Capítulo III:
Capítulos Anteriores: Capítulo I
Capítulo II
Cuando me di cuenta de que era un prisionero, una especie de
sensación salvaje se apoderó de mí. Corrí
arriba y abajo por las escaleras, pulsando cada puerta y mirando a
través de cada ventana que encontraba; pero después de
un rato la convicción de mi impotencia se sobrepuso a todos
mis otros sentimientos. Ahora, después de unas horas, cuando
pienso en ello me imagino que debo haber estado loco, pues me
comporté muy semejante a una rata cogida en una trampa. Sin
embargo, cuando tuve la convicción de que era impotente, me
senté tranquilamente, tan tranquilamente como jamás lo
he hecho en mi vida, y comencé a pensar que era lo mejor que
podía hacer. De una cosa sí estoy seguro: que no tiene
sentido dar a conocer mis ideas al conde. Él sabe
perfectamente que estoy atrapado; y como él mismo es quien lo
ha hecho, e indudablemente tiene sus motivos para ello, si le
confieso completamente mi situación sólo tratará
de engañarme.
Por lo que hasta aquí puedo ver, mi único plan será
mantener mis conocimientos y mis temores para mí mismo, y mis
ojos abiertos. Sé que o estoy siendo engañado como un
niño, por mis propios temores, o estoy en un aprieto; y si
esto último es lo verdadero, necesito y necesitaré
todos mis sesos para poder salir adelante.
Apenas había llegado a esta conclusión cuando oí
que la gran puerta de abajo se cerraba, y supe que el conde había
regresado. No llegó de inmediato a la biblioteca, por lo que
yo cautelosamente regresé a mi cuarto, y lo encontré
arreglándome la cama. Esto era raro, pero sólo confirmó
lo que yo ya había estado sospechando durante bastante tiempo:
en la casa no había sirvientes. Cuando después lo vi a
través de la hendidura de los goznes de la puerta arreglando
la mesa en el comedor, ya no tuve ninguna duda; pues si él se
encargaba de hacer todos aquellos oficios minúsculos,
seguramente era la prueba de que no había nadie más en
el castillo, y el mismo conde debió haber sido el cochero que
me trajo en la calesa hasta aquí. Esto es un pensamiento
terrible; pues si es así, significa que puede controlar a los
lobos, tal como lo hizo, por el solo hecho de levantar la mano en
silencio. ¿Por qué habrá sido que toda la gente
en Bistritz y en el coche sentían tanto temor por mí?
¿Qué significado le daban al crucifijo, al ajo, a la
rosa salvaje, al fresno de montaña? ¡Bendita sea aquella
buena mujer que me colgó el crucifijo alrededor del cuello! Me
da consuelo y fuerza cada vez que lo toco. Es divertido que una cosa
a la cual me enseñaron que debía ver con desagrado y
como algo idolátrico pueda ser de ayuda en tiempo de soledad y
problemas. ¿Es que hay algo en la esencia misma de la cosa, o
es que es un medio, una ayuda tangible que evoca el recuerdo de
simpatías y consuelos? Puede ser que alguna vez deba examinar
este asunto y tratar de decirme acerca de él. Mientras tanto
debo averiguar todo lo que pueda sobre el conde Drácula, pues
eso me puede ayudar a comprender. Esta noche lo haré que hable
sobre él mismo, volteando la conversación en esa
dirección. Sin embargo, debo ser muy cuidadoso para no
despertar sus sospechas.
Medianoche. He tenido una larga conversación con el conde.
Le hice unas cuantas preguntas acerca de la historia de Transilvania,
y él respondió al tema en forma maravillosa. Al hablar
de cosas y personas, y especialmente de batallas, habló como
si hubiese estado presente en todas ellas. Esto me lo explicó
posteriormente diciendo que para un boyar el orgullo de su casa y su
nombre es su propio orgullo, que la gloria de ellos es su propia
gloria, que el destino de ellos es su propio destino.
Siempre que habló de su casa se refería a ella
diciendo "nosotros", y casi todo el tiempo habló en
plural, tal como hablan los reyes. Me gustaría poder escribir
aquí exactamente todo lo que él dijo, pues para mí
resulta extremadamente fascinante. Parecía estar ahí
toda la historia del país. A medida que hablaba se fue
excitando, y se paseó por el cuarto tirando de sus grandes
bigotes blancos y sujetando todo lo que tenía en sus manos
como si fuese a estrujar lo a pura fuerza. Dijo una cosa que trataré
de describir lo más exactamente posible que pueda; pues a su
manera, en ella está narrada toda la historia de su raza:
"Nosotros los escequelios tenemos derecho a estar orgullosos,
pues por nuestras venas circula la sangre de muchas razas bravías
que pelearon como pelean los leones por su señorío.
Aquí, en el torbellino de las razas europeas, la tribu ugric
trajo desde Islandia el espíritu de lucha que Thor y Wodin les
habían dado, y cuyos bersequers demostraron tan clara e
intensamente en las costas de Europa (¿qué digo?, y de
Asia y de África también) que la misma gente creyó
que habían llegado los propios hombres-lobos.
Aquí también, cuando llegaron, encontraron a los
hunos, cuya furia guerrera había barrido la tierra como una
llama viviente, de tal manera que la gente moribunda creía que
en sus venas corría la sangre de aquellas brujas antiguas,
quienes expulsadas de Seythia se acoplaron con los diablos en el
desierto. ¡Tontos, tontos! ¿Qué diablo o qué
bruja ha sido alguna vez tan grande como Atila, cuya sangre está
en estas venas? -dijo, levantando sus brazos -. ¿Puede ser
extraño que nosotros seamos una raza conquistadora; que seamos
orgullosos; que cuando los magiares, los lombardos, los avares, los
búlgaros o los turcos se lanzaron por miles sobre nuestras
fronteras nosotros los hayamos rechazado? ¿Es extraño
que cuando Arpad y sus legiones se desparramaron por la patria
húngara nos encontraran aquí al llegar a la frontera;
que el Honfoglalas se completara aquí? Y cuando la inundación
húngara se desplazó hacia el este, los escequelios
fueron proclamados parientes por los misteriosos magiares, y fue a
nosotros durante siglos que se nos confió la guardia de la
frontera de Turquía. Hay más que eso todavía, el
interminable deber de la guardia de la frontera, pues como dicen los
turcos el agua duerme, y el enemigo vela. ¿Quién más
feliz que nosotros entre las cuatro naciones recibió "la
espada ensangrentada", o corrió más rápidamente
al lado del rey cuando éste lanzaba su grito de guerra?
¿Cuándo fue redimida la gran vergüenza de la
nación, la vergüenza de Cassova, cuando las banderas de
los valacos y de los magiares cayeron abatidas bajo la creciente?
¿Quién fue sino uno de mi propia raza que bajo el
nombre de Voivode cruzó el Danubio y batió a los turcos
en su propia tierra? ¡Este era indudablemente un Drácula!
¿Quién fue aquel que a su propio hermano indigno,
cuando hubo caído, vendió su gente a los turcos y trajo
sobre ellos la vergüenza de la esclavitud? ¡No fue, pues,
este Drácula, quien inspiró a aquel otro de su raza que
en edades posteriores llevó una y otra vez a sus fuerzas sobre
el gran río y dentro de Turquía; que, cuando era
derrotado regresaba una y otra vez, aunque tuviera que ir solo al
sangriento campo donde sus tropas estaban siendo mortalmente
destrozadas, porque sabía que sólo él podía
garantizar el triunfo! Dicen que él solo pensaba en él
mismo. ¡Bah! ¿De qué sirven los campesinos sin un
jefe? ¿En qué termina una guerra que no tiene un
cerebro y un corazón que la dirija? Más todavía,
cuando, después de la batalla de Mohacs, nos sacudimos el yugo
húngaro, nosotros los de sangre Drácula estábamos
entre sus dirigentes, pues nuestro espíritu no podía
soportar que no fuésemos libres. Ah, joven amigo, los
escequelios (y los Drácula como la sangre de su corazón,
su cerebro y sus espadas) pueden enorgullecerse de una tradición
que los retoños de los hongos como los Hapsburgo y los
Romanoff nunca pueden alcanzar. Los días de guerra ya
terminaron. La sangre es una cosa demasiado preciosa en estos días
de paz deshonorable; y las glorias de las grandes razas son como un
cuento que se narra.
Para aquel tiempo ya se estaba acercando la mañana, y nos
fuimos a acostar. (Rec., este diario parece tan horrible como el
comienzo de las "Noches Árabes", pues todo tiene que
suspenderse al cantar el gallo -o como el fantasma del padre de
Hamlet.)
12 de mayo. Permítaseme comenzar con hechos, con
meros y escuetos hechos, verificados con libros y números, y
de los cuales no puede haber duda alguna. No debo confundirlos con
experiencias que tendrán que descansar en mi propia
observación, o en mi memoria de ellas.
Anoche, cuando el conde llegó de su cuarto, comenzó
por hacerme preguntas de asuntos legales y en la manera en que se
tramitaban cierta clase de negocios. Había pasado el día
fatigadamente sobre libros y, simplemente para mantener mi mente
ocupada, comencé a reflexionar sobre algunas cosas que había
estado examinando en la posada de Lincoln. Hay un cierto método
en las pesquisas del conde, de tal manera que trataré de
ponerlas en su orden de sucesión. El conocimiento puede de
alguna forma y alguna vez serme útil.
Primero me preguntó si un hombre en Inglaterra puede tener
dos procuradores o más. Le dije que si deseaba podía
tener una docena, pero que no sería oportuno tener más
de un procurador empleado en una transacción, debido a que
sólo podía actuar uno cada vez, y que estarlos
cambiando sería seguro actuar en contra de su interés.
Pareció que entendió bien lo que le quería decir
y continuó preguntándome si habría una
dificultad práctica al tener un hombre atendiendo, digamos,
las finanzas, y a otro preocupándose por los embarques, en
caso de que se necesitara ayuda local en un lugar lejano de la casa
del procurador financiero. Yo le pedí que me explicara más
completamente, de tal manera que no hubiera oportunidad de que yo
pudiera darle un juicio erróneo. Entonces dijo:
-Pondré un ejemplo. Su amigo y mío, el señor
Peter Hawkins, desde la sombra de su bella catedral en Exéter,
que queda bastante retirada de Londres, compra para mí a
través de sus buenos oficios una propiedad en Londres. ¡Muy
bien! Ahora déjeme decirle francamente, a menos que usted
piense que es muy extraño que yo haya solicitado los servicios
de alguien tan lejos de Londres, en lugar de otra persona residente
ahí, que mi único motivo fue que ningún interés
local fuese servido excepto mis propios deseos. Y como alguien
residiendo en Londres pudiera tener, tal vez, algún propósito
para sí o para amigos a quienes sirve, busqué a mi
agente en la campiña, cuyos trabajos sólo serían
para mi interés. Ahora, supongamos, yo, que tengo muchos
asuntos pendientes, deseo embarcar algunas cosas, digamos, a
Newcastle, o Durham, o Harwich, o Dover, ¿no podría ser
que fuese más fácil hacerlo consignándolas a uno
de estos puertos?
Yo le respondí que era seguro que sería más
fácil, pero que nosotros los procuradores teníamos un
sistema de agencias de unos a otros, de tal manera que el trabajo
local podía hacerse localmente bajo instrucción de
cualquier procurador, por lo que el cliente, poniéndose
simplemente en las manos de un hombre, podía ver que sus
deseos se cumplieran sin tomarse más molestias.
-Pero -dijo él-, yo tendría la libertad de dirigirme
a mí mismo. ¿No es así?
-Por supuesto -le repliqué -; y así hacen muchas
veces hombres de negocios, quienes no desean que la totalidad de sus
asuntos sean conocidos por una sola persona.
-¡Magnífico! -exclamó.
Y entonces pasó a preguntarme acerca de los medios para
enviar cosas en consignación y las formas por las cuales se
tenían que pasar, y toda clase de dificultades que pudiesen
sobrevenir, pero que pudiesen ser previstas pensándolas de
antemano. Le expliqué todas sus preguntas con la mejor de mis
habilidades, y ciertamente me dejó bajo la impresión de
que hubiese sido un magnífico procurador, pues no había
nada que no pensase o previese. Para un hombre que nunca había
estado en el país, y que evidentemente no se ocupaba mucho en
asuntos de negocios, sus conocimientos y perspicacia eran
maravillosos. Cuando quedó satisfecho con esos puntos de los
cuales había hablado, y yo había verificado todo
también con los libros que tenía a mano, se puso
repentinamente de pie y dijo:
-¿Ha escrito desde su primera carta a nuestro amigo el
señor Peter Hawkins, o a cualquier otro?
Fue con cierta amargura en mi corazón que le respondí
que no, ya que hasta entonces no había visto ninguna
oportunidad de enviarle cartas a nadie.
-Entonces escriba ahora, mi joven amigo -me dijo, poniendo su
pesada mano sobre mi hombre-; escriba a nuestro amigo y a cualquier
otro; y diga, si le place, que usted se quedara conmigo durante un
mes más a partir de hoy.
-¿Desea usted que yo me quede tanto tiempo? -le pregunté,
pues mi corazón se heló con la idea.
-Lo deseo mucho; no, más bien, no acepto negativas. Cuando
su señor, su patrón, como usted quiera, encargó
que alguien viniese en su nombre, se entendió que solo debían
consultarse mis necesidades. Yo no he escatimado, ¿no es así?
¿Qué podía hacer yo sino inclinarme y
aceptar? Era el interés del señor Hawkins y no el mío,
y yo tenía que pensar en él, no en mí. Y además,
mientras el conde Drácula estaba hablando, había en sus
ojos y en sus ademanes algo que me hacía recordar que era su
prisionero, y que aunque deseara realmente no tenía dónde
escoger. El conde vio su victoria en mi reverencia y su dominio en la
angustia de mi rostro, pues de inmediato comenzó a usar ambos,
pero en su propia manera suave e irresistible.
-Le suplico, mi buen joven amigo, que no hable de otras cosas sino
de negocios en sus cartas. Indudablemente que le gustará a sus
amigos saber que usted se encuentra bien, y que usted está
ansioso de regresar a casa con ellos, ¿no es así?
Mientras hablaba me entregó tres hojas de papel y tres
sobres. Eran finos, destinados al correo extranjero, y al verlos, y
al verlo a él, notando su tranquila sonrisa con los agudos
dientes caninos sobresaliéndole sobre los rojos labios
inferiores, comprendí también como si se me hubiese
dicho con palabras que debía tener bastante prudencia con lo
que escribía, pues él iba a leer su contenido. Por lo
tanto, tomé la determinación de escribir por ahora sólo
unas notas normales, pero escribirle detalladamente al señor
Hawkins en secreto. Y también a Mina, pues a ella le podía
escribir en taquigrafía, lo cual seguramente dejaría
perplejo al conde si leía la carta. Una vez que hube escrito
mis dos cartas, me senté calmadamente, leyendo un libro
mientras el conde escribía varias notas, acudiendo mientras
las escribía a algunos libros sobre su mesa. Luego tomó
mis dos cartas y las colocó con las de él, y guardó
los utensilios con que había escrito. En el instante en que la
puerta se cerró tras él, yo me incliné y miré
los sobres que estaban boca abajo sobre la mesa. No sentí
ningún escrúpulo en hacer esto, pues bajo las
circunstancias sentía que debía protegerme de cualquier
manera posible.
Una de las cartas estaba dirigida a Samuel F. Billington, número
7, La Creciente, Whitby; otra a herr Leutner, Varna; la tercera era
para Coutts & Co., Londres, y la cuarta para Herren Klopstock &
Billreuth, banqueros, Budapest. La segunda y la cuarta no estaban
cerradas. Estaba a punto de verlas cuando noté que la perilla
de la puerta se movía. Me dejé caer sobre mi asiento,
teniendo apenas el tiempo necesario para colocar las cartas como
habían estado y para reiniciar la lectura de mi libro, antes
de que el conde entrara llevando todavía otra carta en la
mano. Tomó todas las otras misivas que estaban sobre la mesa y
las estampó cuidadosamente, y luego, volviéndose a mí,
dijo:
-Confío en que usted me perdonará, pero tengo mucho
trabajo en privado que hacer esta noche. Espero que usted encuentre
todas las cosas que necesita.
Ya en la puerta se volvió, y después de un momento
de pausa, dijo:
-Permítame que le aconseje, mi querido joven amigo; no,
permítame que le advierta con toda seriedad que en caso de que
usted deje estos cuartos, por ningún motivo se quede dormido
en cualquier otra parte del castillo. Es viejo y tiene muchas
memorias, y hay muchas pesadillas para aquellos que no duermen
sabiamente. ¡Se lo advierto! En caso de que el sueño lo
dominase ahora o en otra oportunidad o esté a punto de
dominarlo, regrese deprisa a su propia habitación o a estos
cuartos, pues entonces podrá descansar a salvo. Pero no siendo
usted cuidadoso a este respecto, entonces... -terminó su
discurso de una manera horripilante, pues hizo un movimiento con las
manos como si se las estuviera lavando.
Yo casi le entendí. Mi única duda era de si
cualquier sueño pudiera ser más terrible que la red
sobrenatural, horrible, de tenebrosidad y misterio que parecía
estarse cerrando a mi alrededor.
Más tarde. Endoso las últimas palabras escritas,
pero esta vez no hay ninguna duda en el asunto. No tendré
ningún miedo de dormir en cualquier lugar donde él no
esté. He colocado el crucifijo sobre la cabeza de mi cama
porque así me imagino que mi descanso está más
libre de pesadillas. Y ahí permanecerá.
Cuando me dejó, yo me dirigí a mi cuarto. Después
de cierto tiempo, al no escuchar ningún ruido, salí y
subí al graderío de piedras desde donde podía
ver hacia el sur. Había cierto sentido de la libertad en esta
vasta extensión, aunque me fuese inaccesible, comparada con la
estrecha oscuridad del patio interior. Al mirar hacia afuera, sentí
sin ninguna duda que estaba prisionero, y me pareció que
necesitaba un respiro de aire fresco, aunque fuese en la noche. Estoy
comenzando a sentir que esta existencia nocturna me está
afectando. Me está destruyendo mis nervios. Me asusto de mi
propia sombra, y estoy lleno de toda clase de terribles
imaginaciones. ¡Dios sabe muy bien que hay motivos para mi
terrible miedo en este maldito lugar! Miré el bello paisaje,
bañado en la tenue luz amarilla de la luna, hasta que casi era
como la luz del día. En la suave penumbra las colinas
distantes se derretían, y las sombras se perdían en los
valles y hondonadas de un negro aterciopelado. La mera belleza
pareció alegrarme; había paz y consuelo en cada
respiración que inhalaba. Al reclinarme sobre la ventana mi
ojo fue captado por algo que se movía un piso más abajo
y algo hacia mi izquierda, donde imagino, por el orden de las
habitaciones, que estarían las ventanas del cuarto del propio
conde. La ventana en la cual yo me encontraba era alta y profunda,
cavada en piedra, y aunque el tiempo y el clima la habían
gastado, todavía estaba completa. Pero evidentemente hacía
mucho que el marco había desaparecido. Me coloqué
detrás del cuadro de piedras y miré atentamente.
Lo que vi fue la cabeza del conde saliendo de la ventana. No le vi
la cara, pero supe que era él por el cuello y el movimiento de
su espalda y sus brazos. De cualquier modo, no podía confundir
aquellas manos, las cuales había estudiado en tantas
oportunidades. En un principio me mostré interesado y hasta
cierto punto entretenido, pues es maravilloso cómo una pequeña
cosa puede interesar y entretener a un hombre que se encuentra
prisionero. Pero mis propias sensaciones se tornaron en repulsión
y terror cuando vi que todo el hombre emergía lentamente de la
ventana y comenzaba a arrastrarse por la pared del castillo, sobre el
profundo abismo, con la cabeza hacia abajo y con su manto extendido
sobre él a manera de grandes alas. Al principio no daba
crédito a mis ojos. Pensé que se trataba de un truco de
la luz de la luna, algún malévolo efecto de sombras.
Pero continué mirando y no podía ser ningún
engaño. Vi cómo los dedos de las manos y de los pies se
sujetaban de las esquinas de las piedras, desgastadas claramente de
la argamasa por el paso de los años, y así usando cada
proyección y desigualdad, se movían hacia abajo a una
considerable velocidad, de la misma manera en que una lagartija
camina por las paredes.
¿Qué clase de hombre es éste, o qué
clase de ente con apariencia de hombre? Siento que el terror de este
horrible lugar me esta dominando; tengo miedo, mucho miedo, de que no
haya escape posible para mí. Estoy rodeado de tales terrores
que no me atrevo a pensar en ellos...
15 de mayo. Una vez más he visto al conde deslizarse
como lagartija. Caminó hacia abajo, un poco de lado, durante
unos cien pies y tendiendo hacia la izquierda. Allí
desapareció en un agujero o ventana. Cuando su cabeza hubo
desaparecido, me incliné hacia afuera tratando de ver más,
pero sin resultado, ya que la distancia era demasiado grande como
para proporcionarme un ángulo visual favorable. Pero entonces
ya sabía yo que había abandonado el castillo, y pensé
que debía aprovechar la oportunidad para explorar más
de lo que hasta entonces me había atrevido a ver. Regresé
al cuarto, y tomando una lámpara, probé todas las
puertas. Todas estaban cerradas con llave, tal como lo había
esperado, y las cerraduras eran comparativamente nuevas. Entonces,
descendí por las gradas de piedra al corredor por donde había
entrado originalmente.
Encontré que podía retirar suficientemente fácil
los cerrojos y destrabar las grandes cadenas; ¡pero la puerta
estaba bien cerrada y no había ninguna llave! La llave debía
estar en el cuarto del conde. Tengo que vigilar en caso de que su
puerta esté sin llave, de manera que pueda conseguirla y
escaparme. Continué haciendo un minucioso examen de varias
escalinatas y pasadizos y pulsé todas las puertas que estaban
ante ellos. Una o dos habitaciones cerca del corredor estaban
abiertas, pero no había nada en ellas, nada que ver excepto
viejos muebles, polvorientos por el viento y carcomidos de la
polilla.
Por fin, sin embargo, encontré una puerta al final de la
escalera, la cual, aunque parecía estar cerrada con llave,
cedió un poco a la presión. La empujó más
fuertemente y descubrí que en verdad no estaba cerrada con
llave, sino que la resistencia provenía de que los goznes se
habían caído un poco y que la pesada puerta descansaba
sobre el suelo. Allí había una oportunidad que bien
pudiera ser única, de tal manera que hice un esfuerzo supremo,
y después de muchos intentos la forcé hacia atrás
de manera que podía entrar. Me encontraba en aquellos momentos
en un ala del castillo mucho más a la derecha que los cuartos
que conocía y un piso más abajo. Desde las ventanas
pude ver que la serie de cuartos estaban situados a lo largo hacia el
sur del castillo, con las ventanas de la última habitación
viendo tanto al este como al sur. De ese último lado, tanto
como del anterior, había un gran precipicio. El castillo
estaba construido en la esquina de una gran peña, de tal
manera que era casi inexpugnable en tres de sus lados, y grandes
ventanas estaban colocadas aquí donde ni la onda, ni el arco,
ni la culebrina podían alcanzar, siendo aseguradas así
luz y comodidad, a una posición que tenía que ser
resguardada. Hacia el oeste había un gran valle, y luego,
levantándose allá muy lejos, una gran cadena de
montañas dentadas, elevándose pico a pico, donde la
piedra desnuda estaba salpicada por fresnos de montaña y
abrojos, cuyas raíces se agarraban de las rendijas, hendiduras
y rajaduras de las piedras. Esta era evidentemente la porción
del castillo ocupada en días pasados por las damas, pues los
muebles tenían un aire más cómodo del que hasta
entonces había visto. Las ventanas no tenían cortinas,
y la amarilla luz de la luna reflejándose en las hondonadas
diamantinas, permitía incluso distinguir los colores, mientras
suavizaba la cantidad de polvo que yacía sobre todo, y en
alguna medida disfrazaba los efectos del tiempo y la polilla. Mi
lámpara tenía poco efecto en la brillante luz de la
luna, pero yo estaba alegre de tenerla conmigo, pues en el lugar
había una tenebrosa soledad que hacía temblar mi
corazón y mis nervios. A pesar de todo era mejor que vivir
solo en los cuartos que había llegado a odiar debido a la
presencia del conde, y después de tratar un poco de dominar
mis nervios, me sentí sobrecogido por una suave tranquilidad.
Y aquí me encuentro, sentado en una pequeña mesa de
roble donde en tiempos antiguos alguna bella dama solía tomar
la pluma, con muchos pensamientos y más rubores, para mal
escribir su carta de amor, escribiendo en mi diario en taquigrafía
todo lo que ha pasado desde que lo cerré por última
vez. Es el siglo XIX, muy moderno, con toda su alma. Y sin embargo, a
menos que mis sentidos me engañen, los siglos pasados tuvieron
y tienen poderes peculiares de ellos, que la mera "modernidad"
no puede matar.
Más tarde: mañana del 16 de mayo. Dios me
preserve cuerdo, pues a esto estoy reducido. Seguridad, y confianza
en la seguridad, son cosas del pasado. Mientras yo viva aquí
sólo hay una cosa que desear, y es que no me vuelva loco, si
de hecho no estoy loco ya. Si estoy cuerdo, entonces es desde luego
enloquecedor pensar que de todas las cosas podridas que se arrastran
en este odioso lugar, el conde es la menos tenebrosa para mí;
que sólo en él puedo yo buscar la seguridad, aunque
ésta sólo sea mientras pueda servir a sus propósitos.
¡Gran Dios, Dios piadoso! Dadme la calma, pues en esa dirección
indudablemente me espera la locura. Empiezo a ver nuevas luces sobre
ciertas cosas que antes me tenían perplejo. Hasta ahora no
sabía verdaderamente lo que quería dar a entender
Shakespeare cuando hizo que Hamlet dijera:
"¡Mis libretas, pronto, mis libretas!
es imprescindible que lo escriba", etc.,
pues ahora, sintiendo como si mi cerebro estuviese desquiciado o
como si hubiese llegado el golpe que terminará en su
trastorno, me vuelvo a mi diario buscando reposo. El hábito de
anotar todo minuciosamente debe ayudarme a tranquilizar.
La misteriosa advertencia del conde me asustó; pero más
me asusta ahora cuando pienso en ella, pues para lo futuro tiene un
terrorífico poder sobre mí. ¡Tendré dudas
de todo lo que me diga! Una vez que hube escrito en mi diario y que
hube colocado nuevamente la pluma y el libro en el bolsillo, me sentí
soñoliento. Recordé inmediatamente la advertencia del
conde, pero fue un placer desobedecerla. La sensación de sueño
me había aletargado, y con ella la obstinación que trae
el sueño como un forastero. La suave luz de la luna me
calmaba, y la vasta extensión afuera me daba una sensación
de libertad que me refrescaba. Hice la determinación de no
regresar aquella noche a las habitaciones llenas de espantos, sino
que dormir aquí donde, antaño, damas se habían
sentado y cantado y habían vivido dulces vidas mientras sus
suaves pechos se entristecían por los hombres alejados en
medio de guerras cruentas. Saqué una amplia cama de su puesto
cerca de una esquina, para poder, al acostarme, mirar el hermoso
paisaje al este y al sur, y sin pensar y sin tener en cuenta el
polvo, me dispuse a dormir. Supongo que debo haberme quedado dormido;
así lo espero, pero temo, pues todo lo que siguió fue
tan extraordinariamente real, tan real, que ahora sentado aquí
a plena luz del sol de la mañana, no puedo pensar de ninguna
manera que estaba dormido.
No estaba solo. El cuarto estaba lo mismo, sin ningún
cambio de ninguna clase desde que yo había entrado en él;
a la luz de la brillante luz de la luna podía ver mis propias
pisadas marcadas donde había perturbado la larga acumulación
de polvo. En la luz de la luna al lado opuesto donde yo me encontraba
estaban tres jóvenes mujeres, mejor dicho tres damas, debido a
su vestido y a su porte. En el momento en que las vi pensé que
estaba soñando, pues, aunque la luz de la luna estaba detrás
de ellas, no proyectaban ninguna sombra sobre el suelo. Se me
acercaron y me miraron por un tiempo, y entonces comenzaron a
murmurar entre ellas. Dos eran de pelo oscuro y tenían altas
narices aguileñas, como el conde, y grandes y penetrantes ojos
negros, que casi parecían ser rojos contrastando con la pálida
luna amarilla. La otra era rubia; increíblemente rubia, con
grandes mechones de dorado pelo ondulado y ojos como pálidos
zafiros. Me pareció que de alguna manera yo conocía su
cara, y que la conocía en relación con algún
sueño tenebroso, pero de momento no pude recordar dónde
ni cómo. Las tres tenían dientes blancos brillantes que
refulgían como perlas contra el rubí de sus labios
voluptuosos. Algo había en ellas que me hizo sentirme
inquieto; un miedo a la vez nostálgico y mortal. Sentí
en mi corazón un deseo malévolo, llameante, de que me
besaran con esos labios rojos. No está bien que yo anote esto,
en caso de que algún día encuentre los ojos de Mina y
la haga padecer; pero es la verdad. Murmuraron entre sí, y
entonces las tres rieron, con una risa argentina, musical, pero tan
dura como si su sonido jamás hubiese pasado a través de
la suavidad de unos labios humanos. Era como la dulzura intolerable,
tintineante, de los vasos de agua cuando son tocados por una mano
diestra. La mujer rubia sacudió coquetamente la cabeza, y las
otras dos insistieron en ella. Una dijo:
-¡Adelante! Tú vas primero y nosotras te seguimos;
tuyo es el derecho de comenzar.
La otra agregó:
-Es joven y fuerte. Hay besos para todas.
Yo permanecí quieto, mirando bajo mis pestañas la
agonía de una deliciosa expectación. La muchacha rubia
avanzó y se inclinó sobre mí hasta que pude
sentir el movimiento de su aliento sobre mi rostro. En un sentido era
dulce, dulce como la miel, y enviaba, como su voz, el mismo tintineo
a través de los nervios, pero con una amargura debajo de lo
dulce, una amargura ofensiva como la que se huele en la sangre.
Tuve miedo de levantar mis párpados, pero miré y vi
perfectamente debajo de las pestañas. La muchacha se arrodilló
y se inclinó sobre mí, regocijándose
simplemente. Había una voluptuosidad deliberada que era a la
vez maravillosa y repulsiva, y en el momento en que dobló su
cuello se relamió los labios como un animal, de manera que
pude ver la humedad brillando en sus labios escarlata a la luz de la
luna y la lengua roja cuando golpeaba sus blancos y agudos dientes.
Su cabeza descendió y descendió a medida que los labios
pasaron a lo largo de mi boca y mentón, y parecieron posarse
sobre mi garganta. Entonces hizo una pausa y pude escuchar el agitado
sonido de su lengua que lamía sus dientes y labios, y pude
sentir el caliente aliento sobre mi cuello.
Entonces la piel de mi garganta comenzó a hormiguear como
le sucede a la carne de uno cuando la mano que le va a hacer
cosquillas se acerca cada vez más y más. Pude sentir el
toque suave, tembloroso, de los labios en la piel supersensitiva de
mi garganta, y la fuerte presión de dos dientes agudos,
simplemente tocándome y deteniéndose ahí; cerré
mis ojos en un lánguido éxtasis y esperé; esperé
con el corazón latiéndome fuertemente.
Pero en ese instante, otra sensación me recorrió tan
rápida como un relámpago.
Fui consciente de la presencia del conde, y de su existencia como
envuelto en una tormenta de furia. Al abrirse mis ojos
involuntariamente, vi su fuerte mano sujetando el delicado cuello de
la mujer rubia, y con el poder de un gigante arrastrándola
hacia atrás, con sus ojos azules transformados por la furia,
los dientes blancos apretados por la ira y sus pálidas
mejillas encendidas por la pasión. ¡Pero el conde! Jamás
imaginé yo tal arrebato y furia ni en los demonios del
infierno. Sus ojos positivamente despedían llamas. La roja luz
en ellos era espeluznante, como si detrás de ellos se
encontraran las llamas del propio infierno. Su rostro estaba
mortalmente pálido y las líneas de él eran duras
como alambres retorcidos; las espesas cejas, que se unían
sobre la nariz, parecían ahora una palanca de metal
incandescente y blanco. Con un fiero movimiento de su mano, lanzó
a la mujer lejos de él, y luego gesticuló ante las
otras como si las estuviese rechazando; era el mismo gesto imperioso
que yo había visto se usara con los lobos. En una voz que,
aunque baja y casi un susurro, pareció cortar el aire y luego
resonar por toda la habitación, les dijo:
-¿Cómo se atreve cualquiera de vosotras a tocarlo?
¿Cómo os atrevéis a poner vuestros ojos sobre él
cuando yo os lo he prohibido? ¡Atrás, os digo a todas!
¡Este hombre me pertenece! Cuidaos de meteros con él, o
tendréis que véroslas conmigo.
La muchacha rubia, con una risa de coquetería rival, se
volvió para responderle:
-Tú mismo jamás has amado; ¡tú nunca
amas!
Al oír esto las otras mujeres le hicieron eco, y por el
cuarto resonó una risa tan lúgubre, dura y despiadada,
que casi me desmayé al escucharla. Parecía el placer de
los enemigos. Entonces el conde se volvió después de
mirar atentamente mi cara, y dijo en un suave susurro:
-Sí, yo también puedo amar; vosotras mismas lo
sabéis por el pasado. ¿No es así? Bien, ahora os
prometo que cuando haya terminado con él os dejaré
besarlo tanto como queráis. ¡Ahora idos, idos! Debo
despertarle porque hay trabajo que hacer.
-¿Es que no vamos a tener nada hoy por la noche? -preguntó
una de ellas, con una risa contenida, mientras señalaba hacia
una bolsa que él había tirado sobre el suelo y que se
movía como si hubiese algo vivo allí.
Por toda respuesta, él hizo un movimiento de cabeza. Una de
las mujeres saltó hacia adelante y abrió la bolsa. Si
mis oídos no me engañaron se escuchó un suspiro
y un lloriqueo como el de un niño de pecho. Las mujeres
rodearon la bolsa, mientras yo permanecía petrificado de
miedo. Pero al mirar otra vez ya habían desaparecido, y con
ellas la horripilante bolsa. No había ninguna puerta cerca de
ellas, y no es posible que hayan pasado sobre mí sin yo
haberlo notado. Pareció que simplemente se desvanecían
en los rayos de la luz de la luna y salían por la ventana,
pues yo pude ver afuera las formas tenues de sus sombras, un momento
antes de que desaparecieran por completo.
Entonces el horror me sobrecogió, y me hundí en la
inconsciencia.
Continuará...
Relatos Extraordinarios:
Drácula - Capítulo I - Bram Stoker
Drácula - Capítulo II - Bram Stoker
La Llamada de Cthulhu - Capítulo I - H.P. Lovecraft
La Llamada de Cthulhu - Capítulo II - H.P. Lovecraft
El Arte de la Guerra - Prólogo y Capitulo I: Sobre la evaluación - Sun Tzu
Entrada Anterior:
Aeromisth - I don't want Miss a Thing
Enlaces Exteriores:
Dracula
Bram Stoker
4 Comentarios:
Y sigue
13 de Mayo de 2008 • 08:46 — ErikAdamsDrácula es un novelon
13 de Mayo de 2008 • 17:21 — Lester KnightMe cuesta un montón preparar la entrada de tanto que me gusta. A la mínima repasando el texto duranta la edición me quedo enganchado releyendo
¡Un saludo!
Buuufff, me encanta, lo he
14 de Mayo de 2008 • 22:24 — ShaiyiaBuuufff, me encanta, lo he estado leyendo mientras cenaba (que mal cenar frente al ordenador ¿verdad? X-D) y he pasado un rato tremendo, ¡me he quedado con ganas de mas!
Excelente entrada, 5 estrellazas.
No eres la única
14 de Mayo de 2008 • 22:55 — Lester KnightLa de veces que he cenado frente al ordenador
hasta que cambie de habitos.
De todos modos no me extraña, Drácula es una novela genial, ya tengo ganas de volver a poner otro capítulo.
¡Un saludo!