24 de Octubre de 2017
Abr
16

Juegos 10: Raid On Bungeling Bay

 

¡Qué bonito!

Ya son fiestas otra vez.

Cuando era pequeño adoraba la Semana Santa y me pasaba todo el año esperando estas fiestas porque quería salir de Nazareno.

Y es que no sé que tenía eso de lucir un capuchón sobre la cabeza, arrastrar una larga capa por el suelo y mirar a través de aquellos diminutos orificios buscando a alguien que veía pasar la procesión sentado en las silla que había alquilado.

Era duro pues soportábamos durante muchas horas el peso que varios kilos de caramelos nos tiraban de las blancas bolsas hacia abajo dejándonos los hombros doloridos.

Cada vez que veía a un niño pequeño, me acercaba allí y le daba como mínimo un caramelito.

Así poco a poco se iban vaciando las enormes bolsas de tela. Sobre todo cuando cruzaba una mirada furtiva sobre el público y lograba localizar a una de esas bellezas que escasean.

A ellas, a esas preciosidades les daba un buen puñado de golosinas.

Era como decirles:

-         ¡Toma, te lo has ganado por estar tan buena!

Éramos unos niños inconscientes que no sabíamos respetar el orden ni la autoridad de los mayores que se encargaban de dirigirnos y que intentaban inútilmente que no se deformara el pelotón ni que nadie quedara rezagado al distraerse mientras repartía parte de su tesoro.

Todo el año cuidando y resguardando los trajes de nazareno para lucirlos durante dos únicas noches que al fin y al cabo iban a ser unas noches muy duras y sacrificadas.

Teníamos nuestros trucos, sí, uno de ellos era no llenarse demasiado los bolsillos con los caramelos y dejar que nuestros familiares nos guardaran el resto para que cuando llegáramos a donde ellos estaban, nos repostaran de materia prima para seguir repartiendo.

¿No os lo he dicho?

En mi tierra fuimos los primeros que adoptamos eso de dar golosinas en las procesiones de Semana Santa.

Empezó como casi todo, de manera casual.

Pero finalmente se ha convertido en toda una tradición que nos han empezado a copiar en otras regiones.

Recuerdo que me gustaba mucho salir de nazareno hasta que crecí y me obligaron a abandonar el pelotón y a salir en una fila agarrando un cirio.

Eso ya no me gustó tanto.

A mi me molaba eso de ir entre los demás del pelotón libremente e ir repartiendo caramelos a mi bola y en cualquier dirección.

Al obligarme a ir en línea y seguir un orden ya no se me hacía tan divertido y empecé a cogerle un poco de tirria hasta que finalmente ya no he vuelto a salir de Nazareno.

 

Si me pedís una anécdota, recuerdo un día, el que me tocaba salir, un miércoles por la noche que había estado lloviendo.

La calle estaba infestada de cientos de enormes charcos de agua y barro.

Se nos hacía tarde y mi prima y yo, recién vestidos llevábamos el capuchón en lo más alto de la vara.

Un charco se interpuso en mi camino que no dudé en saltar.

Cuando caí al otro lado, vi con mis propios ojos como del impulso, el capuchón perdío su estado de estabilidad y empezó a caer dirigiéndose hacia uno de los charcos.

Eso habría sido fatal pues ya no habría habido tiempo para limpiar y secar.

El caso es que con todas mis fuerzas grité un "NO" que resonó por la calle poe encima del sonido que producían los vehículos.

El capuchón se detuvo en el aire frenándose en seco.

No, no es que yo tenga súper poderes ni nada de eso.

Lo que ocurrió es que en el último instante que coincidió en el mismo momento en el que yo gritaba, un hilo suelto de la tela de la capucha había quedado enganchado en la vara impidiendo que el capuchón cayera al suelo.

-         ¡Uf!, salvado por un pelo.

Casi todas las experiencias en mi vida están relacionadas con el campo de los videojuegos.

Recuerdo que en esos primeros años que decidí no salir más de nazareno, me quedaba en casa para jugar con mi MSX.

 

Tengo muy buenos recuerdos de un título que me hacía disfrutar las horas que pasaban sin que me diera cuenta.

Un juego de un helicóptero que volaba sobre una bahía defendiéndose de los ataques de los enemigos y bombardeando unas fábricas.

El juego se llamaba RAID ON BUNGELING BAY.

 

Diseñado por Will Wright y publicado por Brotherbund en 1984.

Ahora lo miro y no le veo nada especial pero en su día me tuvo muy enganchado.

¿Qué tendrán estos genios que crean de la nada obras maestras de la diversión?

VIDEO

 

Este título no sería nada del otro mundo si no fuera por que ofrecía un mapeado ligeramente más complejo que otros juegos de similares características. Nuestro objetivo era destruir una serie de fábricas situadas en diversas islas del escenario ocupado por el enemigo.

Lo más interesante del juego era observar como las islas y fábricas no amigas “crecían” con el transcurso del tiempo, desarrollando nuevas tecnologías que utilizaban contra el jugador. Si no destruíamos las fábricas a tiempo, estas terminarían por evolucionar lo suficiente como para machacar a nuestro helicóptero sin piedad.

El juego mostraba un mundo “vivo” dentro de las posiblidades de la época, con botes de suministro que se movían de una isla a otra. Un anticipo de lo que se desarrollaría en profundidad en juegos posteriores.

SNABISCH 25 Aniversario

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