24 de Octubre de 2017
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El Éxodo I: La caída de la humanidad

Llegaron desde las tinieblas del universo, dónde la oscuridad impera sobre la luz. Los científicos, maravillados, lo consideraron el fenómeno astronómico más importante del siglo: un grupo de planetas errantes en migración a través de las galaxias. Cientos de nuevas teorías revolucionarias fueron formuladas. Para darles respuesta, se optó por enviar una expedición de investigación en rumbo de intercepción.

Los planetas eran un misterio insondable para la expedición. Emitían desde su interior una cantidad de energía fuera de toda escala, que interfería a los sensores de largo alcance, ocultando su verdadero rostro bajo una mascara de tinieblas.

El día del contacto, la humanidad entera contuvo la respiración cuando la voz del locutor de la expedición, en un principio serena y eufórica, se crispó, se entrecortó y dio paso a gritos enloquecidos, poseído por la desesperación, en un tono de ansiedad de los que ven la muerte con sus propios ojos: “No son planetas… son el infierno… cientos de ellos…millones… están por todas partes… oh dios mío… estamos cayendo… no hay esperanza… es el fin… el Ojo de…”. La comunicación se cortó al perderse la señal de la flota de expedición. Los no-planetas se detuvieron una hora, y después, continuaron la migración, esta vez rumbo directo al planeta madre de la humanidad.

Con el fin de detener los disturbios originados por una oleada de pánico colectivo, el senado fue abolido y se instauró un gobierno militar, que decretó la ley marcial en todos los planetas de la Alianza Galáctica. Los intentos de comunicación con Los Otros, siempre tuvieron la misma respuesta: gritos humanos provocados por un sufrimiento indescriptible.

En secreto, una flota de contraataque equipada con armas de destrucción planetaria fue enviada a interceptar a Los Otros. Esta vez fue la cúpula militar la que contuvo la respiración atenta al relato del almirante al mando de la ofensiva: “Misiles supernova en curso… cañones planetarios en carga… acorazados y naves de apoyo en fuego a discreción… cazas desplegados… impacto de los misiles supernova…negativo… cañones planetarios reflectados… escudo de energía alrededor de las naves nodriza… invulnerables… cargando cañones planetarios de nuevo… se abren… miles de naves capital…millones de cazas… primera escuadra destruida… a toda la flota… aborten el ataque… salten de inmediato… es el… nos veremos en el infierno”. Ninguna nave de la flota regresó. Las naves nodriza volvieron a detenerse una hora, y a continuación, se dividieron: un grupo principal continuó el viaje al planeta madre humano mientras el resto se desvió a las colonias.

Los esfuerzos por evacuar a tiempo las colonias humanas en algunos casos terminaron en tragedia. La flota de salvamento se vio obligada a huir ante la inesperada llegada por sorpresa de Los Otros. Millones de seres humanos quedaron atrapados en las colonias observando a las naves capital, que se desplegaron en órbita, en una formación esférica perfecta. Preludió de las detonaciones que transformaron la atmósfera en una capa de nubes negras letal para la vida.

En el sistema solar del planeta madre se reunió la flota más grande de todos los tiempos: miles de naves capital con millones de cazas, y con la potencia de fuego necesaria para destruir un sol desplegada para detener a Los Otros a cualquier precio. Esa noche, la humanidad entera se tomó de la mano, y todos unidos, como uno solo, observaron las estrellas, que no eran tales, brillar en el espacio. En breve, se produciría el choque que decidiría su futuro: la supervivencia o la extinción.

Los Otros continuaron avanzando. Sus naves capital emergieron de las naves nodriza en rumbo de colisión directo a la flota humana, que abrió fuego indiscriminado contra Los Otros. La fuerza del ataque era tal que la noche en el planeta madre se transformó en día por unos minutos. Las naves de Los Otros seguían avanzando sin sufrir daños. Y cuando estuvieron cerca, sus armas escupieron un manto de oscuridad que devoró a las naves humanas. La oscuridad se extendió cubriendo el brillo de las estrellas. Las naves humanas supervivientes no vieron a Los Otros, hasta que emergieron de la oscuridad y las embistieron directamente. Dónde había estado la flota humana no quedó más que un océano de tinieblas y escombros con el eco de sus últimas palabras antes de morir.

El ritual volvió a comenzar: Las naves nodriza de Los Otros con las capital rodearon el planeta en formación esférica. El efecto fue tal que las mareas se alteraron provocando olas devastadoras y terremotos que redujeron a escombros las ciudades. Al amanecer, desembarcaron con oleadas de naves dardo de punta gruesa, kilométricas, lanzadas contra la superficie una velocidad vertiginosa. Los impactos devastaron el territorio a su alrededor, cubriendo por reacción en cadena el planeta con una nube de polvo y fuego, que apenas permitía el paso de la luz solar.

Entre el caos de la destrucción producida por las naves dardo con sus brutales impactos. Sus compuertas se abrieron, de las que emergieron Los Otros por millones.

Su aspecto real era un auténtico misterio, oculto bajo un exoesqueleto humanoide de combate de tres metros de altura, con propulsores en la espalda y extremidades. Con un acabado en el diseño barroco, de líneas duras y formas agresivas. Signos de una cultura demente y perversa, ingeniados para despertar los peores temores con su mera visión.

Iban equipados con un escudo de energía que les hacía prácticamente invulnerables. En los antebrazos portaban cañones láser de alto rendimiento. Para el cuerpo a cuerpo disponían de una lanza mortífera de un metal inteligente que adoptaba la forma que deseaba el piloto acorde a sus necesidades. Y como broche final, poseían la capacidad de alterar la gravedad y la energía de su entorno, convertidas en elementos devastadores a su servicio.

No hubo combate por la resistencia contra Los Otros, ya que fue una carnicería en la que soldados, hombres, mujeres, niños y ancianos murieron por igual sin distinciones. Los Otros eran una raza sádica y brutal, con una crueldad sólo equiparable a su tecnología Conquistaban por el placer de matar. Expresado mediante su voz grave, gutural e inhumana, triunfal tras tomar otra víctima. Tal era la fuerza de sus voces, que te comían la vida mucho antes de que Los Otros fueran visibles en el horizonte.

Las ciudades ardieron en llamas. Las voces de los moribundos eran un clamor sólo eclipsado por la voz de sus verdugos. Poco antes del amanecer, Los Otros detuvieron la masacre. Empezaron a construir sus pilas personales. Pirámides formadas por los cadáveres cazados por cada uno de ellos, algunas del tamaño de edificios. Culminadas por la punta de sus lanzas en alto apuntando al cielo. Lugar dónde se arrodillaban cogidos a la lanza y entonaban los cánticos de un ritual religioso, con sus voces salvajes, guturales y grotescas.

Desde las naves dardo de invasión llegaron hordas de razas siervas. Ninguna llevaba exoesqueleto, pero sus miradas eran el reflejo de la crueldad de sus amos, y sus armas eran igual de temibles. Les asistieron en silencio con auténtica veneración a terminar las pilas personales. Después se situaron a su alrededor para impedir que fueran interrumpidos durante el ritual religioso, por cualquier demente con el valor de contraatacar. Nadie llego a poder disparar ni siquiera a uno de ellos. Los Otros en trance, celebraron su ritual sobre tres cuartes de la humanidad apilada en cadáveres.

Al anochecer los cánticos alcanzaron el clímax. En el espacio cercano al planeta apareció el Ojo de Dios, un ojo azul brillante de iris negro y párpados de fuego del tamaño de una luna. Su mirada inhumana, fría y cruel escrutaba todo. Gozaba con la visión de los actos cometidos en su nombre. Los Otros entonaron la parte final del ritual desde lo más profundo de su alma oscura, con unos cánticos que hicieron temblar la tierra, brindándole sus trofeos. En el clímax brotaron raíces de sus lanzas, que se introdujeron en todos los cuerpos de cada pila personal. El iris del Ojo de Dios se expandió. Entonces, a través de las lanzas, las billones de almas humanas de las pilas personales se elevaron, cabalgando los cielos, en una marea blanca, hasta perderse en el tenebroso interior del Ojo de Dios, la puerta a lo innombrable.

Durante el ritual gran parte de los supervivientes se limitaron a contemplarlo, hechizados, en la distancia, conscientes de funesto destino. Llegada la transición de almas al ojo, los suicidios en masa se sucedieron: la gente prefería morir a perder el alma. Unos pocos, aquellos que tuvieron el valor de enfrentarse a sus miedos, pese al horror a su alrededor, superior a las visiones de la mente humana más retorcida; buscaron naves entre las ruinas de las ciudades naves estelares operativas y se arriesgaron a escapar, pasando, acongojados, entre la flota de Los Otros, que los ignoró deliberadamente.

Terminado el ritual, el segundo día de invasión fue el último de la raza humana en el planeta que la vio nacer, crecer y, finalmente, morir. Únicamente sobrevivieron un millón de personas, que logró escapar en miles de naves estelares, rumbo al espacio desconocido en dirección contraría al lugar de procedencia de Los Otros.

Era el comienzo del El Éxodo de la humanidad, condenada a escapar por siempre de los fantasmas que la atormentaban en la distancia, dónde una nave nodriza de Los Otros la seguía para recordarle, generación tras generación, que ninguna tierra de esta galaxia les pertenecía, y que, el único hogar que conocerían sería el frío acero de sus naves estelares.

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