21 de Noviembre de 2008
Jun
27

La Era de los Artefactos - Capítulo I - Autor: Ehldair

Categorías: ,
La Era de los Artefactos
Autor: Ehldair

Prólogo:

Al principio todo era nada. Total vació. Total silencio. Total oscuridad. Nada. No existía nada...bueno...esto no es del todo exacto: existía Él.

Era omnipresente y omnipotente en toda esa nada. Era su amo, su único observador (si es que se puede observar la nada) y su dueño. Con el paso del tiempo se cansó de tanta nada y decidió crear algo que no fuera nada. Y la creó a Ella.

Cogió un poco de nada por aquí, otro poco por allá...un poco más (si, le gustaban grandes) y convirtió esa nada en existencia .La doto de vida y de personalidad y gracias a ello dejó a un lado todo su aburrimiento ante la presencia tan solo de nada.

Estaban juntos todo el tiempo, hablando (imagino que de “nada”), riendo, siendo totalmente felices. Pero llegó un momento el cual decidieron crear algo juntos, así que se pusieron manos a la obra. Crearon un mundo, crearon un Sol que lo iluminase y lo dotara de calor, ese período se llamo día, pero como vieron que era mucho trabajo para un solo astro, crearon una Luna, la cual iluminaba mientras el Sol descansaba. Eso se llamo noche.

Se divertían observando los ciclos del día y de la noche, maravillados de la perfección de su maquinaría, de la milimétrica precisión. Pero pasado un tiempo eso no les bastó, y decidieron crear existencia en su mundo. Crearon muchísimos tipos distintos de seres: mamíferos, insectos, aves, plantas...con lo cual dotaron de vida al mundo, y una vez cogida experiencia con todas esas criaturas decidieron crear una criatura perfecta: el ser humano. Hay comenzó el problema. Él quería un ser grande, musculoso, potente, de anchos hombros y facciones robustas. Ella, por su parte, prefería una criatura más pequeña, no tan fuerte, pero más cariñosa, observadora, soñadora, pensativa...Como no lograron ponerse de acuerdo, comenzaron una guerra entre ellos, y cada uno creó al ser humano siguiendo sus preferencias: fue el nacimiento del hombre y de la mujer.

Él instaló el imperio de los hombres en el Este del mundo, Elidum. Creó la “Espada Sangrante”, con la cual se cortó, y con la sangre que emanó del corte la bañó. En esa espada puso parte de sus poderes y fue regalada a los hombres.

Ella instauró la república de las mujeres al Oeste, en la región de Ósvalis, y dotó a sus gentes de la “Corona Majestuosa”. Ésta guardaba sangre suya y poseía parte de su poder.

Al igual que sus creadores, tanto los hombres como las mujeres empezaron una guerra por el control del mundo. Ellos tenían la “Espada Sangrante”. Ellas la “Corona Majestuosa”. Miles y miles de niños, niñas, hombres y mujeres morían, pero al instante eran reemplazados. Ninguno de los dos contendientes conseguía imponer su supremacía. Nadie claudicaba ni nadie se rendía. Era una lucha sin tregua.

La batalla se alargó en el tiempo, fueron muchos los años que duró, nadie cedió, pero finalmente terminó. Y terminó gracias al amor entre un hombre y una mujer. Este amor furtivo dio lugar al primer nacimiento de forma natural de un ser humano: un niño. Se llamó Aatlón. Los tres tuvieron que vivir en la clandestinidad, huyendo de la guerra que seguía asolando el mundo. Para intentar garantizar su propia seguridad e intentar poner freno a la batalla, tanto él como ella decidieron apoderarse de la “Espada Sangrante” y la “Corona Majestuosa”. Una vez lo consiguieron las depositaron en manos de su hijo...pero fue peor el remedio que la enfermedad.

Aatlón consiguió un poder sin límites gracias a los dos artefactos. Si, terminó con la guerra, pero el fin de la guerra trajo consigo el comienzo de su imperio. Fue un imperio lleno de sangre y muerte. Una tiranía. Debido a su poder, nadie era capaz de plantar cara a sus decisiones. Manejaba los designios del mundo a su antojo. Todos estaban bajo sus órdenes. Tanto poder alcanzó que llegó a rivalizar con el de los dos Creadores, Él y Ella, y los desafió.

Éstos, olvidaron sus disputas de antaño y se apiadaron de los humanos. Decidieron darles una última oportunidad de libertad creando un objeto en el cual guardaron el poder de la magia. Así nació la “Gema Divina”. Con ella, sería posible vencer el poder de los otros dos artefactos. Fue depositada en la isla Dadaminek, en los confines del mundo, a la espera de ser encontrada y utilizada.

Y el momento llegó. Un ser, anónimo, encontró la gema, y con ella consiguió el dominio de la magia. Con esa magia derrotó a Aatlón. Escondió la “Espada Sangrante” y la “Corona Majestuosa” por el mundo y las desprendió de sus poderes, para que así nadie volviera a esclavizar a los humanos. Después se retiró a vivir a Dadaminek llevando consigo la “Gema Divina”. Allí finalizó su vida, y con él terminó la Era de los Artefactos.

Historia Antigua. La Era de los Artefactos.

Tiserón II.

Capitulo I:

El verano estaba llegando a su fin. Ni los más viejos del lugar recordaban un verano tan caluroso como aquel. En ese momento todo el pueblo de Luthis se encontraba en la iglesia. El sacerdote acababa de terminar la lectura de “la Era de los Artefactos” del famoso escritor pagano “Tiserón II”.

- ¡Veis! ¡La magia nunca ha sido beneficiosa!¡Ni siquiera los textos paganos de antaño la ven con buenos ojos!¡La religión es la única que ofrece paz tanto en esta vida como en la otra!¡No a la magia!¡Sí a la fe!¡Sí a la religión!- gritaba el sacerdote con chorretones de sudor resbalando por su rostro.

Parecía que su discurso calaba entre la gente. Después de tanto tiempo repitiendo los mismos principios, nadie se los planteaba. La Santa Iglesia llevaba siglos repartiendo su mensaje por todo Relias, el mensaje de que existía un único Dios, benigno y misericordioso, al cual se llegaría si se seguían todas sus enseñanzas. Estas se basaban en vivir en la humildad, amando a todos nuestros congéneres y sobre todo huyendo de todo aquello relacionada con la magia. La magia era algo horrendo, algo que no estaba hecho para el ser humano. Menos mal que había desaparecido todo vestigio de magia muchísimo tiempo atrás. Y si por cualquier motivo algún humano decidiera estuviera tentado por la magia, allí estaban ellos, los Santos, los responsables de repartir la Doctrina Sagrada, para enderezar a aquella oveja descarriada, o en el peor de los casos, de “apartarla” para no contaminar al resto del rebaño. Ellos eran los únicos a través de los cuales la gente alcanzaría la felicidad, con su Doctrina. Ellos, y no la magia.

De entre todas las personas que se encontraban en la iglesia, había un mozalbete llamado Septus. Era un adolescente de diecisiete años con el pelo despeinado, moreno y grandes ojos color verde. Era delgado y poseía un cuerpo medianamente musculoso gracias al duro trabajo en el campo. En ese momento estaba liberando una intensa lucha interna para no quedarse dormido. A él no le interesaban todas esas historias sobre magia o religión. Si lo más mágico que había visto en su vida era como usar un azadón y una pala...El era feliz yendo a veces a pescar al río, o acampando de noche en el bosque, o saliendo a vislumbrar las estrellas mientras los demás oraban en sus casas. No estaba hecho para vivir del modo que ordenaba la Doctrina, limitando su vida a rezar, trabajar, volver a rezar y volver a trabajar. Cierto es que no todo el mundo la cumplía a rajatabla, pero si que dejaban que ésta dominara y guiara la mayor parte de su tiempo. Le gustaba su forma de vida, sin oraciones ni prohibiciones, aunque tuviera que trabajar duramente en la huerta que poseían su padre y él. Dado que su madre había muerto al darle a luz a él, vivían solos, pero aun así era feliz.

- Ya esta bien por hoy amigos. Recordad la Doctrina y cumplidla sin excepción. Nos vemos la semana que viene a la misma hora. Id con Dios.- concluyó el sacerdote Moller.

Los aldeanos comenzaron a abandonar los duros bancos de la iglesia lentamente, agolpándose a la salida. Todos se conocían entre ellos; allí estaba por ejemplo la familia Lester, los dueños de la fragua del pueblo, o los Pilbod, que trabajaban en el molino. Eran como una gran familia.

Septus vislumbró más allá de los portones de la iglesia abarrotados de gente a sus amigos Derek y Matt. Corrió hacia ellos intentando abrirse paso entre la gran mole humana.

- ¿Qué tal Septus? Divertido el sermón eh...- dijo Matt a modo de saludo. – ¿Qué te ha pasado en la cabeza, que te la vienes frotando?

- Ya sabes como es la abuela Pilbod, pasé a su lado corriendo y me arreó un capón porque según ella la había pisado un juanete – gruñó Septus aún frotándose la nuca.

- ¡Ja! Siempre encuentra alguna excusa para arrearnos un capón o un tirón de orejas – rió Derek. – Yo la temo cuando la veo levantar el brazo.

- Bueno. - continuó Matt con porte serio - ¿Qué te ha parecido el discurso de hoy? He visto que te estabas quedando dormido...

- Ya sabes lo que pienso de todo ese rollo sobre la magia y la fe – contestó Septus. – No me interesan lo más mínimo.

- Pues no debería ser así amigo. Sabes que solo siguiendo y cumpliendo las enseñanzas de la Doctrina podremos vivir en paz una vez muertos. No me gustaría que te convirtieras después de morir en un skuul o en un goblin por no ser un buen feligrés. – dijo Matt con tono cortante. – O al deberías fingir que te interesas cuando estás en la iglesia. – añadió. –

- ¡Venga Matt, hablas como una vieja! ¿Alguna vez has visto a alguien convertirse en un skuul? ¿Cómo sabes que es cierto? Ya hemos discutido muchas veces sobre ello. A mi no me interesa todo eso del descanso eterno. ¿Que gracia tiene estar toda la eternidad enterrado bajo dos metros de tierra por muy en paz que estés? Prefiero divertirme mientras viva, hacer alguna locura de vez en cuando, en fin: aprovechar mi vida, sin ataduras ni enseñanzas de por medio. ¿Me entiendes?

- Yo estoy con Matt, Septus. – dijo Derek con un leve ápice de preocupación en la voz. – También yo me lo paso genial cuando vamos al río o simplemente paseamos por el bosque, pero no por ello dejo de lado la Doctrina. Deberías recapacitar, sentar la cabeza y cumplir a las enseñanzas. Algún día te van a coger en alguna de tus escaramuzas nocturnas cuando deberías estar rezando. Entonces tendrás que aprender a respetar la Doctrina por las malas.

- No lo creo. Esta todo el mundo demasiado absorto en sus oraciones como para percatarse de que no estoy en mi habitación haciendo lo mismo. ¿Qué puede haber de malo en salir a observar las estrellas? – replicó Septus enérgicamente. Se veía que no era la primera vez que discutían sobre ello.

A los lejos se oyó una voz. Era el padre de Septus, Beltom. Estaba al lado de la iglesia, que ya se encontraba prácticamente vacía. Era un hombre de grandes proporciones, con un par de brazos los cuales parecían poder tumbar a cinco hombres sin apenas inmutarse. Tenía el mismo color de pelo que Septus, bueno, donde todavía existía pelo, y pequeños ojos marrones. Estaba llamando a Septus. A su lado estaba el sacerdote Moller.

- ¡Septus! ¡Septus! –gritaba Beltom. - ¡Ven aquí!

Éste se despidió de sus dos amigos y se acercó a su padre, que le hacia señas con el brazo para que se acercara más rápidamente.

- ¡Acércate, rápido!

- Dime papa, ¿que quieres? – preguntó Septus, mirando de reojo a Moller.

- El sacerdote Moller y yo hemos estado hablando, hijo – dijo Beltom con semblante serio – Quiere charlar contigo un rato.

- ¿Conmigo? – dijo Septus, entre asombrado y preocupado - ¿He hecho algo malo? ¿De que quiere hablar conmigo?

- No, no has hecho nada malo Septus- intervino el sacerdote con una sonrisa de oreja a oreja – Tan solo es una charla informal entre un pastor y una de sus ovejas.

Septus lo miró incrédulo. No se fiaba en absoluto de aquel hombre.

- Entonces, ¿entramos? – prosiguió Moller mirando fijamente a Septus.

Éste miró a su padre buscando un apoyo, pero no lo encontró. Así que se dirigió hacia la puerta de la iglesia pensando que diablos sería de lo que Moller quería hablar con él.

Mientras el entraba, el sacerdote y su padre intercambiaron algunas palabras más las cuales él no llegó a escuchar. Luego Moller también entró en la iglesia y cerró las puertas tras de sí con una gran llave de hierro.

El mundo de Valandre estaba formado por dos grandes continentes: Itses y Dalia, separados y rodeados por un océano furioso. Entre este océano existían pequeñas islas, aunque se desconocía exactamente su número. Itses era el mayor de los dos continentes, y en el vivía aproximadamente el noventa por ciento de la población, según los estudios de Giglino en su famoso “Estudio sobre Valandre: división y hábitos de la población”. Políticamente se dividía en dos reinos: Relias y Urgota. Relias estaba formado por las regiones del este y el norte, Elidum y Northgal. Su capital, Réndora, se situaba justo entre estas dos. La familia Real de Relias eran los Ordun, con el rey Sotghens a la cabeza, aunque era la Santa Iglesia la que controlaba la mayor parte del Consejo, así que realmente ésta era, desde su sede en Réndora, quien gobernaba los designios de todo el reino. Por su parte, Urgota, era una dictadura militar desde hacia varios años, capitaneada por el General Hurtgag. Tenía el apoyo de la Orden del Escudo Negro, su guardia y ejército personal, quién el mismo había fundado años atrás, y del resto del aparato militar. Estaba formada por la región sur y oeste de Itses, Lambtur y Ósvalis. Tenía su capital en Urgíos, en la parte norte de Ósvalis. De Dalia apenas se sabía nada, era en su mayor parte un continente sin explorar, un continente salvaje. Su tamaño era notoriamente inferior al de Itses, apenas una cuarta parte. Había sido descubierto hacia por lo menos un siglo en una expedición ordenada por, en aquel momento, rey Ardos de Relias. Fundó un par de ciudades a lo largo de la costa oeste, pero jamás se habían adentrado en la profunda jungla que parecía engullir todo el continente. Se habían puesto en marcha varios proyectos con el fin de ir habitándola poco a poco e ir fundando ciudades, pero por el momento ninguno de ellos había causado el efecto deseado.

Una vez seguro de que las puertas estaban bien cerradas, Moller hizo señas a Septus para que le siguiera. Fueron andando entre los bancos hasta llegar a una pequeña habitación en la parte izquierda del edificio que hacia las veces de despacho de Moller. Allí había una mesa llena de pilas de papeles, cartas e instrumental para escribir. En la pared, colgados, había un par de retratos y un mapa de Valandre.

Moller tomó asiento en una gran silla detrás del escritorio e indicó a Septus que se sentara enfrente de él. Se quedó mirándole sin decir nada. El rostro sonriente de antes había sido reemplazado por un extraño rictus. Septus tampoco dijo nada, expectante. Al cabo de unos segundos, Moller comenzó a hablar:

- Tanto tu padre como yo, venimos observando últimamente que no prestas atención durante La Ceremonia...

Septus continuó callado. Moller prosiguió, sin apartar la mirada de Septus.

- Beltom está preocupado, Septus. Teme por ti. Teme que no sigas la Doctrina. Ya sabes que les ocurre a todos aquellos que no siguen la Doctrina, y tú no eres una excepción. Dios nos la hizo llegar para poder reunirnos con el una vez dejemos este mundo, y nuestro deber como hijos suyos es cumplirla. Tenemos que obedecer los deseos de Dios, y agradarle en todo lo posible.

Ante esto, Septus bajó la mirada. Se sentía abochornado, pero a la vez furioso por el hecho de ser obligado por todo el mundo a creer en algo que no sentía realmente. Si el respetaba a los que creían en la Doctrina, ¿por que estos no le respetaban a él?

- Tu padre ha intentado por todos los medios que siguieras nuestra fe, pero no lo ha conseguido. Por ello, me ha preguntado si yo podía intentar inculcarte la fe en Dios, en la Doctrina. Voy a hacer todo lo que este en mi mano para traerte de vuelta al rebaño. Un pastor debe cuidar de sus ovejas. ¿Tú que opinas? – dijo mirando con un aire claramente curioso.

Ciertamente, Beltom había intentado hacer entrar en razón a Septus, pero éste no le escuchaba. Eran dos puntos de vista completamente enfrentados. Septus era el que llevaba las de perder, porque parecía ser el único, y no solamente del pueblo, que pensaba así.

- Señor...eh...yo... – comenzó Septus.

- Llámame de tú Septus, estoy aquí para ayudarte – dijo Moller en tono conciliador.

- Bueno...Moller. Yo he intentado de veras creer, seguir las indicaciones de la Doctrina, ser un buen creyente, pero no puedo. No le veo sentido al hecho de tener que basar nuestras vidas en unas enseñanzas que prácticamente se limitan a ordenar que oremos a todas horas. ¿Por qué? ¿Por qué no podemos vivir nuestras vidas como buenamente podamos o queramos, sin hacer mal a nadie? – inquirió Septus con cierto tono desafiante.

- No hay porqués. La Doctrina dice lo que se debe y lo que no se debe hacer, y no hay lugar para la duda. Debemos orar para lavar nuestros pecados ante Dios. Para una vez llegue el momento, estemos limpios de pecados y podamos reunirnos con él. – cortó tajantemente Moller. – Es la palabra de Dios – añadió pausadamente.

Septus no puedo reprimir el impulso de decir lo que pensaba.

- ¿La palabra de Dios? ¿Pero eso quién lo dice? ¿Quién puede saber si realmente existe ese Dios? ¿Quién? ¿Cómo sabemos que lo que realmente quiere de nosotros es que nos pasemos el día orando y “limpiando” nuestros pecados? – estalló Septus en un ataque de sinceridad.

- ¿¡Dudas de la existencia de Dios!? ¡La situación es más grave de lo que tu padre me había contado! – gritó Moller levantándose de la silla y llevándose las manos a la cabeza. – Pero sé que voy a hacer contigo. Tu padre me ha dado su consentimiento. – dijo un poco más calmado.

Septus también se había levantado de la silla, y ahora miraba a Moller con aire desconfiado. ¿Qué habían pensado para él su padre y el sacerdote, sin ni siquiera consultarle? ¿Es que nadie pensaba preguntarle que deseaba hacer con su vida? ¿Es que su opinión era menos valida que la de ellos? Pensaba hablar con su padre en cuanto llegara a casa.

- Como “deberías” saber – dijo remarcando la palabra deberías – la semana que viene se celebra la “Gran Ceremonia” en Réndora, en la cual se elige para los próximos cuatro años un Sumo Sacerdote. Éste, representará a la Iglesia por Relias y gobernará los designios de ésta, como ya he dicho, para los próximos cuatro años. Esta vez, todo parece indicar que será el sacerdote Kedart quién saldrá elegido. Hasta ahora trabajaba enseñando la Doctrina en Anondor, al este de aquí, dentro del valle formado por los Picos de Andiel.

Septus se quedó blanco por un instante, ante los presentimientos que se agolparon en su cerebro y en su estomago.

- No pongas esa cara hombre – rió Moller – No te voy a mandar a sustituirle, si es eso lo que temías. Lo que vas a hacer es asistir a esa ceremonia, en la cual estarás rodeado por gente de la Iglesia, y podrás empaparte de conocimiento y sabiduría. Además, después mantendrás una conversación con Kedart, así podrás formularle todas las dudas que te carcomen sobre la Doctrina y sobre Dios.

Septus no supo que decir. La simple idea de tener que ir hasta Réndora le entusiasmaba. El hecho de asistir a esa ceremonia era lo único que le fastidiaba, pero no lograba empañar del todo la perspectiva de viajar hasta la capital. Nunca había estado en Réndora, pero los mercaderes ambulantes que en primavera acampaban en Luthis, la describían como una ciudad enorme, llena de gentes de múltiples regiones, mercancías exóticas, mercaderes de todo tipo, de avenidas gigantescas...Una gran metrópoli gobernada por el gran Castillo Real y por la Santa Sede de la Iglesia. Desde luego que no iba a decir que no ante la posibilidad de tal aventura. Una vez allí tendría que asistir a la aburrida ceremonia, pero lo compensarían con creces todas las posibilidades que ese viaje le descubría en el horizonte.

El sacerdote lo miró pausadamente, y ante la vista de que Septus no iba a responder con una negativa, éste sonrió y escribió rápidamente, con trazos finos y alargados, dos misivas distintas.

- Cuando llegues allí debes presentar esta carta – dijo señalando la que tenia en la mano izquierda - a los guardas de la puerta de entrada a Réndora. Te servirá como salvo conducto y como invitación a la “Gran Ceremonia”. Una vez concluida ésta, entrega esta segunda carta a Kedart, en la cual le indico el motivo de tu estancia en Réndora a la vez que solicito que te reciba para que podáis conversar tranquilamente. He pensado que no estaría de más que te acompañasen Derek y Matt, no te desviaras mucho de la Doctrina si ellos están a tu lado.

Esto no le hizo mucha gracia a Septus, pero aun así se resignó, pensando en su inminente partida hacia la gran Réndora.

- ¿Cuándo he de partir, Moller? – preguntó Septus contemplando las dos cartas que el sacerdote le había entregado.

- Mañana aprovechad para hacer los preparativos, ya que deberéis ir a pie. – le dijo mientras le soltaba una bolsita de monedas en la mano. - Si nada se tuerce no tardareis más de cuatro, o a lo sumo cinco días, en llegar a Réndora. Eso me recuerda una cosa. – dijo, mientras se aproximaba a la pared y extraía del marco el mapa que colgaba de la pared. – Toma Septus, es un mapa de Valandre. Te será de gran ayuda para no perderte y para que llegues a tiempo a la capital. Ya me lo devolverás una vez que regreses. Pasado mañana esperadme los tres al amanecer en la salida sur de Luthis. Buenas noches.

Y con estas palabras, Moller se despidió de Septus acompañándolo hasta las puertas de la iglesia, dejando a éste soñando con mil y una aventuras en su camino a Réndora. Se había hecho de noche en el transcurso de la conversación dentro de la iglesia, pero Septus no se percató. Sin saber muy bien lo que hacia, salió corriendo hacia la espesura del bosque, conteniéndose las ganas de gritar de júbilo. No era el momento de orar.

Continuará....

Comentarios de Lester Knight: Hace unos días me encontre con una grata sorpresa en mi correo. El e-mail de Ehldair. En él me comentaba que estaba creando una historia basada en un mundo propio y que si me gustaba podía publicarla en el blog. Al momento abrí el e-mail.

No conocía a Ehldair y tenía mucha curiosidad por leer su historia. Nada más empezar a leer me gusto, había un esfuerzo visible por recrear un mundo propio: historia, ambientación, nombres, contexto. El prólogo se me paso volando y ataque el primer capítulo. Toda una sorpresa de inquietudes de adaptación, visión de la sociedad, desarrollo de la personalidad adulta, amistad... amenizado con un relato que se deja leer muy bien.

Al terminar la lectura quede encantado, además de gustarme la inocencia y frescura del relato, contrasta con el ambiente oscuro y opresivo de la mayor parte de relatos que se publican aquí, dando lugar a una mayor variedad. Ya tengo ganas de leer y publicar nuevos capítulos.

Gracias Ehldair por tu colaboración Wink

¡Ánimo con el siguiente capítulo! Kitten

Mundo Literatura - Comunidad Literaria

5
Valoración media: 5 (2 votos)
AdjuntoTamaño
La Era de los Artefactos - Autor - Ehldair.zip79.89 KB

4 Comentarios:

Como tu dices Lester...

Es un relato fresco y me ha gustado bastante este primer capitulo. ¡A ver como sigue la cosa!

¡Nos vemos!

La historia del prologo me

La historia del prologo me ha encantado, no me la esperaba así.

El capitulo I tiene un contenido muy bueno, me ha gustado mucho como lo has desarrollado, veremos que hace en esa gran ciudad alguien con uans ideas tan diferentes...

Muchos animos para su continuación ^^ 

Gracias!!

Gracias a todos por vuestros comentarios y por molestaros en leerlo xD

¡Me alegro de que os haya parecido interesante!

En cuanto tenga tiempo comezaré con el nuevo capítulo.

Repito, ¡muchas gracias a todos!

Nos vemos!

Ehldair ¡ánimo!

Lo díficil es publicar por primera vez. Si gusta, a partir de ahí es más fácil.

Ya verás la alegría que tendrás al publicar el tercer capítulo Wink

¡Un saludo!