3 de Septiembre de 2010
Mar
19

El Sombrío Despertar

Escalaba la montaña de la isla flotante desnudo, saltando entre las cornisas de roca impulsado por las alas que batía con frenesí, jadeaba, cubierto de sudor, los pulmones le ardían y los músculos acusaban el esfuerzo continuo, pero nada de eso le importaba. Quería coronar la cima para contemplar con sus propios ojos lo que, en el fondo de su corazón, ya sabía.

Ya estaba cerca de la cumbre cuando, de pronto, se encontró con una elevada pared sin puntos de apoyo. Impaciente, alzó el vuelo con las fuerzas que le restaban. La ventisca le obligó a cruzar el umbral de sus límites para no verse arrastrado al abismo, pero finalmente logró alcanzar la cima, y exhausto, aterrizó de rodillas. Apenas se permitió recuperar el aliento, se incorporó y entonces la vio.

Frente a él, en los cielos se extendía una isla flotante continental cuyo perímetro era rodeado por otras islas menores a diferentes alturas. La cima desde donde la contemplaba era equiparable a la altura de la principal en su superficie, a la que superaba por poco. A lo lejos, cerca del centro, más allá de los desiertos, ruinas y verdes prados, se extendía una majestuosa ciudad blanca edificada sobre un lago sangriento que dibujaba las calles entre los edificios.

El esplendor de sus construcciones hacía de la menor de las casas un auténtico palacio de mármol blanco, las fachabadas estaban decoradas por relieves e imponentes estatuas, y de ventanas singulares recubiertas por complejas piezas de metal. Llegaban a extenderse más allá de donde alcanzaba la vista, dispuestas alrededor de los grandes templos, torres monumentales altísimas que desafiaban los cielos. Sobre el centro de la ciudad había una isla flotante capital. Un palacio esférico colosal con una gran abertura circular en la parte superior e inferior, alrededor del cual giraban islas flotantes menores con castillos en forma de rombo, que extendían su fachada hasta la corteza inferior de la isla.

Contempló la ciudad bajo el sol del mediodía, brillaba en un cielo despejado de nubes con cinco lunas visibles de diferentes colores y tamaños. Las fachadas de mármol blanco reflejaban un resplandor rojizo del lago seductor. Las variaciones arquitectónicas revelaban una ciudad de miles de años en pleno esplendor.

En el centro de la ciudad, bajo la esfera, miró entre las torres la plaza central. Una explanada circular de kilómetros de diámetro, bordeada por columnas gigantescas que culminaban en arcos de medio punto sobre los que descansaba un gran anillo en mármol blanco decorado con solemnidad.

La contemplaba en busca de respuestas y de pronto, sintió su corazón detenerse por la fuerte impresión de vacío que sacudió su alma. Quiso gritar, pero no encontró aire en sus pulmones.

En el centro de la plaza se produjo una explosión que devastó la ciudad por completo. Una cegadora esfera blanca se expandió en un parpadeo y superó el margen de la ciudad devorando incluso sus castillos flotantes. En la superficie se generó una ola salvaje de polvo gris pálido, que avanzaba a cientos de metros por segundo directa a él.

Consciente de que el sentido de su existencia había muerto con la ciudad, permaneció inmóvil a la espera de la ola, una bestia puesta en marcha, que avanzaba precedida por un estruendo ensordecedor. Ante la cercanía de la cual cerró los ojos y abrió los brazos para recibirla.

Impactó contra él con una violencia desmesurada. Fue arrastrado por los aires al interior de la corriente. El calor llegado de la explosión lo abrasó. El dolor, unido a la fuerza centrifuga de seguir girando dentro de la bestia, le hizo perder el sentido.

Despertó unos segundos después por la fuerte sensación de caída, contrastada con el frío de haber salido del crematorio. Abrió los ojos y vio sus propias alas en llamas. Apenas le quedaban unos jirones de carne y plumas sobre los cartílagos que también se le desprendían. Tres cuartas partes de su piel permanecían intactas, el resto era carne carbonizada lamida por las llamas.

La fuerza de la ola golpeó la isla con tal fuerza que, herida de muerte, la inclinó en vertical propiciando su caída de los cielos. La cara de la montaña desde la que contempló la ciudad era lamida por la ola, cada vez veía más lejos la cima, inmerso en un vertiginoso descenso al abismo sin control. Él caía ya por la superficie ceniza del valle anterior, cuyos bosques y verdes prados habían sido calcinados. Apenas quedaban en pie algunos árboles solitarios carbonizados aún humeantes.

A través de los huecos entre las capas de nubes, vio a lo lejos otras islas flotantes menores en una situación similar precipitarse al abismo, cubiertas en sus propias cortinas de humo. Un espasmo de dolor le sacudió al sentir carne y hueso desprenderse de la espalda, sin comprender hasta ver los cartílagos de sus alas distanciarse de él, al planear ligeramente arrastradas por los vientos.

Agotado de vivir hizo un esfuerzo final por juntar las piernas rectas y los puños cruzados contra el pecho. Cerró los ojos y aguardó su final. Muy lejos, más allá de toda medida, el sol que nació con él en los albores de la creación se extinguió.

Recobró la consciencia sorprendido de conservar el cuerpo unido al alma. El cielo de islas flotantes era una silueta distante, oculta por la última capa de nubes a cientos de kilómetros de altura. La luz daba paso a la oscuridad. Se dio la vuelta para observar su destino, el abismo. Una esfera negra sin fin en el horizonte de un diámetro incalculable, que separaba ambas dimensiones, cubierta por un manto de grietas que se extendían por toda la superficie, de las cuales brotaba desde las profundidades una fuente de luz azul oscuro, que llegaba a reflejarse en la capa de nubes que había dejado atrás con su vida.

Según las distancias se reducían, las pequeñas grietas se ensancharon hasta dar cabida a una luna. Su caída en el interior era inevitable, mas no trató de impedirlo. Abrazó el destino que le había sido designado, de momento. Al aproximarse a la grieta pudo ver que los bordes que la definían se perdieron en el horizonte. Al penetrar en ella descubrió que las paredes eran una masa orgánica negra iluminada por la fuente de luz azul oscura del interior, cuyo centro era de una oscuridad insondable tan profunda que no se atrevió a contemplarla directamente.

Continuó su caída hasta perder la noción del tiempo. Privado de un sol o necesidades mortales que marcaran su transcurso. La única señal era la progresiva cercanía de los bordes, a veces tan lenta que estaban cada vez más cerca uno del otro tan lentamente, que le daba la impresión de volver atrás o permanecer en el mismo punto, hasta que después de una eternidad la nueva cercanía era indudable, a pesar de los cientos de kilómetros que aún separaban los bordes.

Tras un agónico descenso de varias vidas, la distancia entre los bordes pasó a ser de unos cientos de metros. Entonces, pese a la velocidad, observó que la materia orgánica que los formaba se movía lentamente mediante impulsos. Esto reveló varias capas independientes de una transparencia variable, que terminaba por ser impenetrable.

Las paredes uniformes dieron paso a siniestras hendiduras con frecuencia, fruto del movimiento de las capas, que formaban balcones naturales con un techo de apéndices de entre varios a decenas de metros. La primera vez que vio un cuerpo alado estrellado contra un balcón se sorprendió. Luego paso a ser la auténtica medida del paso del tiempo. Comprendió lo premeditado del acto de arrojarse contra aquellos balcones, donde hallaban un descanso que no terminaba de llegar, evitando descubrir qué había después de la caída, tal vez un nuevo comienzo de un dolor insoportable. Pero él, ante el paso a la verdadera estrechez de la grieta, se movió de nuevo por primera vez desde el principio de la caída para no estrellarse. Había perdido sus recuerdos, excepto los de la explosión de la ciudad, que revivía una y otra vez. Tenía la certeza de que seguía allí por un motivo relacionado con ambos sucesos y pensaba averiguarlo.

Cuando apenas le separaban diez metros de ambos bordes, descubrió horrorizado la existencia de ojos inhumanos negros entre los pliegues transparentes dibujados por el reflejo de la luz en rostros demasiado distorsionados para discernir su forma. El eco de aullidos amortiguados por las paredes al principio le hizo dudar de sí era fruto de su mente, pero eran criaturas atrapadas en las cavidades de la grieta. Ante el pensamiento de poder terminar así se situó en posición vertical por completo, para acelerar su descenso.

La oscuridad terminó por adueñarse de la estrecha grieta, cuya proximidad podía sentir contra su piel por el sonido del viento que se cortaba en las paredes. Casi privado de luz no se atrevió a moverse ni lo más mínimo, pues era consciente de que el menor error sería fatal. Aceptó el pensamiento a la espera de un desenlace.

Sin previo aviso, una fuerza desconocida implacable se introdujo en él y antes de que pudiera reaccionar tiro de él hacía abajo. Tal fue la presión ejercida que aceleró hasta llegar a un punto que, debido al contraste entre la fuerza y el viento que cortaba su cuerpo fue inmovilizado por ambas energías. Segundo a segundo, continuó aumentando la fuerza sobre él. Llegó a tal sensación de velocidad que escapo a su comprensión, hasta que un instante después la superaba de nuevo.

La Presencia que ejercía tal fuerza sobre él cruzó la última línea cuando por la aceleración le separó de su propio cuerpo. Lo vio durante un parpadeo vuelto de espaldas. Atónito, le tendió la mano atemorizado. Se quedó perplejo conmocionado, la comprensión le llegó por el brillo pálido que dibujaba su figura, la consciencia había seguido en el alma. Su cuerpo era una vaga ilusión que no podía recordar, con él se fue incluso la percepción inconsciente de la pérdida completa de recuerdos que sufría. No le quedaba más que vacío en el interior del alma.

Seguía cayendo en un espacio abierto inundado de oscuridad, presa de La Presencia que le atraía sin remedio a una velocidad constante increíble, justo en el punto en que se había separado del cuerpo. Por los distantes rayos intermitentes, se imaginó que ahora caía por una especie de cielo abierto, en la oscuridad de un lugar que supo no era la primera vez que visitaba. Se esforzaba por recordar cuando un sonido imposible de olvidar traspasó su alma. Era un grito animal agudo de una intensidad y timbre desgarrador. Le horrorizó el mero hecho de imaginar la bestia capaz de generar semejante sonido.

Un rayo la dibujó parcialmente un instante por encima de él, era una bestia alada enorme que navegaba por los cielos con una furia terrible. Aún habiendo visto apenas una pequeña porción de la silueta supo del horror que ocultaba la oscuridad. Nada, ni siquiera en lo más profundo de sus recuerdos perdidos era semejante. Volvió a emitir su grito, sin poder evitar revivirlo al percibir la vibración de las alas cada vez más cerca de él, en una danza con un único final.

El oscuro fondo cobró luz de pronto. Se adentró en una espiral de niebla, en la que giraban alrededor de él cientos de imágenes animadas de su vida. Cuadros que visualizaban los recuerdos arrebatados, unos recuerdos que jamás regresarían. Desolado se dio cuenta que La Presencia, según le perseguía, los aniquilaba entre sus garras uno a uno. Aunque llegará a alcanzarlo por entonces carecería de importancia. Todo cuanto era sería destruido antes.

Por primera vez y con auténtica determinación se enfrentó a la fuerza implacable que lo atraía. Entonces, por la presión adicional que le llegó desde encima, supo que La Presencia, la bestia alada sobre él, era la fuente de la fuerza que lo impulsaba hacía la destrucción. Se resistió a ella sin lograr alterar la velocidad. Con un tremendo esfuerzo logró estirar la mano milímetro a milímetro, en una lucha que se prolongo eones hasta alcanzar una imagen.

Una cálida luz cegadora le transportó lejos de la oscuridad, a un lugar muy distinto. Flotaba por encima del suelo en medio de una puerta colosal, estaba en un templo de piedra gris de una escala que hacía al hombre insignificante. En el exterior había un porche con una fila de columnas inmensas, que sostenían a cientos de metros más arriba la parte exterior del techo. Tras él, un río de escalones escarpados conducían a un valle.

El cielo mostraba un atardecer naranja, salpicado por cientos de explosiones continuas en el horizonte. Se libraba una batalla en todo el mundo. Bajó la vista viendo entre los escalones un mar de hombres morenos alados, vestidos con una armadura roja ligera, masacrados, en un charco de su propia sangre que corría por los escalones

Desde el primer escalón hasta el fin del horizonte, toda la superficie del valle era una entidad viva en movimiento. Un ejército de millones de guerreros avanzaba paso a paso lentamente. Subían las escaleras camino del templo en silencio y con precaución. Las primeras filas hasta donde llegaba a ver con claridad eran una abominación. Criaturas mecánicas de figura humana de tres metros de altura, protegidas por una armadura pesada negra, con piezas menores plateadas por encima. Blandían espadas enormes de dos metros y escudos igual de grandes. Sus cascos impersonales le miraban fijamente con su único ojo rojo. Tenían el cuerpo cubierto de sangre que supo perfectamente de donde provenía.

Detrás de ellos había una horda de figuras humanas, o eso le pareció. Portaban armas y gritaban a las criaturas mecánicas que avanzaran. Estás empezaron a subir los escalones ágilmente en formación, dispuestas a luchar.

Unos pasos metálicos resonaron con estrépito desde el interior del templo, y por la acústica se escucharon en el exterior. El ejército entero se paralizó. Los pasos eran lentos, firmes y seguros. Tras un interminable minuto la figura pasó por debajo de él y se plantó en el porche para contemplar el horizonte a sus pies.

No encontró las palabras adecuadas para describir tan imponente criatura. Vestía una armadura negra pesada cargada de detalles macabros, de superficie irregular y elegante con relieves, figuras y símbolos grabados en ella en una composición muy compleja. El metal oscuro reluciente se dividía en pequeñas escamas plegadas unas sobre otras. Por los codos, la parte frontal exterior del hombro, cerca del cuello y la trasera del omoplato salían desde ellas apéndices. Afilados colmillos gruesos en la base de 30 centímetros de diámetro. El cuello de la armadura ocultaba la cabeza entera hasta la altura de la boca, salvo por la parte frontal. Ocultaba el rostro con una máscara plateada que no veía al darle la espalda, que le cubría por completo la cabeza, excepto por la parte de la nuca y el cuello. Por una abertura diagonal ascendente permitía la salida de una melena castaña oscura con hebras de plata que se perdía oculta bajo la gran capa negra de cuero grueso, que llegaba arrastrar por el suelo. Llevaba dos objetos en la espalda, cruzados en diagonal, de los que tan sólo era visible una pequeña parte. El izquierdo era un cetro de madera negra nudoso, coronado por una garra de tres apéndices que mantenía flotando en su interior sin tocarlo un orbe de veinte centímetros de diámetro, en cuyo interior había un mundo de miles de islas flotantes que giraban en torno a una pequeña esfera negra. Dicha esfera emitía un pequeño destello blanco que bañaba la figura del bastón. Por la derecha sobresalía la empuñadura negra de una espada siniestra cuyos detalles hablaban de poderes nacidos en la primera noche, con una hoja espectacular, que parecía forjada con el colmillo de una criatura ancestral. Emitía una oscuridad que devoraba la luz cercana a ella, que hacía de su verdadero aspecto una figura distorsionada.

Todo él irradiaba una sensación de muerte inminente a su alrededor. El ejército lo miraba nervioso, algunas criaturas de la primera fila avanzaban y retrocedían inquietas, sin atreverse a dar un verdadero paso adelante. Él lo dio, la fila cercana a él retrocedió tensa y alerta a cada paso suyo. Crearon un arco de espacio libre en torno a él, que llegó a las escaleras y continuó la marcha. El ejército se paralizó, los gritos de los humanos tras las criaturas las empujaron, rompieron la formación y se lanzaron en avalancha hacía él, que continuaba bajando escalón a escalón con una calma perturbadora.

Justo cuando se abalanzaban sobre él la imagen del recuerdo se distorsionó por el cercano grito de La Presencia. Revivió la visión de la bestia alada. Asustado, se separó del recuerdo y retornó a la realidad. Libre de la imagen del recuerdo, volvió a caer en el preciso instante en que unas garras terribles la sesgaron en pedazos frente a él. La Presencia volvió a gritar ese sonido agudo estremecedor enojada por su fracaso. Remontó el vuelo y se lanzó en picado directo a él. A su paso cortaba las imágenes con las afiladas alas sin perderle de vista. La fuerza implacable volvía a tirar de él. Incrementó la aceleración hasta el máximo anterior a pasos agigantados, pero no lo suficiente. La presencia le recortaba terreno rápidamente. Cada vez más cerca por primera vez, gracias al reflejo de los rayos en su carne se hizo una verdadera idea de su envergadura. A unos escasos metros de atraparlo ocupaba buena parte del cielo sobre él. La cabeza, fuente del grito estremecedor superaba en mucho su propio tamaño. Sin esperanza la miró desafiante, impasible, dispuesto a conservar lo último que le quedaba, la dignidad. La masa negra de carne se abrió para devorarlo, pero a escasos centímetros de entrar en ella empezó a distanciarse. Su velocidad había superado el propio techo físico de La Presencia, que luchaba en vano por atraparlo. Embargado por las emociones no pudo impedir un estallar en carcajadas de jubilo.

La Presencia se rezagó hasta perderla en el horizonte, entonces la percepción del tiempo se tornó confusa. La espiral de imágenes con recuerdos seguía de compañera en su caída, a veces se preguntaba cuánto tiempo había llegado a vivir para contener tantos recuerdos en su interior, cuando en apenas unos parpadeos pasaban los de una vida mortal. ¿Quién era él? Tuvo la certeza de que nunca más volvería a saberlo con seguridad. Pensó en el recuerdo que le quedaba en el templo, frente a aquel ejército infinito que le temía. Sí él era ese hombre, cuánto tiempo había pasado y qué sucesos le habían conducido aquí. Lo desconocía. Quería saber más, le tentaba la idea de tocar otra imagen, pero los gritos de La Presencia se lo impedían. Sabía que aún lejos de él sí volvía a detenerse lo atraparía. Esperó y esperó hasta que el grito se transformó en un vago eco en la distancia. Entonces, aún cuando estuvo seguro espero más, porque dudaba de todo menos de la inteligencia de La Presencia.

La espiral dio paso a una fase en que las imágenes se componían de débiles colores fríos que parpadeaban a punto de desvanecerse. Faltaba poco para el fin de la caída, lo intuía y lo supo al ver muy a lo lejos el reflejo de un rayo en el propio suelo. Volvió a desafiar a la fuerza implacable, esta vez la resistencia fue mucho mayor, apenas podía moverse lo imperceptible. Al ver el final de la espiral dio todo por alcanzar el último recuerdo y gritó de dolor entre parpadeos de la luz de su propia alma herida por el esfuerzo, pero logró tocarlo.

Se desvaneció hacía el amanecer, tuvo una visión borrosa en la que él apenas era una sombría figura. Caminaba por un puente de metal, cubierto de nieve y hielo por encima de las nubes, con el sol despuntando de un nuevo día. Entre los huecos de las nubes vislumbró un mundo glacial de nieves perpetuas. Frente a él, una torre de metal en ruinas se alzaba hasta perderse más allá de la atmósfera. Era un coloso circular de kilómetros de diámetro, con una fachada irregular formada por grandes piezas de metal, unidas unas sobre otras al cuerpo central, todas ellas compuestas por enjambres de secciones independientes sin apenas ventanas. Había a diferentes alturas muchos otros puentes igual al suyo, que salían de la torre para terminar directos al cielo. Camino de la entrada, el viento helado trajo consigo un manto de flores rojizas que empezó a caer sobre él, salpicaba el puente con cálidos copos rojos. Conforme se acercó a la puerta abierta, una figura salió a su encuentro.

Él mismo se soltó del recuerdo, que no era tal, si no de un futuro muy lejano. Intuyó que las respuestas que iba a obtener con esa figura eran la trampa definitiva y fue así. Volvió en sí con La Presencia encima de él. La súbita salida de la imagen enloqueció a la fuerza implacable que lo catapultó de golpe al suelo. Se detuvo en seco a escasos centímetros de él. Había un cuerpo desnudo estirado en negras arenas. Era un hombre de apariencia joven, alto, de edad indeterminada. La piel, excepto por las partes carbonizadas, rebosaba una vida recién extinta. El rostro era poderoso y elegante, de facciones marcadas y nariz afilada, que contraponía ciertos matices de juventud contra la edad insondable de una mirada vacía en sus verdes ojos. La melena castaña oscura, con hebras de plata, se mezclaba con la arena. Era él mismo, el hombre de la batalla, el hombre del futuro, el cuerpo que le había acompañado desde la explosión en la caída, aún sin vida, sin apenas recuerdos y muy desmejorado lo reconoció. Lo miró fijamente, ansiaba regresar a él y averiguar el por qué de todo esto. De pronto él le miró y al instante se vio mirando al oscuro firmamento desde su interior, en el preciso momento en que las garras de La Presencia se cerraron donde había estado su alma un segundo antes.

Contempló la oscuridad con la inexplicable sensación de existir en un cuerpo muerto, dispuesto a emprender un viaje que le ocuparía un millón de años, en busca de quién fue y sería en un mundo terrible y desconocido.

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