El año 1866 quedó
caracterizado por un extraño acontecimiento, por un fenómeno inexplicable e
inexplicado que nadie, sin duda, ha podido olvidar. Sin hablar de los rumores
que agitaban a las poblaciones de los puertos y que sobreexcitaban a los
habitantes del interior de los continentes, el misterioso fenómeno suscitó una
particular emoción entre los hombres del mar. Negociantes, armadores, capitanes
de barco, skippers y masters de Europa y de América, oficiales de
la marina de guerra de todos los países y, tras ellos, los gobiernos de los
diferentes Estados de los dos continentes, manifestaron la mayor preocupación
por el hecho.
Veinte mil leguas de viaje submarino.
Julio Verne.
Capítulo I: Un escollo fugaz.
Desde hacía algún tiempo, en
efecto, varios barcos se habían encontrado en sus derroteros con «una cosa
enorme», con un objeto largo, fusiforme, fosforescente en ocasiones,
infinitamente más grande y más rápido que una ballena.
Los hechos relativos a estas
apariciones, consignados en los diferentes libros de a bordo, coincidían con
bastante exactitud en lo referente a la estructura del objeto o del ser en
cuestión, a la excepcional velocidad de sus movimientos, a la sorprendente
potencia de su locomoción y a la particular vitalidad de que parecía dotado.
De tratarse de un cetáceo, superaba en volumen a todos cuantos especímenes de
este género había clasificado la ciencia hasta entonces. Ni Cuvier, ni
Lacepède, ni Dumeril ni Quatrefages hubieran admitido la existencia de tal
monstruo, a menos de haberlo visto por sus propios ojos de sabios.
El promedio de las
observaciones efectuadas en diferentes circunstancias ‑una vez descartadas
tanto las tímidas evaluaciones que asignaban a ese objeto una longitud de
doscientos pies, como las muy exageradas que le imputaban una anchura de una
milla y una longitud de tres‑ permitía
afirmar que ese ser fenomenal, de ser cierta su existencia, superaba con
exceso todas las dimensiones admitidas hasta entonces por los
ictiólogos.
Pero existía; innegable era
ya el hecho en sí mismo. Y, dada esa inclinación a lo maravilloso que existe en
el hombre, se comprende la emoción producida por esa sobrenatural aparición.
Preciso era renunciar a la tentación de remitirla al reino de las fábulas.
Efectivamente, el 20 de
julio de 1866, el vapor Governor Higginson, de la Calcuta and Burnach Steam
Navigation Company, había encontrado esa masa móvil a cinco millas al este de
las costas de Australia. El capitán Baker creyó, al pronto, hallarse en
presencia de un escollo desconocido, y se disponía a determinar su exacta
situación cuando pudo ver dos columnas de agua, proyectadas por el inexplicable
objeto, elevarse silbando por el aire hasta ciento cincuenta pies. Forzoso
era, pues, concluir que de no estar el escollo sometido a las expansiones
intermitentes de un géiser, el Governor Higginson había encontrado un mamífero
acuático, desconocido hasta entonces, que expulsaba por sus espiráculos
columnas de agua, mezcladas con aire y vapor.
Se observó igualmente tal hecho
el 23 de julio del mismo año, en aguas del Pacífico, por el Cristóbal Colón,
de la West India
and Pacific Steam Navigation Company,. Por consiguiente, el extraordinario
cetáceo podía trasladarse de un lugar a otro con una velocidad sorprendente,
puesto que, a tres días de intervalo tan sólo, el Governor Higginson y el Cristóbal
Colón lo habían observado en dos puntos del mapa separados por una
distancia de más de setecientas leguas marítimas.
Quince días más tarde, a dos
mil leguas de allí, el Helvetia, de la Compagnie Nationale,
y el Shannon, de la
Royal Mail, navegando en sentido opuesto por la zona del
Atlántico comprendida entre Europa y Estados Unidos, se señalaron mutuamente
al monstruo a 420 15'de latitud norte y 600 35'de
longitud al oeste del meridianode Greenwich. En esa observación simultánea se
creyó poder evaluar la longitud mínima del mamífero en más de trescientos
cincuenta pies ingleses, dado que el Shannon
y el Helvetia eran de dimensiones inferiores, aun cuando ambos midieran
cien metros del tajamar al codaste. Ahora bien, las ballenas más grandes, las
que frecuentan los parajes de las islas Aleutinas, la Kulammak y la Umgullick, no sobrepasan
los cincuenta y seis metros de longitud, si es que llegan a alcanzar tal
dimensión.
Estos sucesivos informes;
nuevas observaciones efectuadas a bordo del transatlántico Le Pereire,
un abordaje entre el monstruo y el Etna, de la línea Iseman; un acta
levantada por los oficiales de la fragata francesa La Normandie;
un estudio muy serio hecho por el estado mayor del comodoro Fitz‑james a bordo
del Lord Clyde, causaron una profunda sensación en la opinión pública.
En los países de humor ligero se tomó a broma el fenómeno, pero en los países
graves y prácticos, en Inglaterra, en América, en Alemania, causó una viva
preocupación.
En todas partes, en las
grandes ciudades, el monstruo se puso de moda. Fue tema de canciones en los
cafés, de broma en los periódicos y de representación en los teatros. La prensa
halló en él la ocasión de practicar el ingenio y el sensacionalismo. En sus
páginas, pobres de noticias, se vio reaparecer a todos los seres imaginarios y
gigantescos, desde la ballena blanca, la terrible «Moby Dick» de las regiones
hiperbóreas, hasta el desmesurado Kraken, cuyos tentáculos pueden abrazar un
buque de quinientas toneladas y llevárselo a los abismos del océano. Se llegó
incluso a reproducir las noticias de los tiempos antiguos, las opiniones de
Aristóteles y de Plinio que admitían la existencia de tales monstruos, los
relatos noruegos del obispo Pontoppidan, las relaciones de Paul Heggede y los
informes de Harrington, cuya buena fe no puede ser puesta en duda al afirmar
haber visto, hallándose a bordo del Castillan,
en 1857, la enorme serpiente que
hasta entonces no había frecuentado otros mares que los del antiguo Constitutionnel.
Todo esto dio origen a la
interminable polémica entre los crédulos y los incrédulos, en las sociedades y
en las publicaciones científicas. La «cuestión del monstruo» inflamó los
ánimos. Los periodistas imbuidos de espíritu científico, en lucha con los que
profesan el ingenio, vertieron oleadas de tinta durante la memorable campaña;
algunos llegaron incluso a verter dos o tres gotas de sangre, al pasar, en su
ardor, de la serpiente de mar a las más ofensivas personalizaciones.
Durante seis meses la guerra
prosiguió con lances diversos. A los artículos de fondo del Instituto
Geográfico del Brasil, de la
Academia Real de Ciencias de Berlín, de la Asociación Británica, del
Instituto Smithsoniano de Washington, a los debates del The Indian Archipelago, del Cosmos del abate Moigno y del Mittheilungen de Petermann, y a las crónicas
científicas de las grandes publicaciones de Francia y otros países replicaba la
prensa vulgar con alardes de un ingenio inagotable. Sus inspirados redactores,
parodiando una frase de Linneo que citaban los adversarios del monstruo,
mantuvieron, en efecto, que «la naturaleza no engendra tontos», y conjuraron a
sus contemporáneos a no infligir un mentís a la naturaleza y, consecuentemente,
a rechazar la existencia de los Kraken, de las serpientes de mar, de las «Moby
Dick» y otras lucubraciones de marineros delirantes. Por último, en un
artículo de un temido periódico satírico, el más popular de sus redactores,
haciendo acopio de todos los elementos, se precipitó, como Hipólito, contra el
monstruo, le asestó un golpe definitivo y acabó con él en medio de una
carcajada universal. El ingenio había vencido a la ciencia.
La cuestión parecía ya
enterrada durante los primeros meses del año de 1867, sin aparentes posibilidades de resucitar, cuando nuevos
hechos llegaron al conocimiento del público. Hechos que revelaron que no se
trataba ya de un problema científico por resolver, sino de un peligro serio,
real, a evitar. La cuestión adquirió así un muy diferente aspecto. El monstruo
volvió a erigirse en islote, roca, escollo, pero un escollo fugaz,
indeterminable, inaprehensible.
El 5 de marzo de 1867, el Moravian, de la Montreal Ocean
Company, navegando durante la noche a 270
30' de latitud y 720 15' de longitud, chocó por estribor con
una roca no señalada por ningún mapa en esos parajes. Impulsado por la fuerza
combinada de viento y de sus cuatrocientos caballos de vapor, el buque navegaba
a la velocidad de trece nudos. Abierto por el choque, es indudable que de no
ser por la gran calidad de su casco, el Moravian
se habría ido a pique con los doscientos treinta y siete pasajeros que
había embarcado en Canadá.
El accidente había ocurrido
hacia las cinco de la mañana, cuando comenzaba a despuntar el día. Los
oficiales de guardia se precipitaron hacia popa y escrutaron el mar con la
mayor atención, sin ver otra cosa que un fuerte remolino a unos tres cables de
distancia del barco, como si las capas líquidas hubieran sido violentamente
batidas. Se tomaron con exactitud las coordenadas del lugar y el Moravian continuó su rumbo sin averías
aparentes. ¿Había chocado con una roca submarina o había sido golpeado por un objeto residual, enorme, de un
naufragio? No pudo saberse, pero al examinar el buque en el dique carenero se
observó que una parte de la quilla había quedado destrozada.
Pese a la extrema gravedad
del hecho, tal vez habría pasado al olvido como tantos otros si no se hubiera
reproducido en idénticas condiciones, tres semanas después. Pero en esta
ocasión la nacionalidad del buque víctima de este nuevo abordaje y la
reputación de la compañía a la que pertenecía el navío dieron al acontecimiento
una inmensa repercusión.
Nadie ignora el nombre del
célebre armador inglés Cunard, el inteligente industrial que fundó, en 1840,
un servicio postal entre Liverpool y Halifax, con tres barcos de madera, de
ruedas, de cuatrocientos caballos de fuerza y con un arqueo de mil ciento
sesenta y dos toneladas. Ocho años después, el material de la compañía se veía
incrementado en cuatro barcos de seiscientos cincuenta caballos y mil ochocientas
veinte toneladas, y dos años más tarde, en otros dos buques de mayor potencia y
tonelaje. En 1853, la
Compañía Cunard, cuya exclusiva del transporte del correo
acababa de serle renovada, añadió sucesivamente a su flota el Arabia, el
Persia, el China, el Scotia, el Java y el Rusia,
todos ellos muy rápidos y los más grandes que, a excepción del Great Eastern,
hubiesen surcado nunca los mares. Así, pues, en 1867, la compañía poseía doce
barcos, ocho de ellos de ruedas y cuatro de hélice.
La
mención de tales detalles tiene por fm mostrar la importancia de esta compañía
de transportes marítimos, cuya inteligente gestión es bien conocida en el mundo
entero. Ninguna empresa de navegación transoceánica ha sido dirigida con tanta
habilidad como ésta; ningún negocio se ha visto coronado por un éxito mayor.
Desde hace veintiséis años, los navíos de las líneas Cunard han atravesado dos
mil veces el Atlántico sin que ni una sola vez se haya malogrado un viaje, sin
que se haya producido nunca un retraso, sin que se haya perdido jamás ni una
carta, ni un hombre ni un barco. Por ello, y pese a la poderosa competencia de
las líneas francesas, los pasajeros continúan escogiendo la Cunard, con preferencia a
cualquier otra, como demuestran las conclusiones de los documentos oficiales
de los últimos años. Dicho esto, a nadie sorprenderá la repercusión hallada por
el accidente ocurrido a uno de sus mejores barcos.
El 13 de abril de 1867, el Scotia
se hallaba a 150 12' de longitud y 450 37' de latitud,
navegando con mar bonancible y brisa favorable. Su velocidad era de trece nudos
y cuarenta y tres centésimas, impulsado por sus mil caballos de vapor. Sus
ruedas batían el agua con una perfecta regularidad. Su calado era de seis
metros y sesenta centímetros, y su desplazamiento de seis mil seiscientos
veinticuatro metros cúbicos.
A las cuatro y diecisiete
minutos de la tarde, cuando los pasajeros se hallaban merendando en el gran
salón, se produjo un choque, poco sensible, en realidad, en el casco del
Scotia, un poco más atrás de su rueda de babor.
No había sido el Scotia el
que había dado el golpe sino el que lo había recibido, y por un instrumento más
cortante o perforante que contundente. El impacto había parecido tan ligero que
nadie a bordo se habría inquietado si no hubiesen subido al puente varios
marineros de la cala gritando:
«¡Nos hundimos! ¡Nos
hundimos!».
Los pasajeros se quedaron
espantados, pero el capitán Anderson se apresuró a tranquilizarles. En efecto,
el peligro no podía ser inminente. Dividido en siete compartimientos por
tabiques herméticos, el Scotia podía resistir impunemente una vía de
agua.
El capitán Anderson se
dirigió inmediatamente a la cala. Vio que el quinto compartimiento había sido
invadido por el mar, y que la rapidez de la invasión demostraba que la vía de
agua era considerable. Afortunadamente, las calderas no se hallaban en ese
compartimiento. De haber estado alojadas en él se hubiesen apagado
instantáneamente. El capitán Anderson ordenó de inmediato que pararan las
máquinas. Un marinero se sumergió para examinar la avería. Algunos instantes
después pudo comprobarse la existencia en el casco del buque de un agujero de
unos dos metros de anchura. Imposible era cegar una vía de agua tan
considerable, por lo que el Scotia, con sus ruedas medio sumergidas,
debió continuar así su travesía. Se hallaba entonces a trescientas millas del
cabo Clear. Con un retraso de tres días que inquietó vivamente a la población
de Liverpool, consiguió arribar a las dársenas de la compañía.
Una vez puesto el Scotia
en el dique seco, los ingenieros procedieron a examinar su casco. Sin poder dar
crédito a sus ojos vieron cómo a dos metros y medio por debajo de la línea de
flotación se abría una desgarradura regular en forma de triángulo isósceles. La
perforación de la plancha ofrecía una perfecta nitidez; no la hubiera hecho
mejor una taladradora. Evidente era, pues, que el instrumento perforador que
la había producido debía ser de un temple poco común, y que tras haber sido
lanzado con una fuerza prodigiosa, como lo atestiguaba la horadación de una
plancha de cuatro centímetros de espesor, había debido retirarse por sí mismo
mediante un movimiento de retracción verdaderamente inexplicable.
Tal fue este último hecho,
que tuvo por resultado el de apasionar nuevamente a la opinión pública. Desde
ese momento, en efecto, todos los accidentes marítimos sin causa conocida se
atribuyeron al monstruo. El fantástico animal cargó con la responsabilidad de
todos esos naufragios, cuyo número es desgraciadamente considerable, ya que de
los tres mil barcos cuya pérdida se registra anualnente en el Bureau Veritas,
la cifra de navíos de vapor o de vela que se dan por perdidos ante la ausencia
de toda noticia asciende a no menos de doscientos.
Justa o
injustamente se acusó al «monstruo» de tales desapariciones. Al revelarse así
cada día más peligrosas las comunicaciones entre los diversos continentes, la
opinión pública se pronunció pidiendo enérgicamente que se desembarazaran los
mares, de una vez y a cualquier precio, del formidable cetáceo.
Capítulo II: Los pros y las contras.
En la época en que se
produjeron estos acontecimientos me hallaba yo de regreso de una exploración
científica emprendida en las malas
tierras de Nebraska, en los Estados Unidos. En mi calidad de profesor suplente
del Museo de Historia Natural de París, el gobierno francés me había delegado
a esa expedición. Tras haber pasado seis meses en Nebraska, llegué a Nueva
York, cargado de preciosas colecciones, hacia finales de marzo. Mi regreso a
Francia estaba fijado para los primeros días de mayo. En espera del momento de
partir, me ocupaba en clasificar mis riquezas mineralógicas, botánicas y
zoológicas. Fue entonces cuando se produjo el incidente del Scotia.
Estaba yo perfectamente al
corriente de la cuestión que dominaba la actualidad. ¿Cómo podría no estarlo?
Había leído y releído todos los diarios americanos y europeos, pero en vano. El
misterio me intrigaba. En la imposibilidad de formarme una opinión, oscilaba de
un extremo a otro. Que algo había, era indudable, y a los incrédulos se les
invitaba a poner el dedo en la llaga del Scotia.
A mi
llegada a Nueva York, el problema estaba más candente que nunca. La hipótesis
del islote flotante, del escollo inaprehensible, sostenida por algunas personas
poco competentes, había quedado abandonada ya. Porque, en efecto, ¿cómo
hubiera podido un escollo desplazarse con tan prodigiosa rapidez sin una
máquina en su interior? Esa rapidez en sus desplazamientos es lo que hizo
asimismo rechazar la existencia de un casco flotante, del enorme resto de un
naufragio.
Quedaban, pues, tan sólo dos
soluciones posibles al problema, soluciones que congregaban a dos bandos bien
diferenciados: de una parte, los que creían en un monstruo de una fuerza
colosal, y de otra, los que se pronunciaban por un barco «submarino» de una
gran potencia motriz.
Ahora bien, esta última
hipótesis, admisible después de todo, no pudo resistir a las investigaciones
efectuadas en los dos mundos. Era poco probable que un simple particular tuviera
a su disposición un ingenio mecánico de esa naturaleza. ¿Dónde y cuándo
hubiera podido construirlo, y cómo hubiera podido mantener en secreto su
construcción?
Únicamente un gobierno podía
poseer una máquina destructiva semejante. En estos desastrosos tiempos en los
que el hombre se esfuerza por aumentar la potencia de las armas de guerra es
posible que un Estado trate de construir en secreto un arma semejante. Después
de los fusiles «chassepot», los torpedos; después de los torpedos, los arietes
submarinos; después de éstos .... la reacción. Al menos, así puede esperarse.
Pero hubo de abandonarse
también la hipótesis de una máquina de guerra, ante las declaraciones de los
gobiernos. Tratándose de una cuestión de interés público, puesto que afectaba a
las comunicaciones transoceánicas, la sinceridad de los gobiernos no podía ser
puesta en duda. Además, ¿cómo podía admitirse que la construcción de ese barco
submarino hubiera escapado a los ojos del público? Guardar el secreto en una
cuestión semejante es muy dificil para un particular, y ciertamente imposible
para un Estado cuyas acciones son obstinadamente vigiladas por las potencias
rivales.
Tras las investigaciones
efectuadas en Inglaterra, en Francia, en Rusia, en Prusia, en España, en
Italia, en América e incluso en Turquía, hubo de rechazarse definitivamente la
hipótesis de un monitor submarino.
Ello sacó nuevamente a flote
al monstruo, pese a las incesantes burlas con que lo acribillaba la prensa, y,
por ese camino, las imaginaciones calenturientas se dejaron invadir por las
más absurdas fantasmagorías de una fantástica ictiología.
A mi llegada a Nueva York,
varias personas me habían hecho el honor de consultarme sobre el fenómeno en
cuestión. Había publicado yo en Francia una obra, en cuarto y en dos tomos,
titulada Los misterios de los grandes fondos submarinos, que había
hallado una excelente acogida en el mundo científico. Ese libro hacía de mí un
especialista en ese dominio, bastante oscuro, de la Historia Natural.
Solicitada mi opinión, me encerré en una absoluta negativa mientras pude
rechazar la realidad del hecho. Pero pronto, acorralado, me vi obligado a
explicarme categóricamente. «El honorable Pierre Aronnax, profesor del Museo de
París», fue conminado por el New York
Herald a formular una opinión.
Hube de
avenirme a ello. No pudiendo ya callar por más tiempo, hablé. Analicé la
cuestión desde todos los puntos de vista, políticamente y científicamente. Del
muy denso artículo que publiqué en el número del 30 de abril, doy a continuación
un extracto.
«Así pues ‑decía yo‑, tras
haber examinado una por una las diversas hipótesis posibles y rechazado
cualquier otra suposición, necesario es admitir la existencia de un animal
marino de una extraordinaria potencia.
»Las grandes profundidades
del océano nos son totalmente desconocidas. La sonda no ha podido alcanzarlas.
¿Qué hay en esos lejanos abismos? ¿Qué seres los habitan? ¿Qué seres pueden
vivir a doce o quince millas por debajo de la superficie de las aguas? ¿Cómo
son los organismos de esos animales? Apenas puede conjeturarse.
»La solución del problema
que me ha sido sometido puede revestir la forma del dilema. O bien conocemos
todas las variedades de seres que pueblan nuestro planeta o bien no las
conocemos. Si no las conocemos todas, si la Naturaleza tiene aún
secretos para nosotros en ictiología, nada más aceptable que admitir la
existencia de peces o de cetáceos, de especies o incluso de géneros nuevos, de
una organización esencialmente adaptada a los grandes fondos, que habitan las
capas inaccesibles a la sonda, y a los que un acontencimiento cualquiera, una
fantasía, un capricho si se quiere, les lleva a largos intervalos al nivel
superior del océano.
»Si, por el contrario,
conocemos todas las especies vivas, habrá que buscar necesariamente al animal
en cuestión entre los seres marinos ya catalogados, y en este caso yo me indinaría
a admitir la existencia de un narval gigantesco.
»El narval vulgar o
unicornio marino alcanza a menudo una longitud de sesenta pies. Quintuplíquese,
decuplíquese esa dimensión, otórguese a ese cetáceo una fuerza proporcional a
su tamaño, auméntense sus armas ofensivas y se obtendrá el animal deseado, el
que reunirá las proporciones estimadas por los oficiales del Shannon, el
instrumento exigido por la perforación del Scotia y la potencia
necesaria para cortar el casco de un vapor.
»En efecto, el narval está
armado de una especie de espada de marfil, de una alabarda, según la expresión
de algunos naturalistas. Se trata de un diente que tiene la dureza del acero.
Se han hallado algunos de estos dientes clavados en el cuerpo de las ballenas a
las que el narval ataca siempre con eficacia. Otros han sido arrancados, no sin
esfuerzo, de los cascos de los buques, atravesados de parte a parte, como una
barrena horada un tonel. El Museo de la Facultad de Medicina de París posee una de estas
defensas que mide dos metros veinticinco centímetros de longitud y cuarenta y ocho
centímetros de anchura en la base. Pues bien, supóngase esa arma diez veces más
fuerte, y el animal, diez veces más potente, láncesele con una velocidad de
veinte millas por hora, multiplíquese su masa por su velocidad y se obtendrá
un choque capaz de producir la catástrofe requerida.
»En
consecuencia, y hasta disponer de más amplias informaciones, yo me inclino por
un unicornio marino de dimensiones colosales, armado no ya de una alabarda,
sino de un verdadero espolón como las fragatas acorazadas o los “rams” de
guerra, de los que parece tener a la vez la masa y la potencia motriz.
»Así podría explicarse este
fenómeno inexplicable, a menos que no haya nada, a pesar de lo que se ha
entrevisto, visto, sentido y notado, lo que también es posible.»
Estas últimas palabras eran
una cobardía por mi parte, pero yo debía cubrir hasta cierto punto mi dignidad
de profesor y protegerme del ridículo evitando hacer reír a los americanos,
que cuando ríen lo hacen con ganas. Con esas palabras me creaba una escapatoria,
pero, en el fondo, yo admitía la existencia del «monstruo».
Las calurosas polémicas
suscitadas por mi artículo le dieron una gran repercusión. Mis tesis
congregaron un buen número de partidarios, lo que se explica por el hecho de
que la solución que proponía dejaba libre curso a la imaginación. El espíritu
humano es muy proclive a las grandiosas concepciones de seres sobrenaturales. Y
el mar es precisamente su mejor vehículo, el único medio en el que pueden
producirse y desarrollarse esos gigantes, ante los cuales los mayores de los
animales terrestres, elefantes o rinocerontes, no son más que unos enanos. Las
masas líquidas transportan las mayores especies conocidas de los mamíferos, y
quizá ocultan moluscos de tamaños incomparables y crustáceos terroríficos,
como podrían ser langostas de cien metros o cangrejos de doscientas toneladas.
¿Por qué no? Antiguamente, los animales terrestres, contemporáneos de las
épocas geológicas, los cuadrúpedos, los cuadrumanos, los reptdes, los pájaros,
alcanzaban unas proporciones gigantescas. El Creador los había lanzado a un
molde colosal que el tiempo ha ido reduciendo poco a poco. ¿Por qué el mar, en
sus ignoradas profundidades, no habría podido conservar esas grandes muestras
de la vida de otra edad, puesto que no cambia nunca, al contrario que el núcleo
terrestre sometido a un cambio incesante? ¿Por qué no podría conservar el mar
en su seno las últimas variedades de aquellas especies titánicas, cuyos años
son siglos y los siglos milenios?
Pero me estoy dejando llevar
a fantasmagorías que no me es posible ya sustentar. ¡Basta ya de estas quimeras
que el tiempo ha transformado para mí en realidades terribles! Lo repito, la
opinión quedó fijada en lo que concierne a la naturaleza del fenómeno y el
público admitió sin más discusión la existencia de un ser prodigioso que no
tenía nada en común con las fabulosas serpientes de mar.
Pero frente a los que vieron
en ello un problema puramente científico por resolver, otros, más positivos,
sobre todo en América y en Inglaterra, se preocuparon de purgar al océano del
temible monstruo, a fin de asegurar las comunicaciones marítimas. Las
publicaciones especializadas en temas industriales y comerciales trataron la
cuestión principalmente desde este punto de vista. La Shipping and Mercantile Gazette, el Lloyd, el Paquebot, La
Revue Maritime et Coloniale, todas las publicaciones
periódicas en las que estaban representados los intereses de las compañías de
seguros, que amenazaban ya con la elevación de las tarifas de sus pólizas,
coincidieron en ese punto.
Habiéndose
pronunciado ya la opinión pública, fueron los Estados de la Unión los primeros en
decidirse a tomar medidas prácticas. En Nueva York se hicieron preparativos
para emprender una expedición en persecución del narval. Una fragata muy
rápida, la Abraham Lincoln, fue equipada para hacerse a la mar con
la mayor brevedad. Se abrieron los arsenales al comandante Farragut, quien
aceleró el armamento de su fragata.
Pero como suele ocurrir,
bastó que se hubiera tomado la decisión de perseguir al monstruo para que éste
no reapareciera más. Nadie volvió a oír hablar de él durante dos meses. Ningún
barco se lo encontró en su derrotero. Se hubiera dicho que el unicornio
conocía la conspiración que se estaba tramando contra él ¡Se había hablado
tanto de él y hasta por el cable transatlántico! Los bromistas pretendían que
el astuto monstruo había interceptado al paso algún telegrama a él referido y
que obraba en consecuencia.
En tales circunstancias, no
se sabía adónde dirigir la fragata, armada para una larga campaña y provista
de formidables aparejos de pesca. La impaciencia iba en aumento cuando, el 3
de julio, se notificó que un vapor de la línea de San Francisco a Shangai había
vuelto a ver al animal tres semanas antes, en los mares septentrionales del
Pacífico.
Grande fue la emoción
causada por la noticia. No se concedieron ni veinticuatro horas de plazo al
comandante Farragut. Sus víveres estaban a bordo. Sus pañoles desbordaban de
carbón. La tripulación contratada estaba al completo. No había más que
encender los fuegos, calentar y zarpar. No se le habría perdonado una media
jornada de retraso. El comandante Farragut no deseaba otra cosa que partir.
Tres horas antes de que el Abraham Lincoln zarpase del muelle de
Brooklyn, recibí una carta redactada en estos términos:
«Sr. Aronnax,
Profesor del Museo de París.
Fifth Avenue Hotel,
Nueva York.
Muy señor nuestro: si desea
usted unirse a la expedición del Abraham
Lincoln, el gobierno de la
Unión vería con agrado que Francia estuviese representada por
usted en esta empresa. El comandante Farragut tiene un camarote a su disposición.
Muy cordialmente le saluda
J. B. Hobson,
Secretario de la Marina.»
Capítulo III: Como el Señor guste.
Tres segundos antes de la
recepción de la carta de J. B. Hobson, estaba yo tan lejos de la idea de
perseguir al unicornio como de la de buscar el paso del Noroeste. Tres
segundos después de haber leído la carta del honorable Secretario de la Marina, había comprendido
ya que mi verdadera vocación, el único fin de mi vida, era cazar a ese
monstruo inquietante y liberar de él al mundo.
Sin embargo, acababa de
regresar de un penoso viaje y me sentía cansado y ávido de reposo. Mi única
aspiración era la de volver a mi país, a mis amigos y a mi pequeño alojamiento
del jardín de Plantas con mis queridas y preciosas colecciones. Pero nada pudo
retenerme. Lo olvidé todo, fatigas, amigos, colecciones y acepté sin más
reflexión la oferta del gobierno americano.
«Además ‑pensé‑ todos los
caminos llevan a Europa y el unicornio será lo bastante amable como para
llevarme hacia las costas de Francia. El digno animal se dejará atrapar en los
mares de Europa, en aras de mi conveniencia personal, y no quiero dejar de
llevar por lo menos medio metro de su alabarda al Museo de Historia Natural.»
Pero, mientras tanto, debía
buscar al narval por el norte del Pacífico, lo que para regresar a Francia
significaba tomar el camino de los antípodas.
‑¡Conseil!
‑grité, impaciente.
Conseil era mi doméstico, un
abnegado muchacho que me acompañaba en todos mis viajes; un buen flamenco por
quien sentía yo mucho cariño y al que él correspondía sobradamente; un ser
flemático por naturaleza, puntual por principio, cumplidor de su deber por
costumbre y poco sensible a las sorpresas de la vida. De gran habilidad
manual, era muy apto para todo servicio. Y a pesar de su nombre1, jamás daba un consejo,
incluso cuando no se le pedía que lo diera.
El roce continuo con los
sabios de nuestro pequeño mundo del jardín de Plantas había llevado a Conseil
a adquirir ciertos conocimientos. Tenía yo en él un especialista muy docto en
las clasificaciones de la
Historia Natural. Era capaz de recorrer con una agilidad de
acróbata toda la escala de las ramificaciones, de los grupos, de las clases, de
las subclases, de los órdenes, de las familias, de los géneros, de los
subgéneros, de las especies y de las variedades. Pero su ciencia se limitaba a
eso. Clasificar, tal era el sentido de su vida, y su saber se detenía ahí. Muy
versado en la teoría de la clasificación, lo estaba muy poco en la práctica,
hasta el punto de que no era capaz de distinguir, así lo creo, un cachalote de
una ballena. Y sin embargo, ¡cuán digno y buen muchacho era!
Desde hacía diez años,
Conseil me había seguido a todas partes donde me llevara la ciencia. jamás le
había oído una queja o un comentario sobre la duración o la fatiga de un viaje,
ni una objeción a hacer su maleta para un país cualquiera, ya fuese la China o el Congo, por remoto
que fuera. Se ponía en camino para un sitio u otro sin hacer la menor pregunta.
Gozaba de una salud que
desafiaba a todas las enfermedades. Tenía unos sólidos músculos y carecía de
nervios, de la apariencia de nervios, moralmente hablando, se entiende.
Tenía treinta años, y su
edad era a la mía como quince es a veinte. Se me excusará de indicar así que yo
tenía cuarenta años.
Conseil tenía tan sólo un
defecto. Formalista empedernido, nunca se dirigía a mí sin utilizar la tercera
persona, lo que me irritaba bastante.
‑¡Conseil! ‑repetí, mientras
comenzaba febrilmente a hacer mis preparativos de partida.
Ciertamente, yo estaba
seguro de un muchacho tan abnegado. Generalmente no le preguntaba yo nunca si
le convenía o no seguirme en mis viajes, pero esta vez se trataba de una
expedición que podía prolongarse indefinidamente, de una empresa arriesgada, en
persecución de un animal capaz de echar a pique a una fragata como si se
tratara de una cáscara de nuez. Era para pensarlo, incluso para el hombre más
impasible del mundo. ¿Qué iba a decir Conseil?
‑¡Conseil! ‑grité por
tercera vez.
Conseil apareció.
‑¿Me llamaba el señor?
‑Sí, muchacho. Prepárame,
prepárate. Partimos dentro de dos horas.
‑Como el señor guste
-respondió tranquilamente Conseil.
‑No hay un momento que
perder. Mete en mi baúl todos mis utensilios de viaje, trajes, camisas,
calcetines, lo más que puedas, y ¡date prisa!
‑¿Y las colecciones del
señor?‑recordó Conseil.
‑Nos ocuparemos luego de
eso.
‑¡Cómo! ¡El arquiotherium, el hyracotherium, el oréodon, el queropótamo.y las demás osamentas del
señor!
‑Las dejaremos en el hotel.
‑¿Y el babirusa vivo del
señor?
‑Lo mantendrán durante
nuestra ausencia. Voy a ordenar que nos envíen a Francia nuestro zoo.
‑¿Es que no regresamos a
París?
‑Sí .... naturalmente... ‑respondí
evasivamente‑. Pero regresamos dando un rodeo.
‑El rodeo que el señor
quiera.
‑¡Oh!, poca cosa. Un camino
un poco menos directo, eso es todo. Viajaremos a bordo del Abraham Lincoln.
‑Como convenga al señor ‑respondió
Conseil con la mayor placidez.
‑¿Sabes, amigo mío? Verás
.... se trata del monstruo, del famoso narval... Vamos a librar de él los
mares... El autor de una obra en dos volúmenes sobre los Misterios de los grandes fondos submarinos no podía sustraerse
a la expedicióin del comandante Farragut. Misión gloriosa, pero... tambiéri
peligrosa. No se sabe adónde nos llevará esto... Esos animales pueden ser muy
caprichosos ... Pero iremos, de todos modos. Con un comandante que no conoce
el miedo.
‑Yo haré lo que haga el
señor ‑dijo Conseil.
‑Piénsalo bien, pues no
quiero ocultarte que este viaje e, uno de esos de cuyo retorno no se puede
estar seguro.
‑Como el señor guste.
Un cuarto de hora más tarde,
nuestro equipaje estaba preparado. Conseil lo había hecho en un periquete, y
yo tenía la seguridad de que nada faltaría, pues clasificaba las camisas y los
trajes tan bien como los pájaros o los mamíferos.
El ascensor del hotel nos
depositó en el gran vestíbulo de entresuelo. Descendí los pocos escalones que
conducían a piso bajo y pagué mi cuenta en el largo mostrador que estaba
siempre asediado por una considerable muchedumbre. Di la orden de expedir a
París mis fardos de animales disecados y de plantas secas y dejé una cuenta
suficiente para la manutención del babirusa. Seguido de Conseil, tomé un coche.
El vehículo, cuya tarifa por
carrera era de veinte francos descendió por Broadway hasta Union Square, siguió
luego por la Fourth
Avenue hasta su empalme con Bowery Street, se adentró por la Katrin Street y se
detuvo en el muelle trigesimocuarto. Allí, el Katrin ferry‑boat nos
trasladó, hombres, caballos y coche, a Brooklyn, el gran anexo de Nueva York,
situado en la orilla izquierda del río del Este, y en algunos minutos nos
depositó en el muelle en el que el Abraham
Lincoln vomitaba torrentes de humo negro por sus dos chimeneas.
Trasladóse inmediatamente
nuestro equipaje al puente de la fragata. Me precipité a bordo y pregunté por
el comandante Farragut. Un marinero me condujo a la toldilla y me puso en
presencia de un oficial de agradable aspecto, que me tendió la mano.
‑¿El señor Pierre Aronnax? ‑me
preguntó.
‑El mismo ‑respondí‑.
¿Comandante Farragut?
‑En persona. Bienvenido a
bordo, señor profesor. Tiene preparado su camarote.
Me despedí de él, y,
dejándole ocupado en dar las órdenes para aparejar, me hice conducir al
camarote que me había sido reservado.
El Abraham Lincoln
había sido muy acertadamente elegido y equipado para su nuevo cometido. Era
una fragata muy rápida, provista de aparatos de caldeamiento que permitían
elevar a siete atmósferas la presión del vapor. Con tal presión, el Abraham Lincoln podía alcanzar una velocidad media de dieciocho
millas y tres décimas por hora, velocidad considerable, pero insuficiente, sin
embargo, para luchar contra el gigantesco cetáceo.
El acondicionamiento interior
de la fragata respondía a sus cualidades náuticas. Me satisfizo mucho mi
camarote, situado a popa y contiguo al cuarto de los oficiales.
‑Aquí estaremos bien‑dije a
Conseil.
‑Tan bien, si me lo permite
el señor, como un bernardo en la concha de un buccino.
Dejé a
Conseil ocupado en instalar convenientemente nuestras maletas y subí al puente
para seguir los preparativos de partida.
El comandante Farragut
estaba ya haciendo largar las últimas amarras que retenían al Abraham Lincoln al muelle de Brooklyn. Así, pues, hubiera bastado
un cuarto de hora de retraso, o menos incluso, para que la fragata hubiese zarpado
sin mí y para perderme esta expedición extraordinaria, sobrenatural,
inverosímil, cuyo verídico relato habrá de hallar sin duda la incredulidad de
algunos.
El comandante Farragut no
quería perder ni un día ni una hora en su marcha hacia los mares en que acababa
de señalarse la presencia del animal. Llamó a su ingeniero.
‑¿Tenemos suficiente
presión? ‑le preguntó.
‑Sí, señor ‑respondió el
ingeniero.
‑¡Go ahead! ‑gritó
el comandante Farragut.
Al recibo de la orden,
transmitida a la sala de máquinas por medio de aparatos de aire comprimido, los
maquinistas accionaron la rueda motriz. Silbó el vapor al precipitarse por las
correderas entreabiertas, y gimieron los largos pistones horizontales al
impeler a las bielas del árbol. Las palas de la hélice batieron las aguas con
una creciente rapidez y el Abraham Lincoln
avanzó majestuosamente en medio de un centenar de ferry‑boats y de tenders cargados de espectadores,
que lo escoltaban.
Los muelles de Brooklyn y de
toda la parte de Nueva York que bordea el río del Este estaban también llenos
de curiosos. Tres hurras sucesivos brotaron de quinientas mil gargantas.
Millares de pañuelos se agitaron en el aire sobre la compacta masa humana y
saludaron al Abraham Lincoln hasta su llegada a las aguas del Hudson, en
la punta de esa alargada península que forma la ciudad de Nueva York.
La fragata, siguiendo por el
lado de New Jersey, la admirable orilla derecha del río bordeada de hotelitos,
pasó entre los fuertes, que saludaron su paso con varias salvas de sus cañones
de mayor calibre. El Abraham Líncoln respondió
al saludo arriando e izando por tres veces el pabellón norteamericano, cuyas
treinta y nueve estrellas resplandecían en su pico de mesana. Luego modificó su
marcha para tomar el canal balizado que sigue una curva por la bahía interior
formada por la punta de Sandy Hook, y costeó esa lengua arenosa desde la que
algunos millares de espectadores lo aclamaron una vez más.
El cortejo de boats y tenders siguió a la
fragata hasta la altura del light‑boat,
cuyos dos faros señalan la entrada de los pasos de Nueva York. Al llegar a
ese punto, el reloj marcaba las tres de la tarde. El práctico del puerto descendió
a su canoa y regresó a la pequeña goleta que le esperaba. Se forzaron las
máquinas y la hélice batió con más fuerza las aguas. La fragata costeó las
orillas bajas y amarillentas de Long Island. A las ocho de la tarde, tras
haber dejado al Noroeste el faro de Fire Island, la fragata surcaba ya a todo
vapor las oscuras aguas del Atlántico.
Capítulo IV: Ned Land.
El comandante Farragut era
un buen marino, digno de la fragata que le había sido confiada. Su navío y él
formaban una unidad, de la que él era el alma.
No permitía que la
existencia del cetáceo fuera discutida a bordo, por no abrigar la menor duda
sobre la misma. Creía en él como algunas buenas mujeres creen en el Leviatán,
por fe, no por la razón. Estaba tan seguro de su existencia como de que libraría
los mares de él. Lo había jurado. Era una especie de caballero de Rodas, un Diosdado de Gozon en busca de la
serpiente que asolaba su isla. O el comandante Farragut mataba al narval o el
narval mataba al comandante Farragut. Ninguna solución intermedia.
Los oficiales de a bordo
compartían la opinión de su jefe. Había que oírles hablar, discutir, disputar,
calcular las posibilidades de un encuentro y verles observar la vasta extensión
del océano. Más de uno se imponía una guardia voluntaria, que en otras
circunstancias hubiera maldecido, en los baos del juanete. Y mientras el sol
describía su arco diurno, la arboladura estaba llena de marineros, como si el
puente les quemara los pies, que manifestaban la mayor impaciencia. Y eso que
el Abraham Lincoln estaba todavía muy
lejos de abordar las aguas sospechosas del Pacífico.
La tripulación estaba, en
efecto, impaciente por encontrar al unicornio, por arponearlo, izarlo a bordo y
despedazarlo. Por eso vigilaba el mar con una escrupulosa atención. El comandante
Farragut había hablado de una cierta suma de dos mil dólares que se embolsaría
quien, fuese grumete o marinero, contramaestre u oficial, avistara el primero
al animal. No hay que decir cómo se ejercitaban los ojos a bordo del Abraham Lincoln.
Por mi parte, no le cedía a
nadie en atención en las observaciones cotidianas. La fragata hubiera podido
llamarse muy justificadamente Argos. Conseil
era el único entre todos que se manifestaba indiferente a la cuestión que nos
apasionaba y su actitud contrastaba con el entusiasmo general que reinaba a
bordo.
Ya he dicho cómo el
comandante Farragut había equipado cuidadosamente su navío, dotándolo de los
medios adecuados para la pesca del gigantesco cetáceo. No hubiera ido mejor
armado un ballenero. Llevábamos todos los ingenios conocidos, desde el arpón de
mano hasta los proyectiles de los trabucos y las balas explosivas de los
arcabuces. En el castillo se había instalado un cañón perfeccionado que se cargaba
por la recámara, muy espeso de paredes y muy estrecho de ánima, cuyo modelo
debe figurar en la
Exposición Universal de 1867. Este magnífico instrumento, de
origen americano, enviaba sin dificultad un proyectil cónico de cuatro kilos a
una distancia media de dieciséis kilómetros.
El Abraham Lincoln no carecía, pues, de ningún medio de destrucción.
Pero tenía algo mejor aún. Tenía a Ned Land, el rey de los arponeros. Ned Land
era un canadiense de una habilidad manual poco común, que no tenía igual en su
peligroso oficio. Poseía en grado superlativo las cualidades de la destreza y
de la sangre fría, de la audacia y de la astucia. Muy maligna tenía que ser una
ballena, singularmente astuto debía ser un cachalote, para que pudiera escapar
a su golpe de arpón.
Ned Land tenía unos cuarenta
años de edad. Era un hombre de elevada estatura -más de seis pies ingleses‑ y de robusta complexión.
Tenía un aspecto grave y era poco comunicativo, violento a veces y muy colérico
cuando se le contrariaba. Su persona llamaba la atención, y sobre todo el poder
de su mirada que daba un singular acento a su fisonomía.
Creo que el comandante
Farragut había estado bien inspirado al contratar a este hombre que, por su
ojo y su brazo, valía por toda la tripulación. No puedo hallarle mejor comparación
que la de un potente telescopio que fuese a la vez un cañón.
Quien dice canadiense dice
francés y, por poco comunicativo que fuese Ned Land, debo decir que me cobró
cierto afecto, atraído quizá por mi nacionalidad. Era para él una ocasión de
hablar, como lo era para mí de oír, esa vieja lengua de Rabelais todavía en
uso en algunas provincias canadienses. La familia del arponero era originaria
de Quebec, y formaba ya una tribu de audaces pescadores en la época en que esa
tierra pertenecía a Francia.
Poco a poco, Ned se aficionó
a hablar conmigo. A mí me gustaba mucho oírle el relato de sus aventuras en los
mares polares. Narraba sus lances de pesca y sus combates, con una gran poesía
natural. Sus relatos tomaban una forma épica que me llevaba a creer estar
oyendo a un Homero canadiense cantando la Ilíada de las regiones hiperbóreas.
Describo ahora a este audaz
compañero tal como lo conozco actualmente. Somos ahora viejos amigos, unidos
por la inalterable amistad que nace y se cimenta en las pruebas difíciles. ¡Ah,
mi buen Ned! Sólo pido vivir aún cien años más para poder recordarte más
tiempo.
¿Cual era la opinión de Ned
Land sobre la cuestión del monstruo marino? Debo confesar que no creía apenas
en el unicornio y que era el único a bordo que no compartía la convicción
general. Induso evitaba hablar del tema, sobre el que le abordé un día. Era el
30 de julio, es decir, a las tres semanas de nuestra partida, y la fragata se
hallaba a la altura del cabo Blanco, a treinta millas a sotavento de las costas
de la Patagonia.
Habíamos pasado ya el trópico de Capricornio, y el estrecho
de Magallanes se abría a menos de setecientas millas al sur. Antes de ocho
días, el Abraham Lincoln se hallaría
en aguas del Pacífico.
Hacía una magnífica tarde, y
sentados en la toldilla hablábamos Ned Land y yo de unas y otras cosas,
mientras mirábamos el mar misterioso cuyas profundidades han permanecido
hasta aquí inaccesibles a los ojos del hombre. Llevé naturalmente la
conversación al unicornio gigantesco, y me extendí en consideraciones sobre las
diversas posibilidades de éxito o de fracaso de nuestra expedición. Luego, al
ver que Ned Land me dejaba hablar, le ataqué más directamente.
‑¿Cómo es posible, Ned, que
no esté usted convencido de la existencia del cetáceo que perseguimos? ¿Tiene
usted razones particulares para mostrarse tan incrédulo?
El arponero me miró durante
algunos instantes antes de responder, se golpeó la frente con la mano, con un
gesto que le era habitual, cerró los ojos como para recogerse y dijo, al fin:
‑Quizá, señor Aronnax.
‑Sin embargo, Ned, usted que
es un ballenero profesional, usted que está familiarizado con los grandes
mamíferos marinos, usted cuya imaginación debería aceptar fácilmente la
hipótesis de cetáceos enormes, parece el menos indicado... debería ser usted
el último en dudar, en semejantes circunstancias.
‑Se equivoca, señor
profesor. Pase aún que el vulgo crea en cometas extraordinarios que atraviesan
el espacio o en la existencia de monstruos antediluvianos que habitan el interior
del globo, pero ni el astrónomo ni el geólogo admitirán tales quimeras. Lo
mismo ocurre con el ballenero. He perseguido a muchos cetáceos, he arponeado
un buen número de ellos, he matado a muchos, pero por potentes y bien armados
que estuviesen, ni sus colas ni sus defensas hubieran podido abrir las
planchas metálicas de un vapor.
‑Y, sin embargo, Ned, se ha
demostrado que el narval ha conseguido atravesar con su diente barcos de parte
a parte.
‑Barcos de madera, quizá, es
posible, aunque yo no lo he visto nunca. Así que hasta no tener prueba de lo
contrario, yo niego que las ballenas, los cachalotes o los unicornios puedan
producir tal efecto.
‑Escuche, Ned...
‑No, señor profesor, no.
Todo lo que usted quiera, excepto eso. ¿Quizá un pulpo gigantesco?
‑Aún menos, Ned. El pulpo no
es más que un molusco, y ya esto indica la escasa consistencia de sus carnes.
Aunque tuviese quinientos pies de longitud, el pulpo, que no pertenece a la
rama de los vertebrados, es completamente inofensivo para barcos tales como el
Scotia o el Abraham Lincoln. Hay que relegar al
mundo de la fábula las proezas de los krakens
u otros monstruos de esa especie.
‑Entonces, señor naturalista
‑preguntó Ned Land con un tono irónico-, ¿persiste usted en admitir
la existencia de un enorme cetáceo?
‑Sí, Ned, se lo repito con
una conviccion que se apoya en la lógica de los hechos. Creo en la existencia
de un mamífero, poderosamente organizado, perteneciente a la rama de los
vertebrados, como las ballenas, los cachalotes o los delfines, y provisto de
una defensa córnea con una extraordinaria fuerza de penetración.
‑¡Hum! ‑dijo el arponero,
moviendo la cabeza con el ademán de un hombre que no quiere dejarse convencer.
‑Y observe, mi buen
canadiense, que si tal animal existe, si habita las profundidades del océano,
si frecuenta las capas líquidas situadas a algunas millas por debajo de la
superficie de las aguas, tiene que poseer necesariamente un organismo cuya
solidez desafíe a toda comparación.
‑Y ¿por qué un organismo tan
poderoso? ‑preguntó Ned. ‑Porque hace falta una fuerza incalculable para mantenerse
en las capas profundas y resistir a su presión.
‑¿De veras? ‑dijo Ned, que
me miraba con los ojos entrecerrados.
‑Ciertamente, y algunas
cifras se lo probarán fácilmente.
‑¡Oh, las cifras! ‑replicó
Ned‑. Se hace lo que se quiere con las cifras.
‑En los negocios, sí, Ned,
pero no en matemáticas. Escuche. Admitamos que la presión de una atmósfera
esté representada por la presion de una columna de agua de treinta y dos pies
de altura. En realidad, la altura de la columna sería menor, puesto que se
trata de agua de mar cuya densidad es superior a la del agua dulce. Pues bien,
cuando usted se sumerge, Ned, tantas veces cuantas descienda treinta y dos
pies soportará su cuerpo una presión igual a la de la atmósfera, es decir, de
kilogramos por cada centímetro cuadrado de su superficie. De ello se sigue que
a trescientos veinte pies esa presión será de diez atmósferas, de cien
atmósferas a tres mil doscientos pies, y de mil atmósferas, a treinta y dos mil
pies, es decir a unas dos leguas y media. Lo que equivale a decir que si
pudiera usted alcanzar esa profundidad en el océano, cada centímetro cuadrado
de la superficie de su cuerpo sufriría una presión de mil kilogramos. ¿Y sabe
usted, mi buen Ned, cuántos centímetros cuadrados tiene usted en superficie?
‑Lo ignoro por completo,
señor Aronnax.
‑Unos diecisiete mil,
aproximadamente.
‑¿Tantos? ¿De veras?
‑Y, como, en realidad, la
presión atmosférica es un poco superior al peso de un kilogramo por centímetro
cuadrado, sus diecisiete mil centímetros cuadrados están soportando ahora una
presión de diecisiete mil quinientos sesenta y ocho kilogramos.
‑¿Sin que yo me dé cuenta?
‑Sin que se dé cuenta. Si
tal presión no le aplasta a usted es porque el aire penetra en el interior de
su cuerpo con una presión igual. De ahí un equilibrio perfecto entre las presiones
interior y exterior, que se neutralizan, lo que le permite soportarla sin
esfuerzo. Pero en el agua es otra cosa.
‑Sí, lo comprendo ‑respondió
Ned, que se mostraba más atento‑. Porque el agua me rodea y no me penetra.
-Exactamente, Ned. Así,
pues, a treinta y dos pies por debajo de la superficie del mar sufriría usted
una presión de diecisiete mil quinientos sesenta y ocho kilogramos; a trescientos
veinte pies, diez veces esa presión, o sea, ciento setenta y cinco mil
seiscientos ochenta kilogramos; a tres mil doscientos pies, cien veces esa
presión, es decir, un millón setecientos cincuenta y seis mil ochocientos
kilogramos; y a treinta y dos mil pies, mil veces esa presión, o sea diecisiete
millones quinientos sesenta y ocho mil kilogramos. En una palabra, que se
quedaría usted planchado como si le sacaran de una apisonadora.
-¡Diantre! ‑exclamó Ned.
‑Pues bien, mi buen Ned, si
hay vertebrados de varios centenares de metros de longitud y de un volumen
proporcional que se mantienen a semejantes profundidades, con una superficie
de millones de centímetros cuadrados, calcule la presión que resisten en miles
de millones de kilogramos. Calcule usted cuál debe ser la resistencia de su
armazón ósea y la potencia de su organismo para resistir a tales presiones.
‑Deben estar fabricados ‑respondió
Ned Land‑ con planchas de hierro de ocho pulgadas, como las fragatas acorazadas.
‑Como usted dice, Ned.
Piense ahora en los desastres que puede producir una masa semejante lanzada con
la velocidad de un expreso contra el casco de un buque.
‑Sí ... , en efecto .... tal
vez ‑respondió el canadiense, turbado por esas cifras, pero sin querer
rendirse.
‑Pues bien, ¿le he
convencido?
‑Me ha convencido de una
cosa, señor naturalista, y es de que si tales animales existen en el fondo de
los mares deben necesariamente ser tan fuertes como dice usted.
‑Pero si no existen,
testarudo arponero, ¿cómo se explica usted el accidente que le ocurrió al
Scotia?
‑Pues ... porque... ‑dijo
Ned, titubeando.
‑¡Continúe!
‑Pues, ¡porque... eso no es
verdad! ‑respondió el canadiense, repitiendo, sin saberlo, una célebre
respuesta de Arago.
Pero esta respuesta probaba
la obstinación del arponero y sólo eso. Aquel día no le acosé más. El accidente
del Scotia no era negable. El agujero existía, y había habido que colmarlo. No
creo yo que la existencia de un agujero pueda hallar demostración más
categórica. Ahora bien, ese agujero no se había hecho solo, y puesto que no
había sido producido por rocas submarinas o artefactos submarinos, necesariamente
tenía que haberlo hecho el instrumento perforante de un animal.
Y en mi opinión, y por todas
las razones precedentemente expuestas, ese animal pertenecía a la rama de los
vertebrados, a la clase de los mamíferos, al grupo de los pisciformes, y,
finalmente, al orden de los cetáceos. En cuanto a la familia en que se
inscribiera, ballena, cachalote o delfín, en cuanto al género del que formara
parte, en cuanto a la especie a que hubiera que adscribirle, era una cuestión a
elucidar posteriormente. Para resolverla había que disecar a ese monstruo
desconocido; para disecarlo, necesario era apoderarse de él; para apoderarse de
él, había que arponearlo (lo que competía a Ned Land); para arponearlo, había
que verlo (lo que correspondía a la tripulación), y para verlo había que encontrarlo
(lo que incumbía al azar).
Capítulo V: ¡A la aventura!.
Ningún incidente marcó
durante algún tiempo el viaje del Abraham
Lincoln, aunque se presentó una circunstancia que patentizó la maravillosa
habilidad de Ned Land y mostró la confianza que podía depositarse en él.
A lo largo de las Malvinas,
el 30 de junio, la fragata entró en comunicación con unos balleneros
norteamericanos, que nos informaron no haber visto al narval. Pero uno de
ellos, el capitán del Monroe, conocedor
de que Ned Land se hallaba a bordo del Abraham
Lincoln, requirió su ayuda para cazar una ballena que tenían a la vista.
Deseoso el comandante Farragut de ver en acción a Ned Land, le autorizó a subir
a bordo del Monroe. Y el azar fue tan
propicio a nuestro canadiense que en vez de una ballena arponeó a dos con un
doble golpe, asestándoselo a una directamente en el corazón. Se apoderó de la
otra después de una persecución de algunos minutos. Decididamente, si el
monstruo llegaba a habérselas con el arpón de Ned Land, no apostaría yo un
céntimo por el monstruo.
La fragata corrió a lo largo
de la costa sudeste de América con una prodigiosa rapidez. El 3 de julio nos
hallábamos a la entrada del estrecho de Magallanes, a la altura del cabo de las
Vírgenes. Pero el comandante Farragut no quiso adentrarse en ese paso sinuoso
y maniobró para doblar el cabo de Hornos, decisión que mereció la unánime
aprobación de lo tripulación, ante la improbabilidad de encontrar al narval en
ese angosto estrecho. Fueron muchos los marineros que opinaban que el montruo
no podía pasar por él, que «era demasiado grande para eso».
El 6 de julio, hacia las
tres de la tarde, el Abraham Lincoln doblaba
a quince millas al sur ese islote solitario, esa roca perdida en la extremidad
del continente americano, al que los marinos holandeses impusieron el nombre de
su ciudad natal, el cabo de Hornos. Se enderezó el rumbo al Noroeste y, al día
siguiente, la hélice de la fragata batía, al fin, las aguas del Pacífico.
‑¡Abre el ojo! ¡Abre el ojo!
‑repetían los marineros del Abraham
Lincoln.
Y los abrían
desmesuradamente. Los ojos y los catalejos, un poco deslumbrados, cierto es,
por la perspectiva de los dos mil dólares, no tuvieron un instante de reposo.
Día y noche se observaba la superficie del océano. Los nictálopes, cuya
facultad de ver en la oscuridad aumentaba sus posibilidades en un cincuenta
por ciento, jugaban con ventaja en la conquista del premio.
No era
yo el menos atento a bordo, sin que me incitara a ello el atractivo del dinero.
Concedía tan sólo algunos minutos a las comidas y algunas horas al sueño para,
indiferente al sol o a la lluvia, pasar todo mi tiempo sobre el puente. Unas
veces inclinado sobre la batayola del castillo y otras apoyado en el
coronamiento de popa, yo devoraba con ávida mirada la espumosa estela que
blanqueaba el mar hasta el límite de la mirada. ¡Cuántas veces compartí la
emoción del estado mayor y de la tripulación cuando una caprichosa ballena
elevaba su oscuro lomo sobre las olas! Cuando eso sucedía, se poblaba el
puente de la fragata en un instante. Las escotillas vomitaban un torrente de
marineros y oficiales, que, sobrecogidos de emoción, observaban los movimientos
del cetáceo. Yo miraba, miraba hasta agotar mi retina y quedarme ciego, lo que
le hacía decirme a Conseil, siempre flemático, en tono sereno:
‑Si el señor forzara menos
los ojos, vería mejor.
¡Vanas emociones aquellas!
El Abraham Lincoln modificaba su rumbo en persecución del animal
señalado, que resultaba ser una simple ballena o un vulgar cachalote que
pronto desaparecían entre un concierto de imprecaciones.
El tiempo continuaba siendo
favorable y el viaje iba transcurriendo en las mejores condiciones. Nos
hallábamos entonces en la mala estación austral, por corresponder el mes de
julio de aquella zona al mes de enero en Europa, pero la mar se mantenía
tranquila y se dejaba observar fácilmente en un vasto perímetro.
Ned Land
continuaba manifestando la más tenaz incredulidad, hasta el punto de mostrar
ostensiblemente su desinterés por el examen de la superficie del mar cuando no
estaba de servicio o cuando ninguna ballena se hallaba a la vista. Y, sin
embargo, su maravillosa potencia visual nos hubiera sido muy útil. Pero de
cada doce horas, ocho por lo menos las pasaba el testarudo canadiense leyendo o
durmiendo en su camarote. Más de cien veces le reconvine por su indiferencia.
‑¡Bah! ‑respondía‑, no hay
nada, señor Aronnax, y aunque existiese ese animal, ¿qué posibilidades tenemos
de verlo, corriendo, como lo estamos haciendo, a la aventura? Se ha dicho que
se vio a esa bestia en los altos mares del Pacífico, lo que estoy dispuesto a
admitir, pero han pasado ya más de dos meses desde ese hallazgo, y a juzgar por
el temperamento de su narval no parece gustarle enmohecerse en los mismos
parajes. Parece estar dotado de una prodigiosa facilidad de desplazamiento. Y
usted sabe mejor que yo, señor profesor, que la naturaleza no hace nada sin
sentido; por eso, no habría dado a un animal lento por constitución la facultad
de moverse rápidamente si no tuviera la necesidad de utilizar esa facultad.
Luego, si la bestia existe, debe estar ya lejos.
No sabía yo qué responder a
tal argumentación. Era evidente que íbamos a ciegas. Pero ¿cómo podríamos
proceder de otro modo? Cierto que nuestras probabilidades eran muy limitadas.
Pese a todo, nadie a bordo dudaba todavía del éxito, y no había un marinero
dispuesto a apostar contra la próxima aparición del narval.
El 20 de julio atravesamos
el trópico de Capricornio a 1050 de longitud, y el 27 del mismo mes,
el ecuador, por el meridiano 110. La fragata tomó entonces una más decidida
dirección hacia el Oeste, hacia los mares centrales del Pacífico. El comandante
Farragut pensaba, con fundamento, que era mejor frecuentar las aguas profundas
y alejarse de los continentes y de las islas, cuyas proximidades parecía haber
evitado siempre el animal, «sin duda porque no había demasiada agua para él»,
decía el contramaestre. La fragata pasó, pues, a lo largo de las islas Pomotú,
Marquesas y Sandwich, cortó el trópico de Cáncer a 1320 de longitud
y se dirigió hacia los mares de China.
Por fin nos hallábamos en el
escenario de la última aparición del monstruo. A partir de entonces puede
decirse que ya no se vivía a bordo. Los corazones latían furiosamente,
incubando futuros aneurismas incurables. La tripulación entera sufría una
sobreexcitación nerviosa de la que yo no podría dar una pálida idea. No se
comía ni se dormía. Veinte veces al día, un error de apreciación, una ilusión
óptica de algún marinero encaramado a una cofa, causaban un súbito alboroto, y
estas emociones, veinte veces repetidas, nos mantenían en un estado de eretismo
demasiado violento para no provocar una próxima recesión. Y, en efecto, la reacción
no tardó en producirse. Durante tres meses, tres meses de los que cada día
duraba un siglo, el Abraham Lincoln surcó todos los mares
septentrionales del Pacífico, corriendo tras de las ballenas señaladas, procediendo
a bruscos cambios de rumbo, virando súbitamente de uno a otro bordo, parando
repentinamente sus máquinas, forzando o reduciendo el vapor alternativamente,
con riesgo de desnivelar su maquinaria, y sin dejar un punto inexplorado desde
las costas del Japón a las de América. ¡Y nada! ¡Nada más que la inmensidad de
las olas desiertas! Nada que se asemejara a un narval gigantesco, ni a un
islote submarino, ni a un resto de naufragio, ni a un escollo fugaz ni a nada
sobrenatural.
La previsible reacción a
tanto entusiasmo baldío se produjo inevitablemente. El desánimo se apoderó de
todos y abrió una brecha a la incredulidad. Un nuevo sentimiento nos embargó a
todos, un sentimiento que se componía de tres décimas de vergüenza y siete
décimas de furor. Había que ser estúpidos para dejarse seducir por una quimera,
y esta reflexión aumentaba nuestro furor. Las montañas de argumentos
acumulados desde hacía un año se derrumbaban lamentablemente. Cada uno pensaba
ya únicamente en desquitarse, en las horas del sueño y de las comidas, del
tiempo que había sacrificado tan estúpidamente.
Con la versatdidad inherente
al espíritu humano, se pasó de un exceso al extremadamente opuesto. Los más
fervientes partidarios de la empresa se convirtieron fatalmente en sus más
ardientes detractores. La reacción subió desde los fondos del navío, desde los
puestos de los pañoleros hasta los de la oficialidad, y, ciertamente, sin la
muy particular obstinación del capitán Farragut, la fragata hubiese puesto
definitivamente proa al Sur.
Sin embargo, no podía
prolongarse mucho más tiempo esa búsqueda inútil. El Abraham Lincoln no tenía nada que reprocharse, pues había hecho
todo lo posible por lograrlo. Nunca una tripulación de un buque de la marina
norteamericana había dado más muestras de celo y de paciencia, y en ningún
caso podía imputársele la responsabilidad de fracaso. Ya no quedaba más que
regresar, y así se le comunicó al comandante, quien se mantuvo firme en su
intención de persistir en su empeño. Los marineros no ocultaron entonces su
descontento, de lo que se resintió el servicio, sin que ello quiera decir que
se produjese una rebelión a bordo. Después de un razonable período de
obstinación, el comandante Farragut, al igual que Colón en otro tiempo, pidió
tres días de paciencia. Si en ese plazo no apareciera el monstruo, el timonel
daría tres vueltas de rueda y el Abraham
Lincoln pondría rumbo a los mares de Europa.
Tal promesa fue hecha el 2
de noviembre, y tuvo por resultado inmediato reanimar a la abatida tripulación.
De nuevo volvió a escrutarse el horizonte con la mayor atención, empeñados
todos y cada uno en consagrarle esa última mirada en la que se resume el
recuerdo. Se apuntaron los catalejos al horizonte con una ansiedad febril. Era
el supremo desafío al gigantesco narval, y éste no podía razonablemente dejar
de responder a esta convocatoria de «comparecencia».
Transcurrieron los dos
primeros días. El Abraham Lincoln navegaba
a presión reducida. Se emplearon todos los medios posibles para llamar la
atención o para estimular la apatía del animal, en el supuesto de que se
hallase en aquellos parajes. Se echaron al mar, a la rastra, enormes trozos de
tocino, para la mayor satisfacción de los tiburones, debo decirlo. Se echaron
al agua varios botes para explorar en todas direcciones, en un amplio radio de
acción, el mar en torno al Abraham
Lincoln, dejado al pairo. Pero la noche del 4 de noviembre llegó sin que
se hubiera desvelado el misterio submarino.
Al día siguiente, 5 de
noviembre, expiraba a mediodía el plazo de rigor. Tras fijar la posición, el
comandante Farragut, fiel a su promesa, debía poner rumbo al Sudeste y abandonar
definitivamente las regiones septentrionales del Pacífico.
La fragata se hallaba
entonces a 310 15' de latitud Norte y 1360 42' de
longitud Este. Las tierras del Japón distaban menos de doscientas millas a
sotavento. Se acercaba ya la noche, acababan de dar las ocho. Grandes
nubarrones velaban el disco lunar, entonces en su primer cuarto. La mar ondulaba
apaciblemente bajo la roda de la fragata. Yo me hallaba a proa, apoyado en la
batayola de estribor. A mi lado, Consed miraba el horizonte. La tripulación,
encaramada a los obenques, escrutaba el horizonte que iba reduciéndose y
oscureciéndose poco a poco. Los oficiales escudriñaban la creciente oscuridad
con sus catalejos de noche. De vez en cuando el oscuro océano resplandecía
fugazmente bajo un rayo de luna entre dos nubes. Luego, el rayo de luz se
desvanecía de nuevo en las tinieblas.
Observando a Conseil, creí
ver que el buen muchacho se había dejado contagiar un poco del estado de ánimo
general. Quizá y por vez primera sus nervios vibraban bajo el sentimiento de
la curiosidad.
‑Vamos, Conseil ‑le dije‑,
ésta es la última ocasión de embolsarse dos mil dólares.
-Permítame el señor decirle
que en ningún momento he contado con esa prima, y que aunque se hubieran
ofrecido cien mil dólares no por eso se hubiera visto más pobre el gobierno de
la Unión.
-Tienes razón, Conseil.
Después de todo, es una estúpida aventura, y nos hemos lanzado a ella con una
excesiva ligereza. ¡Cuánto tiempo perdido y cuántas emociones inútiles!
¡Pensar que hace ya seis meses que podíamos estar en Francia!
‑En la casa del señor, en el
museo del señor. Y yo tendría ya clasificados los fósiles del señor. El
babirusa del señor estaría ya instalado en su jaula del jardín de Plantas, y
sería la atracción de todos los curiosos de la capital.
‑Así es, Conseil. Y lo que
es más, así me lo temo, la gente va a burlarse de nosotros.
‑En efecto ‑respondió muy
tranquilamente Conseil‑. Creo que van a burlarse del señor. Y ¿puedo permitirme
decir que ... ?
‑Puedes permitírtelo,
Conseil.
‑Pues bien, que el señor se
lo tiene merecido.
‑¿De veras?
‑Cuando se tiene el honor de
ser un sabio como el señor, no se puede exponer uno a...
Conseil no pudo acabar su
frase. En medio del silencio, se oyó una voz. La de Ned Land. Y la voz de Ned
Land gritaba:
Descarga los archivos PDF al final de la entrada para seguir leyendo "Veinte mil leguas de viaje submarino"
Mundo Literatura - Comunidad Literaria
Lester Knight: ¡Saludos Desterrados!. Después de unos días en los que no he podido actualizar el blog como desearía, regreso con la mejor literatura para vuestro entretenimiento y diversión, compartiendo uno de los grandes clásicos de la literatura universal juvenil libre de derechos de autor: Veinte mil leguas de viaje submarino, del gran Julio Verne.
Una de las novelas que marco a fuego mi infancia y despertó mi interés por la fantasía. Un viaje irrepetible donde las aventuras, las emociones, los personajes carismáticos y su condición humana, nos transportan a una experiencia que nadie debería dejar de leer, al menos, una vez en la vida.
Espero que disfrutéis de la novela tanto como yo al leerla.
PD: He dividido la novela en las dos partes originales a fin de no sobrepasar el espacio límite de los archivos adjuntos.
¡Un Saludo a todos los Desterrados!
5 Comentarios:
Novela Clásica e imprescindible
19 de Septiembre de 2008 • 17:07 — MorgennesPersonalmente son libros de obligada lectura, fantasía, aventuras... para un niño de unos 8 años, quizá 9, es lo mejor para empezar a introducirle en la literatura más seria. No son libros de virguerías ni recursos rebuscados, dejan volar tu imaginación, te imaginas a ti mismo en el centro de la tierra o en las profunidades...
Julio Verne fue uno de mis primeros escritores favoritos, ya pasó esa etapa, la cual recuerdo con cariño y conservo, ahora estoy perido en la ciencia ficción, mi género literario y cinéfilo por excelencia..., en breve haré una recomendación cinéfila de una de mis películas favoritas ¿Quién la adivina?.
En definitiva, enorme trabajo el traernos este clásico indispensable, mágico e increíble, Lester, carisma por todos los costados, emoción, deja volar tu imaginación.
Un saludo y ánimo, y 5 estrellas por traernos la literatura de calidad.
Es una novela increíble.
19 de Septiembre de 2008 • 17:34 — Lester KnightMe fascinó tanto que soñé buena parte de mi infancia con ser el Capitán Nemo, y surcar los mares libre bajo mis propias reglas. Incluso llegue a construir mi propia versión del Nautilus en Mecano. Es una época de la que guardo un gran recuerdo, y de las que más me ha influido a la hora de hacerme escritor.
Lo bueno es que el libro se puede seguir leyendo de adulto. Sin ser la sorpresa tan grande, tampoco desmerece en absoluto.
PD: Ya tengo ganas de ver publicada esa recomendación cinéfila.
¡Ánimo con tu proyecto!
¡Un saludo a todos!
Julio Verne es uno de mis
20 de Septiembre de 2008 • 06:43 — MarkovJulio Verne es uno de mis autores favoritos, esta obra junto a Miguel Strogoff son las que más me han gustado, tiene esa chispa de fantasía tán soberbia como imperdible entre los lectores ávidos.
Bioshock me recuerda un poco a Veinte Mil leguas de viaje submarino.
Saludos
Fantastico
20 de Septiembre de 2008 • 16:12 — primus rainstarMi obra favorita de uno de mis autores favoritos. Uno de los libros que mas disfrute de niño. Recuerdo que cuando empece a leerla me habia devorado como 10 capitulos sin darme cuenta. Nemo es un personaje interesante como pocos y el nautilus mola.
Veo que a todos nos ha encantado la gran novela de Julio Verne.
20 de Septiembre de 2008 • 15:26 — Lester KnightMás motivos para los indecisos a dar el paso de descubrirla por sí mismos.
Gracias markov y primus rainstar por vuestras aportaciones. Entre todos vamos a conseguir que la novela la lea más gente.
¡Un saludo!