11 de Octubre de 2008
Jun
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Drácula de Bram Stoker - Capítulos V - VI - VII - Dedicado a Shaiyia

 

Capítulo V: Carta de la Señorita Mina Murray a la Señorita Lucy Westenra.

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9 de mayo

"Mi muy querida Lucy

"Perdona mi tardanza en escribirte, pero he estado verdaderamente sobrecargada de trabajo. La vida de una ayudante de director de escuela es angustiosa. Me muero de ganas de estar contigo, y a orillas del mar, donde podamos hablar con libertad y construir nuestros castillos en el aire. Últimamente he estado trabajando mucho, debido a que quiero mantener el nivel de estudios de Jonathan, y he estado practicando muy activamente la taquigrafía. Cuando nos casemos le podré ser muy útil a Jonathan, y si puedo escribir bien en taquigrafía estaré en posibilidad de escribir de esa manera todo lo que dice y luego copiarlo en limpio para él en la máquina, con la que también estoy practicando muy duramente. Él y yo a veces nos escribimos en taquigrafía, y él esta llevando un diario estenográfico de sus viajes por el extranjero. Cuando esté contigo también llevaré un diario de la misma manera.

No quiero decir uno de esos diarios que se escriben a la ligera en la esquina de un par de páginas cuando hay tiempo los domingos, sino un diario en el cual yo pueda escribir siempre que me sienta inclinada a hacerlo. Supongo que no le interesará mucho a otra gente, pero no está destinado para ella. Algún día se lo enseñaré a Jonathan, en caso de que haya algo en él que merezca ser compartido, pero en verdad es un libro de ejercicios. Trataré de hacer lo que he visto que hacen las mujeres periodistas: entrevistas, descripciones, tratando de recordar lo mejor posible las conversaciones. Me han dicho que, con un poco de práctica, una puede recordar de todo lo que ha sucedido o de todo lo que una ha oído durante el día. Sin embargo, ya veremos. Te contaré acerca de mis pequeños planes cuando nos veamos. Acabo de recibir un par de líneas de Jonathan desde Transilvania. Está bien y regresará más o menos dentro de una semana.

Estoy muy ansiosa de escuchar todas sus noticias. ¡Debe ser tan bonito visitar países extraños! A veces me pregunto si nosotros, quiero decir Jonathan y yo, alguna vez los veremos juntos. Acaba de sonar la campana de las diez. Adiós.

"Te quiere,

MINA

"Dime todas las nuevas cuando me escribas. No me has dicho nada durante mucho tiempo. He escuchado rumores, y especialmente sobre un hombre alto, guapo, de pelo rizado. (???)"


Carta de Lucy Westenra a Mina Murray

Calle de Chatham, 17

Miércoles

"Mi muy querida Mina:

"Debo decir que me valúas muy injustamente al decir que soy mala para la correspondencia. Te he escrito dos veces desde que nos separamos, y tu última carta sólo fue la segunda. Además, no tengo nada que decirte. Realmente no hay nada que te pueda interesar. La ciudad está muy bonita por estos días, y vamos muy a menudo a las galerías de pintura y a caminar o a andar a caballo en el parque. En cuanto al hombre alto, de pelo rizado, supongo que era el que estaba conmigo en el último concierto popular. Evidentemente, alguien ha estado contando cuentos chinos. Era el señor Holmwood. Viene a menudo a vernos, y se lleva muy bien con mamá; tienen muchas cosas comunes de que hablar.

Hace algún tiempo encontramos a un hombre que sería adecuado para ti si no estuvieras ya comprometida con Jonathan. Es un partido excelente; guapo, rico y de buena familia. Es médico y muy listo. ¡Imagínatelo! Tiene veintinueve años de edad y es propietario de un inmenso asilo para lunáticos, todo bajo su dirección. El señor Holmwood me lo presentó y vino aquí a vernos, y ahora nos visita a menudo. Creo que es uno de los hombres más resueltos que jamás he visto, y sin embargo, el más calmado. Parece absolutamente imperturbable. Me puedo imaginar el magnífico poder que tiene sobre sus pacientes. Tiene el curioso hábito de mirarlo a uno directamente a la cara como si tratara de leerle los pensamientos. Trata de hacer esto muchas veces conmigo, pero yo me jacto de que esta vez se ha encontrado con una nuez demasiado dura para quebrar. Eso lo sé por mi espejo. ¿Nunca has tratado de leer tu propia cara? Yo sí, y te puedo decir que no es un mal estudio, y te da más trabajo del que puedes imaginarte si nunca lo has intentado todavía. Él dice que yo le proporciono un curioso caso psicológico, y yo humildemente creo que así es. Como tú sabes, no me tomo suficiente interés en los vestidos como para ser capaz de describir las nuevas modas. El tema de los vestidos es aburrido. Eso es otra vez slang, pero no le hagas caso; Arthur dice eso todos los días. Bien, eso es todo. Mina, nosotras nos hemos dicho todos nuestros secretos desde que éramos niñas; hemos dormido juntas y hemos comido juntas, hemos reído y llorado juntas; y ahora, aunque ya haya hablado, me gustaría hablar más. ¡Oh, Mina! ¿No pudiste adivinar? Lo amo; ¡lo amo! Vaya, eso me hace bien. Desearía estar contigo, querida, sentadas en confianza al lado del fuego, tal como solíamos hacerlo; entonces trataría de decirte lo que siento; no sé siquiera cómo estoy escribiéndote esto. Tengo miedo de parar, porque pudiera ser que rompiera la carta, y no quiero parar, porque deseo decírtelo todo. Mándame noticias tuyas inmediatamente, y dime todo lo que pienses acerca de esto. Mina, debo terminar. Buenas noches.

Bendíceme en tus oraciones, y, Mina, reza por mi felicidad.

LUCY

"P. D. No necesito decirte que es un secreto. Otra vez, buenas noches."

Carta de Lucy Westenra a Mina Murray

24 de mayo

"Mi queridísima Mina:

"Gracias, gracias y gracias otra vez por tu dulce carta. ¡Fue tan agradable poder sentir tu simpatía!

"Querida mía, nunca llueve sino a cántaros. ¡Cómo son ciertos los antiguos proverbios! Aquí me tienes, a mí que tendré veinte años en septiembre, y que nunca había tenido una proposición hasta hoy; no una verdadera, y hoy he tenido hasta tres. ¡Imagínatelo! ¡TRES proposiciones en un día! ¿No es terrible? Me siento triste, verdadera y profundamente triste, por dos de los tres sujetos. ¡Oh, Mina, estoy tan contenta que no sé qué hacer conmigo misma! ¡Y tres proposiciones de matrimonio!

Pero, por amor de Dios, no se lo digas a ninguna de las chicas, o comenzarían de inmediato a tener toda clase de ideas extravagantes y a imaginarse ofendidas, y desairadas, si en su primer día en casa no recibieran por lo menos seis; ¡algunas chicas son tan vanas! Tú y yo, querida Mina, que estamos comprometidas y pronto nos vamos a asentar sobriamente como viejas mujeres casadas, podemos despreciar la vanidad.

Bien, debo hablarte acerca de los tres, pero tú debes mantenerlo en secreto, sin decírselo a nadie, excepto, por supuesto, a Jonathan. Tú se lo dirás a él, porque yo, si estuviera en tu lugar, se lo diría seguramente a Arthur. Una mujer debe decirle todo a su marido, ¿no crees, querida?, y yo debo ser justa. A los hombres les gusta que las mujeres, desde luego sus esposas, sean tan justas como son ellos; y las mujeres, temo, no son siempre tan justas como debieran serlo.

Bien, querida, el número uno llegó justamente antes del almuerzo. Ya te he hablado de él: el doctor John Seward, el hombre del asilo para lunáticos, con un fuerte mentón y una buena frente. Exteriormente se mostró muy frío, pero de todas maneras estaba nervioso. Evidentemente estuvo educándose a sí mismo respecto a toda clase de pequeñas cosas, y las recordaba; pero se las arregló para casi sentarse en su sombrero de seda, cosa que los hombres generalmente no hacen cuando están tranquilos, y luego, al tratar de parecer calmado, estuvo jugando con una lanceta, de una manera que casi me hizo gritar. Me habló, Mina, muy directamente. Me dijo cómo me quería él, a pesar de conocerme de tan poco tiempo, y lo que sería su vida si me tenía a mí para ayudarle y alegrarlo. Estaba a punto de decirme lo infeliz que sería si yo no lo quisiera también a él, pero cuando me vio llorando me dijo que él era un bruto y que no quería agregar más penas a las presentes.

Entonces hizo una pausa y me preguntó si podía llegar a amarlo con el tiempo; y cuando yo moví la cabeza negativamente, sus manos temblaron, y luego, con alguna incertidumbre, me preguntó si ya me importaba alguna otra persona. Me dijo todo de una manera muy bonita, alegando que no quería obligarme a confesar, pero que lo quería saber, porque si el corazón de una mujer estaba libre un hombre podía tener esperanzas. Y entonces, Mina, sentí una especie de deber decirle que ya había alguien. Sólo le dije eso, y él se puso en pie, y se veía muy fuerte y muy serio cuando tomó mis dos manos en las suyas y dijo que esperaba que yo fuese feliz, y que si alguna vez yo necesitaba un amigo debía de contarlo a él entre uno de los mejores. ¡Oh, mi querida Mina, no puedo evitar llorar: debes perdonar que esta carta vaya manchada. Es muy bonito que se le propongan a una y todas esas cosas, pero no es para nada una cosa alegre cuando tú ves a un pobre tipo, que sabes te ama honestamente, alejarse viéndose todo descorazonado, y sabiendo tú que, no importa lo que pueda decir en esos momentos, te estás alejando para siempre de su vida. Mi querida, de momento debo parar aquí, me siento tan mal, ¡aunque estoy tan feliz!

Noche, "Arthur se acaba de ir, y me siento mucho más animada que cuando dejé de escribirte, de manera que puedo seguirte diciendo lo que pasó durante el día. Bien, querida, el número dos llegó después del almuerzo. Es un tipo tan bueno, un americano de Tejas, y se ve tan joven y tan fresco que parece imposible que haya estado en tantos lugares y haya tenido tantas aventuras. Yo simpatizo con la pobre Desdémona cuando le echaron al oído tan peligrosa corriente, incluso por un negro. Supongo que nosotras las mujeres somos tan cobardes que pensamos que un hombre nos va a salvar de los miedos, y nos casamos con él. Yo ya sé lo que haría si fuese un hombre y deseara que una muchacha me amara. No, no lo sé, pues el señor Morris siempre nos contaba sus aventuras, y Arthur nunca lo hizo, y sin embargo, Querida, no sé cómo me estoy adelantando. El señor Quincey P. Morris me encontró sola. Parece ser que un hombre siempre encuentra sola a una chica. No, no siempre, pues Arthur lo intentó en dos ocasiones distintas, y yo ayudándole todo lo que podía; no me da vergüenza decirlo ahora. Debo decirte antes que nada, que el señor Morris no habla siempre slang; es decir, no lo habla delante de extraños, pues es realmente bien educado y tiene unas maneras muy finas, pero se dio cuenta de que me hacía mucha gracia oírle hablar el slang americano, y siempre que yo estaba presente, y que no hubiera nadie a quien pudiera molestarle, decía cosas divertidas. Temo, querida, que tiene que inventárselo todo, pues encaja perfectamente en cualquier otra cosa que tenga que decir. Pero esto es una cosa propia del slang. Yo misma no sé si algún día llegaré a hablar slang; no sé si le gusta a Arthur, ya que nunca le he oído utilizarlo. Bien, el señor Morris se sentó a mi lado y estaba tan alegre y contento como podía estar, pero de todas maneras yo pude ver que estaba muy nervioso. Tomó casi con veneración una de mis manos entre las suyas, y dijo, de la manera más cariñosa:

"Señorita Lucy, sé que no soy lo suficientemente bueno como para atarle las cintas de sus pequeños zapatos, pero supongo que si usted espera hasta encontrar un hombre que lo sea, se irá a unir con esas siete jovenzuelas de las lámparas cuando se aburra. ¿Por qué no se engancha a mi lado y nos vamos por el largo camino juntos, conduciendo con dobles arneses?

"Bueno, pues estaba de tan buen humor y tan alegre, que no me pareció ser ni la mitad difícil de negármele como había sido con el pobre doctor Seward; así es que dije, tan ligeramente como pude, que yo no sabía nada acerca de cómo engancharme, y que todavía no estaba lo suficientemente madura como para usar un arnés. Entonces él dijo que había hablado de una manera muy ligera, y que esperaba que si había cometido un error al hacerlo así, en una ocasión tan seria y trascendental para él, que yo lo perdonara. Verdaderamente estuvo muy serio cuando dijo esto, y yo no pude evitar sentirme también un poco seria (lo sé, Mina, que pensarás que soy una coqueta horrorosa), aunque tampoco pude evitar sentir una especie de regocijo triunfante por ser el número dos en un día. Y entonces, querida, antes de que yo pudiese decir una palabra, comenzó a expresar un torrente de palabras amorosas, poniendo su propio corazón y su alma a mis pies. Se veía tan sincero sobre todo lo que decía que yo nunca volveré a pensar que un hombre debe ser siempre juguetón, y nunca serio, sólo porque a veces se comporte alegremente. Supongo que vio algo en mi rostro que lo puso en guardia, pues repentinamente se interrumpió, y dijo, con una especie de fervor masculino que me hubiese hecho amarlo si yo hubiese estado libre, si mi corazón no tuviera ya dueño, lo siguiente:

"Lucy, usted es una muchacha de corazón sincero; lo sé. No estaría aquí hablando con usted como lo estoy haciendo ahora si no la considerara de alma limpia, hasta en lo más profundo de su ser.

Dígame, como un buen compañero a otro, ¿hay algún otro hombre que le interese? Y si lo hay, jamás volveré a tocar ni siquiera una hebra de su cabello, pero seré, si usted me lo permite, un amigo muy sincero.

"Mi querida Mina, ¿por qué son los hombres tan nobles cuando nosotras las mujeres somos tan inmerecedoras de ellos? Heme aquí casi haciendo burla de este verdadero caballero de todo corazón. Me eché a llorar (temo, querida, que creerás que esta es una carta muy chapucera en muchos sentidos), y realmente me sentí muy mal. ¿Por qué no le pueden permitir a una muchacha que se case con tres hombres, o con tantos como la quieran, para evitar así estas molestias? Pero esto es una 'herejía', y no debo decirla. Me alegra, sin embargo, decirte que a pesar de estar llorando, fui capaz de mirar a los valientes ojos del señor Morris y de hablarle sin rodeos: "Sí; hay alguien a quien amo, aunque él todavía no me ha dicho que me quiere.

"Estuvo bien que yo le hablara tan francamente, pues una luz pareció iluminar su rostro, y extendiendo sus dos manos, tomó las mías, o creo que fui yo quien las puso en las de él, y dijo muy emocionado:

"Así es, mi valiente muchacha. Vale más la pena llegar tarde en la posibilidad de ganarla a usted, que llegar a tiempo por cualquier otra muchacha en el mundo. No llore, querida. Si es por mí, soy una nuez muy dura de romper; lo aguantaré de pie. Si ese otro sujeto no conoce su dicha, bueno, pues lo mejor es que la busque con rapidez o tendrá que vérselas conmigo. Pequeña, su sinceridad y ánimo han hecho de mí un amigo, y eso es todavía más raro que un amante; de todas maneras, es menos egoísta. Querida, voy a tener que hacer solo esta caminata hasta el Reino de los Cielos. ¿No me daría usted un beso? Será algo para llevarlo a través de la oscuridad, ahora y entonces. Usted puede hacerlo, si lo desea, pues ese otro buen tipo (debe ser un magnífico tipo, querida; un buen sujeto, o usted no podría amarlo) no ha hablado todavía.

"Eso casi me ganó, Mina, pues fue valiente y dulce con él, y también noble con un rival (¿no es así?) y él, ¡tan triste! Así es que me incliné hacia adelante y lo besé con ternura.

"Se puso en pie con mis dos manos en las suyas, y mientras miraba hacia abajo, a mi cara, temo que yo estaba muy sonrojada, dijo:

"Muchachita, yo sostengo sus manos y usted me ha besado, y si estas cosas no hacen de nosotros buenos amigos, nada lo hará. Gracias por su dulce sinceridad conmigo, y adiós.

"Soltó mi mano, y tomando el sombrero, salió del cuarto sin volverse a ver, sin derramar una lágrima, sin temblar ni hacer una pausa. Y yo estoy llorando como un bebé. ¡Oh!, ¿por qué debe ser infeliz un hombre como ese cuando hay muchas chicas cerca que podrían adorar hasta el mismo suelo que pisa? Yo sé que yo lo haría si estuviera libre, pero sucede que no quiero estar libre. Querida, esto me ha perturbado, y siento que no puedo escribir acerca de la felicidad ahora mismo, después de lo que te he dicho; y no quiero decir nada acerca del número tres, hasta que todo pueda ser felicidad.

"Te quiere siempre,

LUCY

"P. D.-¡Oh! Acerca del número tres, no necesito decirte nada acerca del número tres, ¿no es cierto? Además, ¡fue todo tan confuso! Pareció que sólo había transcurrido un instante desde que había entrado en el cuarto hasta que sus dos brazos me rodearon, y me estaba besando.

Estoy muy, muy contenta, y no sé qué he hecho para merecerlo. Sólo debo tratar en el futuro de mostrar que no soy desagradecida a Dios por todas sus bondades, al enviarme un amor así, un marido y un amigo.

"Adiós."


Del diario del doctor Seward (grabado en fonógrafo)

25 de mayo. Marea menguante en el apetito de hoy. No puedo comer; no puedo descansar, así es que en su lugar, el diario. Desde mi fracaso de ayer siento una especie de vacío; nada en el mundo parece ser lo suficientemente importante como para dedicarse a ello. Como sabía que la única cura para estas cosas era el trabajo, me dediqué a mis pacientes. Escogí a uno que me ha proporcionado un estudio de mucho interés. Es tan raro que estoy determinado a entenderlo tanto como pueda. Me parece que hoy me acerqué más que nunca al corazón de su misterio.

Lo interrogué más detalladamente que otras veces, con el propósito de adueñarme de los hechos de su alucinación. En mi manera de hacer esto, ahora lo veo, había algo de crueldad. Me parecía desear mantenerlo en el momento más alto de su locura, una cosa que yo evito hacer con los pacientes como evitaría la boca del infierno. (Recordar: ¿en qué circunstancias no evitaría yo el abismo del infierno?) Omnia Romae venalia sunt. ¡El infierno tiene su precio! verb sap. Si hay algo detrás de este instinto será de mucho valor rastrearlo después con gran precisión, de tal manera que mejor comienzo a hacerlo, y por lo tanto...

R. M. Renfield, aetat. 59. Temperamento sanguíneo; gran fortaleza física; excitable mórbidamente; períodos de decaimiento que terminan en alguna idea fija, la cual no he podido descifrar. Supongo que el temperamento sanguíneo mismo y la influencia perturbadora terminan en un desenlace mentalmente logrado; un hombre posiblemente peligroso, probablemente peligroso si es egoísta. En hombres egoístas, la cautela es un arma tan segura para sus enemigos como para ellos mismos. Lo que yo pienso sobre esto es que cuando el yo es la idea fija, la fuerza centrípeta es equilibrada a la centrífuga; cuando la idea fija es el deber, una causa, etc., la última fuerza es predominante, y sólo pueden equilibrarla un accidente o una serie de accidentes.

 

Carta de Quincey P. Morris al honorable Arthur Holmwood

25 de mayo

"Mi querido Arthur:

"Hemos contado embustes al lado de una fogata en las praderas; y hemos atendido las heridas del otro después de tratar de desembarcar en las Marquesas; y hemos brindado a orillas del lago Titicaca. Hay más embustes que contar, y más heridas que sanar, y otro brindis que hacer. ¿No permitirás que esto sea así mañana por la noche en la fogata de mi campamento? No dudo al preguntártelo, pues sé que cierta dama está invitada a cierta cena, y tú estás libre. Sólo habrá otro convidado: nuestro viejo compinche en Corea, Jack Seward. El también va a venir, y los dos deseamos mezclar nuestras lágrimas en torno de la copa de vino, y luego hacer un brindis de todo corazón por el hombre más feliz de este ancho mundo, que ha ganado el corazón más noble que ha hecho Dios y es el que más merece ganárselo. Te prometemos una calurosa bienvenida y un saludo afectuoso, y un brindis tan sincero como tu propia mano derecha. Ambos juramos irte a dejar a casa si bebes demasiado en honor de cierto par de ojos. ¡Te espero!

"Tu sincero amigo de siempre,

QUINCEY P. MORRIS"

 

Telegrama de Arthur Holmwood a Quincey P. Morris

26 de mayo.

"Contad conmigo en todo momento. Llevo unos mensajes que os harán zumbar los oídos.

ART "

 

Capítulo VI: Diario de Mina Murray.


Whitby, 24 de julio. Encontré en la estación a Lucy, que parecía más dulce y bonita que nunca, y de allí nos dirigimos a la casa de Crescent, en la que tienen cuartos.

Es un lugar muy bonito. El pequeño río, el Esk, corre a través de un profundo valle, que se amplía a medida que se acerca al puerto. Lo atraviesa un gran viaducto, de altos machones, a través del cual el paisaje parece estar algo más lejos de lo que en realidad está. El valle es de un verde bellísimo, y es tan empinado que cuando uno se encuentra en la parte alta de cualquier lado se ve a través de él, a menos que uno esté lo suficientemente cerca como para ver hacia abajo. Las casas del antiguo pueblo (el lado más alejado de nosotros) tienen todas tejados rojos, y parecen estar amontonadas unas sobre otras de cualquier manera, como se ve en las estampas de Nüremberg.

Exactamente encima del pueblo están las ruinas de la abadía de Whitby, que fue saqueada por los daneses, lo cual es la escena de parte de "Marmion", cuando la muchacha es emparedada en el muro. Es una ruina de lo más noble, de inmenso tamaño, y llena de rasgos bellos y románticos; según la leyenda, una dama de blanco se ve en una de las ventanas. Entre la abadía y el pueblo hay otra iglesia, la de la parroquia, alrededor de la cual hay un gran cementerio, todo lleno de tumbas de piedra. Según mi manera de ver, este es el lugar más bonito de Whitby, pues se extiende justamente sobre el pueblo y se tiene desde allí una vista completa del puerto y de toda la bahía donde el cabo Kettleness se introduce en el mar. Desciende tan empinada sobre el puerto, que parte de la ribera se ha caído, y algunas de las tumbas han sido destruidas. En un lugar, parte de las piedras de las tumbas se desparraman sobre el sendero arenoso situado mucho más abajo. Hay andenes, con bancas a los lados, a través del cementerio de la iglesia. La gente se sienta allí durante todo el día mirando el magnífico paisaje y gozando de la brisa. Vendré y me sentaré aquí muy frecuentemente a trabajar. De hecho, ya estoy ahora escribiendo sobre mis rodillas, y escuchando la conversación de tres viejos que están sentados a mi lado. Parece que no hacen en todo el día otra cosa que sentarse aquí y hablar.

El puerto yace debajo de mí, con una larga pared de granito que se introduce en el mar en el lado más alejado, con una curva hacia afuera, al final de ella, en medio de la cual hay un faro. Un macizo malecón corre por la parte exterior de ese faro. En el lado más cercano, el malecón forma un recodo doblado a la inversa, y su terminación tiene también un faro. Entre los dos muelles hay una pequeña abertura hacia el puerto, que de ahí en adelante se amplía repentinamente.

Cuando hay marea alta es muy bonito; pero cuando baja la marea disminuye de profundidad hasta casi quedar seco, y entonces sólo se ve la corriente del Esk deslizándose entre los bancos de arena, con algunas rocas aquí y allá. Afuera del puerto, de este lado, se levanta por cerca de media milla un gran arrecife, cuya parte aguda corre directamente desde la parte sur del faro. Al final de ella hay una boya con una campana, que suena cuando hay mal tiempo y lanza sus lúgubres notas al viento. Cuentan aquí una leyenda: cuando un barco está perdido se escuchan campanas que suenan en el mar abierto. Debo interrogar acerca de esto al anciano; camina en esta dirección...

Es un viejo muy divertido. Debe ser terriblemente viejo, pues su rostro está todo rugoso y torcido como la corteza de un árbol. Me dice que tiene casi cien años, y que era marinero de la flota pesquera de Groenlandia cuando la batalla de Waterloo. Es, temo, una persona muy escéptica, pues cuando le pregunté acerca de las campanas en el mar y acerca de la Dama de Blanco en la abadía, me dijo muy bruscamente:

-Señorita, si yo fuera usted, no me preocuparía por eso. Esas cosas están todas gastadas. Es decir, yo no digo que nunca sucedieron, pero sí digo que no sucedieron en mi tiempo. Todo eso está bien para forasteros y viajeros, pero no para una joven tan bonita como usted. Esos caminantes de York y Leeds, que siempre están comiendo arenques curtidos y tomando té, y viendo cómo pueden comprar cualquier cosa barata, creen en esas cosas. Yo me pregunto quién se preocupa de contarles esas mentiras, hasta en los periódicos, que están llenos de habladurías tontas.

Creí que sería una buena persona de quien podía aprender cosas interesantes, así es que le pregunté si no le molestaría decirme algo acerca de la pesca de ballenas en tiempos remotos. Estaba justamente sentándose para comenzar cuando el reloj dio las seis, y entonces se levantó trabajosamente, y dijo:

-Señorita, ahora debo irme otra vez a casa. A mi nieta no le gusta esperar cuando el té ya está servido, pues tarda algún tiempo.

Se alejó cojeando, y pude ver que se apresuraba, tanto como podía, gradas abajo.

Los graderíos son un rasgo distintivo de este lugar. Conducen del pueblo a la iglesia; hay cientos de ellos (no sé cuantos) y se enroscan en delicadas curvas; el declive es tan leve que un caballo puede fácilmente subirlos o bajarlos. Creo que originalmente deben haber tenido algo que ver con la abadía. Me iré hacia mi casa también. Lucy salió a hacer algunas visitas con su madre, y como sólo eran visitas de cortesía, yo no fui. Pero ya es hora de que estén de regreso.

1 de agosto. Hace una hora que llegué aquí arriba con Lucy, y tuvimos la más interesante conversación con mi viejo amigo y los otros dos que siempre vienen y le hacen compañía. Él es evidentemente el oráculo del grupo, y me atrevo a pensar que en su tiempo debe haber sido una persona por demás dictatorial. Nunca admite equivocarse, y siempre contradice a todo el mundo. Si no puede ganar discutiendo, entonces los amedrenta, y luego toma el silencio de los demás por aceptación de sus propios puntos de vista. Lucy estaba dulcemente bella en su vestido de linón blanco; desde que llegamos tiene un bellísimo color.

Noté que el anciano no perdió ningún tiempo en llegar hasta ella y sentarse a su lado cuando nosotros nos sentamos. Lucy es tan dulce con los ancianos que creo que todos se enamoran de ella al instante. Hasta mi viejo sucumbió y no la contradijo, sino que apoyó todo lo que ella decía. Logré llevarlo al tema de las leyendas, y de inmediato comenzó a hablar echándonos una especie de sermón. Debo tratar de recordarlo y escribirlo:

-Todas esas son tonterías, de cabo a rabo; eso es lo que son, y nada más. Esos dichos y señales y fantasmotes y convidados de piedra y patochados y todo eso, sólo sirven para asustar niños y mujeres. No son más que palabras, eso y todos esos espantos, señales y advertencias que fueron inventados por curas y personas malintencionadas y por los reclutadores de los ferrocarriles, para asustar a un pobre tipo y para hacer que la gente haga algo que de otra manera no haría. Me enfurece pensar en ello. ¿Por qué son ellos quienes, no contentos con imprimir mentiras sobre el papel y predicarlas desde los púlpitos, quieren grabarlas hasta en las tumbas? Miren a su alrededor como deseen y verán que todas esas lápidas que levantan sus cabezas tanto como su orgullo se lo permite, están inclinadas..., sencillamente cayendo bajo el peso de las mentiras escritas en ellas. Los "Aquí yacen los restos" o "A la memoria sagrada" están escritos sobre ellas y, no obstante, ni siquiera en la mitad de ellas hay cuerpo alguno; a nadie le ha importado un comino sus memorias y mucho menos las han santificado. ¡Todo es mentira, sólo mentiras de un tipo o de otro! ¡Santo Dios! Pero el gran repudio vendrá en el Día del Juicio Final, cuando todos salgan con sus mortajas, todos unidos tratando de arrastrar con ellos sus lápidas para probar lo buenos que fueron; algunos de ellos temblando, cayendo con sus manos adormecidas y resbalosas por haber yacido en el mar, a tal punto que ni siquiera podrán mantenerse unidos.

Por el aire satisfecho del anciano y por la forma en que miraba a su alrededor en busca de apoyo a sus palabras, pude observar que estaba alardeando, de manera que dije algo que le hiciera continuar.

-¡Oh, señor Swales, no puede hablar en serio! Ciertamente todas las lápidas no pueden estar mal.

-¡Pamplinas! Puede que escasamente haya algunas que no estén mal, excepto en las que se pone demasiado bien a la gente; porque existen personas que piensan que un recipiente de bálsamo podría ser como el mar, si tan sólo fuera suyo. Todo eso no son sino mentiras. Escuche, usted vino aquí como una extraña y vio este atrio de iglesia.

Yo asentí porque creí que lo mejor sería hacer eso. Sabía que algo tenía que ver con el templo. El hombre continuó:

-Y a usted le consta que todas esas lápidas pertenecen a personas que han sido sepultadas aquí, ¿no es verdad?

Volví a asentir.

-Entonces, es ahí justamente en donde aparece la mentira. Escuche, hay veintenas de tales sitios de reposo que son tumbas tan antiguas como el cajón del viejo Dun del viernes por la noche -le dio un codazo a uno de sus amigos y todos rieron-. ¡Santo Dios! ¿Y cómo podrían ser otra cosa? Mire esa, la que está en la última parte del cementerio, ¡léala!

Fui hasta ella, y leí:

-Edward Spencelagh, contramaestre, asesinado por los piratas en las afueras de la costa de Andres, abril de 1845, a la edad de 30 años.

Cuando regresé, el señor Swales continuó:

-Me pregunto, ¿quién lo trajo a sepultar aquí? ¡Asesinado en las afueras de la costa de Andres! ¡Y a ustedes les consta que su cuerpo reposa ahí!. Yo podría enumerarles una docena cuyos huesos yacen en los mares de Groenlandia, al norte -y señaló en esa dirección-, o a donde hayan sido arrastrados por las corrientes. Sus lápidas están alrededor de ustedes, y con sus ojos jóvenes pueden leer desde aquí las mentiras que hay entre líneas. Respecto a este Braithwaite Lowrey..., yo conocí a su padre, éste se perdió en el Lively en las afueras de Groenlandia el año veinte; y a Andrew Woodhouse, ahogado en el mismo mar en 1777; y a John Paxton, que se ahogó cerca del cabo Farewell un año más tarde, y al viejo John Rawlings, cuyo abuelo navegó conmigo y que se ahogó en el golfo de Finlandia en el año cincuenta. ¿Creen ustedes que todos estos hombres tienen que apresurarse a ir a Whitby cuando la trompeta suene? ¡Mucho lo dudo! Les aseguro que para cuando llegaran aquí estarían chocando y sacudiéndose unos con otros en una forma que parecería una pelea sobre el hielo, como en los viejos tiempos en que nos enfrentábamos unos a otros desde el amanecer hasta el anochecer y tratando de curar nuestras heridas a la luz de la aurora boreal.

Evidentemente, esto era una broma del lugar, porque el anciano rió al hablar y sus amigos le festejaron de muy buena gana.

-Pero -dije-, seguramente no es esto del todo correcto porque usted parte del supuesto de que toda la pobre gente, o sus espíritus, tendrán que llevar consigo sus lápidas en el Día del Juicio. ¿Cree usted que eso será realmente necesario?

-Bueno, ¿para qué otra cosa pueden ser esas lápidas? ¡Contésteme eso, querida!

-Supongo que para agradar a sus familiares.

-¡Supone que para agradar a sus familiares! -sus palabras estaban impregnadas de un intenso sarcasmo-. ¿Cómo puede agradarle a sus familiares el saber que todo lo que hay escrito ahí es una mentira, y que todo el mundo, en este lugar, sabe que lo es? Señaló hacia una piedra que estaba a nuestros pies y que había sido colocada a guisa de lápida, sobre la cual descansaba la silla, cerca de la orilla del peñasco.

-Lean las mentiras que están sobre esa lápida -dijo.

Las letras quedaban de cabeza desde donde yo estaba; pero Lucy quedaba frente a ellas, de manera que se inclinó y leyó:

-A la sagrada memoria de George Canon, quien murió en la esperanza de una gloriosa resurrección, el 29 de julio de 1873, al caer de las rocas en Kettleness. Esta tumba fue erigida por su doliente madre para su muy amado hijo. "Era el hijo único de su madre que era viuda." A decir verdad, señor Swales, yo no veo nada de gracioso en eso -sus palabras fueron pronunciadas con suma gravedad y con cierta severidad.

-¡No lo encuentra gracioso! ¡Ja! ¡Ja! Pero eso es porque no sabe que la doliente madre era una bruja que lo odiaba porque era un pillo..., un verdadero pillo...; y él la odiaba de tal manera que se suicidó para que no cobrara un seguro que ella había comprado sobre su vida. Casi se voló la tapa de los sesos con una vieja escopeta que usaban para espantar los cuervos; no la apuntó hacia los cuervos esa vez, pero hizo que cayeran sobre él otros objetos. Fue así como cayó de las rocas. Y en lo que se refiere a las esperanzas de una gloriosa resurrección, con frecuencia le oí decir, señorita, que esperaba irse al infierno porque su madre era tan piadosa que seguramente iría al cielo y él no deseaba encontrarse en el mismo lugar en que estuviera ella. Ahora, en todo caso, ¿no es eso una sarta de mentiras? -y subrayó las palabras con su bastón-. Y vaya si hará reír a Gabriel cuando Geordie suba jadeante por las rocas con su lápida equilibrada sobre la joroba, ¡y pida que sea tomada como evidencia!

No supe qué decir; pero Lucy cambió la conversación al decir, mientras se ponía de pie:

-¿Por qué nos habló sobre esto? Es mi asiento favorito y no puedo dejarlo, y ahora descubro que debo seguir sentándome sobre la tumba de un suicida.

-Eso no le hará ningún mal, preciosa, y puede que Geordie se alegre de tener a una chica tan esbelta sobre su regazo. No le hará daño, yo mismo me he sentado innumerables ocasiones en los últimos veinte años y nada me ha pasado. No se preocupe por los tipos como el que yace ahí o que tampoco están ahí. El tiempo para correr llegará cuando vea que todos cargan con las lápidas y que el lugar quede tan desnudo como un campo segado. Ya suena la hora y debo irme, ¡a sus pies, señoras!

Y se alejó cojeando.

Lucy y yo permanecimos sentadas unos momentos, y todo lo que teníamos delante era tan hermoso que nos tomamos de la mano. Ella volvió a decirme lo de Arthur y su próximo matrimonio; eso hizo que me sintiera un poco triste, porque nada he sabido de Jonathan durante todo un mes.

El mismo día. Vine aquí sola porque me siento muy triste. No hubo carta para mí: espero que nada le haya sucedido a Jonathan. El reloj acaba de dar las nueve, puedo ver las luces diseminadas por todo el pueblo, formando hileras en los sitios en donde están las calles y en otras partes solas; suben hasta el Esk para luego desaparecer en la curva del valle. A mi izquierda, la vista es cortada por la línea negra del techo de la antigua casa que está al lado de la abadía. Las ovejas y corderos balan en los campos lejanos que están a mis espaldas, y del camino empedrado de abajo sube el sonido de pezuñas de burros. La banda que está en el muelle está tocando un vals austero en buen tiempo, y más allá sobre el muelle, hay una sesión del Ejército de Salvación en algún callejón. Ninguna de las bandas escucha a la otra; pero desde aquí puedo ver y oír a ambas. ¡Me pregunto en dónde está Jonathan y si estará pensando en mí! Cómo deseo que estuviera aquí.

 

Del Diario del doctor Seward

5 de junio. El caso de Renfield se hace más interesante cuanto más logro entender al hombre. Tiene ciertamente algunas características muy ampliamente desarrolladas: egoísmo, sigilo e intencionalidad. Desearía poder averiguar cuál es el objeto de esto último. Parece tener un esquema acabado propio de él, pero no sé cuál es.

Su virtud redentora es el amor para los animales, aunque, de hecho, tiene tan curiosos cambios que algunas veces me imagino que sólo es anormalmente cruel. Juega con toda clase de animales. Justamente ahora su pasatiempo es cazar moscas. En la actualidad tiene ya tal cantidad que he tenido un altercado con él. Para mi asombro, no tuvo ningún estallido de furia, como lo había esperado, sino que tomó el asunto con una seriedad muy digna. Reflexionó un momento, y luego dijo:

-¿Me puede dar tres días? Al cabo de ellos las dejaré libres.

Le dije que, por supuesto, le daba ese tiempo. Debo vigilarlo.

18 de junio.Ahora ha puesto su atención en las arañas, y tiene unos cuantos ejemplares muy grandes metidos en una caja. Se pasa todo el día alimentándolas con sus moscas, y el número de las últimas ha disminuido sensiblemente, aunque ha usado la mitad de su comida para atraer más moscas de afuera.

1 de julio. Sus arañas se están convirtiendo ahora en una molestia tan grande como sus moscas, y hoy le dije que debe deshacerse de ellas. Se puso muy triste al escuchar esto, por lo que le dije que por lo menos debía deshacerse de algunas. Aceptó alegremente esta propuesta, y le di otra vez el mismo tiempo para que efectuara la reducción. Mientras estaba con él me causó muchos disgustos, pues cuando un horrible moscardón, hinchado con desperdicios de comida, zumbó dentro del cuarto, él lo capturó y lo sostuvo un momento entre su índice y su pulgar, y antes de que yo pudiera advertir lo que iba a hacer, se lo echo a la boca y se lo comió. Lo reñí por lo que había hecho, pero él me arguyó que tenía muy buen sabor y era muy sano; que era vida, vida fuerte, y que le daba vida a él. Esto me dio una, o el rudimento de una idea. Debo vigilar cómo se deshace de sus arañas. Evidentemente tiene un arduo problema en la mente, pues siempre anda llevando una pequeña libreta en la cual a cada momento apunta algo.

Páginas enteras de esa libreta están llenas de montones de números, generalmente números simples sumados en tandas, y luego las sumas sumadas otra vez en tandas, como si estuviese "enfocando" alguna cuenta, tal como dicen los auditores.

8 de julio. Hay un método en su locura, y los rudimentos de la idea en mi mente están creciendo; pronto será una idea completa, y entonces, ¡oh, cerebración inconsciente!, tendrás que ceder el lugar a tu hermana consciente. Me mantuve alejado de mi amigo durante algunos días, de manera que pudiera notar si se producían cambios. Las cosas permanecen como antes, excepto que ha abandonado algunos de sus animalitos y se ha agenciado uno nuevo. Se consiguió un gorrión, y lo ha domesticado parcialmente. Su manera de domesticar es muy simple, pues ya han disminuido considerablemente las arañas. Sin embargo, las que todavía quedan, son bien alimentadas, pues todavía atrae a las moscas poniéndoles de tentación su comida.

19 de julio. Estamos progresando. Mi amigo tiene ahora casi una completa colonia de gorriones, y sus moscas y arañas casi han desaparecido. Cuando entré corrió hacia mí y me dijo que quería pedirme un gran favor; un favor muy, muy grande; y mientras me hablaba me hizo zalamerías como un perro. Le pregunté qué quería, y él me dijo, con una voz emocionada que casi se le quebraba en sollozos:

-Un gatito; un pequeño gatito, sedoso y juguetón, para que yo pueda jugar con él, y lo pueda domesticar, ¡y lo pueda alimentar, y alimentar, y alimentar!

Yo no estaba desprevenido para tal petición, pues había notado cómo sus animalitos iban creciendo en tamaño y vivacidad. Pero no me pareció agradable que su bonita familia de gorriones amansados fueran barridos de la misma manera en que habían sido barridos las moscas y las arañas; así es que le dije que lo pensaría, y le pregunté si no preferiría tener un gato grande en lugar de un gatito. La ansiedad lo traicionó al contestar:

-¡Oh, sí!, ¡claro que me gustaría un gato grande! Yo solo pedí un gatito temiendo que usted se negara a darme un gato grande. Nadie puede negarme un pequeño gatito, ¿verdad?

Yo moví la cabeza y le dije que de momento temía que no sería posible, pero que vería lo que podía hacer. Su rostro se ensombreció y yo pude ver una advertencia de peligro en él, pues me echo una mirada torva, que significaba deseos de matar. El hombre es un homicida maniático en potencia. Lo probaré con sus actuales deseos y veré qué resulta de todo eso: entonces sabré más.

10 p. m. Lo he visitado otra vez y lo encontré sentado en un rincón, cabizbajo.

Cuando entré, cayó de rodillas ante mí y me imploró que por favor lo dejara tener un gato; que su salvación dependía de él. Sin embargo, yo fui firme y le dije que no podía decírselo, por lo que se levantó sin decir palabra, se sentó otra vez en el rincón donde lo había encontrado y comenzó a mordisquearse los dedos. Vendré a verlo temprano por la mañana.

20 de julio. Visité muy temprano a Renfield, antes de que mi ayudante hiciera la ronda. Lo encontré ya levantado, tarareando una tonada. Estaba esparciendo el azúcar que ha guardado en la ventana, y estaba comenzando otra vez a cazar moscas; y estaba comenzando otra vez con alegría. Miré en torno buscando sus pájaros, y al no verlos le pregunté donde estaban. Me contestó, sin volverse a verme, que todos se habían escapado. Había unas cuantas plumas en el cuarto y en su almohada había unas gotas de sangre. No dije nada, pero fui y ordené al guardián que me reportara si le había sucedido alguna cosa rara a Renfield durante el día.

11 a. m. Mi asistente acaba de venir a verme para decirme que Renfield está muy enfermo y que ha vomitado muchas plumas. "Mi creencia es, doctor -me dijo-, que se ha comido todos sus pájaros, ¡y que se los ha comido así crudos, sin más!".

11 p. m. Esta noche le di a Renfield un sedante fuerte, suficiente para hacerlo dormir incluso a él, y tomé su libreta para echarle una mirada. El pensamiento que ha estado rondando por mi cerebro últimamente está completo, y la teoría probada. Mi maniático homicida es de una clase peculiar. Tendré que inventar una nueva clasificación para él y llamarlo maniático zoófago (que se alimenta de cosas vivientes); lo que él desea es absorber tantas vidas como pueda, y se ha impuesto la tarea de lograr esto de una manera acumulativa. Le dio muchas moscas a cada araña, y muchas arañas a cada pájaro, y luego quería un gato para que se comiera muchos pájaros. ¿Cuál hubiera sido su siguiente paso? Casi hubiera valido la pena completar el experimento. Podría hacerse si hubiera una causa suficiente. Los hombres se escandalizaron de la vivisección, y, sin embargo, ¡véanse los resultados actuales! ¿Por qué no he de impulsar la ciencia en su aspecto más difícil y vital, el conocimiento del cerebro humano? Si por lo menos tuviese yo el secreto de una mente tal, si tuviese la llave para la fantasía de siquiera un lunático, podría impulsar mi propia rama de la ciencia a un lugar tal que, comparada con ella, la fisiología de Burdon Sanderson o el conocimiento del cerebro de Ferrier, serían poco menos que nada. ¡Si hubiese una causa suficiente! No debo pensar mucho en esto, so pena de caer en la tentación; una buena causa puede trasmutar la escala conmigo, ¿pues no es cierto que yo también puedo ser un cerebro excepcional, congénitamente?

Qué bien razonó el hombre; los lunáticos siempre razonan bien dentro de su propio ámbito. Me pregunto en cuántas vidas valorará a un hombre, o siquiera a uno. Ha cerrado la cuenta con toda exactitud, y hoy comenzará un nuevo expediente. ¿Cuántos de nosotros comenzamos un nuevo expediente con cada día de nuestra vida? Me parece que sólo fue ayer cuando toda mi vida terminó con mi nueva esperanza, y que verdaderamente comenzó un nuevo expediente. Así será hasta que el Gran Recordador me sume y cierre mi libreta de cuentas con un balance de ganancias o pérdidas. ¡Oh, Lucy, Lucy!, no puedo estar enojado contigo, ni tampoco puedo estar enojado con mi amigo cuya felicidad es la tuya; pero sólo debo esperar en el infortunio y el trabajo. ¡Trabajo, trabajo!.

Si yo pudiese tener una causa tan fuerte como la que tiene mi pobre amigo loco, una buena causa, desinteresada, que me hiciera trabajar, eso sería indudablemente la felicidad.

 

Del diario de Mina Murray

26 de julio. Estoy ansiosa y me calma expresarme por escrito; es como susurrarse a si mismo y escuchar al mismo tiempo. Y hay algo también acerca de los símbolos taquigráficos que lo hace diferente a la simple escritura. Estoy triste por Lucy y por Jonathan. No había tenido noticias de Jonathan durante algún tiempo, y estaba muy preocupada; pero ayer el querido señor Hawkins, que siempre es tan amable, me envió una carta de él. Yo le había escrito preguntándole si había tenido noticias de Jonathan y él me respondió que la carta que me enviaba la acababa de recibir. Es sólo una línea fechada en el castillo de Drácula, en la que dice que en esos momentos está iniciando el viaje de regreso a casa. No es propio de Jonathan; no acabo de comprender, y me siento muy inquieta. Y luego, también Lucy, aunque está tan bien, últimamente ha vuelto a caer en su antigua costumbre de caminar dormida. Su madre me ha hablado acerca de ello, y hemos decidido que yo debo cerrar con llave la puerta de nuestro cuarto todas las noches. La señora Westenra tiene la idea de que los sonámbulos siempre salen a caminar por los techos de las casas y a lo largo de las orillas de los precipicios, y luego se despiertan repentinamente y se caen lanzando un grito desesperado que hace eco por todo el lugar. Pobrecita, naturalmente ella está ansiosa por Lucy, y me ha dicho que su marido, el padre de Lucy, tenía el mismo hábito; que se levantaba en las noches y se vestía y salía a pasear, si no era detenido. Lucy se va a casar en otoño, y ya está planeando sus vestidos y cómo va a ser arreglada su casa. La entiendo bien, pues yo haré lo mismo, con la diferencia de que Jonathan y yo comenzaremos la vida de una manera simple, y tendremos que tratar de hacer que encajen las dos puntas. El señor Holmwood (él es el honorable Arthur Holmwood, único hijo de lord Godalming) va a venir aquí por una breve visita, tan pronto como pueda dejar el pueblo, pues su padre no está tan bien, y yo creo que la querida Lucy esta contando los minutos hasta que llegue. Ella quiere llevarlo a la banca en el cementerio de la iglesia sobre el acantilado y mostrarle la belleza de Whitby. Me atrevo a decir que es la espera lo que la pone impaciente: se sentirá bien cuando él llegue.

27 de julio. Ninguna noticia de Jonathan. Me estoy poniendo intranquila por él, aunque no sé exactamente por qué; pero sí me gustaría mucho que escribiera, aunque sólo fuese una línea, Lucy camina más que nunca, y cada noche me despierto debido a que anda de arriba abajo por el cuarto. Afortunadamente el tiempo está tan caluroso que no puede resfriarse; pero de todas maneras la ansiedad y el estar perpetuamente despierta están comenzando a afectarme, y yo misma me estoy poniendo nerviosa y padezco un poco de insomnio. A Dios gracias, la salud de Lucy se sostiene. El señor Holmwood ha sido llamado repentinamente a Ring para ver a su padre, quien se ha puesto seriamente enfermo. Lucy se impacienta por la pospuesta de verlo, pero no le afecta en su semblante, está un poquitín más gorda y sus mejillas tienen un color rosado encantador. Ha perdido el semblante anémico que tenía. Rezo para que todo siga bien.

3 de agosto. Ha pasado otra semana y no he tenido noticias de Jonathan. Ni siquiera las ha tenido el señor Hawkins, de quien he recibido comunicación. Oh, verdaderamente deseo que no esté enfermo. Es casi seguro que hubiera escrito. He leído su última carta y hay algo en ella que no me satisface. No parece ser de él, y sin embargo, está escrita con su letra. Sobre esto último no hay error posible. La última semana Lucy ya no ha caminado tanto en sueños, pero hay una extraña concentración acerca de ella que no comprendo; hasta cuando duerme parece estarme observando. Hace girar la puerta, y al encontrarla cerrada con llave, va a uno y otro lado del cuarto buscando la llave.

6 de agosto. Otros tres días, y nada de noticias. Esta espera se está volviendo un martirio. Si por lo menos supiera adónde escribir, o adónde ir, me sentiría mucho mejor: pero nadie ha oído palabra de Jonathan desde aquella última carta. Sólo debo elevar mis oraciones a Dios pidiéndole paciencia. Lucy está más excitable que nunca, pero por lo demás sigue bien. Anoche hubo mal tiempo y los pescadores dicen que pronto habrá una tormenta. Debo tratar de observarla y aprender a pronosticar el clima. Hoy es un día gris, y mientras escribo el sol está escondido detrás de unas gruesas nubes, muy alto sobre Kettleness. Todo es gris, excepto la verde hierba, que parece una esmeralda en medio de todo; grises piedras de tierra, nubes grises, matizadas por la luz del sol en la orilla más lejana, colgadas sobre el mar gris, dentro del cual se introducen los bancos de arena como figuras grises. El mar está golpeando con un rugido sobre las poco profundas y arenosas ensenadas, embozado en la neblina marina que llega hasta tierra.

Todo es vasto; las nubes están amontonadas como piedras gigantescas, y sobre el mar hay ráfagas de viento que suenan como el presagio de un cruel destino. En la playa hay aquí y allá oscuras figuras, algunas veces envueltas por la niebla, y parecen "Árboles con formas humanas que caminaran". Todos los lanchones de pesca se dirigen rápidamente a puerto, y se elevan y se sumergen en las grandes olas al navegar hacia el puerto, escorando. Aquí viene el viejo señor Swales. Se dirige directamente hacia mí, y puedo ver, por la manera como levanta su sombrero, que desea hablar conmigo.

Me he sentido bastante conmovida por el cambio del pobre anciano. Cuando se sentó a mi lado, dijo de manera muy tímida:

-Quiero decirle algo a usted, señorita.

Pude ver que no estaba tranquilo, por lo que tomé su pobre mano vieja y arrugada en la mía y le pedí que hablara con plena confianza; entonces, dejando su mano entre las mías, dijo:

-Tengo miedo, mi queridita, que debo haberle impresionado mucho por todas las cosas malévolas que he estado diciendo acerca de los muertos y cosas parecidas estas últimas semanas; pero no las he dicho en serio, y quiero que usted recuerde eso cuando yo me haya ido.

Nosotros, la gente vieja y un poco chiflada, y con un pie ya sobre el agujero maldito, no nos gusta para nada pensar en ello, y no queremos sentirnos asustados; y ése es el motivo por el cual he tomado tan a la ligera esas cosas, para poder alegrar un poquitín mi propio corazón. Pero, Dios la proteja, señorita, no tengo miedo de la muerte, no le tengo ni el menor miedo; sólo es que si pudiera no morirme, sería mejor. Mi tiempo ya se está acabando, pues yo ya soy viejo, y cien años es demasiado para cualquier hombre que espere; y estoy tan cerca de ella que ya el Anciano está afilando su guadaña. Ya ve usted, no puedo dejar la costumbre de reírme acerca de estas cosas de una sola vez: las burlas van a ser siempre mi tema favorito. Algún día el Ángel de la Muerte sonará su trompeta para mí. Pero no se aflija ni se arrepienta de mi muerte -dijo, viendo que yo estaba llorando-, pues si llegara esta misma noche yo no me negaré a contestar su llamado. Pues la vida, después de todo, es sólo una espera por alguna otra cosa además de la que estamos haciendo; y la muerte es todo sobre lo que verdaderamente podemos depender. Pero yo estoy contento, pues ya se acerca a mí, querida, y se acerca rápidamente. Puede llegar en cualquier momento mientras estemos mirando y haciéndonos preguntas.

Tal vez está en el viento allá afuera en el mar que trae consigo pérdidas y destrucción, y penosas ruinas, y corazones tristes. ¡Mirad, mirad! -gritó repentinamente-. Hay algo en ese viento y en el eco más allá de él que suena, parece, gusta y huele como muerte. Está en el aire; siento que llega. ¡Señor, haced que responda gozoso cuando llegue mi llamada!

Levantó los brazos devotamente y se quitó el sombrero. Su boca se movió como si estuviese rezando. Después de unos minutos de silencio, se puso de pie, me estrechó las manos y me bendijo, y dijo adiós. Se alejó cojeando. Todo esto me impresionó mucho, y me puso nerviosa.

Me alegré cuando el guardacostas se acercó, anteojo de larga vista bajo el brazo.

Se detuvo a hablar conmigo, como siempre hace, pero todo el tiempo se mantuvo mirando hacia un extraño barco.

-No me puedo imaginar qué es -me dijo-. Por lo que se puede ver, es ruso. Pero se está balanceando de una manera muy rara. Realmente no sabe qué hacer; parece que se da cuenta de que viene la tormenta, pero no se puede decidir a navegar hacia el norte al mar abierto, o a guarecerse aquí. ¡Mírelo, otra vez! Está maniobrando de una manera extremadamente rara. Tal parece que no obedece a las manos sobre el timón; cambia con cualquier golpe de viento. Ya sabremos más de él antes de mañana a esta misma hora.

 

Capítulo VII: Recorte del "Dailygraph", 8 de agosto (Pegado en el diario de Mina Murray)

 

De un corresponsal.

Whitby.- Una de las tormentas más fuertes y repentinas que se recuerdan acaba de pasar por aquí, con resultados extraños. El tiempo un tanto bochornoso, pero de ninguna manera excepcional para el mes de agosto. La noche del sábado fue tan buena como cualquier otra, y la gran cantidad de visitantes fueron ayer a los bosques de Mulgrave, la bahía de Robin Hood, el molino de Rig, Runswick, Staithes y los otros sitios de recreo en los alrededores de Whitby. Los vapores Emma y Scarborough hicieron numerosos viajes a lo largo de la costa, y hubo un movimiento extraordinario de personas que iban y venían de Whitby.

El día fue extremadamente bonito hasta por la tarde, cuando algunos de los chismosos que frecuentan el cementerio de la iglesia de East Cliff, y desde esa prominente eminencia observan la amplia extensión del mar visible hacia el norte y hacia el este, llamaron la atención un grupo de "colas de caballo" muy altas en el cielo hacia el noroeste. El viento estaba soplando desde el suroeste en un grado suave que en el lenguaje barométrico es calificado como 2: brisa ligera. El guardacostas de turno hizo inmediatamente el informe, y un anciano pescador, que durante más de medio siglo ha hecho observaciones del tiempo desde East Cliff, predijo de una manera enfática la llegada de una repentina tormenta. La puesta del sol fue tan bella, tan grandiosa en sus masas de nubes espléndidamente coloreadas, que una gran cantidad de personas se reunieron en la acera a lo largo del acantilado en el cementerio de la vieja iglesia, para gozar de su belleza. Antes de que el sol se hundiera detrás de la negra masa de Kettleness, encontrándose abiertamente de babor a estribor sobre el cielo del oeste, su ruta de descenso fue marcada por una miríada de nubes de todos los colores del celaje: rojas, moradas, color de rosa, verdes, violetas, y de todos los matices dorados; había aquí y allá masas no muy grandes, pero notoriamente de un negro absoluto, en todas clases de figuras; algunas sólo delineadas y otras como colosales siluetas. La vista de aquel paisaje no fue desaprovechada por los pintores, y no cabe ninguna duda de que algunos esbozos del "Preludio a una Gran Tormenta" adornaran las paredes de R. A. y R. I. el próximo mayo. Más de un capitán decidió en aquellos momentos y en aquel lugar que su "guijarro" o su "mula" (como llaman a las diferentes clases de botes) permanecería en el puerto hasta que hubiera pasado la tormenta. Por la noche el viento amainó por completo, y a la medianoche había una calma chicha, un bochornoso calor, y esa intensidad prevaleciente que, al acercarse el trueno, afecta a las personas de naturaleza muy sensible. Sólo había muy pocas luces en el mar, pues hasta los vapores costeños, que suelen navegar muy cerca de la orilla, se mantuvieron mar adentro, y sólo podían verse muy contados barcos de pesca. La única vela sobresaliente era una goleta forastera que tenía desplegado todo su velamen, y que parecía dirigirse hacia el oeste.

La testarudez o ignorancia de su tripulación fue un tema exhaustivamente comentado mientras permaneció a la vista, y se hicieron esfuerzos por enviarle señales para que arriaran velas, en vista del peligro. Antes de que cerrara la noche, se le vio con sus velas ondear ociosamente mientras navegaba con gran tranquilidad sobre las encrespadas olas del mar.

"Tan ociosamente como un barco pintado sobre un océano pintado."

Poco antes de las diez de la noche la quietud del viento se hizo bastante opresiva, y el silencio era tan marcado que el balido de una oveja tierra adentro o el ladrido de un perro en el pueblo, se escuchaban distintamente; y la banda que tocaba en el muelle, que tocaba una vivaracha marcha francesa, era una disonancia en la gran armonía del silencio de la naturaleza. Un poco después de medianoche llegó un extraño sonido desde el mar, y muy en lo alto comenzó a producirse un retumbo extraño, tenue, hueco.

Entonces, sin previo aviso, irrumpió la tempestad. Con una rapidez que, en aquellos momentos, parecía increíble, y que aún después es inconcebible; todo el aspecto de la naturaleza se volvió de inmediato convulso. Las olas se elevaron creciendo con furia, cada una sobrepasando a su compañera, hasta que en muy pocos minutos el vidrioso mar de no hacía mucho tiempo estaba rugiendo y devorando como un monstruo. Olas de crestas blancas golpearon salvajemente la arena de las playas y se lanzaron contra los pronunciados acantilados; otras se quebraron sobre los muelles, y barrieron con su espuma las linternas de los faros que se levantaban en cada uno de los extremos de los muelles en el puerto de Whitby. El viento rugía como un trueno, y soplaba con tal fuerza que les era difícil incluso a hombres fuertes mantenerse en pie, o sujetarse con un desesperado abrazo de los puntales de acero. Fue necesario hacer que la masa de curiosos desalojara por completo los muelles, o de otra manera las desgracias de la noche habrían aumentado considerablemente. Por si fueran pocas las dificultades y los peligros que se cernían sobre el poblado, unas masas de niebla marina comenzaron a invadir la tierra, nubes blancas y húmedas que avanzaron de manera fantasmal, tan húmedas, vaporosas y frías que se necesitaba sólo un pequeño esfuerzo de la imaginación para pensar que los espíritus de aquellos perdidos en el mar estaban tocando a sus cofrades vivientes con las viscosas manos de la muerte, y más de una persona sintió temblores y escalofríos al tiempo que las espirales de niebla marina subían tierra adentro. Por unos instantes la niebla se aclaraba y se podía ver el mar a alguna distancia, a la luz de los relámpagos, que ahora se sucedían frecuentemente seguidos por repentinos estrépitos de truenos, tan horrísonos que todo el cielo encima de uno parecía temblar bajo el golpe de la tormenta.

Algunas de las escenas que acontecieron fueron de una grandiosidad inconmensurable y de un interés absorbente. El mar, levantándose tan alto como las montañas, lanzaba al cielo grandes masas de espuma blanca, que la tempestad parecía coger y desperdigar por todo el espacio; aquí y allí un bote pescador, con las velas rasgadas, navegando desesperadamente en busca de refugio ante el peligro; de vez en cuando las blancas alas de una ave marina ondeada por la tormenta. En la cúspide de East Cliff el nuevo reflector estaba preparado para entrar en acción, pero todavía no había sido probado; los trabajadores encargados de él lo pusieron en posición, y en las pausas de la niebla que se nos venía encima barrieron con él la superficie del mar. Una o dos veces prestó el más eficiente de los servicios, como cuando un barco de pesca, con la borda bajo el agua, se precipitó hacia el puerto, esquivando, gracias a la guía de la luz protectora, el peligro de chocar contra los muelles. Cada vez que un bote lograba llegar a salvo al puerto había un grito de júbilo de la muchedumbre congregada en la orilla; un grito que por un momento parecía sobresalir del ventarrón, pero que era finalmente opacado por su empuje.

Al poco tiempo, el reflector descubrió a alguna distancia una goleta con todas sus velas desplegadas, aparentemente el mismo navío que había sido avistado esa misma noche. A esas horas, el viento había retrocedido hacia el este, y un temblor recorrió a todos los espectadores del acantilado cuando presenciaron el terrible peligro en el que se encontraba la nave. Entre ella y el puerto había un gran arrecife plano sobre el cual han chocado de tiempo en tiempo tantos buenos barcos, y que, con el viento soplando en esa dirección, sería un obstáculo casi imposible de franquear en caso de que intentase ganar la entrada del puerto. Ya era casi la hora de la marea alta, pero las olas eran tan impetuosas que en sus senos casi se hacían visibles las arenas de la playa, y la goleta, con todas las velas desplegadas, se precipitaba con tanta velocidad que, en las palabras de un viejo lobo de mar, "debía de llegar a alguna parte, aunque sólo fuese al infierno".

Luego llegó otra ráfaga de niebla marina, más espesa que todas las anteriores; una masa de neblina húmeda que pareció envolver a todas las cosas como un sudario gris y dejó asequible a los hombres sólo el órgano del oído, pues el ruido de la tempestad, el estallido de los truenos y el retumbo de las poderosas oleadas que llegaban a través del húmedo ambiente eran más fuertes que nunca. Los rayos del reflector se mantuvieron fijos en la boca del puerto a través del muelle del este, donde se esperaba el choque, y los hombres contuvieron la respiración. Repentinamente, el viento cambió hacia el noreste, y el resto de la niebla marina se diluyó; y entonces, mirabile dictu, entre los muelles, levantándose de ola en ola a medida que avanzaba a gran velocidad, entró la rara goleta con todas sus velas desplegadas y alcanzó el santuario del puerto. El reflector la siguió, y un escalofrío recorrió a todos los que la vieron, pues atado al timón había un cuerpo, con la cabeza caída, que se balanceaba horriblemente hacia uno y otro lado con cada movimiento del barco. No se podía ver ninguna otra forma sobre cubierta.

Un gran estado de reverencia y temor sobrecogió a todos cuando vieron que el barco, como por milagro, había encontrado el puerto, ¡guiado solamente por las manos de un hombre muerto! Sin embargo, todo se llevó a cabo más rápidamente de lo que tardo en escribir estas palabras. La goleta no se detuvo, sino que, navegando velozmente a través del puerto, embistió en un banco de arena y grava lavado por muchas mareas y muchas tormentas, situado en la esquina sureste del muelle que sobresale bajo East Cliff, y que localmente es conocido como el muelle Tate Hill.

Por supuesto que cuando la nave embistió contra el montón de arena se produjo una sacudida considerable. Cada verga, lazo y montante sufrió la sacudida, y una parte del mástil principal se vino abajo. Pero lo más extraño de todo fue que, en el mismo instante en que tocó la orilla, un perro inmenso saltó a cubierta desde abajo, y como si hubiese sido proyectado por el golpe, corrió hacia adelante y saltó desde la proa a la arena. Corriendo directamente hacia el empinado acantilado donde el cementerio de la iglesia cuelga sobre la callejuela que va hacia el muelle del este, tan pronunciadamente que algunas de las lápidas (" transatlánticas" o "piedras atravesadas", como las llaman vernacularmente aquí en Whitby) se proyectan de hecho donde el acantilado que la sostenía se ha derrumbado, y desapareció en la oscuridad, que parecía intensificada justamente más allá de la luz del reflector.

Sucedió que por casualidad en aquellos momentos no había nadie en el muelle de Tate Hill, pues todos aquellos cuyas casas se encontraban en la proximidad estaban, o en cama, o habían subido a las alturas para ver mejor. Por eso el capitán del guardacostas de turno en el lado este del puerto, que de inmediato corrió hacia el pequeño muelle, fue el primero que pudo subir a bordo. Los hombres que manejaban el reflector, después de escudriñar la entrada al puerto sin ver nada, dirigieron la luz hacia el buque abandonado y la mantuvieron allí. El capitán del guardacostas corrió sobre la cubierta de popa, y cuando llegó al lado de la rueda se inclinó para examinarla, y retrocedió de pronto como si estuviera bajo una fuerte emoción. Esto pareció picar la curiosidad general y un buen número de personas comenzaron a correr. Es un buen trecho el que hay desde West Cliff pasando por el puente de Drawbridge hasta el muelle de Tate Hill, pero su corresponsal es un corredor bastante bueno, y llegué con buena ventaja sobre el resto de la gente. Sin embargo, cuando llegué, encontré en el muelle a una muchedumbre que ya se había reunido, y a la cual el capitán del guardacostas y la policía no permitían subir a bordo. Por cortesía del jefe de marineros se me permitió, como corresponsal que soy, subir a bordo, y fui uno de los del pequeño grupo que vio al marinero muerto mientras se encontraba todavía atado a la rueda del timón.

No era de extrañar que el capitán del guardacostas se hubiera sorprendido, o que hubiera sentido temor, pues no es muy común que puedan verse cosas semejantes. El hombre estaba simplemente atado de manos, una sobre otra, a la cabilla de la rueda del timón. Entre su mano derecha y la madera había un crucifijo, estando los rosarios con los cuales se encontraba sujeto tanto alrededor de sus puños como de la rueda, y todo fuertemente atado por las cuerdas que lo amarraban. El pobre sujeto puede ser que haya estado sentado al principio, pero el aleteo y golpeteo de las velas habían hecho sus efectos en el timón de la rueda y lo arrastraron hacia uno y otro lado, de tal manera que las cuerdas con que estaba atado le habían cortado la carne hasta el hueso. Una detallada descripción del estado de cosas fue hecha, y un médico, el cirujano J. M. Caffyn, de East Elliot Place, Nº 33, quien subió inmediatamente después de mí, declaró después de hacer un examen que el hombre debió haber estado muerto por lo menos durante dos días. En su bolsillo había una botella, cuidadosamente tapada con un corcho, y vacía, salvo por un pequeño rollo de papel, que resultó ser el apéndice del diario de bitácora.

El capitán del guardacostas dijo que el hombre debió haber atado sus propias manos apretando los nudos con sus dientes. El hecho de que el capitán del guardacostas fue el primero en subir a bordo, puede evitar algunas complicaciones más tarde en la Corte del Almirantazgo; pues los guardacostas no pueden reclamar el derecho de salvamento a que pueden optar todos los civiles que sean primeros en encontrar un barco abandonado.

Sin embargo, los funcionarios legales ya se están moviendo, y un joven estudiante de leyes está asegurando en altas y claras voces que los derechos del propietario ya están completamente sacrificados, siendo retenida su propiedad en contravención a los estatutos de manos muertas, ya que la caña del timón, como emblema, si no es prueba de posesión delegada, es considerada mano muerta. Es innecesario decir que el marinero muerto ha sido reverentemente retirado del lugar donde mantenía su venerable vigilancia y guardia (con una tenacidad tan noble como la del joven Casablanca), y ha sido colocado en el depósito de cadáveres en espera de futuras pesquisas.

Ya esta pasando la repentina tormenta, y su ferocidad está menguando; la gente se desperdiga en dirección a sus casas, y el cielo esta comenzando a enrojecer sobre la campiña de Yorkshire. Enviaré, a tiempo para su próxima edición, más detalles del barco abandonado que encontró tan milagrosamente la ruta hacia el puerto, en medio de la tormenta.

9 de agosto. La secuela al extraño arribo del barco abandonado en la tormenta de anoche es casi más asombrosa que el hecho mismo. Resulta que la goleta es rusa, de Varna, y que es llamada Demetrio. Está llena casi enteramente de lastre de arena de plata, con sólo una pequeña cantidad de carga: muchas cajas grandes de madera llenas de tierra. Esta carga estaba consignada a un procurador de Whitby, el señor S. F. Billington, de La Creciente, Nº 7, quien esta mañana fue a bordo y tomó posesión formal de los bienes consignados a nombre de él. El cónsul ruso, también, actuando por el lado del embarque, tomó posesión formal del barco y pagó todos los impuestos portuarios, etcétera. No se habla de otra cosa aquí que de la extraña coincidencia; los empleados del Ministerio de Comercio han sido exageradamente escrupulosos en ver que todos los trámites legales se cumplan de acuerdo con las disposiciones vigentes.

Como el asunto parece que va a ser "un milagro de nueve días", están evidentemente determinados a que no exista causa para mayores complicaciones. Se ha notado bastante interés por el perro que saltó a tierra cuando el barco encalló, y más de un miembro de la A. P. C. A., que es muy fuerte aquí en Whitby, ha tratado de hacerse cargo del animal. Pero para desconsuelo general, no ha sido posible encontrarlo en ningún lado; más bien parece que ha desaparecido por completo del pueblo. Muy bien puede ser que se encontrara aterrorizado y que haya corrido a refugiarse en los pantanos, donde posiblemente está todavía escondido. Hay algunos que miran con miedo esta última posibilidad pues podría ser que después se convirtiera en un peligro, ya que evidentemente se trata de una bestia feroz. Temprano esta mañana, un perro grande, un mastín mestizo perteneciente a un comerciante de carbón cercano al muelle de Tate Hill, apareció muerto en el camino situado enfrente al patio de su dueño. Había estado peleando, y, manifiestamente tuvo a un oponente salvaje, pues tenía la garganta desgarrada y su vientre estaba abierto como por una garra salvaje.

Más tarde. Por amabilidad del inspector del Ministerio de Comercio, se me ha permitido que eche una mirada al cuaderno de bitácora del Demetrio, que está en orden hasta hace tres días, pero que no contenía nada de especial interés, excepto lo relativo a los hechos de hombres desaparecidos. El mayor interés, sin embargo, se centra respecto al papel encontrado en la botella, que fue presentado hoy durante las averiguaciones; y puedo asegurar que un cuento más extraño como el que parece deducirse de ambas cosas, nunca se había atravesado en mi camino.

Como no hay motivos para guardar secreto, se me permite que los use y le envíe a usted un relato detallado, omitiendo simplemente detalles técnicos de marinería y de sobrecargo. Casi parece como si el capitán hubiese sido sobrecogido por una especie de manía antes de que hubiesen llegado mar adentro, y que ésta se continuara desarrollando persistentemente a través del viaje. Por supuesto, mi aseveración debe ser tomada cum grano, porque estoy escribiendo según lo dictado por un empleado del cónsul ruso, quien amablemente traduce para mí, ya que hay poco tiempo.

 

CUADERNO DE BITÁCORA DEL "DEMETRIO"

De Verna a Whitby

Escrito el 18 de julio. Pasan cosas tan extrañas, de las que mantendré de aquí en adelante una detallada información hasta que lleguemos a tierra.

El 6 de julio terminamos de embarcar el cargamento, arena de plata y cajas con tierra. Por la tarde zarpamos. Viento del este, fresco.

Tripulación, cinco manos..., dos oficiales, cocinero y yo (capitán).

El 11 de julio al amanecer entramos al Bósforo. Subieron a bordo empleados turcos de la aduana. Propinas. Todo correcto. Reanudamos viaje a las 4 p. m.

12 de julio a través de los Dardanelos. Más empleados de aduana y barco insignia del escuadrón de guardia. Otra vez propinas. El trabajo de los oficiales detallado, pero rápido. Querían deshacerse de nosotros con prontitud. Al anochecer pasamos al archipiélago.

El 13 de julio pasamos cabo Matapán. La tripulación se encuentra insatisfecha por algo. Parece asustada, pero no dice por qué.

El 14 de julio estuve un tanto ansioso por la tripulación. Todos los hombres son de confianza y han navegado conmigo otras veces. El piloto tampoco pudo averiguar lo que sucede; sólo le dijeron que había algo, y se persignaron. El piloto perdió los estribos con uno de ellos ese día y le dio un puñetazo. Esperaba una pelea feroz, pero todo está tranquilo.

 

El 16 de julio el piloto informó en la mañana que uno de la tripulación, Petrovsky, ha desaparecido. No pudo dar más datos. Tomó guardia a babor a las ocho campanas, anoche; fue relevado por Abramov, pero no fue a acostarse a su litera. Los hombres, muy deprimidos, dijeron todos que ya esperaban algo parecido, pero no dijeron más sino que había algo a bordo. El piloto se está poniendo muy impaciente con ellos; temo más incidentes enojosos más tarde.

El 17 de julio, ayer, uno de los hombres, Olgaren, llegó a mi cabina y de una manera confidencial y temerosa me dijo que él pensaba que había un hombre extraño a bordo del barco. Me narró que en su guardia había estado escondido detrás de la cámara de cubierta, pues había lluvia de tormenta, cuando vio a un hombre alto, delgado, que no se parecía a ninguno de la tripulación, subiendo la escalera de la cámara y caminando hacia adelante sobre cubierta, para luego desaparecer. Lo siguió cautelosamente, pero cuando llegó cerca de la proa no encontró a nadie, y todas las escotillas estaban cerradas. Le entró un miedo pánico supersticioso, y temo que ese pánico pueda contagiarse a los demás. Adelantándome, hoy haré que registren todo el barco cuidadosamente, de proa a popa.

Más tarde ese mismo día reuní a toda la tripulación y les dije que, como ellos evidentemente pensaban que había alguien en el barco, lo registraríamos de proa a popa.

El primer oficial se enojó; dijo que era una tontería, y que ceder ante tan tontas ideas desmoralizaría más a los hombres; dijo que él se comprometía a mantenerlos en orden a punta de garrote. Lo dejé a él encargado del timón, mientras el resto comenzaba a buscar, manteniéndonos todos unos al lado de otros, con linternas; no dejamos una esquina sin registrar. Como todo lo que había eran unas grandes cajas de madera, no había posibles resquicios donde un hombre se pudiera esconder. Los hombres estaban mucho más aliviados cuando terminamos el registro, y se dedicaron a sus faenas con alegría. El primer oficial refunfuñó, pero no dijo nada más.

22 de julio. Los últimos tres días, tiempo malo, y todas las manos ocupadas en las velas: no hay tiempo para estar asustados. Los hombres parecen haber olvidado sus temores. El piloto, alegre otra vez, y todo marcha muy bien. Elogié a los hombres por su magnífica labor durante el mal tiempo. Pasamos Gibraltar y salimos de los estrechos.

Todo bien.

24 de julio. Parece que pesa una maldición sobre este barco. Ya teníamos una mano menos, y al entrar en la bahía de Vizcaya con un tiempo de los diablos, otro hombre ha desaparecido anoche, sin dejar rastro. Como el primero, dejó su guardia y no se lo volvió a ver.

Todos los hombres tienen un miedo pánico; envié una orden aceptando su solicitud de que se hagan guardias dobles, pues tienen miedo de estar solos. El piloto, furioso. Temo que podamos tener algunos problemas, ya que o él o los hombres pueden emplear la violencia.

28 de julio. Cuatro días de infierno, bamboleándonos en una especie de tifón, y con vientos tempestuosos. Nadie ha podido dormir. Todos los hombres están cansados. Apenas sé cómo montar una guardia, ya que ninguno está en condiciones de seguir adelante. El segundo oficial se ofreció voluntariamente a timonear y hacer guardia, permitiendo así que los hombres pudieran dormir un par de horas. El viento está amainando; el mar todavía terrorífico, pero se siente menos, ya que el barco ha ganado estabilidad.

29 de julio. Otra tragedia. Esta noche tuvimos guardia sencilla, ya que la tripulación está muy cansada para hacerla doble. Cuando la guardia de la mañana subió a cubierta no pudo encontrar a nadie a excepción del piloto. Comenzó a gritar y todos subieron a cubierta. Minucioso registro, pero no se encontró a nadie. Ahora estamos sin segundo oficial, y con la tripulación en gran pánico. El piloto y yo acordamos ir siempre armados de ahora en adelante, y acechar cualquier señal de la causa.

30 de julio. Noche. Todos regocijados pues nos acercamos a Inglaterra. Tiempo magnífico, todas las velas desplegadas. Me retiré por agotamiento; dormí profundamente; fui despertado por el oficial diciéndome que ambos hombres, el de guardia y el piloto, habían desaparecido. Sólo quedamos dos tripulantes, el primer oficial y yo, para gobernar el barco.

1 de agosto. Dos días de niebla y sin avistar una vela. Había esperado que en Canal de la Mancha podríamos hacer señales pidiendo auxilio o llegar a algún lado. No teniendo fuerzas para trabajar las velas, tenemos que navegar con el viento. No nos atrevemos a arriarlas, porque no podríamos izarlas otra vez. Parece que se nos arrastra hacia un terrible desenlace. El primer oficial está ahora más desmoralizado que cualquiera de los hombres. Su naturaleza más fuerte parece que ha trabajado en su interior inversamente en contra de él. Los hombres están más allá del miedo, trabajando fuerte y pacientemente, con sus mentes preparadas para lo peor. Son rusos; él es rumano.

2 de agosto, medianoche. Me desperté después de pocos minutos de dormir escuchando un grito, que parecía dado al lado de mi puerta. No podía ver nada por la neblina. Corrí a cubierta y choqué contra el primer oficial. Me dice que escuchó el grito y corrió, pero no había señales del hombre que estaba de guardia. Otro menos. ¡Señor, ayúdanos! El primer oficial dice que ya debemos haber pasado el estrecho de Dover, pues en un momento en que se aclaró la niebla alcanzó a ver North Foreland, en el mismo instante en que escuchó el grito del hombre. Si es así, estamos ahora en el Mar del Norte, y sólo Dios puede guiarnos en esta niebla, que parece moverse con nosotros; y Dios parece que nos ha abandonado.

3 de agosto. A medianoche fui a relevar al hombre en el timón y cuando llegué no encontré a nadie ahí. El viento era firme, y como navegamos hacia donde nos lleve, no había ningún movimiento. No me atreví a dejar solo el timón, por lo que le grité al oficial. Después de unos segundos subió corriendo a cubierta en sus franelas. Traía los ojos desorbitados y el rostro macilento, por lo que temo mucho que haya perdido la razón. Se acercó a mí y me susurró con voz ronca, colocando su boca cerca de mi oído, como si temiese que el mismo aire escuchara: "Está aquí; ahora lo sé. Al hacer guardia anoche lo vi, un hombre alto y delgado y sepulcralmente pálido. Estaba cerca de la proa, mirando hacia afuera. Me acerqué a él a rastras y le hundí mi cuchillo; pero éste lo atravesó, vacío como el aire." Al tiempo que hablaba sacó su cuchillo y empezó a moverlo salvajemente en el espacio. Luego, continuó: "Pero como está aquí, lo encontraré. Está en la bodega, quizá en una de esas cajas. Las destornillaré una por una y veré.

Usted, sujete el timón." Y, con una mirada de advertencia, poniéndose el dedo sobre los labios, se dirigió hacia abajo. Se estaba alzando un viento peligroso, y yo no podía dejar el timón. Lo vi salir otra vez a cubierta con una caja de herramientas y una linterna y descender por la escotilla delantera. Está loco; completamente delirante de locura, y no tiene sentido que trate de detenerlo. No puede hacer daño a esas grandes cajas: están detalladas como "arcilla", y que las arrastre de un lado a otro no tiene ninguna importancia. Así es que aquí me quedo, cuido del timón y escribo estas notas.

Sólo puedo confiar en Dios y esperar a que la niebla se aclare. Entonces, si puedo pilotear la nave hacia cualquier puerto con el viento que haya, arriaré las velas y me quedaré descansando, haciendo señales, pidiendo auxilio...

Ya casi todo ha terminado. Justamente cuando estaba comenzando a pensar que el primer oficial podría regresar más calmado, pues lo escuché martillando algo en la bodega, y trabajar le hace bien, subió por la escotilla un grito repentino que me heló la sangre; y apareció él sobre cubierta como disparado por un arma, completamente loco, con los ojos girando y el rostro convulso por el miedo. "¡Sálvame, sálvame!", gritó, y luego miró a su alrededor al manto de neblina. Su horror se volvió desesperación, y con voz tranquila dijo: "Sería mejor que usted también viniera, capitán, antes de que sea demasiado tarde. Está aquí. Ahora conozco el secreto. ¡El mar me salvará de él, y es todo lo que queda!" Antes de que yo pudiera decir una palabra, o pudiera adelantarme para detenerlo, saltó a la amura, y deliberadamente se lanzó al mar. Supongo que ahora yo también conozco el secreto. Fue este loco el que despachó a los hombres uno a uno y ahora él mismo los ha seguido. ¡Dios me ayude! ¿Cómo voy a poder dar parte de todos estos horrores cuando llegue a puerto? ¡Cuando llegue a puerto! ¿Y cuándo será eso?

4 de agosto. Todavía niebla, que el sol no puede atravesar. Sé que el sol ha ascendido porque soy marinero, pero no sé por qué otros motivos. No me atrevo a ir abajo; no me atrevo a abandonar el timón; así es que pasé aquí toda la noche, y en la velada oscuridad de la noche lo vi, ¡a él! Dios me perdone, pero el oficial tuvo razón al saltar por la borda. Era mejor morir como un hombre; la muerte de un marinero en las azules aguas del mar no puede ser objetada por nadie.

Pero yo soy el capitán, y no puedo abandonar mi barco. Pero yo frustraré a este enemigo o monstruo, pues cuando las fuerzas comiencen a fallarme ataré mis manos al timón, y junto con ellas ataré eso a lo cual esto -¡él! no se atreve a tocar; y entonces, venga buen viento o mal viento, salvaré mi alma y mi honor de capitán. Me estoy debilitando, y la noche se acerca. Si puede verme otra vez a la cara pudiera ser que no tuviese tiempo de actuar... Si naufragamos, tal vez se encuentre esta botella, y aquellos que me encuentren comprenderán; si no... Bien, entonces todos los hombre sabrán que he sido fiel a mi juramento. Dios y la Virgen Santísima y los santos ayuden a una pobre alma ignorante que trata de cumplir con su deber...

Por supuesto, el veredicto fue de absolución. No hay evidencia que aducir; y si fue el hombre mismo quien cometió los asesinatos, o no fue él, es algo que nadie puede atestiguar. El pueblo aquí sostiene casi universalmente que el capitán es simplemente un héroe, y se le va a enterrar con todos los honores. Ya está arreglado que su cuerpo debe ser llevado con un tren de botes por un trecho a lo largo del Esk, y luego será traído de regreso hasta el muelle de Tate Hill y subido por la escalinata hasta la abadía; pues se ha dispuesto que sea enterrado en el cementerio de la iglesia, sobre el acantilado. Los propietarios de más de cien barcazas ya han dado sus nombres, señalando que desean seguir el cortejo fúnebre del capitán.

No se han encontrado rastros del inmenso perro; por esto hay mucha tristeza, ya que, con la opinión pública en su presente estado, el animal hubiera sido, creo yo, adoptado por el pueblo. Mañana será el funeral, y así terminará este nuevo "misterio del mar".

 

Del diario de Mina Murray

8 de agosto. Lucy pasó toda la noche muy intranquila, y yo tampoco pude dormir. La tormenta fue terrible, y mientras retumbaba fuertemente entre los tiestos de la chimenea, me hizo temblar. Al llegar una fuerte ráfaga de viento, parecía el disparo de un cañón distante. Cosa bastante rara, Lucy no se despertó; pero se levantó dos veces y se vistió. Por fortuna, en cada ocasión me desperté a tiempo y me las arreglé para desvestirla sin despertarla, metiéndola otra vez en cama. Es cosa muy rara este su sonambulismo, pues tan pronto como su voluntad es frustrada de cualquier manera física, su intención, si es que la tiene, desaparece, y se entrega casi exactamente a la rutina de su vida.

Temprano esta mañana nos levantamos las dos y bajamos hasta el puerto para ver si había sucedido algo durante la noche. Había muy poca gente en los alrededores, y aunque el sol estaba brillando y el aire estaba claro y fresco, las grandes olas amenazantes, que parecían más oscuras de lo que eran debido a que la espuma las coronaba con penachos de nieve, se abrían paso a través de la estrecha boca del puerto, como un hombre que camina a codazos entre una multitud. Sin razón aparente me sentí contenta de que Jonathan no hubiera estado en el mar, sino en tierra. Pero, ¡oh!, ¿está en tierra o en mar? ¿Dónde está él, y cómo? Me estoy poniendo verdaderamente ansiosa por su paradero. ¡Si sólo supiera lo que debo hacer, y si pudiera hacer algo!

10 de agosto. Los funerales del pobre capitán, hoy, fueron de lo más conmovedor. Todos los botes del puerto parecían estar ahí, y el féretro fue llevado en hombros por capitanes todo el camino, desde el muelle de Tate Hill hasta el cementerio de la iglesia. Lucy vino conmigo, y nos fuimos muy temprano a nuestro viejo asiento, mientras el cortejo de botes remontó el río hasta el viaducto y luego descendió nuevamente. Tuvimos una vista magnífica, y vimos la procesión casi durante todo el viaje. Al pobre hombre lo pusieron a descansar cerca de nuestro asiento, de tal manera que nosotras nos paramos y, cuando llegó la hora, pudimos verlo todo. La pobre Lucy parecía estar muy nerviosa. Estuvo todo el tiempo inquieta y alterada, y no puedo sino pensar que sus sueños de la noche le están afectando. Hay algo muy extraño: no quiere admitirme a mí que hay alguna causa para su desasosiego; o si hay alguna causa, ella misma no la comprende. Hay un motivo adicional en el hecho de que el pobre anciano, el señor Swales, fue encontrado muerto esta mañana en nuestro asiento, con la nuca quebrada. Evidentemente, como dijo el médico, cayó de espaldas sobre el asiento, presa de miedo, pues en su rostro había una mirada de temor y horror, que los hombres decían los hacía temblar. ¡Pobre querido anciano! ¡Quizá ha visto a la muerte con sus ojos moribundos! Lucy es tan dulce y siente las influencias más agudamente que otra gente.

Ahora mismo está muy excitada por un pequeño detalle al que yo no le presté mucha atención, aunque yo misma quiero mucho a los animales. Uno de los hombres que siempre subía aquí para mirar los botes era seguido por su perro. El perro siempre estaba con él. Los dos son muy tranquilos, y yo nunca vi al hombre enojado, ni escuché que el perro ladrara. Durante el servicio el perro no quiso acercarse a su dueño, que estaba sobre el asiento con nosotras, sino que se mantuvo a unos cuantos metros de distancia y ladrando y aullando. Su dueño le habló primero suavemente, luego en tono más áspero, y finalmente muy enojado; pero el animal no quiso acercarse ni cesó de hacer ruido.

Estaba poseído como por una especie de rabia, con sus ojos brillándole salvajemente, y todos los pelos erizados como la cola de un gato cuando se está preparando para la pelea. Finalmente, también el hombre se enojó, y saltando del asiento le dio puntapiés al perro, y luego, tomándolo por el pescuezo, lo arrastró y lo tiró sobre la lápida en la cual está montado el asiento. En el momento en que tocó la lápida la pobre criatura recobró su actitud pacífica, pero comenzó a temblar desesperadamente. No trató de irse, sino que se enroscó, temblando y agachándose, y se encontraba en tal estado de terror que yo traté de calmarlo, aunque sin efecto, Lucy también sintió compasión, pero no intentó tocar al perro sino que sólo lo miró con lástima. Temo mucho que tenga una naturaleza demasiado sensible como para que pueda andar por el mundo sin problemas. Estoy segura de que esta misma noche soñará con todo lo que ha sucedido. Toda la acumulación de hechos extraños (el barco piloteado hasta el puerto por un hombre muerto; su actitud, atado al timón con un crucifijo y rosarios; el emotivo funeral; el perro, unas veces furioso y otras aterrorizado) le dará abundante material para sus sueños.

Creo que para ella lo mejor sería retirarse a su cama, cansada físicamente, por lo que la llevaré a dar una larga caminata por los acantilados de la bahía de Robin Hood, y luego de regreso. No creo que después le queden muchas inclinaciones para caminar dormida.

 

* Comentarios de Lester Knight: Después de una temporada de sequía en cuanto a literatura en Mundo Destierro, estos tres capítulos de Drácula inaguran un nuevo ciclo de puesta al día. Espero que hayáis disfrutado.

Quiero dedicarselos a Shaiyia, la lectora de Drácula más entusiasta Wink

¡Un saludo! Mr. Green

Mundo Literatura - Comunidad Literaria


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Drácula - Capítulo V - VI - VII - Bram Stoker - Relatos Extraordinarios - Homenaje de Lester Knight.zip50.42 KB

3 Comentarios:

Y dracula sigue avanzando...

a buen ritmo. ¡Como me gusta esta novela!

¡Nos vemos!

Antes de nada

Antes de nada ¡¡muchisimas gracias por la dedicatoria!!

Y que voy a decir de esta entrada...¡que la he disfrutado como una enana! Tras llevar dios solo leyendo un maldito libro de ciencias horroroso, es garadable leer cosas como esta,. que m enganchachab sin darme cuenta y me hacen pasar un rato muy agradable  ^^

Eres un crack Lester, muchisimas gracias por el curro que te metes

Estrellas como 5 soles. 

Drácula

ErikAdams: Es un novelon, disfruto hasta editando los textos. Parece mentira el trozo que hemos avanzado de la historia. Nunca me imagine que llegaría a funcionar tan bien ir publicando una novela larga por partes.

Shaiyia: Ha sido un placer dedicarte la entrada. Tenía ganas de escribirla desde el día que me lo pediste. Ya entonces echaba de menos a Drácula, pero eso ya fue el detonante.

Me alegra que hayas pasado un buen rato leyendo Drácula. Los libros de ciencia son una pesadilla que necesita de pausas (yo siempre fui de letras, literatura, filosofía e historia)

¡Un abrazo a los dos! Very Happy