naval de Tokyo lo tradujo al japonés y distribuyó copias mimeografíadas entre los más altos mandos navales como “material para estudios estratégicos”. La asociación oficiosa de jefes navales, Suikō Sha, hizo imprimir y distribuir en un círculo aun más amplio de oficiales navales el Taiheiyō kaiken ron, como se titulaba en japonés.

Cuando en 1925 apareció La Gran Guerra del Pacífico, Bywater, evidentemente, ya tenía en el Japón un número de seguidores lo suficientemente grande para que un editor comercial hiciera traducir el libro y lo pusiera en venta como Taiheiyō no Soha-en. Al año siguiente lo tradujeron de nuevo y lo publicó Bunmei Kyokai con el título de Taiheiyō senso to sono Hihan (“La guerra del Pacífico y comentario”.

No cabe duda de que los planes de bywater también se estudiaron en la escuela Imperial de Guerra Naval. Mitsuo Fuchida, notable historiador militar nipón, comentó que, como capitán de corbeta de la Marina Imperial, asistió en 1936 a la escuela y allí leyó tanto el Taiheiyō kaiken ron como el Taiheiyō senso to sono Hihan. Fuchida dijo que el nombre de Bywater era “conocido” entre los más altos niveles navales, y que suponía que el libro del autor inglés debía de haber ejercido alguna influencia sobre la estrategia nipona.

Pero, ¿influyó Hector Bywater sobre la mente forjadora de la estrategia japonesa, Yamamoto? Las probabilidades son de que el primer contacto del almirante con la obra de Bywater haya ocurrido con la edición norteamericana. Después de dos años en la universidad de Harvard como estudiante graduado, Yamamoto sabía leer inglés perfectamente, y en 1925 (año de publicación del libro en Estados Unidos y Gran Bretaña) estaba sirviendo como agregado naval japonés en Washington. Como la Marina japonesa era, desde su infancia hasta la batalla de Tsushima, virtualmente una creación de Gran Bretaña, es natural que Yamamoto haya estudiado las ideas promulgadas por la más distinguida autoridad británica de su época en la teoría y la práctica navales.

Por otra parte, sería temerario sacar la conclusión de que los japoneses robaron sencillamente su plan de conquista a un escritor británico. En los 36 años transcurridos desde Tsushima a Pearl Harbor, Japón había construido sus propios buques de guerra y había elaborado sus propias doctrinas del combate naval.

Además, sobre la mente de Yamamoto deben haber gravitado muchas influencias cuando ideó la estrategia de 1941. huboi, por ejemplo, las maniobras navales norteamericanas en aguas de Hawaii de 1932 que fueron objeto de gran publicidad, en las cuales se demostró que una escuadrilla de aviones que despegase de un portaaviones en un ataque antes del amanecer, podía llegar a Pearl Harbor sin ser descubierta y “echar a pique” a todos los navíos pesados de guerra anclados en el puerto. Estuvieron también las maniobras navales de Yamamoto mismo en la bahía de Kagoshima, en mayo de 1940, después de las cuales comentó: “Bueno; parece que se podría asestar un golpe devastador (con aviones torpederos) a una flotilla enemiga de superficie”.

Bywater fue simplemente el primero que casó todas las piezas del rompecabezas, el primero que mostró en detalle cómo se podían romper con un audaz golpe de mano las ataduras estratégicas que habían contenido las ambiciones japonesas durante una generación.


Referencias básicas:

*Artículos de William H. Honan.

*La Gran Guerra del Pacífico; Hector Bywater

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2 Comentarios:

Guerra

Muy buena entrada. No sabia nada de este libro y eso que me gusta bastante el tema de la II Guerra Mundial.

Es curioso como un hombre

Es curioso como un hombre puede sacar conclusiones de las actuaciones de otros basandose en registros historicos, buena info compañero y aquie estoy de regreso, gracias por tus palabras, he vuelto con muchas fuerzas, espero y nos sigamos leyendo por estos lados

semper fi

SC