Un hombre de tormentoso pasado, el
mejor piloto de caza estelar del decadente Imperio Galáctico,
emprende la aventura definitiva por: sus ideales, venganza, un amor
imposible, amistad y lealtad. Viviendo la determinación de
vengar a los suyos, recuerdos tortuosos, luchas de espada contra
armas de láser, pruebas de amistad y amor increbantable, combates
contra marines espaciales, saltos al espacio profundo sin traje, robo
de cazas, viajes al interior de una Tormenta Solar, explosiones nucleares, y un combate final caza frente a caza
entre dos hombres que se odían más alla de la vida y de
la muerte... ¿te lo vas a perder?
B.S.O. de "El Barón Negro" - Unforgiven de "Metallica"
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Capítulo I: Puente de Mando.
El crucero estelar del
nuevo imperio galáctico, completó el último
salto del viaje. Oculto en la cara nocturna del planeta más
cercano a un sol. Situado en la periferia más allá del
Imperio. Un lugar en espacio de nadie, dónde la seguridad de
las flotas del Imperio daban paso a una soledad, de la que pocas
naves regresaban por la acción de los piratas espaciales cada
vez más fuertes.
La excesiva cercanía
del pequeño planeta al sol, hacía de su superficie un
océano infernal de lava en continua erupción, salpicado
por tormentas de fuego huracanadas de una belleza sobrecogedora.
A ambos lados de la
cubierta del crucero estelar, decenas de cazas estelares despegaban
en fila a través de las pistas de lanzamiento de aceleración
magnética. Los cañones principales realizaban los
movimientos de comprobación. Las baterías defensivas
emergían del interior. Las esclusas de torpedos se abrían
armadas, y el escudo de energía cobraba fuerza. El crucero
estelar se preparaba para un combate inminente.
Era tal la ferocidad
de los piratas espaciales en la periferia, que las propias naves de
guerra del Nuevo Imperio Galáctico al adentrarse se preparaban
para combatir una posible emboscada. Más que segura en la
mayoría de casos, especialmente tratándose de una sola
nave.
En el puente de mando
del crucero estelar se respiraba auténtica tensión. La
capitana Lilith permanecía de pie en aparente calma sobre la
plataforma superior. Escuchaba los informes de los distintos
oficiales, que trabajaban en una red de consolas bajo la plataforma
en forma de U invertida, en cuya parte frontal permanecían los
pilotos. Sus datos se representaban en paneles holográficos
situados por encima de las consolas, visibles en toda la sala a la
altura de la plataforma superior. Detrás de ellos, las paredes
del puente de mando terminaban en un techo esférico, que
representaba una visión tridimensional en tiempo real del
entorno alrededor del crucero estelar, con todos los datos añadidos
a cada detalle importante.
Entre las líneas
de información de la representación, se veían a
las propias escuadras del crucero estelar volar alrededor de él
en formaciones de combate, bajo el fondo del planeta de fuego frente
a ellos. Los sensores de largo alcance, se aprovechaban de la
protección planetaria del sol para explorar el sistema solar
en busca de amenazas. Todavía no había llegado la
primera lectura.
Lilith no era una
mujer convencional. La capitana más joven de la historia del
Nuevo Imperio Galáctico, había conseguido el mando del
crucero estelar con 27 años, hacía ya 5 años. De
estatura medio alta, complexión delgada y fibrada. Morena de
larga cabellera siempre recogida, ojos verdes con cierto toque ámbar.
Piel blanca, labios azules y rasgos finos cincelados por la fuerza de
su personalidad. Era una mujer de un indudable atractivo por el que
ella misma no tenía el menor interés. Vestía el
uniforme con una dignidad y respeto del que pocos militares podían
alcanzar con naturalidad. Era una líder cercana y accesible
que en los momentos difíciles sabía exactamente que
hacer y como ganarse la confianza de sus hombres que la seguían
incondicionalmente en la batalla. Sólo así había
sido elegida junto a su tripulación como uno de los pocos
cruceros de élite del nuevo imperio galáctico que
operaba lejos de sus fronteras en misiones especiales.
En los minutos de
espera caminaba sobre la plataforma superior dando instrucciones a
los oficiales uno a uno. Los mantenía a todos ocupados en
tareas importantes de cara a la batalla, evitando que tuvieran tiempo
de pensar y ponerse nerviosos. El detalle que más llamaba la
atención de Lilith, es que comandaba el crucero estelar,
vestida con un traje de piloto de caza raso sin la menor graduación.
Una pieza negra de cuero sintético de líneas magnéticas
azules, que lo adherían a la silla del caza sin necesidad de
cinturón, con sistemas de soporte vital en su interior. Nunca
nadie la había visto con su uniforme de capitán. El
primer día al llegar les dijo a todos que pensaba ganarse su
respeto y lealtad por sus acciones, no por los galones de un uniforme
y lo había conseguido.
Por fin, el oficial de
sensores estratégicos confirmó que el sistema solar
estaba libre de otras naves. Lilith ordenó a la mitad de las
escuadras que regresarán al crucero. El resto permanecería
a la espera hasta el relevo. Entonces se procedió al
lanzamiento de sondas a la superficie del planeta para su estudio. Un
fenómeno de cierto interés para algunos científicos
del imperio, que tomaban los datos de telemetría desde el
laboratorio lejos del puente. Ideal para enmascarar la verdadera
misión del crucero.
Con los oficiales
ocupados en sondear continuamente el sistema solar, guiar las sondas,
mantener el contacto con las escuadras y terminar de revisar los
sistemas. Lilith se concedió un segundo para volverse y mirar
la parte posterior izquierda del puente de mando. Una zona oscura sin
luces con una sola consola encendida, dónde siempre permanecía
en silencio, él. Entonces sus miradas se cruzaron. Sus ojos
verdes ámbar se encontraron con su ojo derecho azul e
insondable. Su mirada era la de aquellos que han visto demasiado y no
obstante han sobrevivido más fuertes, a pesar de perder algo
que jamás recuperan. La de un cazador indomable que desnuda tu
alma antes de beberla, que muestra una realidad a lo pocos que se
atreven a contemplar directamente. Nadie en el crucero era capaz de
soportar su mirada salvo Lilith, quién había aprendido
al observarla mejor, que también bajo ella había otro
hombre. Una persona atormentada que había perdido todo cuanto
amaba, que anhelaba el descanso de la muerte esquiva, y al mismo
tiempo antes de emprender el último viaje, deseaba salvar a
todos cuantos pudiera del destino que el mismo había sufrido.
Un romántico con ideales y la voluntad de luchar por ellos
hasta la muerte, en un universo egoísta, cruel y despiadado,
carente de humanidad.
La representación
virtual del planeta en el puente de mando, producía un brillo
rojo que llegaba a iluminar tenuemente incluso la zona oscura,
permitiendo la visión de Enardel. Estaba sentado con los pies
sobre la consola fumando un puro, sin que se le escapara el menor
detalle de lo que ocurría en el puente de mando. Dispuesto a
tomar su caza de combate a la menor amenaza.
Vestía el
mismo traje negro y azul de Lilith, el de todos los pilotos del
crucero. Era un hombre fuerte y ágil de aspecto consumido,
apenas un poco más alto que Lilith. Tenía una cabellera
pelirroja con brillo propio larga y descuidada. Una piel pálida
enfermiza, rasgos poderosos dignos de un rey y las secuelas del
pasado bien visibles. En el ojo izquierdo llevaba un parche negro.
Desde la sien hasta la nariz y de la mandíbula al pómulo,
dos cicatrices terribles marcaban su rostro. Y para terminar, en el
cuello, la marca desgarradora de tres garras le iba desde detrás
de la oreja izquierda hasta después de la nuez.
Todo él
emanaba una fuerte sensación de peligro. Su mirada. La
voluntad y fuerza marcada en el rostro a fuego. El modo en él
que efectuaba el menor de sus movimientos, indicaba una fuerza,
coordinación y velocidad digna de un depredador.
El proceso se había
acentuado desde la muerte de su copiloto hacía unos años,
hasta transformarlo en un ser solitario y anarquista que dictaba sus
propias reglas al margen de todos, pero Lilith se lo permitía.
Era uno de los mejores pilotos del Nuevo Imperio, el mejor que
hubiera conocido jamás. Un símbolo para la tripulación
del crucero estelar, que lo temía y veneraba al mismo tiempo.
Capaz de cambiar el curso de una batalla por sí mismo.
Entre los
innumerables misterios de Enardel, uno de los más destacados
era intuido por la tripulación. Aunque sólo Lilith y su
hermana de sangre lo sabían del cierto. Era telépata,
hasta que punto, ni él mismo lo sabía aún.
Capítulo II: Recuerdo
Cánibal.
Lilith se concentró
en él, que estableció un canal en el que los
pensamientos de ambos flotaban libremente.
- Todo marcha bien
– Dijo Lilith que regresaba a la parte
delantera de la plataforma lejos de él, mientras hablaba con
un oficial mostrando normalidad.
- No
hay nadie con vida en el sistema solar – Le
contesto Enardel, que miraba fijamente la representación del
planeta en llamas-, sólo ecos vacíos.
- Captó
angustia en ti – Afirmo Lilith, intranquila
sólo a ojos de Enardel.
- Hay
algo más que no logro ver - Susurro
concentrado en la consola analizando la información de los
sensores.
- Tal
vez sea la tripulación de la nave que nos espera.
- Tal vez no –
Enardel rompió el contacto sin más
deseos de hablar de ello. Lilith lo aceptó y continuó
la misión según lo planeado.
Confirmada la ausencia
de piratas espaciales en el sistema solar. El crucero estelar se
estaciono en la cara diurna del planeta frente el sol. A la espera de
recibir señales de la nave a la que debían escoltar de
vuelta al espacio del Nuevo Imperio Galáctico. En misiones
secretas el procedimiento de las naves de apoyo. Era ocultarse de los
sensores en órbitas cercanas a un sol gracias a las
interferencias que producía a su alrededor. Ahora sólo
quedaba esperar una señal.
Pasada media hora se
produjo la primera llamada por un canal seguro. Los códigos
fueron verificados. Se trataba de la nave de transporte que habían
venido a buscar.
Frente a la plataforma
superior, una proyección holográfica tridimensional del
comandante de la nave de transporte saludó a Lilith. Y
mientras le contestaba con las frases de rigor del ejercito. Hizo una
evaluación completa del sujeto. Era un hombre inquietante,
distinto a lo que esperaba, que no generaba la menor confianza en
ella, al contrario. Además le recordaba algo que no llegaba a
adivinar. Estudió su rostro en silencio. Entonces lo supo y
todo su cuerpo se estremeció de la impresión.
Años atrás,
una noche en su camarote. Enardel le habló del brutal
asesinato de su familia a manos de una fuerza mercenaria que
conquistó su planeta natal. Una de las descripciones de los
líderes del genocidio era la del hombre silencioso que
esperaba su respuesta frente a ella.
Nerviosa, quiso
establecer contacto con Enardel. Entonces supo que había
abandonado el puente de mando. Volvió a intentarlo con mayor
fuerza. Y lo encontró embargado por unas emociones del tal
fuerza que la arrastraron consigo al interior de su propia
conciencia.
De pronto vió
a través de su propio ojo. Caminaba por uno de los pasillos
del crucero. Con la mirada fija en un medallón de oro abierto
con forma de sol que nunca le había mostrado. En su interior
había dos fotos: las hermanas de Enardel. Ambas eran muy
parecidas a él. Una era adolescente y la otra una niña
de no más de ocho años.
El pasillo del
crucero se desdibujo en la mente de Enardel para dar paso a un
bosque. Veía a través de dos ojos mientras corría
entre la maleza a una velocidad endiablada. Una lluvia torrencial
sacudía el denso bosque. El cielo oscuro se teñía
de nubes grises y columnas de humo. El sonido de baterías
disparando, naves sobrevolando los cielos, explosiones y gritos
resonaba por encima de la tormenta. Alguien invadía el
planeta.
Enardel llevaba un
traje de combate del Imperio Sombrío. Iba camuflado, cubierto
por encima de barro y hojas adheridas al traje. Sus ojos azules eran
lo único visible de él. Concentrados en un fuego al que
se dirigía tras del bosque.
Una vez en el límite
del bosque se agachó entre la maleza para observar la
situación. Desde ahí un verde prado se extendía
durante kilómetros. Una casa de madera blanca de dos pisos en
lo alto de una colina cercana ardía en llamas, como la mitad
del prado. Conocía muy bien el lugar, era una de las casas de
su familia. Muy próxima una pequeña nave de transporte
de infantería permanecía abierta. Cuatro soldados con
trajes de combate blindados negros manchados de sangre, con el rostro
oculto tras un casco, en el que destacaba su ojo mecánico rojo
en el centro, patrullaban el prado. Equipados con ametralladoras
láser o espadas de energía. Por todo el lugar había
decenas de cuerpos muertos sin vida en el suelo con evidentes signos
de lucha. Todos trabajadores del campo, todos amigos.
De la puerta
principal de la casa, entre las llamas. Su hermana pequeña
salió corriendo vestida con un traje blanco parcialmente
quemado. Gritaba histérica desconsolada entre lloros
llamándole.
Cuando iba a
incorporarse para salir en su auxilio quedó paralizado por la
impresión de lo inevitable. Un hombre de cerca de dos metros.
Corpulento y vigoroso, con la cabeza afeitada, ojos negros sin vida,
nariz prominente y afilada, con unos labios estrechos esbozando una
perpetúa sonrisa cínica y reservada. Salió de la
casa en llamas. Vestía un traje de combate gris ceniza
metálico, que potenciaba las habilidades físicas de
quién lo llevaba, bajo una capa de cuero gris reluciente. Su
mirada estaba clavada en su hermana.
Todo fue muy rápido,
demasiado rápido. En apenas dos segundos su hermana había
salido de la casa por sorpresa. Y detrás aquel hombre. Su
hermana apenas pudo recorrer quince metros. El hombre desenfundo con
una velocidad vertiginosa una pistola láser. El primer disparo
alcanzó a su hermana que cayo al suelo moribunda. Mientras
ella trataba de arrastrarse el hombre la alcanzó con pasos
medidos, volvió a dispararla a bocajarro arrebatándole
la vida. Entonces miró al bosque dónde él
estaba, esbozando la mayor de sus sonrisas.
Enardel se incorporó
descubriendo su escondite en estado de shock. Lanzo un grito visceral
que ensordeció al resto de sonidos. Las lágrimas
corrían por sus mejillas. Gritó y gritó con el
alma desgarrada mirando al cielo con los puños apretados. En
su dolor ni siquiera vio a los soldados acercarse a él. Toda
su familia había sido asesinada con él lejos del hogar,
sin haberles podido ayudar.
Capítulo III: Camino de
la Venganza.
La rabia y la ira le
poseyeron. Sus gritos se transformaron en un rugido animal. Entonces
vió a los soldados y en pleno frenesí se arrojó
hacía ellos.
Durante la carrera
desenvainó su espada de energía. Un antiguo modelo del
Imperio Sombrío. El arma de la familia. Una espada
convencional negra. Estrecha y ligeramente arqueada de un filo
temible. Recubierta en la hoja por un campo de energía rojo.
Capaz de separar partículas a un nivel atómico al mero
contacto. Ideada para traspasar blindajes físicos o escudos de
energía por igual.
El primer soldado
blandía otra espada de energía de haz blanco. Enardel
rugió su desafió frente a él. Éste lanzo
un golpe directo a Enardel hacía el corazón. Quién
para su sorpresa giro sobre sí mismo mediante su pie izquierdo
esquivando el golpe. Para lanzarle una estocada mortal por la derecha
que le cercenó la cabeza.
Los dos soldados
siguientes, equipados con ametralladoras láser se detuvieron
de golpe. Sorprendidos por el desenlace, se unieron para contraatacar
de inmediato. Enardel ya corría hacía ellos. Recortando
la distancia que les separaba entre el prado embarrado por la
tormenta. Los rayos y las ráfagas de viento se sucedían.
Pero para ellos sólo existía el combate. La mirada de
Enardel no era humana. Ambos soldados hubieran corrido a la nave de
haber tenido tiempo de regresar. Era la peor bestia que habían
visto a lo largo de sus años de sangrientas campañas.
Las ametralladoras
láser emitieron el pitido agudo previo a la carga. Entonces
ambas escupieron una ráfaga mortal de rayos amarillos sin
descanso. Tan pronto hicieron fuego. Enardel se desvaneció
hacía un lado. Dando inicio a una carrera frenética
casi imposible de seguir. Se movía a una velocidad tan rápida,
combinada con saltos y movimientos acrobáticos que apenas
podían apuntarlo. Por más que disparaban siempre
llegaban tarde o él mismo los detenía con la espada.
Los soldados
sudorosos, sin dejar de disparar, entre juramentos empezaron a
retroceder cada vez más nerviosos. Se les estaba echando
encima, hasta que de pronto desapareció.
Para cuando lo vieron
estaba a su izquierda agachado, lanzando un golpe bajo que seccionó
las piernas del segundo soldado por encima de las rodillas. El tercer
soldado, conmocionado entre los gritos del segundo. Trató de
disparar a Enardel a bocajarro, pero fue demasiado tarde. No había
terminado de ver caer a su compañero al suelo, y el ya estaba
flotando en el aire empaladó por la espada de energía,
cuyo haz de partículas por la fuerza de gravedad le continuaba
seccionando hacía arriba. Lo último que vio antes de
morir fueron los ojos de Enardel clavados en él, eran las
puertas del infierno.
El cuarto soldado
contempló atónito la brutal muerte de sus compañeros
paralizado apenas a diez metros de sus cadáveres. Cuando el
cuerpo del tercero termino de caer al suelo partido por la mitad
permaneció petrificado. El rugido de Enardel con la mirada
fija en él, le hizo regresar a la realidad. Llovía más
fuerte que nunca. Enardel caminaba hacía él con la
espada apuntando al suelo. El soldado retrocedió unos pasos
hasta reunir el poco valor que le quedaba. Grito e embistió a
Enardel. Éste le contesto con nuevo rugido que apagó su
grito. Dio un salto y las espadas chocaron. Enardel retrasó la
espalda y volvió a lanzar otro golpe, y otro, cada vez más
fuerte que el anterior. El soldado hacía uso de toda su
fuerza, con la mano izquierda apoyada en la parte posterior de la
espada para detener los golpes de Enardel. Cada golpe le hacía
temblar todo el cuerpo y le hacía retroceder unos centímetros
por la superficie embarrada. Los lanzaba uno detrás de otro a
tal velocidad que era incapaz de contraatacar. Su respiración
se entrecorto y empezó a sollozar desesperado. Cada golpe le
hacía bailar más. Enardel lejos de cansarse iba en
aumento. Finalmente, tras un segundo de pausa y un grito estremecedor
lanzó el golpe final. La espada de energía del soldado
se partió y cayó muerto al suelo, atravesado por la
espada.
La tormenta había
ensombrecido el cielo hasta adelantar el anochecer, iluminado por
rayos fugaces. Enardel miro fijamente al hombre, en él que se
había posado un cuervo sobre su hombro izquierdo. Parecía
divertido de la situación. Desafiante volvió a enfundar
la pistola láser y le invitó con un gesto a ir por él.
Enardel aceptó
el desafió. Emprendió una nueva carrera, la mayor de
todas. Los cientos de metros que los separaban se recortaron en unos
parpadeos. La velocidad de Enardel fue en aumento a cada paso hasta
ser prodigiosa. El hombre permanecía inmóvil ajeno a la
tormenta concentrado. Cuando Enardel fue tan rápido que lo
perdió de vista en la oscuridad cerró los ojos.
El tiempo se detuvo
entre ambos. Enardel estaba frente a él lanzando una estocada
horizontal directa al cuello. Cuando él abrió los ojos
frente a su mirada, un rayo cegador rasgó el cielo con su
estruendo. La espada de Enardel se detuvo a un centímetro de
la yugular del hombre. Sorprendido, Enardel se miro hacía
abajo. La pistola del hombre todavía apuntaba a su estomago.
El cañón escupía el humo de la combustión,
mientras el barro que recubría su traje se teñía
con su propia sangre.
Volvió a
mirarlo fijamente a sus negros ojos. Rugió y saco fuerzas para
terminar lo que había empezado. El hombre le devolvió
el gesto con una sonrisa. Un segundo rayo rasgó el cielo
cuando un nuevo disparo le alcanzó por encima del corazón.
Exhausto y moribundo Enardel cayó de espaldas contra el suelo
embarrado. El dolor emocional que le embargaba era tan intenso que no
llegó a sentir el menor dolor físico a causa de
heridas. Sólo sentía que a cada bocanada de aire se le
escapaba la vida. Contemplo el cielo mientras llovía sobre él,
tratando de arrastrarse hasta su hermana para darle la mano antes de
morir. Entonces una nave de asalto terrestre les sobrevoló
antes de aterrizar a un lado. El cuervo del hombre le salto al pecho.
Le graznó igual de divertido que su amo, ahora frente a él.
- Hermanos asesinando
a hermanos. ¿En que nos hemos convertido? – No espero la
respuesta. Pronunció la carcajada más horrible que
jamás hubiera escuchado en su vida, y le abandonó
tendido en el barro en sus últimos segundos de vida.
Capítulo IV: Hermanos de
la Muerte.
Lilith regresó a sí
misma tan alterada que tardó unos segundos en reconocer el
puente de mando. En silencio todos los oficiales la observaban con la
sorpresa y el desconcierto en sus rostros. Todos excepto un hombre,
el verdugo de la familia de Enardel, que seguía plantado
frente a ella con la misma sonrisa cínica y divertida del
recuerdo.
No le permitió
hablar. Le dijo que le llamaría en unos minutos y corto la
comunicación holográfica. Olvidó el protocolo y
caminó directamente a la zona oscura del puente de mando,
ignorando las peticiones de sus oficiales con un gesto que no admitía
replica.
Encontró la
consola de Enardel vacía. Sobre el teclado había dos
jirones de tela: los emblemas del Nuevo Imperio Galáctico del
traje de Enardel y su muñequera de comunicación. Apretó
los emblemas en su mano y dió un violento puñetazo a la
consola. En la pantalla vió una consulta de datos referente a
la nave de transporte de la misión y los leyó, lanzando
una profunda exclamación.
Fuerzas especiales
independientes… información clasificada… nombres
desconocidos… informe de misiones secreto… unidad fundada por el
Nuevo Imperio Galáctico… proyecto clasificado… bajo la
supervisión del senador Mossul… inmunidad diplomática
Eran una unidad
fantasma al margen de la ley, amparada por el Nuevo Imperio.
Mercenarios que iban de genocidio en genocidio manchándose las
manos de sangre por otros, que jamás podrían ser
detenidos ni juzgados. El corazón se le oprimió al
pensar en Enardel. Se había alistado en la marina imperial
para combatir a las mismas personas que asesinaban inocentes, y ahora
descubre que los asesinos de su familia trabajan para y según
los planes de un senador corrupto del Nuevo Imperio Galáctico.
Regresó a la
plataforma de mando sabiendo lo que debía hacer, apenas le
quedaba tiempo.
Enardel viajaba por
uno de los tubos deslizadores del crucero. Un conducto de transporte
que impulsaba a las personas mediante una corriente de aire a
presión. Cuando escuchó la alarma de emergencia. Se
bajó en la primera salida, programó el tubo de
transporte para llevarlo al hangar, activó la cuenta atrás
del impulsor y continuó a pie. La alarma seguía
sonando, sin que dijeran el motivo. No le hacía falta saberlo,
era él.
Desenfundó su
antiguo revolver. Un arma arcaica de seis balas de un calibre
especial, equipada con un cañón láser secundario
bajo el principal. Martilleó el percutor y siguió
caminando sin prisa apuntando al suelo. Por los pasillos se encontró
con algunos marineros, que hicieron todo lo posible por pasar lo más
apartados de él. Por su reacción de sorpresa ninguno
sabía nada, aún. Eso le daba un poco de tiempo.
Llegó a la
sección de camarotes de los pilotos sin el menor incidente. El
silencio del lugar le indicó que era el preludio de la acción.
La alarma no sonaba ahí y las luces se habían atenuado.
Las puertas de emergencia sellaron la sección tras él,
pero no le importó.
Una vez en su
camarote, una pequeña habitación cuadrada metálica
gris con una cama, un armario y un espejo, por lo demás vacía.
Se desnudó frente al espejo. Entonces reparó en las
cicatrices de los disparos láser, que le habían quedado
en el abdomen y en el pecho izquierdo. Se las toco como si quisiera
comprobar que existían y cerró el puño con
rabia.
De un compartimiento
secreto del armario sacó un uniforme negro y rojo con el que
se vistió. Era un traje de piloto del Imperio Sombrío.
Lo único que pudo recuperar de la devastación de su
hogar al regresar a las ruinas. Era un traje muy gastado, más
grueso y compacto que el del Nuevo Imperio. Se ceñía al
cuerpo, aunque su aspecto exterior era el de un uniforme de gala un
tanto informal. Estaba trazado en líneas rectas duras, con
hombreras y el cuello alto. Las solapas en punta hacía arriba
le llegaban hasta las orejas. El color negro del traje era profundo y
reluciente. Las líneas rojas magnéticas gruesas. En
cada brazo se lucía con orgullo el emblema del Imperio
Sombrío: un planeta negro alrededor de un espacio rojo. Por
último fijó los guantes y botas al traje, éste
se activó y aisló su cuerpo del exterior. El sistema de
soporte vital empezó a funcionar y varias agujas se clavaron
en las venas a la espera de volcar las substancias necesarias.
Entonces, finalmente recogió su espada de energía y se
la colgó de un compartimiento especial a la espalda del traje.
Se miró un
instante al espejo y abandonó el camarote revolver en mano.
- Estás muy
guapo, hermano – Sandra le sonrió apoyada en una de las
paredes al lado del camarote. Era una chica exótica de 25
años. De estatura mediana, fuerte para ser mujer. Pelo corto
verde, dos grandes ojos azul y rojo de forma casi oriental, piel
castaña suave, boca de labios carnosos con una sonrisa
preciosa, y una mirada de fuego puro. Vestía un traje de
combate azul marino. Cargaba consigo un cañón táctico
de infantería personal, sin duda robado. Era un arma salvaje.
Se instalaba desde la espalda hasta la muñeca. Portaba un
generador de energía propio, un brazo mecánico
amplificador sobre él del tirador y un cañón
enorme, que se sostenía mediante dos mangos. Terminaba en
cuatro largas palas de conducción dispuestas en forma de
rombo, con un pequeño espacio entre ellas y el interior.
Alrededor de toda la maquina se repartían pequeños
impulsores encendidos en todo momento, que ayudaban al tirador a
conducir el cañón con una relativa soltura, sin sentir
su tonelada de peso.
- Es peligroso que
estés aquí – Dijo Enardel con una seriedad tajante
que le borró la sonrisa de golpe-. Deberías marcharte,
hermana.
- Cuando yacía
moribunda a las puertas de la muerte tú fuiste el único
que escuchaste mi voz y luchaste para salvarme – Dijo en un tono de
madurez impropio de su edad-. Mis hermanos murieron con todo cuanto
amaba al igual que tú. Pero me devolviste la vida, la
esperanza, y me enseñaste a luchar. Ambos somos hermanos
unidos por la muerte. Tú eres todo lo que amo en este
universo. Tu destino es el mío.
- No hace falta matar
a nadie – Enardel le sostuvo la mirada modificando el regulador de
potencia del cañón-. Ellos no estuvieron allí.
- Tampoco me
ayudaron – Sandra lo aceptó de mala gana, frunciendo el
ceño.- Dales tiempo,
algún día despertaran – Le dio una palmada en el
hombro -. Vamos hermana, el momento ha llegado.
Capítulo V: Morir
Luchando.
Caminaron juntos en la
oscuridad intermitente. La luz roja de emergencia era la única
que funcionaba en la sección de camarotes. Pasaron varios
compartimentos en silencio hasta que el sonido de un tumulto de
pisadas corriendo se fue haciendo cada vez más audible. Un
pelotón de soldados de infantería con trajes completos
de combate, escudos de energía activados alrededor del cuerpo
y ametralladoras láser irrumpieron en formación por el
pasillo frente a Enardel. Avanzaban hacía él lentamente
aputándole con las ametralladoras láser. Éste
les dedicó un saludo con la cabeza y giró el siguiente
pasillo a la derecha ignorándolos.
- Habéis
venido a por algo – Sandra apareció de las sombras, tras el
pasillo por él que había venido Enardel. Les apuntaba
con el cañón con una mirada desafiante. Los soldados
desconcertados por unos segundos cerraron filas y le apuntaron a
ella. El cañón empezó a cargarse produciendo un
estruendo. Las luces de los pasillos y todas las maquinas se
volvieron locas, mientras un brillo cegador se iba acumulando en las
palas del cañón-. Aquí lo tenéis.
Una descarga brutal
de energía fue escupida por el cañón. Los rayos
alcanzaron las cuatro caras del pasillo, rebotando en ellas,
penetrando en los escudos de los soldados, que caían al suelo
entre convulsiones y gritos. Se hizo un breve silencio y un segundo
grupo llegó al pasillo. Sandra volvió a cargar el cañón
y los soldados abrieron fuego indiscriminado sobre ella, quién
respondió con una segunda descarga, cargando contra ellos.
El sonido del tiroteo
se fue haciendo más lejano, a medida que se acercaba a la
sección del hangar. Las luces de los pasillos volvieron a
encenderse al máximo. Al fondo de pasillo, a unos cien metros
vio la enorme puerta del hangar abierta. Por ella avanzaban 50
soldados en 5 filas hacía él. Volvió a girar a
la derecha, y de ambos pasillos contiguos salieron más
soldados. Ninguno hizo el menor gesto de ataque. Se limitaban a
cerrarle el paso, empujándole hacía el punto muerto,
una salida de emergencia al exterior al frío espacio.
- Lo
he visto todo – La voz de Lilith resonó
en su mente, con una ansiedad que nunca antes había escuchado
en ella.
- Lo
sé – Las opciones se agotaban, iba
directo a la salida de emergencia.
- Tienes que
volver.
- Sabes
que no puedo – Se plantó a unos
metros de la puerta de emergencia. Decenas de soldados se detuvieron
detrás de él a la espera de una orden. Sus
respiraciones entrecortadas por la tensión eran un coro. Por
más soldados que fueran, temían al misterioso hombre
que les daba la espalda empuñando un revolver arcaico en la
mano.
- No puedo
permitir que continúes esto, morirás.
- Ya estoy muerto,
ahora deben morir ellos.
- La
venganza no devolverá la vida a tu familia.
- Es cierto, pero
salvara la vida de otras.
- Es mentira y lo
sabes, vas a morir inútilmente en ese pasillo. Jamás
llegarás al hangar. Por favor, no me hagas dar la orden y
vuelve conmigo. Te necesito.
- La última
esperanza de los hombres murió con el Imperio Sombrío.
Me he engañado toda la vida pensando que luchando por éste,
las cosas cambiarían, ya no puedo vivir de ilusiones por más
tiempo.
- Entre vivir en
este mundo, o morir luchando por recuperar lo que un día
fuimos… elijo luchar.
Dio un violento
puñetazo con la mano izquierda al cristal, que protegía
la palanca de la puerta de emergencia. Y antes de que los soldados
pudieran reaccionar, la estiró con todas sus fuerzas. La
puerta previa de protección se cerró de golpe y la de
emergencia se abrió. Enardel salió expulsado al espacio
bajo el planeta de fuego como telón de fondo.
Capítulo VI: Rumbo al
Destino.
En el espacio, el escudo
del traje se activó a escasos centímetros de su piel.
El frío era mortal y apenas había una bocanada de
oxígeno en la burbuja del escudo. Apuntó hacia el
planeta con el revolver, efectuó un primer disparo que redujo
su impulso hacía él, un segundo que le detuvo y
finalmente un tercero que le volvió a acercar a la cubierta
del crucero estelar. Sintió las drogas del traje correr por
sus venas, tratando de darle una vida que se le escapaba. Temblando
efectuó el cuarto disparo, para impulsarle hacía la
salida de un hangar secundario a un lado del crucero, el suyo.
Durante el trayecto su cuerpo se convulsionó en una agonía
de dolor previó a la congelación y al ahogamiento.
Disparó por quinta y última vez sin saber realmente
hacía dónde iba, hasta que se estrelló contra el
suelo del hangar, una vez la gravedad del crucero le atrapó.
Permaneció
unos segundos en el suelo, el traje estabilizó sus constantes
vitales y pudo volver a ponerse en pie. Corrió sigiloso hacía
el interior. Pronto vio su caza. Una nave negra alargada de grandes
alas, con la cabina un poco por delante del centro, con decenas de
dibujos rojos a la izquierda de la entrada, indicando los derribos
realizados.
Vió las
piernas de su viejo amigo, el mecánico, operando en la parte
baja de la máquina. Continuó sin que reparara en él,
y alcanzó la entrada del hangar individual. Activó el
cierre de invasión y rompió la consola de mando con la
culata del revolver.
- Fin de trayecto
cachorro – El viejo le sorprendió detrás él
con una pistola láser apuntándole. A pesar del mono de
trabajo, la suciedad, la edad, el pelo canoso desaliñado y la
barba descuidada. Era el hombre con mayor respeto del crucero, y
ahora no jugaba con él-. Dame la pistola ahora mismo. No voy a
dejar que te jodas la vida. Tienes amigos que te quieren y una mujer
que te ama, estás a punto de perderlo todo.
- Cuida de ella, por
favor. Te prometo que volveré. – En apenas unas décimas,
Enardel empuñó el revolver contra el viejo, y le
disparó a su pistola láser. Perplejo, sin tiempo de
reacción, le noqueó de un gancho de izquierda. Lo cogió
evitando su caída al suelo, y lo llevó en brazos hasta
el panel de rearme del hangar. Acercó su cabeza con un ojo
abierto al lector, que confirmo su identidad y abrió el
programa.
Una serie de brazos
mecánicos recogieron el caza, y lo situaron en la pista de
lanzamiento flotando. Los compartimentos de la parte baja se abrieron
y empezó la recarga. La pila de energía fue sustituida
por una nueva, se instaló una dotación completa de
misiles caza – caza, caza – nave capital, y finalmente dos
torpedos nucleares. Las compuertas inferiores se cerraron. Entonces
se acoplaron tres tanques de combustible sólido adicional,
mientras la manguera con el tanque interior lleno se retiraba.
Los soldados llevaban
unos minutos perforando la puerta con sopletes láser. No
llegarían a tiempo. Lilith trató de volver a
comunicarse con él, pero bloqueó su pensamiento
revistiendo su mente de un escudo mental impenetrable.
Se encaramó a
la cubierta del caza con un poderoso salto. Entró en la
cabina, el traje activó las líneas magnéticas y
quedó sellado al asiento. El líquido respirable que
amortiguaba los G de gravedad empezaba a llenar la cabina. El
blindaje empezó a cerrarse por encima de la cabina, que se
hundía en el interior del caza. Encendió los controles.
La reproducción virtual del exterior, se visualizó en
toda la superficie lisa de la cabina. Mientras con una mano iba
operando los sistemas, con la otra se hizo con los mandos de vuelo, y
fue dando impulso al motor principal que se iba calentando.
La puerta del hangar
cedió ante el soplete láser. Los soldados entraron en
tromba disparando contra el caza. El escudo de energía del
caza los desviaba sin el menor esfuerzo.
La orden de retirar
los brazos de amarre fue cancelada desde el exterior, era Lilith.
Encendió dos de los motores de combustible solido y dió
el primer impulso de gas de advertencia. El caza entero tembló
por el choque de fuerzas entre los motores y los brazos. Los soldados
retrocedieron para evitar ser calcinados por el fuego que inundaba el
hangar.
Bajó los
motores al mínimo para dar un violento impulso de golpe, y
repitió la operación varias veces. Los brazos
chirriaron, pero no cedieron. Encendió el tercer motor de
combustible sólido, y dio máximo impulso con todos los
motores. La propia estructura del crucero se estremeció. Bajo
el impulso y le dio un nuevo golpe de potencia. Los brazos cedieron y
los arrastro unos metros, produciendo una cascada de chispas hasta
que terminaron por soltarlo antes de salir del hangar.
Voló directo
al planeta de fuego, adoptando un rumbo en órbita a él
de constante aceleración. Una escuadra inició la
persecución. Gracias a la potencia de los motores adicionales
se fue distanciando lentamente de ella, pero sin lograr salir del
rango de alcance. La presión G comenzaba a ser muy fuerte, aún
con el líquido amortiguador que respiraba. El planeta
resplandecía precioso bajo sus pies, sacudido por las
erupciones del océano de lava y las tormentas de fuego.
En el espacio, el escudo
del traje se activó a escasos centímetros de su piel.
El frío era mortal y apenas había una bocanada de
oxígeno en la burbuja del escudo. Apuntó hacia el
planeta con el revolver, efectuó un primer disparo que redujo
su impulso hacía él, un segundo que le detuvo y
finalmente un tercero que le volvió a acercar a la cubierta
del crucero estelar. Sintió las drogas del traje correr por
sus venas, tratando de darle una vida que se le escapaba. Temblando
efectuó el cuarto disparo, para impulsarle hacía la
salida de un hangar secundario a un lado del crucero, el suyo.
Durante el trayecto su cuerpo se convulsiono en una agonía de
dolor previó a la congelación y al ahogamiento. Disparó
por quinta y última vez sin saber realmente hacía dónde
iba, hasta que se estrelló contra el suelo del hangar, una vez
la gravedad del crucero le atrapó.
Permaneció
unos segundos en el suelo, el traje estabilizo sus constantes vitales
y pudo volver a ponerse en pie. Corrió sigiloso hacía
el interior. Pronto vio su caza. Una nave negra alargada de grandes
alas, con la cabina un poco por delante del centro, con decenas de
dibujos rojos a la izquierda de la entrada, indicando los derribos
realizados.
Vio las piernas de su
viejo amigo, el mecánico, operando en la parte baja de la
maquina. Continuó sin que reparara en él, y alcanzó
la entrada del hangar individual. Activó el cierre de invasión
y rompió la consola de mando con la culata del revolver.
- Fin de trayecto
cachorro – El viejo le sorprendió detras él con una
pistola láser apuntándole. A pesar del mono de trabajo,
la suciedad, la edad, el pelo canoso desaliñado y la barba
descuidada. Era el hombre con mayor respeto del crucero, y ahora no
jugaba con él-. Dame la pistola ahora mismo. No voy a dejar
que te jodas la vida. Tienes amigos que te quieren y una mujer que te
ama, estás a punto de perderlo todo.
- Cuida de ella, por
favor. Te prometo que volveré. – En apenas unas décimas,
Enardel empuñó el revolver contra el viejo, y le
disparó a su pistola láser. Perplejo, sin tiempo de
reacción, le noqueó de un gancho de izquierda. Lo cogió
evitando su caída al suelo, y lo llevo en brazos hasta el
panel de rearme del hangar. Acercó su cabeza con un ojo
abierto al lector, que confirmo su identidad y abrió el
programa.
Una serie de brazos
mecánicos recogieron el caza, y lo situaron en la pista de
lanzamiento flotando. Los compartimentos de la parte baja se abrieron
y empezó la recarga. La pila de energía fue sustituida
por una nueva, se instalo una dotación completa de misiles
caza – caza, caza – nave capital, y finalmente dos torpedos
nucleares. Las compuertas inferiores se cerraron. Entonces se
acoplaron tres tanques de combustible sólido adicional,
mientras la manguera con el tanque interior lleno se retiraba.
Los soldados llevaban
unos minutos perforando la puerta con sopletes láser. No
llegarían a tiempo. Lilith trató de volver a
comunicarse con él, pero bloqueó su pensamiento
revistiendo su mente de un escudo mental impenetrable.
Se encaramó a
la cubierta del caza con un poderoso salto. Entró en la
cabina, el traje activó las líneas magnéticas y
quedo sellado al asiento. El líquido respirable que
amortiguaba los G de gravedad empezaba a llenar la cabina. El
blindaje empezó a cerrarse por encima de la cabina, que se
hundía en el interior del caza. Encendió los controles.
La reproducción virtual del exterior, se visualizó en
toda la superficie lisa de la cabina. Mientras con una mano iba
operando los sistemas, con la otra se hizó con los mandos de
vuelo, y fue dando impulso al motor principal que se iba calentando.
La puerta del hangar
cedió ante el soplete láser. Los soldados entraron en
tromba disparando contra el caza. El escudo de energía del
caza los desviaba sin el menor esfuerzo.
La orden de retirar
los brazos de amarre fue cancelada desde el exterior, era Lilith.
Encendió dos de los motores de combustible solido y dio el
primer impulso de gas de advertencia. El caza entero tembló
por el choque de fuerzas entre los motores y los brazos. Los soldados
retrocedieron para evitar ser calcinados por el fuego que inundaba el
hangar.
Bajó los
motores al mínimo para dar un violento impulso de golpe, y
repitió la operación varias veces. Los brazos
chirriaron, pero no cedieron. Encendió el tercer motor de
combustible sólido, y dio máximo impulso con todos los
motores. La propia estructura del crucero se estremeció. Bajo
el impulso y le dio un nuevo golpe de potencia. Los brazos cedieron y
los arrastro unos metros, produciendo una cascada de chispas hasta
que terminaron por soltarlo antes de salir del hangar.
Voló directo
al planeta de fuego, adoptando un rumbo en orbita a él de
constante aceleración. Una escuadra inició la
persecución. Gracias a la potencia de los motores adicionales
se fue distanciando lentamente de ella, pero sin lograr salir del
rango de alcance. La presión G comenzaba a ser muy fuerte, aún
con el líquido amortiguador que respiraba. El planeta
resplandecía precioso bajo sus pies, sacudido por las
erupciones del océano de lava y las tormentas de fuego.
- Piloto Enardel – La
voz militar de Lilith irrumpió en la radio -. Acaba de
realizar un despegue ilegal de acuerdo con la reglamentación
de la marina imperial. Se le acusa de insubordinación, e
incitación a la rebeldía. Le ordeno que regrese ahora
mismo para ser sometido a un consejo de guerra. De lo contrario me
veré obligada a usar la fuerza.
- Adiós,
Lilith – Pasó la mano por encima de la cámara de la
cabina, en un gesto cariñoso antes de apagar la radio. Dió
más impulso a los motores y se alejó de la órbita
del planeta, catapultado a una terrible velocidad directo al sol.
Capítulo VII: Tormenta Infernal.
Mientras el hombre que
amaba se alejaba hacia la muerte, ríos de lágrimas
traicionaron el rostro de indiferencia de Lilith. En lo más
profundo de su corazón, supo que jamás volvería
a verlo con vida.
Tras limpiarse las
lágrimas y recuperar la compostura, con un nudo en el
estomago, Lilith llamó al comandante de la nave de transporte.
El verdugo no tardó en aparecer holográficamente frente
a ella, con un gesto frío y enojado. Esperó a que ella
hablara.
- Tenemos un problema
– Dijo Lilith mirándole a sus ojos negros con firmeza,
resistiendo el asco y odio que le daban-. Uno de mis pilotos ha
perdido razón, ha desertado y se dirige hacía su nave
para atacarla.
- Entonces el
problema es suyo – Dejo pasar unos segundos antes de contestarla.
Entonces, endureció los labios sin la menor sonrisa, ausente
del menor sentimiento-. Ha estallado una tormenta solar. En unos
minutos se nos echara encima a ambos, y ese pobre diablo se freirá
ahí fuera. Cuando lleguen para escoltarnos vuelva a llamarnos,
y por favor, no vuelva a molestarme más.
No tuvo que volver a
encender la radio para saber lo que querían decirle. Los
sensores del caza se habían vuelto locos por la tormenta
solar. Una ola de fuego y radiación que pronto le alcanzaría.
La alarma de amenazas advirtió del lanzamiento de misiles. La
escuadra que le perseguía había disparado una lluvia de
misiles caza – caza contra él, que le iban a alcanzar en
poco más de un minuto. Querían forzarlo a rendirse para
que desarmaran los misiles.
Accedió al
ordenador de abordo, entró en los protocolos de seguridad, y
desconectó los límites de aceleración ante el
riesgo de muerte del piloto. Lentamente fue moviendo milímetro
a milímetro la palanca del acelerador. El primero de los
tanques de combustible adicional se soltó vacío. Los
misiles empezaron a recortarle la distancia más despacio. El
corazón le latía a un ritmo frenético, tenía
que emplear todas sus fuerzas para mover la palanca del acelerador.
Cada segundo era una lucha por mantener el conocimiento y la vida a
pesar de las drogas. La visión del sol desapareció
oculto por la colosal ola de la tormenta solar a la que se dirigía.
En el crucero estelar
Lilith hacía los preparativos para resistir el impacto de la
tormenta solar. Las escuadras de cazas regresaban, y todas las
oberturas exteriores eran selladas por gruesas capas de blindaje,
mientras se concentraba gran parte de la energía en el escudo
protector.
Cerrando las
compuertas de los hangares, una nave de abastecimiento para cinco
cazas salió en el último momento. La pilotaba Sandra,
que agotado el generador del cañón, aprovechando el
caos generado por Enardel, escapó de los soldados por los
conductos de aire. No llegaron a establecer un canal para advertirle
de la tormenta solar, Sandra saltó con la nave de
abastecimiento a un lugar indeterminado fuera del alcance de los
sensores.
A punto de colisionar
con la tormenta solar, Enardel expulsó los tanques de
combustible adicional ya gastados. Apagó los motores y todos
los sistemas de la nave, incluido el soporte vital, transfiriendo
toda la energía al escudo frontal.
El impacto contra la
tormenta desató un terrible infierno. Una corriente de energía
traspasó la nave, produciendo un gran número de
cortocircuitos, aún con los sistemas apagados. El escudo por
más fuerte que fuera no filtró todo el calor ni la
radiación. El blindaje exterior comenzó a fundirse capa
a capa, el líquido que le envolvía se torno abrasivo y
tuvo que contener la respiración para no quemarse. El escudo
del traje se volvió a activar, tratando de protegerlo, pero el
líquido de la burbuja prácticamente hervía. La
fuerza de la tormenta luchaba con la inercia del caza para
arrastrarlo consigo. Sin más opciones, aún a riesgo de
explotar encendió el motor principal de energía,
fijando rumbo al centro del infierno…
Capítulo VIII: El Desenlace – Duelo en las
estrellas.
Sonaban mil alarmas,
decenas de luces indicaban daños, se ahogaba, el blindaje
exterior se consumía y el escudo perdía fuerza, sin que
llegara a ver el fin de la Tormenta Solar.
En el puente de mando
del crucero todo regresaba a la normalidad. La tormenta solar apenas
había causado daños menores, aunque nadie hablaba.
Todos pensaban silenciosamente en Enardel. Lilith daba instrucciones
para continuar el vuelo hacía la nave de transporte, ordenaba
a las escuadras volver a salir para patrullar la ruta de viaje y
supervisaba todo, sin que pudiera evitar revisar constantemente las
lecturas de los sensores en busca de la nave de Enardel, al igual que
todos en el puente de mando. Los minutos se sucedieron en una
angustia terrible, hasta que el oficial de sensores estrategicos se
pusó en pie sobresaltado.
- ¡Es él,
ha sobrevivido¡ - El griterío se adueño del
puente de mando por unos instantes, pero el semblante serio del
oficial de sensores hizo temer lo peor-. Oh dios mío, casi ha
llegado a la nave de transporte. Llega por detrás en rumbo de
intercepción. Tiempo estimado: 30 segundos.
Lilith llamo de
inmediato al comandante de la nave de transporte.
- El piloto desertor
está a punto de atacarlos por detrás – La hostilidad
en los labios del comandante cambió radicalmente, para sonreír
igual de divertido que cuando se río de Enardel en el prado-.
Tiene dos torpedos nucleares y no podemos detenerlo.
- Yo lo haré…
- Le cortó la comunicación con una mueca en su sonrisa.
La nave de transporte
encendió sus motores a máximo impulso. Las baterías
de torretas láser anti-caza se desplegaron. Entonces apareció
Enardel. Amparado por la estática de la tormenta solar, no
pudieron detectarlo hasta tenerlo encima. Todas las baterías
de la parte posterior se giraron, y escupieron una tormenta de
ráfagas de fuego láser contra el caza, que volaba en
rumbo kamikaze contra los motores esquivando los disparos.
Justo antes de
impactar, después de traspasar el escudo protector, el caza
disparó un torpedo nuclear contra el motor principal, y
continuó el vuelo por encima de la cubierta del transporte. La
parte posterior de la inmensa nave de transporte de un kilómetro
de longitud explotó salvajemente desintegrándose por
completo.
El puente de mando,
situado en la punta del transporte era un hervidero de gritos y
heridos, por las explosiones en cadena desatadas por toda la nave.
Cuando el caza de Enardel les pasó por encima a escasos
centímetros. El comandante ajeno al desconcierto de sus
hombres, caminó unos pasos con su cuervo al hombro hasta el
cristal del puente. A lo lejos vio el caza con el blindaje en un
estado lamentable darse la vuelta antes de detenerse. Quería
saber quién era ese hombre. La cúpula de la cabina del
caza se abrió, y su piloto se puso en pie con orgullo
protegido del espacio por el escudo del caza.
Ambos se reconocieron
mutuamente y observaron con atención unos interminables
segundos. Lanzado el desafió, Enardel cerró la cúpula
del caza y el comandante se volvió a sus hombres. Les ordenó
embestir con el máximo impulso de los motores de apoyo al caza
que tenían delante.
La gigantesca mole
herida de la nave de transporte se puso en marcha directa al caza, y
éste se lanzo contra la nave de transporte para jugar la
última mano. El comandante abandonó en silencio el
puente mando cerrando las puertas tras de sí. Sin tiempo para
esquivar a la nave, Enardel disparó el torpedo nuclear.
Una devastadora
explosión transformó la nave de transporte en una
gigantesca bola de fuego, de la que emergió triunfal el caza
de Enardel.
No habían
pasado unos segundos cuando las alarmas de misiles sonaron de nuevo.
De la bola de fuego emergió un segundo caza negro en rumbo de
intercepción. Enardel giró 180 grados el caza,
disparando las ametralladoras láser contra los misiles,
lanzando los suyos propios. El segundo caza igualó la
posición. Ambos uno frente al otro en constante giro a una
pequeña distancia se dispararon a muerte. Enardel lanzó
una lluvia de misiles, y cargó contra el caza sin dejar de
disparar con los cañones láser. El segundo caza le
devolvió la jugada y ambos se esquivaron in extremis. La
explosión conjunta de sus misiles los sacudió dañando
sus sistemas.
Enardel atacó
al segundo caza sin darle tiempo a volverse en rumbo de colisión.
El comandante en vez de apartarse se giró y abrió fuego
a discreción. Ambos cazas se machacaron en una lluvia
mortífera de fuego láser. Enardel pasó por
debajo y ambos se volvieron a girar. La igualdad de sus habilidades
hacía de sus ataques un continuo empate. En el último
choque, el caza de Enardel, agotado por los esfuerzos anteriores se
quedó sin energía a merced del comandante. Éste
le propino una ráfaga de láser que termino de dañarlo
por completo.
Con la victoria en
sus manos, igualó el rumbo a la deriva del caza de Enardel,
para situarse a escasos metros frente a su cabina. Quería
verlo una vez más, antes de volver a quitarle definitivamente
la vida.
Cuando se abría
la cúpula de su cabina e incorporó. Vió a
Enardel correr por encima de la cubierta de su caza, con la espada de
energía de haz rojo desenvainada, pronunciando un rugido
desgarrador que se grabó a fuego en su mente, más
fuerte que el anterior unos años atrás. Se serenó
llevando la mano a la empuñadura de la pistola láser,
dispuesto a repetir el choque. Enardel cruzó la distancia
entre los cazas con un salto suicida, y una vez aterrizó en el
del comandante continuó su carrera por la cubierta. Su rostro
estaba desencajado por la rabia y la furia que le consumían.
El comandante desenfundó la pistola láser apuntando al
corazón de Enardel. Cuando iba a oprimir el gatillo, un golpe
seco le empujó contra el asiento. Incrédulo, con la
boca de la pistola láser sobre el corazón de Enardel,
no logró pulsar el gatillo. Por primera vez en su vida tuvo
miedo, bajó la mirada a su pecho, vió que la espada de
energía le había empalado contra el asiento. Furioso
alzó la vista buscando la mirada de Enardel, lanzó su
último rugido y pulsó el gatillo de la pistola láser.
Pero Enardel más rápido le hundió la espada
hasta la empuñadura, el movimiento mortal del comandante murió
con él antes de llegar a la mano.
Enardel rugió
triunfalmente con todo el dolor que había acumulado a lo largo
de los años. En pie sobre la cabina del comandante muerto por
fin. La onda de choque psíquica fue tan grande que alcanzó
a todos en el crucero estelar y las escuadras. Lilith en la distancia
lloró de la emoción, mientras la primera escuadra le
sobrevoló. Nadie acababa de creer lo que había hecho.
Lentamente recuperó
la espada del cuerpo del comandante muerto, la envainó en la
funda de la espalda y se impulsó de vuelta a su caza. La nave
de abastecimiento robada por Sandra apareció detrás,
después de un salto, en rumbo de acoplamiento. Enardel cerró
la cúpula del caza mirando al sol y ambos saltaron a lo
desconocido.
Continúa en...
Crónicas de Mundo Destierro:
4 Comentarios:
Tremendo Lester, voy a
25 de Abril de 2008 • 16:59 — ShaiyiaTu gesto me ha llegado al corazón, Shaiyia
25 de Abril de 2008 • 17:48 — Lester KnightEntrada meneada.
13 de Mayo de 2008 • 16:02 — The_unforgiven_too¡Muchas gracias, The_unforgiven_too!
13 de Mayo de 2008 • 16:16 — Lester KnightMenuda sorpresa me has dado
PD: Si cualquier lector de "El Barón Negro" sin cuenta en Meristation quiere ponerse en contacto conmigo, puede enviarme un email a MundoDestierro@gmail.com
¡Un saludo!