21 de Octubre de 2014
Sep
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Veinte mil leguas de viaje submarino - Autor: Julio Verne - Libro Completo Descargable - Literatura Universal

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El año 1866 quedó caracterizado por un extraño aconteci­miento, por un fenómeno inexplicable e inexplicado que na­die, sin duda, ha podido olvidar. Sin hablar de los rumores que agitaban a las poblaciones de los puertos y que sobreex­citaban a los habitantes del interior de los continentes, el misterioso fenómeno suscitó una particular emoción entre los hombres del mar. Negociantes, armadores, capitanes de barco, skippers y masters de Europa y de América, oficiales de la marina de guerra de todos los países y, tras ellos, los go­biernos de los diferentes Estados de los dos continentes, ma­nifestaron la mayor preocupación por el hecho.

Veinte mil leguas de viaje submarino.

Julio Verne.

Capítulo I: Un escollo fugaz.

 

Desde hacía algún tiempo, en efecto, varios barcos se ha­bían encontrado en sus derroteros con «una cosa enorme», con un objeto largo, fusiforme, fosforescente en ocasiones, infinitamente más grande y más rápido que una ballena.

Los hechos relativos a estas apariciones, consignados en los diferentes libros de a bordo, coincidían con bastante exactitud en lo referente a la estructura del objeto o del ser en cuestión, a la excepcional velocidad de sus movimientos, a la sorprendente potencia de su locomoción y a la particu­lar vitalidad de que parecía dotado. De tratarse de un cetáceo, superaba en volumen a todos cuantos especímenes de este género había clasificado la ciencia hasta entonces. Ni Cuvier, ni Lacepède, ni Dumeril ni Quatrefages hubieran admitido la existencia de tal monstruo, a menos de haberlo visto por sus propios ojos de sabios.

El promedio de las observaciones efectuadas en diferen­tes circunstancias ‑una vez descartadas tanto las tímidas evaluaciones que asignaban a ese objeto una longitud de doscientos pies, como las muy exageradas que le imputaban una anchura de una milla y una longitud de tres‑ permitía afirmar que ese ser fenomenal, de ser cierta su existencia, su­peraba con exceso todas las dimensiones admitidas hasta entonces por los ictiólogos.

Pero existía; innegable era ya el hecho en sí mismo. Y, dada esa inclinación a lo maravilloso que existe en el hom­bre, se comprende la emoción producida por esa sobrenatu­ral aparición. Preciso era renunciar a la tentación de remitir­la al reino de las fábulas.

Efectivamente, el 20 de julio de 1866, el vapor Governor Higginson, de la Calcuta and Burnach Steam Navigation Company, había encontrado esa masa móvil a cinco millas al este de las costas de Australia. El capitán Baker creyó, al pronto, hallarse en presencia de un escollo desconocido, y se disponía a determinar su exacta situación cuando pudo ver dos columnas de agua, proyectadas por el inexplicable obje­to, elevarse silbando por el aire hasta ciento cincuenta pies. Forzoso era, pues, concluir que de no estar el escollo someti­do a las expansiones intermitentes de un géiser, el Governor Higginson había encontrado un mamífero acuático, desco­nocido hasta entonces, que expulsaba por sus espiráculos columnas de agua, mezcladas con aire y vapor.

Se observó igualmente tal hecho el 23 de julio del mismo año, en aguas del Pacífico, por el Cristóbal Colón, de la West India and Pacific Steam Navigation Company,. Por consi­guiente, el extraordinario cetáceo podía trasladarse de un lugar a otro con una velocidad sorprendente, puesto que, a tres días de intervalo tan sólo, el Governor Higginson y el Cristóbal Colón lo habían observado en dos puntos del mapa separados por una distancia de más de setecientas le­guas marítimas.

Quince días más tarde, a dos mil leguas de allí, el Helvetia, de la Compagnie Nationale, y el Shannon, de la Royal Mail, navegando en sentido opuesto por la zona del Atlántico com­prendida entre Europa y Estados Unidos, se señalaron mu­tuamente al monstruo a 420 15'de latitud norte y 600 35'de longitud al oeste del meridianode Greenwich. En esa obser­vación simultánea se creyó poder evaluar la longitud mínima del mamífero en más de trescientos cincuenta pies ingleses, dado que el Shannon y el Helvetia eran de dimensiones infe­riores, aun cuando ambos midieran cien metros del tajamar al codaste. Ahora bien, las ballenas más grandes, las que fre­cuentan los parajes de las islas Aleutinas, la Kulammak y la Umgullick, no sobrepasan los cincuenta y seis metros de lon­gitud, si es que llegan a alcanzar tal dimensión.

Estos sucesivos informes; nuevas observaciones efectua­das a bordo del transatlántico Le Pereire, un abordaje entre el monstruo y el Etna, de la línea Iseman; un acta levantada por los oficiales de la fragata francesa La Normandie; un es­tudio muy serio hecho por el estado mayor del comodoro Fitz‑james a bordo del Lord Clyde, causaron una profunda sensación en la opinión pública. En los países de humor li­gero se tomó a broma el fenómeno, pero en los países graves y prácticos, en Inglaterra, en América, en Alemania, causó una viva preocupación.

En todas partes, en las grandes ciudades, el monstruo se puso de moda. Fue tema de canciones en los cafés, de broma en los periódicos y de representación en los teatros. La prensa halló en él la ocasión de practicar el ingenio y el sensacio­nalismo. En sus páginas, pobres de noticias, se vio reapare­cer a todos los seres imaginarios y gigantescos, desde la ballena blanca, la terrible «Moby Dick» de las regiones hi­perbóreas, hasta el desmesurado Kraken, cuyos tentáculos pueden abrazar un buque de quinientas toneladas y llevár­selo a los abismos del océano. Se llegó incluso a reproducir las noticias de los tiempos antiguos, las opiniones de Aristó­teles y de Plinio que admitían la existencia de tales mons­truos, los relatos noruegos del obispo Pontoppidan, las rela­ciones de Paul Heggede y los informes de Harrington, cuya buena fe no puede ser puesta en duda al afirmar haber visto, hallándose a bordo del Castillan, en 1857, la enorme ser­piente que hasta entonces no había frecuentado otros mares que los del antiguo Constitutionnel.

Todo esto dio origen a la interminable polémica entre los crédulos y los incrédulos, en las sociedades y en las publica­ciones científicas. La «cuestión del monstruo» inflamó los ánimos. Los periodistas imbuidos de espíritu científico, en lucha con los que profesan el ingenio, vertieron oleadas de tinta durante la memorable campaña; algunos llegaron in­cluso a verter dos o tres gotas de sangre, al pasar, en su ardor, de la serpiente de mar a las más ofensivas personalizaciones.

Durante seis meses la guerra prosiguió con lances diver­sos. A los artículos de fondo del Instituto Geográfico del Brasil, de la Academia Real de Ciencias de Berlín, de la Aso­ciación Británica, del Instituto Smithsoniano de Washing­ton, a los debates del The Indian Archipelago, del Cosmos del abate Moigno y del Mittheilungen de Petermann, y a las cró­nicas científicas de las grandes publicaciones de Francia y otros países replicaba la prensa vulgar con alardes de un in­genio inagotable. Sus inspirados redactores, parodiando una frase de Linneo que citaban los adversarios del mons­truo, mantuvieron, en efecto, que «la naturaleza no engen­dra tontos», y conjuraron a sus contemporáneos a no infligir un mentís a la naturaleza y, consecuentemente, a rechazar la existencia de los Kraken, de las serpientes de mar, de las «Moby Dick» y otras lucubraciones de marineros deliran­tes. Por último, en un artículo de un temido periódico satí­rico, el más popular de sus redactores, haciendo acopio de todos los elementos, se precipitó, como Hipólito, contra el monstruo, le asestó un golpe definitivo y acabó con él en me­dio de una carcajada universal. El ingenio había vencido a la ciencia.

La cuestión parecía ya enterrada durante los primeros meses del año de 1867, sin aparentes posibilidades de resu­citar, cuando nuevos hechos llegaron al conocimiento del público. Hechos que revelaron que no se trataba ya de un problema científico por resolver, sino de un peligro serio, real, a evitar. La cuestión adquirió así un muy diferente as­pecto. El monstruo volvió a erigirse en islote, roca, escollo, pero un escollo fugaz, indeterminable, inaprehensible.

El 5 de marzo de 1867, el Moravian, de la Montreal Ocean Company, navegando durante la noche a 270 30' de latitud y 720 15' de longitud, chocó por estribor con una roca no se­ñalada por ningún mapa en esos parajes. Impulsado por la fuerza combinada de viento y de sus cuatrocientos caballos de vapor, el buque navegaba a la velocidad de trece nudos. Abierto por el choque, es indudable que de no ser por la gran calidad de su casco, el Moravian se habría ido a pique con los doscientos treinta y siete pasajeros que había embarcado en Canadá.

El accidente había ocurrido hacia las cinco de la mañana, cuando comenzaba a despuntar el día. Los oficiales de guar­dia se precipitaron hacia popa y escrutaron el mar con la mayor atención, sin ver otra cosa que un fuerte remolino a unos tres cables de distancia del barco, como si las capas lí­quidas hubieran sido violentamente batidas. Se tomaron con exactitud las coordenadas del lugar y el Moravian conti­nuó su rumbo sin averías aparentes. ¿Había chocado con una roca submarina o había sido golpeado por un objeto re­sidual, enorme, de un naufragio? No pudo saberse, pero al examinar el buque en el dique carenero se observó que una parte de la quilla había quedado destrozada.

Pese a la extrema gravedad del hecho, tal vez habría pasa­do al olvido como tantos otros si no se hubiera reproducido en idénticas condiciones, tres semanas después. Pero en esta ocasión la nacionalidad del buque víctima de este nuevo abordaje y la reputación de la compañía a la que pertenecía el navío dieron al acontecimiento una inmensa repercusión.

Nadie ignora el nombre del célebre armador inglés Cu­nard, el inteligente industrial que fundó, en 1840, un servi­cio postal entre Liverpool y Halifax, con tres barcos de ma­dera, de ruedas, de cuatrocientos caballos de fuerza y con un arqueo de mil ciento sesenta y dos toneladas. Ocho años des­pués, el material de la compañía se veía incrementado en cuatro barcos de seiscientos cincuenta caballos y mil ocho­cientas veinte toneladas, y dos años más tarde, en otros dos buques de mayor potencia y tonelaje. En 1853, la Compañía Cunard, cuya exclusiva del transporte del correo acababa de serle renovada, añadió sucesivamente a su flota el Arabia, el Persia, el China, el Scotia, el Java y el Rusia, todos ellos muy rápidos y los más grandes que, a excepción del Great Eas­tern, hubiesen surcado nunca los mares. Así, pues, en 1867, la compañía poseía doce barcos, ocho de ellos de ruedas y cuatro de hélice.

La mención de tales detalles tiene por fm mostrar la im­portancia de esta compañía de transportes marítimos, cuya inteligente gestión es bien conocida en el mundo entero. Ninguna empresa de navegación transoceánica ha sido diri­gida con tanta habilidad como ésta; ningún negocio se ha visto coronado por un éxito mayor. Desde hace veintiséis años, los navíos de las líneas Cunard han atravesado dos mil veces el Atlántico sin que ni una sola vez se haya malogrado un viaje, sin que se haya producido nunca un retraso, sin que se haya perdido jamás ni una carta, ni un hombre ni un bar­co. Por ello, y pese a la poderosa competencia de las líneas francesas, los pasajeros continúan escogiendo la Cunard, con preferencia a cualquier otra, como demuestran las con­clusiones de los documentos oficiales de los últimos años. Dicho esto, a nadie sorprenderá la repercusión hallada por el accidente ocurrido a uno de sus mejores barcos.

El 13 de abril de 1867, el Scotia se hallaba a 150 12' de lon­gitud y 450 37' de latitud, navegando con mar bonancible y brisa favorable. Su velocidad era de trece nudos y cuarenta y tres centésimas, impulsado por sus mil caballos de vapor. Sus ruedas batían el agua con una perfecta regularidad. Su calado era de seis metros y sesenta centímetros, y su despla­zamiento de seis mil seiscientos veinticuatro metros cúbicos.

A las cuatro y diecisiete minutos de la tarde, cuando los pasajeros se hallaban merendando en el gran salón, se pro­dujo un choque, poco sensible, en realidad, en el casco del Scotia, un poco más atrás de su rueda de babor.

No había sido el Scotia el que había dado el golpe sino el que lo había recibido, y por un instrumento más cortante o perforante que contundente. El impacto había parecido tan ligero que nadie a bordo se habría inquietado si no hubiesen subido al puente varios marineros de la cala gritando:

«¡Nos hundimos! ¡Nos hundimos!».

Los pasajeros se quedaron espantados, pero el capitán Anderson se apresuró a tranquilizarles. En efecto, el peligro no podía ser inminente. Dividido en siete compartimientos por tabiques herméticos, el Scotia podía resistir impune­mente una vía de agua.

El capitán Anderson se dirigió inmediatamente a la cala. Vio que el quinto compartimiento había sido invadido por el mar, y que la rapidez de la invasión demostraba que la vía de agua era considerable. Afortunadamente, las calderas no se hallaban en ese compartimiento. De haber estado aloja­das en él se hubiesen apagado instantáneamente. El capitán Anderson ordenó de inmediato que pararan las máquinas. Un marinero se sumergió para examinar la avería. Algunos instantes después pudo comprobarse la existencia en el cas­co del buque de un agujero de unos dos metros de anchura. Imposible era cegar una vía de agua tan considerable, por lo que el Scotia, con sus ruedas medio sumergidas, debió conti­nuar así su travesía. Se hallaba entonces a trescientas millas del cabo Clear. Con un retraso de tres días que inquietó vi­vamente a la población de Liverpool, consiguió arribar a las dársenas de la compañía.

Una vez puesto el Scotia en el dique seco, los ingenieros procedieron a examinar su casco. Sin poder dar crédito a sus ojos vieron cómo a dos metros y medio por debajo de la lí­nea de flotación se abría una desgarradura regular en forma de triángulo isósceles. La perforación de la plancha ofrecía una perfecta nitidez; no la hubiera hecho mejor una taladra­dora. Evidente era, pues, que el instrumento perforador que la había producido debía ser de un temple poco común, y que tras haber sido lanzado con una fuerza prodigiosa, como lo atestiguaba la horadación de una plancha de cuatro centímetros de espesor, había debido retirarse por sí mismo mediante un movimiento de retracción verdaderamente inexplicable.

Tal fue este último hecho, que tuvo por resultado el de apasionar nuevamente a la opinión pública. Desde ese mo­mento, en efecto, todos los accidentes marítimos sin causa conocida se atribuyeron al monstruo. El fantástico animal cargó con la responsabilidad de todos esos naufragios, cuyo número es desgraciadamente considerable, ya que de los tres mil barcos cuya pérdida se registra anualnente en el Bu­reau Veritas, la cifra de navíos de vapor o de vela que se dan por perdidos ante la ausencia de toda noticia asciende a no menos de doscientos.

Justa o injustamente se acusó al «monstruo» de tales de­sapariciones. Al revelarse así cada día más peligrosas las comunicaciones entre los diversos continentes, la opinión pública se pronunció pidiendo enérgicamente que se desembarazaran los mares, de una vez y a cualquier precio, del formidable cetáceo.

Capítulo II: Los pros y las contras.

En la época en que se produjeron estos acontecimientos me hallaba yo de regreso de una exploración científica em­prendida en las malas tierras de Nebraska, en los Estados Unidos. En mi calidad de profesor suplente del Museo de Historia Natural de París, el gobierno francés me había de­legado a esa expedición. Tras haber pasado seis meses en Nebraska, llegué a Nueva York, cargado de preciosas colec­ciones, hacia finales de marzo. Mi regreso a Francia estaba fijado para los primeros días de mayo. En espera del mo­mento de partir, me ocupaba en clasificar mis riquezas mi­neralógicas, botánicas y zoológicas. Fue entonces cuando se produjo el incidente del Scotia.

Estaba yo perfectamente al corriente de la cuestión que dominaba la actualidad. ¿Cómo podría no estarlo? Había leído y releído todos los diarios americanos y europeos, pero en vano. El misterio me intrigaba. En la imposibilidad de formarme una opinión, oscilaba de un extremo a otro. Que algo había, era indudable, y a los incrédulos se les invitaba a poner el dedo en la llaga del Scotia.

A mi llegada a Nueva York, el problema estaba más can­dente que nunca. La hipótesis del islote flotante, del escollo inaprehensible, sostenida por algunas personas poco compe­tentes, había quedado abandonada ya. Porque, en efecto, ¿cómo hubiera podido un escollo desplazarse con tan prodi­giosa rapidez sin una máquina en su interior? Esa rapidez en sus desplazamientos es lo que hizo asimismo rechazar la exis­tencia de un casco flotante, del enorme resto de un naufragio.

Quedaban, pues, tan sólo dos soluciones posibles al pro­blema, soluciones que congregaban a dos bandos bien dife­renciados: de una parte, los que creían en un monstruo de una fuerza colosal, y de otra, los que se pronunciaban por un barco «submarino» de una gran potencia motriz.

Ahora bien, esta última hipótesis, admisible después de todo, no pudo resistir a las investigaciones efectuadas en los dos mundos. Era poco probable que un simple particular tu­viera a su disposición un ingenio mecánico de esa naturale­za. ¿Dónde y cuándo hubiera podido construirlo, y cómo hubiera podido mantener en secreto su construcción?

Únicamente un gobierno podía poseer una máquina des­tructiva semejante. En estos desastrosos tiempos en los que el hombre se esfuerza por aumentar la potencia de las armas de guerra es posible que un Estado trate de construir en se­creto un arma semejante. Después de los fusiles «chasse­pot», los torpedos; después de los torpedos, los arietes sub­marinos; después de éstos .... la reacción. Al menos, así puede esperarse.

Pero hubo de abandonarse también la hipótesis de una máquina de guerra, ante las declaraciones de los gobiernos. Tratándose de una cuestión de interés público, puesto que afectaba a las comunicaciones transoceánicas, la sinceridad de los gobiernos no podía ser puesta en duda. Además, ¿cómo podía admitirse que la construcción de ese barco sub­marino hubiera escapado a los ojos del público? Guardar el secreto en una cuestión semejante es muy dificil para un par­ticular, y ciertamente imposible para un Estado cuyas accio­nes son obstinadamente vigiladas por las potencias rivales.

Tras las investigaciones efectuadas en Inglaterra, en Fran­cia, en Rusia, en Prusia, en España, en Italia, en América e incluso en Turquía, hubo de rechazarse definitivamente la hipótesis de un monitor submarino.

Ello sacó nuevamente a flote al monstruo, pese a las in­cesantes burlas con que lo acribillaba la prensa, y, por ese camino, las imaginaciones calenturientas se dejaron inva­dir por las más absurdas fantasmagorías de una fantástica ictiología.

A mi llegada a Nueva York, varias personas me habían hecho el honor de consultarme sobre el fenómeno en cues­tión. Había publicado yo en Francia una obra, en cuarto y en dos tomos, titulada Los misterios de los grandes fondos submarinos, que había hallado una excelente acogida en el mundo científico. Ese libro hacía de mí un especialista en ese dominio, bastante oscuro, de la Historia Natural. Soli­citada mi opinión, me encerré en una absoluta negativa mientras pude rechazar la realidad del hecho. Pero pronto, acorralado, me vi obligado a explicarme categóricamente. «El honorable Pierre Aronnax, profesor del Museo de Pa­rís», fue conminado por el New York Herald a formular una opinión.

Hube de avenirme a ello. No pudiendo ya callar por más tiempo, hablé. Analicé la cuestión desde todos los puntos de vista, políticamente y científicamente. Del muy denso ar­tículo que publiqué en el número del 30 de abril, doy a conti­nuación un extracto.

«Así pues ‑decía yo‑, tras haber examinado una por una las diversas hipótesis posibles y rechazado cualquier otra su­posición, necesario es admitir la existencia de un animal marino de una extraordinaria potencia.

»Las grandes profundidades del océano nos son total­mente desconocidas. La sonda no ha podido alcanzarlas. ¿Qué hay en esos lejanos abismos? ¿Qué seres los habitan? ¿Qué seres pueden vivir a doce o quince millas por debajo de la superficie de las aguas? ¿Cómo son los organismos de esos animales? Apenas puede conjeturarse.

»La solución del problema que me ha sido sometido pue­de revestir la forma del dilema. O bien conocemos todas las variedades de seres que pueblan nuestro planeta o bien no las conocemos. Si no las conocemos todas, si la Naturaleza tiene aún secretos para nosotros en ictiología, nada más aceptable que admitir la existencia de peces o de cetáceos, de especies o incluso de géneros nuevos, de una organización esencialmente adaptada a los grandes fondos, que habitan las capas inaccesibles a la sonda, y a los que un acontenci­miento cualquiera, una fantasía, un capricho si se quiere, les lleva a largos intervalos al nivel superior del océano.

»Si, por el contrario, conocemos todas las especies vivas, habrá que buscar necesariamente al animal en cuestión en­tre los seres marinos ya catalogados, y en este caso yo me in­dinaría a admitir la existencia de un narval gigantesco.

»El narval vulgar o unicornio marino alcanza a menudo una longitud de sesenta pies. Quintuplíquese, decuplíquese esa dimensión, otórguese a ese cetáceo una fuerza propor­cional a su tamaño, auméntense sus armas ofensivas y se ob­tendrá el animal deseado, el que reunirá las proporciones estimadas por los oficiales del Shannon, el instrumento exi­gido por la perforación del Scotia y la potencia necesaria para cortar el casco de un vapor.

»En efecto, el narval está armado de una especie de espa­da de marfil, de una alabarda, según la expresión de algunos naturalistas. Se trata de un diente que tiene la dureza del ace­ro. Se han hallado algunos de estos dientes clavados en el cuerpo de las ballenas a las que el narval ataca siempre con eficacia. Otros han sido arrancados, no sin esfuerzo, de los cascos de los buques, atravesados de parte a parte, como una barrena horada un tonel. El Museo de la Facultad de Medici­na de París posee una de estas defensas que mide dos metros veinticinco centímetros de longitud y cuarenta y ocho centímetros de anchura en la base. Pues bien, supóngase esa arma diez veces más fuerte, y el animal, diez veces más potente, láncesele con una velocidad de veinte millas por hora, multi­plíquese su masa por su velocidad y se obtendrá un choque capaz de producir la catástrofe requerida.

»En consecuencia, y hasta disponer de más amplias infor­maciones, yo me inclino por un unicornio marino de di­mensiones colosales, armado no ya de una alabarda, sino de un verdadero espolón como las fragatas acorazadas o los “rams” de guerra, de los que parece tener a la vez la masa y la potencia motriz.

»Así podría explicarse este fenómeno inexplicable, a me­nos que no haya nada, a pesar de lo que se ha entrevisto, vis­to, sentido y notado, lo que también es posible.»

Estas últimas palabras eran una cobardía por mi parte, pero yo debía cubrir hasta cierto punto mi dignidad de pro­fesor y protegerme del ridículo evitando hacer reír a los americanos, que cuando ríen lo hacen con ganas. Con esas palabras me creaba una escapatoria, pero, en el fondo, yo admitía la existencia del «monstruo».

Las calurosas polémicas suscitadas por mi artículo le die­ron una gran repercusión. Mis tesis congregaron un buen número de partidarios, lo que se explica por el hecho de que la solución que proponía dejaba libre curso a la imagina­ción. El espíritu humano es muy proclive a las grandiosas concepciones de seres sobrenaturales. Y el mar es precisa­mente su mejor vehículo, el único medio en el que pueden producirse y desarrollarse esos gigantes, ante los cuales los mayores de los animales terrestres, elefantes o rinocerontes, no son más que unos enanos. Las masas líquidas transpor­tan las mayores especies conocidas de los mamíferos, y qui­zá ocultan moluscos de tamaños incomparables y crustá­ceos terroríficos, como podrían ser langostas de cien metros o cangrejos de doscientas toneladas. ¿Por qué no? Antigua­mente, los animales terrestres, contemporáneos de las épocas geológicas, los cuadrúpedos, los cuadrumanos, los rep­tdes, los pájaros, alcanzaban unas proporciones gigantescas. El Creador los había lanzado a un molde colosal que el tiem­po ha ido reduciendo poco a poco. ¿Por qué el mar, en sus ig­noradas profundidades, no habría podido conservar esas grandes muestras de la vida de otra edad, puesto que no cambia nunca, al contrario que el núcleo terrestre sometido a un cambio incesante? ¿Por qué no podría conservar el mar en su seno las últimas variedades de aquellas especies titáni­cas, cuyos años son siglos y los siglos milenios?

Pero me estoy dejando llevar a fantasmagorías que no me es posible ya sustentar. ¡Basta ya de estas quimeras que el tiempo ha transformado para mí en realidades terribles! Lo repito, la opinión quedó fijada en lo que concierne a la natu­raleza del fenómeno y el público admitió sin más discusión la existencia de un ser prodigioso que no tenía nada en co­mún con las fabulosas serpientes de mar.

Pero frente a los que vieron en ello un problema pura­mente científico por resolver, otros, más positivos, sobre todo en América y en Inglaterra, se preocuparon de purgar al océano del temible monstruo, a fin de asegurar las comu­nicaciones marítimas. Las publicaciones especializadas en temas industriales y comerciales trataron la cuestión princi­palmente desde este punto de vista. La Shipping and Mer­cantile Gazette, el Lloyd, el Paquebot, La Revue Maritime et Coloniale, todas las publicaciones periódicas en las que esta­ban representados los intereses de las compañías de seguros, que amenazaban ya con la elevación de las tarifas de sus pó­lizas, coincidieron en ese punto.

Habiéndose pronunciado ya la opinión pública, fueron los Estados de la Unión los primeros en decidirse a tomar medidas prácticas. En Nueva York se hicieron preparativos para emprender una expedición en persecución del narval. Una fragata muy rápida, la Abraham Lincoln, fue equipada para hacerse a la mar con la mayor brevedad. Se abrieron los arsenales al comandante Farragut, quien aceleró el arma­mento de su fragata.

Pero como suele ocurrir, bastó que se hubiera tomado la decisión de perseguir al monstruo para que éste no reapare­ciera más. Nadie volvió a oír hablar de él durante dos meses. Ningún barco se lo encontró en su derrotero. Se hubiera di­cho que el unicornio conocía la conspiración que se estaba tramando contra él ¡Se había hablado tanto de él y hasta por el cable transatlántico! Los bromistas pretendían que el as­tuto monstruo había interceptado al paso algún telegrama a él referido y que obraba en consecuencia.

En tales circunstancias, no se sabía adónde dirigir la fra­gata, armada para una larga campaña y provista de formida­bles aparejos de pesca. La impaciencia iba en aumento cuan­do, el 3 de julio, se notificó que un vapor de la línea de San Francisco a Shangai había vuelto a ver al animal tres sema­nas antes, en los mares septentrionales del Pacífico.

Grande fue la emoción causada por la noticia. No se conce­dieron ni veinticuatro horas de plazo al comandante Farra­gut. Sus víveres estaban a bordo. Sus pañoles desbordaban de carbón. La tripulación contratada estaba al completo. No ha­bía más que encender los fuegos, calentar y zarpar. No se le habría perdonado una media jornada de retraso. El coman­dante Farragut no deseaba otra cosa que partir.

Tres horas antes de que el Abraham Lincoln zarpase del muelle de Brooklyn, recibí una carta redactada en estos tér­minos:

«Sr. Aronnax,

Profesor del Museo de París.

Fifth Avenue Hotel,

Nueva York.

Muy señor nuestro: si desea usted unirse a la expedición del Abraham Lincoln, el gobierno de la Unión vería con agrado que Francia estuviese representada por usted en esta em­presa. El comandante Farragut tiene un camarote a su dis­posición.

Muy cordialmente le saluda

J. B. Hobson,

Secretario de la Marina.»

Capítulo III: Como el Señor guste.

Tres segundos antes de la recepción de la carta de J. B. Hobson, estaba yo tan lejos de la idea de perseguir al unicor­nio como de la de buscar el paso del Noroeste. Tres segundos después de haber leído la carta del honorable Secretario de la Marina, había comprendido ya que mi verdadera voca­ción, el único fin de mi vida, era cazar a ese monstruo in­quietante y liberar de él al mundo.

Sin embargo, acababa de regresar de un penoso viaje y me sentía cansado y ávido de reposo. Mi única aspiración era la de volver a mi país, a mis amigos y a mi pequeño alojamien­to del jardín de Plantas con mis queridas y preciosas colec­ciones. Pero nada pudo retenerme. Lo olvidé todo, fatigas, amigos, colecciones y acepté sin más reflexión la oferta del gobierno americano.

«Además ‑pensé‑ todos los caminos llevan a Europa y el unicornio será lo bastante amable como para llevarme hacia las costas de Francia. El digno animal se dejará atrapar en los mares de Europa, en aras de mi conveniencia personal, y no quiero dejar de llevar por lo menos medio metro de su ala­barda al Museo de Historia Natural.»

Pero, mientras tanto, debía buscar al narval por el norte del Pacífico, lo que para regresar a Francia significaba tomar el camino de los antípodas.

‑¡Conseil! ‑grité, impaciente.

Conseil era mi doméstico, un abnegado muchacho que me acompañaba en todos mis viajes; un buen flamenco por quien sentía yo mucho cariño y al que él correspondía so­bradamente; un ser flemático por naturaleza, puntual por principio, cumplidor de su deber por costumbre y poco sen­sible a las sorpresas de la vida. De gran habilidad manual, era muy apto para todo servicio. Y a pesar de su nombre1[L3] , jamás daba un consejo, incluso cuando no se le pedía que lo diera.

El roce continuo con los sabios de nuestro pequeño mun­do del jardín de Plantas había llevado a Conseil a adquirir ciertos conocimientos. Tenía yo en él un especialista muy docto en las clasificaciones de la Historia Natural. Era capaz de recorrer con una agilidad de acróbata toda la escala de las ramificaciones, de los grupos, de las clases, de las subcla­ses, de los órdenes, de las familias, de los géneros, de los subgéneros, de las especies y de las variedades. Pero su cien­cia se limitaba a eso. Clasificar, tal era el sentido de su vida, y su saber se detenía ahí. Muy versado en la teoría de la clasifi­cación, lo estaba muy poco en la práctica, hasta el punto de que no era capaz de distinguir, así lo creo, un cachalote de una ballena. Y sin embargo, ¡cuán digno y buen muchacho era!

Desde hacía diez años, Conseil me había seguido a todas partes donde me llevara la ciencia. jamás le había oído una queja o un comentario sobre la duración o la fatiga de un viaje, ni una objeción a hacer su maleta para un país cual­quiera, ya fuese la China o el Congo, por remoto que fuera. Se ponía en camino para un sitio u otro sin hacer la menor pregunta.

Gozaba de una salud que desafiaba a todas las enfermeda­des. Tenía unos sólidos músculos y carecía de nervios, de la apariencia de nervios, moralmente hablando, se entiende.

Tenía treinta años, y su edad era a la mía como quince es a veinte. Se me excusará de indicar así que yo tenía cuarenta años.

Conseil tenía tan sólo un defecto. Formalista empederni­do, nunca se dirigía a mí sin utilizar la tercera persona, lo que me irritaba bastante.

‑¡Conseil! ‑repetí, mientras comenzaba febrilmente a ha­cer mis preparativos de partida.

Ciertamente, yo estaba seguro de un muchacho tan abne­gado. Generalmente no le preguntaba yo nunca si le conve­nía o no seguirme en mis viajes, pero esta vez se trataba de una expedición que podía prolongarse indefinidamente, de una empresa arriesgada, en persecución de un animal ca­paz de echar a pique a una fragata como si se tratara de una cáscara de nuez. Era para pensarlo, incluso para el hombre más impasible del mundo. ¿Qué iba a decir Conseil?

‑¡Conseil! ‑grité por tercera vez.

Conseil apareció.

‑¿Me llamaba el señor?

‑Sí, muchacho. Prepárame, prepárate. Partimos dentro de dos horas.

‑Como el señor guste -respondió tranquilamente Con­seil.

‑No hay un momento que perder. Mete en mi baúl todos mis utensilios de viaje, trajes, camisas, calcetines, lo más que puedas, y ¡date prisa!

‑¿Y las colecciones del señor?‑recordó Conseil.

‑Nos ocuparemos luego de eso.

‑¡Cómo! ¡El arquiotherium, el hyracotherium, el oréodon, el queropótamo.y las demás osamentas del señor!

‑Las dejaremos en el hotel.

‑¿Y el babirusa vivo del señor?

‑Lo mantendrán durante nuestra ausencia. Voy a ordenar que nos envíen a Francia nuestro zoo.

‑¿Es que no regresamos a París?

‑Sí .... naturalmente... ‑respondí evasivamente‑. Pero re­gresamos dando un rodeo.

‑El rodeo que el señor quiera.

‑¡Oh!, poca cosa. Un camino un poco menos directo, eso es todo. Viajaremos a bordo del Abraham Lincoln.

‑Como convenga al señor ‑respondió Conseil con la ma­yor placidez.

‑¿Sabes, amigo mío? Verás .... se trata del monstruo, del famoso narval... Vamos a librar de él los mares... El autor de una obra en dos volúmenes sobre los Misterios de los gran­des fondos submarinos no podía sustraerse a la expedicióin del comandante Farragut. Misión gloriosa, pero... tambiéri peligrosa. No se sabe adónde nos llevará esto... Esos anima­les pueden ser muy caprichosos ... Pero iremos, de todos mo­dos. Con un comandante que no conoce el miedo.

‑Yo haré lo que haga el señor ‑dijo Conseil.

‑Piénsalo bien, pues no quiero ocultarte que este viaje e, uno de esos de cuyo retorno no se puede estar seguro.

‑Como el señor guste.

Un cuarto de hora más tarde, nuestro equipaje estaba pre­parado. Conseil lo había hecho en un periquete, y yo tenía la seguridad de que nada faltaría, pues clasificaba las camisas y los trajes tan bien como los pájaros o los mamíferos.

El ascensor del hotel nos depositó en el gran vestíbulo de entresuelo. Descendí los pocos escalones que conducían a piso bajo y pagué mi cuenta en el largo mostrador que estaba siempre asediado por una considerable muchedumbre. Di la orden de expedir a París mis fardos de animales disecados y de plantas secas y dejé una cuenta suficiente para la manutención del babirusa. Seguido de Conseil, tomé un coche.

El vehículo, cuya tarifa por carrera era de veinte francos descendió por Broadway hasta Union Square, siguió luego por la Fourth Avenue hasta su empalme con Bowery Street, se adentró por la Katrin Street y se detuvo en el muelle trige­simocuarto. Allí, el Katrin ferry‑boat nos trasladó, hombres, caballos y coche, a Brooklyn, el gran anexo de Nueva York, situado en la orilla izquierda del río del Este, y en algunos minutos nos depositó en el muelle en el que el Abraham Lin­coln vomitaba torrentes de humo negro por sus dos chime­neas.

Trasladóse inmediatamente nuestro equipaje al puente de la fragata. Me precipité a bordo y pregunté por el coman­dante Farragut. Un marinero me condujo a la toldilla y me puso en presencia de un oficial de agradable aspecto, que me tendió la mano.

‑¿El señor Pierre Aronnax? ‑me preguntó.

‑El mismo ‑respondí‑. ¿Comandante Farragut?

‑En persona. Bienvenido a bordo, señor profesor. Tiene preparado su camarote.

Me despedí de él, y, dejándole ocupado en dar las órdenes para aparejar, me hice conducir al camarote que me había sido reservado.

El Abraham Lincoln había sido muy acertadamente elegi­do y equipado para su nuevo cometido. Era una fragata muy rápida, provista de aparatos de caldeamiento que permitían elevar a siete atmósferas la presión del vapor. Con tal pre­sión, el Abraham Lincoln podía alcanzar una velocidad me­dia de dieciocho millas y tres décimas por hora, velocidad considerable, pero insuficiente, sin embargo, para luchar contra el gigantesco cetáceo.

El acondicionamiento interior de la fragata respondía a sus cualidades náuticas. Me satisfizo mucho mi camarote, situado a popa y contiguo al cuarto de los oficiales.

‑Aquí estaremos bien‑dije a Conseil.

‑Tan bien, si me lo permite el señor, como un bernardo en la concha de un buccino.

Dejé a Conseil ocupado en instalar convenientemente nuestras maletas y subí al puente para seguir los preparati­vos de partida.

El comandante Farragut estaba ya haciendo largar las úl­timas amarras que retenían al Abraham Lincoln al muelle de Brooklyn. Así, pues, hubiera bastado un cuarto de hora de retraso, o menos incluso, para que la fragata hubiese zar­pado sin mí y para perderme esta expedición extraordina­ria, sobrenatural, inverosímil, cuyo verídico relato habrá de hallar sin duda la incredulidad de algunos.

El comandante Farragut no quería perder ni un día ni una hora en su marcha hacia los mares en que acababa de seña­larse la presencia del animal. Llamó a su ingeniero.

‑¿Tenemos suficiente presión? ‑le preguntó.

‑Sí, señor ‑respondió el ingeniero.

¡Go ahead! ‑gritó el comandante Farragut.

Al recibo de la orden, transmitida a la sala de máquinas por medio de aparatos de aire comprimido, los maquinistas accionaron la rueda motriz. Silbó el vapor al precipitarse por las correderas entreabiertas, y gimieron los largos pisto­nes horizontales al impeler a las bielas del árbol. Las palas de la hélice batieron las aguas con una creciente rapidez y el Abraham Lincoln avanzó majestuosamente en medio de un centenar de ferry‑boats y de tenders cargados de espectado­res, que lo escoltaban.

Los muelles de Brooklyn y de toda la parte de Nueva York que bordea el río del Este estaban también llenos de curio­sos. Tres hurras sucesivos brotaron de quinientas mil gar­gantas. Millares de pañuelos se agitaron en el aire sobre la compacta masa humana y saludaron al Abraham Lincoln hasta su llegada a las aguas del Hudson, en la punta de esa alargada península que forma la ciudad de Nueva York.

La fragata, siguiendo por el lado de New Jersey, la admirable orilla derecha del río bordeada de hotelitos, pasó entre los fuertes, que saludaron su paso con varias salvas de sus cañones de mayor calibre. El Abraham Líncoln respondió al saludo arriando e izando por tres veces el pabellón norte­americano, cuyas treinta y nueve estrellas resplandecían en su pico de mesana. Luego modificó su marcha para tomar el canal balizado que sigue una curva por la bahía interior for­mada por la punta de Sandy Hook, y costeó esa lengua are­nosa desde la que algunos millares de espectadores lo acla­maron una vez más.

El cortejo de boats y tenders siguió a la fragata hasta la al­tura del light‑boat, cuyos dos faros señalan la entrada de los pasos de Nueva York. Al llegar a ese punto, el reloj marcaba las tres de la tarde. El práctico del puerto descendió a su ca­noa y regresó a la pequeña goleta que le esperaba. Se forza­ron las máquinas y la hélice batió con más fuerza las aguas. La fragata costeó las orillas bajas y amarillentas de Long Is­land. A las ocho de la tarde, tras haber dejado al Noroeste el faro de Fire Island, la fragata surcaba ya a todo vapor las os­curas aguas del Atlántico.

Capítulo IV: Ned Land.

El comandante Farragut era un buen marino, digno de la fragata que le había sido confiada. Su navío y él formaban una unidad, de la que él era el alma.

No permitía que la existencia del cetáceo fuera discutida a bordo, por no abrigar la menor duda sobre la misma. Creía en él como algunas buenas mujeres creen en el Leviatán, por fe, no por la razón. Estaba tan seguro de su existencia como de que libraría los mares de él. Lo había jurado. Era una es­pecie de caballero de Rodas, un Diosdado de Gozon en bus­ca de la serpiente que asolaba su isla. O el comandante Fa­rragut mataba al narval o el narval mataba al comandante Farragut. Ninguna solución intermedia.

Los oficiales de a bordo compartían la opinión de su jefe. Había que oírles hablar, discutir, disputar, calcular las posi­bilidades de un encuentro y verles observar la vasta exten­sión del océano. Más de uno se imponía una guardia volun­taria, que en otras circunstancias hubiera maldecido, en los baos del juanete. Y mientras el sol describía su arco diurno, la arboladura estaba llena de marineros, como si el puente les quemara los pies, que manifestaban la mayor impacien­cia. Y eso que el Abraham Lincoln estaba todavía muy lejos de abordar las aguas sospechosas del Pacífico.

La tripulación estaba, en efecto, impaciente por encontrar al unicornio, por arponearlo, izarlo a bordo y despedazarlo. Por eso vigilaba el mar con una escrupulosa atención. El co­mandante Farragut había hablado de una cierta suma de dos mil dólares que se embolsaría quien, fuese grumete o mari­nero, contramaestre u oficial, avistara el primero al animal. No hay que decir cómo se ejercitaban los ojos a bordo del Abraham Lincoln.

Por mi parte, no le cedía a nadie en atención en las obser­vaciones cotidianas. La fragata hubiera podido llamarse muy justificadamente Argos. Conseil era el único entre todos que se manifestaba indiferente a la cuestión que nos apasio­naba y su actitud contrastaba con el entusiasmo general que reinaba a bordo.

Ya he dicho cómo el comandante Farragut había equipa­do cuidadosamente su navío, dotándolo de los medios ade­cuados para la pesca del gigantesco cetáceo. No hubiera ido mejor armado un ballenero. Llevábamos todos los ingenios conocidos, desde el arpón de mano hasta los proyectiles de los trabucos y las balas explosivas de los arcabuces. En el cas­tillo se había instalado un cañón perfeccionado que se car­gaba por la recámara, muy espeso de paredes y muy estrecho de ánima, cuyo modelo debe figurar en la Exposición Uni­versal de 1867. Este magnífico instrumento, de origen ame­ricano, enviaba sin dificultad un proyectil cónico de cuatro kilos a una distancia media de dieciséis kilómetros.

El Abraham Lincoln no carecía, pues, de ningún medio de destrucción. Pero tenía algo mejor aún. Tenía a Ned Land, el rey de los arponeros. Ned Land era un canadiense de una habilidad manual poco común, que no tenía igual en su peli­groso oficio. Poseía en grado superlativo las cualidades de la destreza y de la sangre fría, de la audacia y de la astucia. Muy maligna tenía que ser una ballena, singularmente astuto de­bía ser un cachalote, para que pudiera escapar a su golpe de arpón.

Ned Land tenía unos cuarenta años de edad. Era un hombre de elevada estatura -más de seis pies ingleses ‑ y de robusta complexión. Tenía un aspecto grave y era poco comunicativo, violento a veces y muy colérico cuando se le contrariaba. Su persona llamaba la atención, y sobre todo el poder de su mira­da que daba un singular acento a su fisonomía.

Creo que el comandante Farragut había estado bien inspi­rado al contratar a este hombre que, por su ojo y su brazo, valía por toda la tripulación. No puedo hallarle mejor com­paración que la de un potente telescopio que fuese a la vez un cañón.

Quien dice canadiense dice francés y, por poco comuni­cativo que fuese Ned Land, debo decir que me cobró cierto afecto, atraído quizá por mi nacionalidad. Era para él una ocasión de hablar, como lo era para mí de oír, esa vieja len­gua de Rabelais todavía en uso en algunas provincias cana­dienses. La familia del arponero era originaria de Quebec, y formaba ya una tribu de audaces pescadores en la época en que esa tierra pertenecía a Francia.

Poco a poco, Ned se aficionó a hablar conmigo. A mí me gustaba mucho oírle el relato de sus aventuras en los mares polares. Narraba sus lances de pesca y sus combates, con una gran poesía natural. Sus relatos tomaban una forma épica que me llevaba a creer estar oyendo a un Homero canadien­se cantando la Ilíada de las regiones hiperbóreas.

Describo ahora a este audaz compañero tal como lo co­nozco actualmente. Somos ahora viejos amigos, unidos por la inalterable amistad que nace y se cimenta en las pruebas difíciles. ¡Ah, mi buen Ned! Sólo pido vivir aún cien años más para poder recordarte más tiempo.

¿Cual era la opinión de Ned Land sobre la cuestión del monstruo marino? Debo confesar que no creía apenas en el unicornio y que era el único a bordo que no compartía la convicción general. Induso evitaba hablar del tema, sobre el que le abordé un día. Era el 30 de julio, es decir, a las tres se­manas de nuestra partida, y la fragata se hallaba a la altura del cabo Blanco, a treinta millas a sotavento de las costas de la Patagonia. Habíamos pasado ya el trópico de Capricor­nio, y el estrecho de Magallanes se abría a menos de sete­cientas millas al sur. Antes de ocho días, el Abraham Lincoln se hallaría en aguas del Pacífico.

Hacía una magnífica tarde, y sentados en la toldilla hablá­bamos Ned Land y yo de unas y otras cosas, mientras mirá­bamos el mar misterioso cuyas profundidades han perma­necido hasta aquí inaccesibles a los ojos del hombre. Llevé naturalmente la conversación al unicornio gigantesco, y me extendí en consideraciones sobre las diversas posibilidades de éxito o de fracaso de nuestra expedición. Luego, al ver que Ned Land me dejaba hablar, le ataqué más directamente.

‑¿Cómo es posible, Ned, que no esté usted convencido de la existencia del cetáceo que perseguimos? ¿Tiene usted ra­zones particulares para mostrarse tan incrédulo?

El arponero me miró durante algunos instantes antes de responder, se golpeó la frente con la mano, con un gesto que le era habitual, cerró los ojos como para recogerse y dijo, al fin:

‑Quizá, señor Aronnax.

‑Sin embargo, Ned, usted que es un ballenero profesio­nal, usted que está familiarizado con los grandes mamíferos marinos, usted cuya imaginación debería aceptar fácilmen­te la hipótesis de cetáceos enormes, parece el menos indica­do... debería ser usted el último en dudar, en semejantes cir­cunstancias.

‑Se equivoca, señor profesor. Pase aún que el vulgo crea en cometas extraordinarios que atraviesan el espacio o en la existencia de monstruos antediluvianos que habitan el inte­rior del globo, pero ni el astrónomo ni el geólogo admitirán tales quimeras. Lo mismo ocurre con el ballenero. He perse­guido a muchos cetáceos, he arponeado un buen número de ellos, he matado a muchos, pero por potentes y bien arma­dos que estuviesen, ni sus colas ni sus defensas hubieran po­dido abrir las planchas metálicas de un vapor.

‑Y, sin embargo, Ned, se ha demostrado que el narval ha conseguido atravesar con su diente barcos de parte a parte.

‑Barcos de madera, quizá, es posible, aunque yo no lo he visto nunca. Así que hasta no tener prueba de lo contrario, yo niego que las ballenas, los cachalotes o los unicornios puedan producir tal efecto.

‑Escuche, Ned...

‑No, señor profesor, no. Todo lo que usted quiera, excep­to eso. ¿Quizá un pulpo gigantesco?

‑Aún menos, Ned. El pulpo no es más que un molusco, y ya esto indica la escasa consistencia de sus carnes. Aunque tuviese quinientos pies de longitud, el pulpo, que no perte­nece a la rama de los vertebrados, es completamente inofen­sivo para barcos tales como el Scotia o el Abraham Lincoln. Hay que relegar al mundo de la fábula las proezas de los kra­kens u otros monstruos de esa especie.

‑Entonces, señor naturalista ‑preguntó Ned Land con un tono irónico-, ¿persiste usted en admitir la existencia de un enorme cetáceo?

‑Sí, Ned, se lo repito con una conviccion que se apoya en la lógica de los hechos. Creo en la existencia de un mamífero, poderosamente organizado, perteneciente a la rama de los vertebrados, como las ballenas, los cachalotes o los delfines, y provisto de una defensa córnea con una extraordinaria fuerza de penetración.

‑¡Hum! ‑dijo el arponero, moviendo la cabeza con el ade­mán de un hombre que no quiere dejarse convencer.

‑Y observe, mi buen canadiense, que si tal animal existe, si habita las profundidades del océano, si frecuenta las capas líquidas situadas a algunas millas por debajo de la superficie de las aguas, tiene que poseer necesariamente un organismo cuya solidez desafíe a toda comparación.

‑Y ¿por qué un organismo tan poderoso? ‑preguntó Ned. ‑Porque hace falta una fuerza incalculable para mante­nerse en las capas profundas y resistir a su presión.

‑¿De veras? ‑dijo Ned, que me miraba con los ojos entre­cerrados.

‑Ciertamente, y algunas cifras se lo probarán fácilmente.

‑¡Oh, las cifras! ‑replicó Ned‑. Se hace lo que se quiere con las cifras.

‑En los negocios, sí, Ned, pero no en matemáticas. Escu­che. Admitamos que la presión de una atmósfera esté repre­sentada por la presion de una columna de agua de treinta y dos pies de altura. En realidad, la altura de la columna sería menor, puesto que se trata de agua de mar cuya densidad es superior a la del agua dulce. Pues bien, cuando usted se su­merge, Ned, tantas veces cuantas descienda treinta y dos pies soportará su cuerpo una presión igual a la de la atmós­fera, es decir, de kilogramos por cada centímetro cuadrado de su superficie. De ello se sigue que a trescientos veinte pies esa presión será de diez atmósferas, de cien atmósferas a tres mil doscientos pies, y de mil atmósferas, a treinta y dos mil pies, es decir a unas dos leguas y media. Lo que equivale a decir que si pudiera usted alcanzar esa profundidad en el océano, cada centímetro cuadrado de la superficie de su cuerpo sufriría una presión de mil kilogramos. ¿Y sabe us­ted, mi buen Ned, cuántos centímetros cuadrados tiene usted en superficie?

‑Lo ignoro por completo, señor Aronnax.

‑Unos diecisiete mil, aproximadamente.

‑¿Tantos? ¿De veras?

‑Y, como, en realidad, la presión atmosférica es un poco superior al peso de un kilogramo por centímetro cuadrado, sus diecisiete mil centímetros cuadrados están soportando ahora una presión de diecisiete mil quinientos sesenta y ocho kilogramos.

‑¿Sin que yo me dé cuenta?

‑Sin que se dé cuenta. Si tal presión no le aplasta a usted es porque el aire penetra en el interior de su cuerpo con una presión igual. De ahí un equilibrio perfecto entre las presio­nes interior y exterior, que se neutralizan, lo que le permite soportarla sin esfuerzo. Pero en el agua es otra cosa.

‑Sí, lo comprendo ‑respondió Ned, que se mostraba más atento‑. Porque el agua me rodea y no me penetra.

-Exactamente, Ned. Así, pues, a treinta y dos pies por de­bajo de la superficie del mar sufriría usted una presión de diecisiete mil quinientos sesenta y ocho kilogramos; a tres­cientos veinte pies, diez veces esa presión, o sea, ciento se­tenta y cinco mil seiscientos ochenta kilogramos; a tres mil doscientos pies, cien veces esa presión, es decir, un millón setecientos cincuenta y seis mil ochocientos kilogramos; y a treinta y dos mil pies, mil veces esa presión, o sea diecisiete millones quinientos sesenta y ocho mil kilogramos. En una palabra, que se quedaría usted planchado como si le sacaran de una apisonadora.

-¡Diantre! ‑exclamó Ned.

‑Pues bien, mi buen Ned, si hay vertebrados de varios cen­tenares de metros de longitud y de un volumen proporcional que se mantienen a semejantes profundidades, con una su­perficie de millones de centímetros cuadrados, calcule la presión que resisten en miles de millones de kilogramos. Calcule usted cuál debe ser la resistencia de su armazón ósea y la potencia de su organismo para resistir a tales presiones.

‑Deben estar fabricados ‑respondió Ned Land‑ con planchas de hierro de ocho pulgadas, como las fragatas aco­razadas.

‑Como usted dice, Ned. Piense ahora en los desastres que puede producir una masa semejante lanzada con la veloci­dad de un expreso contra el casco de un buque.

‑Sí ... , en efecto .... tal vez ‑respondió el canadiense, turba­do por esas cifras, pero sin querer rendirse.

‑Pues bien, ¿le he convencido?

‑Me ha convencido de una cosa, señor naturalista, y es de que si tales animales existen en el fondo de los mares deben necesariamente ser tan fuertes como dice usted.

‑Pero si no existen, testarudo arponero, ¿cómo se explica usted el accidente que le ocurrió al Scotia?

‑Pues ... porque... ‑dijo Ned, titubeando.

‑¡Continúe!

‑Pues, ¡porque... eso no es verdad! ‑respondió el cana­diense, repitiendo, sin saberlo, una célebre respuesta de Arago.

Pero esta respuesta probaba la obstinación del arponero y sólo eso. Aquel día no le acosé más. El accidente del Scotia no era negable. El agujero existía, y había habido que col­marlo. No creo yo que la existencia de un agujero pueda ha­llar demostración más categórica. Ahora bien, ese agujero no se había hecho solo, y puesto que no había sido produci­do por rocas submarinas o artefactos submarinos, necesa­riamente tenía que haberlo hecho el instrumento perforante de un animal.

Y en mi opinión, y por todas las razones precedentemente expuestas, ese animal pertenecía a la rama de los vertebra­dos, a la clase de los mamíferos, al grupo de los pisciformes, y, finalmente, al orden de los cetáceos. En cuanto a la familia en que se inscribiera, ballena, cachalote o delfín, en cuanto al género del que formara parte, en cuanto a la especie a que hubiera que adscribirle, era una cuestión a elucidar poste­riormente. Para resolverla había que disecar a ese monstruo desconocido; para disecarlo, necesario era apoderarse de él; para apoderarse de él, había que arponearlo (lo que compe­tía a Ned Land); para arponearlo, había que verlo (lo que co­rrespondía a la tripulación), y para verlo había que encon­trarlo (lo que incumbía al azar).

Capítulo V: ¡A la aventura!.

Ningún incidente marcó durante algún tiempo el viaje del Abraham Lincoln, aunque se presentó una circunstancia que patentizó la maravillosa habilidad de Ned Land y mos­tró la confianza que podía depositarse en él.

A lo largo de las Malvinas, el 30 de junio, la fragata entró en comunicación con unos balleneros norteamericanos, que nos informaron no haber visto al narval. Pero uno de ellos, el capitán del Monroe, conocedor de que Ned Land se halla­ba a bordo del Abraham Lincoln, requirió su ayuda para ca­zar una ballena que tenían a la vista. Deseoso el comandante Farragut de ver en acción a Ned Land, le autorizó a subir a bordo del Monroe. Y el azar fue tan propicio a nuestro cana­diense que en vez de una ballena arponeó a dos con un doble golpe, asestándoselo a una directamente en el corazón. Se apoderó de la otra después de una persecución de algunos minutos. Decididamente, si el monstruo llegaba a habérse­las con el arpón de Ned Land, no apostaría yo un céntimo por el monstruo.

La fragata corrió a lo largo de la costa sudeste de América con una prodigiosa rapidez. El 3 de julio nos hallábamos a la entrada del estrecho de Magallanes, a la altura del cabo de las Vírgenes. Pero el comandante Farragut no quiso aden­trarse en ese paso sinuoso y maniobró para doblar el cabo de Hornos, decisión que mereció la unánime aprobación de lo tripulación, ante la improbabilidad de encontrar al narval en ese angosto estrecho. Fueron muchos los marineros que opinaban que el montruo no podía pasar por él, que «era de­masiado grande para eso».

El 6 de julio, hacia las tres de la tarde, el Abraham Lincoln doblaba a quince millas al sur ese islote solitario, esa roca perdida en la extremidad del continente americano, al que los marinos holandeses impusieron el nombre de su ciudad natal, el cabo de Hornos. Se enderezó el rumbo al Noroeste y, al día siguiente, la hélice de la fragata batía, al fin, las aguas del Pacífico.

‑¡Abre el ojo! ¡Abre el ojo! ‑repetían los marineros del Abraham Lincoln.

Y los abrían desmesuradamente. Los ojos y los catalejos, un poco deslumbrados, cierto es, por la perspectiva de los dos mil dólares, no tuvieron un instante de reposo. Día y no­che se observaba la superficie del océano. Los nictálopes, cuya facultad de ver en la oscuridad aumentaba sus posibili­dades en un cincuenta por ciento, jugaban con ventaja en la conquista del premio.

No era yo el menos atento a bordo, sin que me incitara a ello el atractivo del dinero. Concedía tan sólo algunos minu­tos a las comidas y algunas horas al sueño para, indiferente al sol o a la lluvia, pasar todo mi tiempo sobre el puente. Unas veces inclinado sobre la batayola del castillo y otras apoyado en el coronamiento de popa, yo devoraba con ávi­da mirada la espumosa estela que blanqueaba el mar hasta el límite de la mirada. ¡Cuántas veces compartí la emoción del estado mayor y de la tripulación cuando una caprichosa ba­llena elevaba su oscuro lomo sobre las olas! Cuando eso su­cedía, se poblaba el puente de la fragata en un instante. Las escotillas vomitaban un torrente de marineros y oficiales, que, sobrecogidos de emoción, observaban los movimien­tos del cetáceo. Yo miraba, miraba hasta agotar mi retina y quedarme ciego, lo que le hacía decirme a Conseil, siempre flemático, en tono sereno:

‑Si el señor forzara menos los ojos, vería mejor.

¡Vanas emociones aquellas! El Abraham Lincoln modifi­caba su rumbo en persecución del animal señalado, que re­sultaba ser una simple ballena o un vulgar cachalote que pronto desaparecían entre un concierto de imprecaciones.

El tiempo continuaba siendo favorable y el viaje iba trans­curriendo en las mejores condiciones. Nos hallábamos en­tonces en la mala estación austral, por corresponder el mes de julio de aquella zona al mes de enero en Europa, pero la mar se mantenía tranquila y se dejaba observar fácilmente en un vasto perímetro.

Ned Land continuaba manifestando la más tenaz incre­dulidad, hasta el punto de mostrar ostensiblemente su de­sinterés por el examen de la superficie del mar cuando no es­taba de servicio o cuando ninguna ballena se hallaba a la vista. Y, sin embargo, su maravillosa potencia visual nos hu­biera sido muy útil. Pero de cada doce horas, ocho por lo menos las pasaba el testarudo canadiense leyendo o dur­miendo en su camarote. Más de cien veces le reconvine por su indiferencia.

‑¡Bah! ‑respondía‑, no hay nada, señor Aronnax, y aun­que existiese ese animal, ¿qué posibilidades tenemos de ver­lo, corriendo, como lo estamos haciendo, a la aventura? Se ha dicho que se vio a esa bestia en los altos mares del Pacífi­co, lo que estoy dispuesto a admitir, pero han pasado ya más de dos meses desde ese hallazgo, y a juzgar por el tempera­mento de su narval no parece gustarle enmohecerse en los mismos parajes. Parece estar dotado de una prodigiosa faci­lidad de desplazamiento. Y usted sabe mejor que yo, señor profesor, que la naturaleza no hace nada sin sentido; por eso, no habría dado a un animal lento por constitución la facultad de moverse rápidamente si no tuviera la necesidad de utilizar esa facultad. Luego, si la bestia existe, debe estar ya lejos.

No sabía yo qué responder a tal argumentación. Era evi­dente que íbamos a ciegas. Pero ¿cómo podríamos proceder de otro modo? Cierto que nuestras probabilidades eran muy limitadas. Pese a todo, nadie a bordo dudaba todavía del éxi­to, y no había un marinero dispuesto a apostar contra la pró­xima aparición del narval.

El 20 de julio atravesamos el trópico de Capricornio a 1050 de longitud, y el 27 del mismo mes, el ecuador, por el meridiano 110. La fragata tomó entonces una más decidida dirección hacia el Oeste, hacia los mares centrales del Pacífi­co. El comandante Farragut pensaba, con fundamento, que era mejor frecuentar las aguas profundas y alejarse de los continentes y de las islas, cuyas proximidades parecía haber evitado siempre el animal, «sin duda porque no había dema­siada agua para él», decía el contramaestre. La fragata pasó, pues, a lo largo de las islas Pomotú, Marquesas y Sandwich, cortó el trópico de Cáncer a 1320 de longitud y se dirigió ha­cia los mares de China.

Por fin nos hallábamos en el escenario de la última apari­ción del monstruo. A partir de entonces puede decirse que ya no se vivía a bordo. Los corazones latían furiosamente, incubando futuros aneurismas incurables. La tripulación entera sufría una sobreexcitación nerviosa de la que yo no podría dar una pálida idea. No se comía ni se dormía. Veinte veces al día, un error de apreciación, una ilusión óptica de algún marinero encaramado a una cofa, causaban un súbito alboroto, y estas emociones, veinte veces repetidas, nos mantenían en un estado de eretismo demasiado violento para no provocar una próxima recesión. Y, en efecto, la reac­ción no tardó en producirse. Durante tres meses, tres meses de los que cada día duraba un siglo, el Abraham Lincoln sur­có todos los mares septentrionales del Pacífico, corriendo tras de las ballenas señaladas, procediendo a bruscos cam­bios de rumbo, virando súbitamente de uno a otro bordo, parando repentinamente sus máquinas, forzando o redu­ciendo el vapor alternativamente, con riesgo de desnivelar su maquinaria, y sin dejar un punto inexplorado desde las costas del Japón a las de América. ¡Y nada! ¡Nada más que la inmensidad de las olas desiertas! Nada que se asemejara a un narval gigantesco, ni a un islote submarino, ni a un resto de naufragio, ni a un escollo fugaz ni a nada sobrenatural.

La previsible reacción a tanto entusiasmo baldío se pro­dujo inevitablemente. El desánimo se apoderó de todos y abrió una brecha a la incredulidad. Un nuevo sentimiento nos embargó a todos, un sentimiento que se componía de tres décimas de vergüenza y siete décimas de furor. Había que ser estúpidos para dejarse seducir por una quimera, y esta reflexión aumentaba nuestro furor. Las montañas de ar­gumentos acumulados desde hacía un año se derrumbaban lamentablemente. Cada uno pensaba ya únicamente en des­quitarse, en las horas del sueño y de las comidas, del tiempo que había sacrificado tan estúpidamente.

Con la versatdidad inherente al espíritu humano, se pasó de un exceso al extremadamente opuesto. Los más fervien­tes partidarios de la empresa se convirtieron fatalmente en sus más ardientes detractores. La reacción subió desde los fondos del navío, desde los puestos de los pañoleros hasta los de la oficialidad, y, ciertamente, sin la muy particular obstinación del capitán Farragut, la fragata hubiese puesto definitivamente proa al Sur.

Sin embargo, no podía prolongarse mucho más tiempo esa búsqueda inútil. El Abraham Lincoln no tenía nada que reprocharse, pues había hecho todo lo posible por lograrlo. Nunca una tripulación de un buque de la marina norteame­ricana había dado más muestras de celo y de paciencia, y en ningún caso podía imputársele la responsabilidad de fraca­so. Ya no quedaba más que regresar, y así se le comunicó al comandante, quien se mantuvo firme en su intención de persistir en su empeño. Los marineros no ocultaron enton­ces su descontento, de lo que se resintió el servicio, sin que ello quiera decir que se produjese una rebelión a bordo. Des­pués de un razonable período de obstinación, el comandan­te Farragut, al igual que Colón en otro tiempo, pidió tres días de paciencia. Si en ese plazo no apareciera el monstruo, el timonel daría tres vueltas de rueda y el Abraham Lincoln pondría rumbo a los mares de Europa.

Tal promesa fue hecha el 2 de noviembre, y tuvo por resul­tado inmediato reanimar a la abatida tripulación. De nuevo volvió a escrutarse el horizonte con la mayor atención, em­peñados todos y cada uno en consagrarle esa última mirada en la que se resume el recuerdo. Se apuntaron los catalejos al horizonte con una ansiedad febril. Era el supremo desafío al gigantesco narval, y éste no podía razonablemente dejar de responder a esta convocatoria de «comparecencia».

Transcurrieron los dos primeros días. El Abraham Lincoln navegaba a presión reducida. Se emplearon todos los medios posibles para llamar la atención o para estimular la apatía del animal, en el supuesto de que se hallase en aquellos parajes. Se echaron al mar, a la rastra, enormes trozos de tocino, para la mayor satisfacción de los tiburones, debo decirlo. Se echa­ron al agua varios botes para explorar en todas direcciones, en un amplio radio de acción, el mar en torno al Abraham Lincoln, dejado al pairo. Pero la noche del 4 de noviembre lle­gó sin que se hubiera desvelado el misterio submarino.

Al día siguiente, 5 de noviembre, expiraba a mediodía el plazo de rigor. Tras fijar la posición, el comandante Farra­gut, fiel a su promesa, debía poner rumbo al Sudeste y aban­donar definitivamente las regiones septentrionales del Pa­cífico.

La fragata se hallaba entonces a 310 15' de latitud Norte y 1360 42' de longitud Este. Las tierras del Japón distaban me­nos de doscientas millas a sotavento. Se acercaba ya la noche, acababan de dar las ocho. Grandes nubarrones velaban el disco lunar, entonces en su primer cuarto. La mar ondula­ba apaciblemente bajo la roda de la fragata. Yo me hallaba a proa, apoyado en la batayola de estribor. A mi lado, Consed miraba el horizonte. La tripulación, encaramada a los oben­ques, escrutaba el horizonte que iba reduciéndose y oscure­ciéndose poco a poco. Los oficiales escudriñaban la crecien­te oscuridad con sus catalejos de noche. De vez en cuando el oscuro océano resplandecía fugazmente bajo un rayo de luna entre dos nubes. Luego, el rayo de luz se desvanecía de nuevo en las tinieblas.

Observando a Conseil, creí ver que el buen muchacho se había dejado contagiar un poco del estado de ánimo gene­ral. Quizá y por vez primera sus nervios vibraban bajo el sentimiento de la curiosidad.

‑Vamos, Conseil ‑le dije‑, ésta es la última ocasión de embolsarse dos mil dólares.

-Permítame el señor decirle que en ningún momento he contado con esa prima, y que aunque se hubieran ofrecido cien mil dólares no por eso se hubiera visto más pobre el go­bierno de la Unión.

-Tienes razón, Conseil. Después de todo, es una estúpi­da aventura, y nos hemos lanzado a ella con una excesiva li­gereza. ¡Cuánto tiempo perdido y cuántas emociones inúti­les! ¡Pensar que hace ya seis meses que podíamos estar en Francia!

‑En la casa del señor, en el museo del señor. Y yo tendría ya clasificados los fósiles del señor. El babirusa del señor es­taría ya instalado en su jaula del jardín de Plantas, y sería la atracción de todos los curiosos de la capital.

‑Así es, Conseil. Y lo que es más, así me lo temo, la gente va a burlarse de nosotros.

‑En efecto ‑respondió muy tranquilamente Conseil‑. Creo que van a burlarse del señor. Y ¿puedo permitirme decir que ... ?

‑Puedes permitírtelo, Conseil.

‑Pues bien, que el señor se lo tiene merecido.

‑¿De veras?

‑Cuando se tiene el honor de ser un sabio como el señor, no se puede exponer uno a...

Conseil no pudo acabar su frase. En medio del silencio, se oyó una voz. La de Ned Land. Y la voz de Ned Land gritaba:

Descarga los archivos PDF al final de la entrada para seguir leyendo "Veinte mil leguas de viaje submarino"

Mundo Literatura - Comunidad Literaria

Lester Knight: ¡Saludos Desterrados!. Después de unos días en los que no he podido actualizar el blog como desearía, regreso con la mejor literatura para vuestro entretenimiento y diversión, compartiendo uno de los grandes clásicos de la literatura universal juvenil libre de derechos de autor: Veinte mil leguas de viaje submarino, del gran Julio Verne.

Una de las novelas que marco a fuego mi infancia y despertó mi interés por la fantasía. Un viaje irrepetible donde las aventuras, las emociones, los personajes carismáticos y su condición humana, nos transportan a una experiencia que nadie debería dejar de leer, al menos, una vez en la vida.

Espero que disfrutéis de la novela tanto como yo al leerla.

PD: He dividido la novela en las dos partes originales a fin de no sobrepasar el espacio límite de los archivos adjuntos. 

¡Un Saludo a todos los Desterrados! Wink

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5 Comentarios:

Novela Clásica e imprescindible


Personalmente son libros de obligada lectura, fantasía, aventuras... para un niño de unos 8 años, quizá 9, es lo mejor para empezar a introducirle en la literatura más seria. No son libros de virguerías ni recursos rebuscados, dejan volar tu imaginación, te imaginas a ti mismo en el centro de la tierra o en las profunidades...

Julio Verne fue uno de mis primeros escritores favoritos, ya pasó esa etapa, la cual recuerdo con cariño y conservo, ahora estoy perido en la ciencia ficción, mi género literario y cinéfilo por excelencia..., en breve haré una recomendación cinéfila de una de mis películas favoritas ¿Quién la adivina?.

En definitiva, enorme trabajo el traernos este clásico indispensable, mágico e increíble, Lester, carisma por todos los costados, emoción, deja volar tu imaginación.

Un saludo y ánimo, y 5 estrellas por traernos la literatura de calidad.


 

Es una novela increíble.

Me fascinó tanto que soñé buena parte de mi infancia con ser el Capitán Nemo, y surcar los mares libre bajo mis propias reglas. Incluso llegue a construir mi propia versión del Nautilus en Mecano. Es una época de la que guardo un gran recuerdo, y de las que más me ha influido a la hora de hacerme escritor.

Lo bueno es que el libro se puede seguir leyendo de adulto. Sin ser la sorpresa tan grande, tampoco desmerece en absoluto.

PD: Ya tengo ganas de ver publicada esa recomendación cinéfila.

¡Ánimo con tu proyecto!

¡Un saludo a todos! Wink

Julio Verne es uno de mis

Julio Verne es uno de mis autores favoritos, esta obra junto a  Miguel Strogoff son las que más me han gustado, tiene esa chispa de fantasía tán soberbia como imperdible entre los lectores ávidos.

Bioshock me recuerda un poco a Veinte Mil leguas de viaje submarino.

 

Saludos

Fantastico

Mi obra favorita de uno de mis autores favoritos. Uno de los libros que mas disfrute de niño. Recuerdo que cuando empece a leerla me habia devorado como 10 capitulos sin darme cuenta. Nemo es un personaje interesante como pocos y el nautilus mola.

Veo que a todos nos ha encantado la gran novela de Julio Verne.

Más motivos para los indecisos a dar el paso de descubrirla por sí mismos.

Gracias markov y primus rainstar por vuestras aportaciones. Entre todos vamos a conseguir que la novela la lea más gente.

¡Un saludo! Wink