23 de Julio de 2017
Nov
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Crónica de un cautivo en la Ciudad sin Amanecer

la ciudad sin amanecerOculta entre las páginas rúnicas de un grimorio para iniciados en las artes oscuras, hemos hallado en una lengua vagamente humana la siguiente entrada.

Escribo estas líneas desde la torre flotante en la que he permanecido atrapado por más tiempo del que he sido capaz de mantener la voluntad de contarlo. Una vez perdida la esperanza tras infestar de marcas un tenebroso e interminable pasillo de basalto negro sin puertas ni ventanas. Aunque ahora mismo dudo de todo; incluso de mí mismo, pues, a veces, lo cruzo en apenas un suspiro, como si el espacio fuera algo manipulable para mí.

¿Son estós los primeros sintomas de que la transformación que experimento ha entrado en su recta final?

Quisiera poder creer que me estoy volviendo loco. Un mal benevolente en comparación con la cruenta realidad que debo afrontar. Lo sé demasiado bien. Es imposible negar los cambios reflejados en mí por aquel gigantesco espejo monolítico que tantas veces he golpeado con mis puños desnudos las suficientes veces para hendir mis manos y antebrazos con innumerables cicatrices. Aquella piel pálida como el alabrastro, las venas negras tan marcadas que transportan sangre azul, los… tantos cambios, tantas ocasiones en que he roto el espejo para nada. Cuando regreso en lo que me parece el día siguiente, a aquella funesta habitación abierta en la cima de la noche eterna, cuyo único sentido del tiempo me llega por el bullicio de la ciudad inferior, el espejo vuelve a estar de nuevo ahí, como una broma macabra de mis captores. Aunque tal vez tendría que empezar a llamarnos siniestros hermanos. Pues no tengo ninguna duda de lo que vería reflejado en el espejo ahora, si tuviera el valor de volver a exponerme a su cruel e implacable juicio.

Ni tan sólo soy capaz de escribir bien en mi propia lengua materna, si es que estás líneas son el único testimonio de un pasado olvidado por mí, pues ni recuerdo de donde provengo ni que fui antes de estar aquí cautivo. Ellos, los innombrables, cuyo auténtico nombre ninguna garganta humana puede pronunciar sin desgarrar su alma, me han inducido cambios irremediables en mi ser para devenir un ciudadano más de la ciudad sin amanecer.

Se me ha dicho que mi existencia fue preservada porque mientras ardía el edificio que por entonces fue mi morada, entre el bosque de páginas ardientes flotantes escritas por mí; uno de ellos, como criaturas inclinadas por igual al arte que a la violencia, tuvo la idea de leer algunas de ellas mientras se consumían. No tuvo problemas en comprender una lengua desconocida para él horas antes. Había robado su conocimiento de la mente de un prisionero antes de permitirle arder entre las llamas atormentarlo más. Aquel brutal ser me condenó al peor de los destinos cuando ordenó al comando que me preservasen, pues era un buen narrador de historias. Un tesoro más valorado que cualquier material precioso por estas criaturas casi inmortales, maldecidas a existir a pesar de todas las circunstancias, las cuales todavía guardan cierta conexión con lo que un día fueron.

Simples mortales que descubrieron al dios silencioso casualmente durante su exploración del espacio profundo.

He estudiado su Alta Lengua Impía por más tiempo del que ninguna mente humana podría haber soportado con toda seguridad sin quebrarse, lo cual no es más que otro signo de cuan distante es aquel estado ya para mí. Y aunque empiezo a comprenderle a nivel elemental, aún estoy lejos de poder realizar las obras que se me han exigido presentar en el plazo indicado por la aquella funesta columna incandescente situada en mi dormitorio, para recordarme, que el día en que se extinga su luz lo hará mi propia vida, y que sere reemplazado por otro desdichado obligado a acometer la misma desesperada empresa.

A juzgar por el brillo cada vez más tenue de la columna apenas me quedan unos años.

Unos minutos bajo la perspectiva de seres habitados a sumirse en la más profunda de las muertes incorruptibles, mientras sus espíritus deambulan a través de las esferas superiores. Al igual que la ciudad sin amanecer, la cual nunca permanece demasiado tiempo en la esfera fenoménica. Siempre surcando la infinita esfera de la voluntad de un ámbito a otro.

Desde no hace mucho hemos alcanzado un mundo terrestre del ámbito físico para proveernos de energía. Un proceso que porta la fatalidad para cualquier forma de vida del planeta. La Torre Arcana cubre la atmósfera del mundo con un denso manto de oscuridad, que transfiere toda la energía solar recibida a los acomuladores del interior.

Mientras, las civilizaciones mortales luchan por su supervivencia en vano. Siempre hay una breve guerra. Siempre acuden a un mundo civilizado con una tecnología avanzada. Necesitan una clase de esclavos y diversión de lo más refinada para sus gustos. Aunque por más concesiones que realizan a sus débiles rivales el final siempre es el mismo. Nadie anclado a la razón como divisa ni a aquello a lo que se puede ver y demostrar es adversario para criaturas que conocen los secretos de todas las dimensiones e incluso del vacío.

La duración de la lucha se determina por el grado de diversión que ofrecen a sus conquistadores.

Parece que esta vez la contienda merece la pena, pues veo constantemente las colosales naves negras sobrevolando al espacio inmediato al nivel de las torres flotantes, situado a miles de metros de altura de la superficie. Señal de que acuden diramente a asolar varios puntos del planeta en busca de botín y emoción. Algunas incluso presentan daños menores en el casco. Quizás estos mortales tengan ingenios atómicos y los hayan usado fútilmente contra la flota negra

El blindaje de las naves acorazadas es cuasi invulnerable y sus ocupantes son inmunes a las radiaciones más elevadas, tras decenas de miles de años viajando por el frío espacio. Todavía sorprende ver como manifiestan un estado tan primitivo de comportamiento y valores en todas las acciones que emprenden. Como si cada día, cada conquista, cada guerra fuera la primera. Aunque tal vez por eso sigan siendo tan fuertes, porque como criaturas tan longevas que únicamente su voluntad mide la duración de su existencia, cuando eligen volver a vivir después de cada intervalo, lo hacen con una intensidad abrasadora.

El rugido de las celebraciones por la victoria es tan alto que las paredes de la torre flotante retumban triunfalmente. Es la quadrogésima tercera vez que cosechan este mundo sin que sus actuales habitantes tuvieran el menor recuerdo de las tragedías previas.

Ha transcurrido tanto tiempo desde la última vez que regresaron al ahora agónico mundo, que, para ellos, navegantes atrapados en la relatividad de viajes a través del cosmos cuyas deudas temporales se cuentan por milenios para los demás; que si bien sus víctimas han olvidado su presencia durante edades perdidas más allá de un eco deformado en religiones primitivas muertas, para sus verdugos todavía permanece fresca en la memoria colectiva como una hazaña cuasi presente.

El actual conocimiento que tengo de la Alta Lengua Impía es lo que más turba. Sé lo suficiente para entender entre sus enferverecidos cánticos exultantes que se jactan de como han quebrantado la resistencia de las sucesivas civilizadores desde la gloriosa resistencia de antaño. Hablan de guerreros combatiendo en masa sin la menor imaginación, ni la presencia de cualquier atisbo de un heroicidad. Como si fueran seres incapaces de luchar o razonar fuera de un guión establecido, confiando en que sus primitivos artefactos era cuanto necesitaban para derrotarlos. Compartían la impresión de que cada aniquilación masiva lejos de purificar la sangre de los supervivientes la había corrompido hasta la degeneración del ser interior. Algo que achacaban a que los más inteligentes de cada época habían elegido libremente convertirse en sus esclavos antes que luchar hasta la muerte.

La mayor paradoja que nunca llegarían a descubrir los últimos miembros de la presente resistencia a la desolación es que, parte de los implacables guerreros ante los que sucumbían, en realidad, una vez fueron sus antepasados.

Antes de ser transformados… como yo.

Quizás esa sea parte del secreto del éxito de los innombrables. Su capacidad de primero dominar y luego asimilar a aquellos que consideran dignos de respeto entre los suyos. Detrás de la siniestra sucesión de innumerables remesas de esclavos capturados había una razón superior a su absoluto desprecio a las máquinas y mentes pensantes. Mecanismos, según ellos, que atrofían a cualquier civilización disipando sus fuerzas naturales hasta devenir meros juguetes para sus creaciones.

Más de una vez habían llegado a mundos previos a la deuda temporal del viaje en estado floreciente, para hallar mundos procesados por hordas de máquinas sin alma, antes de ser extinguidas con la destrucción del sistema solar.

Tal era el poder de los innombrables.

Muy pronto, en cuanto los infames niveles bajo la superficie de la ciudad sin amanecer estuvieran atestados de esclavos, con los que nutrir la ingente necesidad de fuerza de trabajo de un pueblo que vive entregado a la guerra, la locura y el ensueño perpetuo, partiriamos de nuevo.

Confieso que he pensado en quitarme la vida demasiadas veces. Ni recuerdo las ocasiones que he consumido horas y horas en el umbral de la puerta de la torre al exterior. Un puente al vacío. Una caída vertiginosa a la ciudad de la superficie. Pero siempre me ha detenido la contemplación de la majestad de mis captores. Los moradores de la ciudad superior de las torres aguja de barrocas fachadas volando entre ellas con una gracia inimitable. Es increible como careciendo de alas ni de la necesidad de ejecutar el menor movimiento, simplemente, con la mera proyección de su poder innato pueden propulsarse por los cielos con una seguridad que otorga su condición de inmortales, para quienes sus cuerpos son simples receptaculos de seres infinitamente más complejos en el tejido de las realidades.

Nunca vienen a verme cuando estoy despierto, ni siquiera cuando les observo desde los balcones exteriores de la torre o desde el umbral de la puerta principal. Entonces no hacen más que sonreirme con aquella expresión tan calculada suya que haría estremecerse a un demonio del abismo.

Vienen a mí durante el sueño, para revisar mis progresos y examinar mi mente desnuda ante su profundo escrutinio. Sabiendo lo cerca que había estado de saltar, en una ocasión, aún evoco el día en que, una de las hermanas, imprimió en una taza de mi estudio una experiencia del cautivo anterior a mí. Por un instante fui él, tras haber saltado al vacío, en aquel momento de supremo dolor tras impactar contra el suelo, congelado en el tiempo, eternamente mantenido consciente por su oscura ciencia, para ser expuesto en una de las plazas de la ciudad sin amanecer como un recordatorio para los esclavos de que había cosas peores a su posición, e incluso, que la mía.

Nunca sabré si le permitieron descansar tras almacenar aquel instante, o sigue ahí como ejemplo. Pero hay días que entre los gemidos traídos por el viento hasta mis oídos, tengo la impresión de escuchar uno súbitamente familiar, y entonces me estremezco aterrado. Morir por mi propia mano, desde luego, no es una opción. Ni siquiera nos conceden eso.

Pero estoy divagando demasiado. Sólo quería volver a escribir un momento en mi antigua lengua, antes de continuar mis estudios, por temor a olvidarla del todo; pues, si sucede, perderé lo único que me resta de mi antiguo ser. No necesito volver a mirarme en aquel maldito espejo para conocer mi verdadera aspecto. No ser capaz de aceptar la realidad es diferente a negar la evidencia. Mi inconsciente ya lo sabe; él ya es diferente, soy yo quien todavía no ha asimilado el cambio; aunque cada vez siento con más fuerza instintos que nunca fueron míos.

Instintos de los que no puedo hablar ni expresar en esta lengua.

Mi única esperanza es la función que me fue prometida durante mi primer día en la torre flotante de los iniciados. Iba a ser algo más que un creador de obras para los sangrientos amos. Su intención real era enviarme a futuros mundos por asolar para determinar cuales iban a ser perdonados. Desconozco el criterio por el que van a decidirse. Sólo me han dicho que si consigo presentarles una historia genuinamente conmovedora, entonces, perdonarían a aquel mundo.

Esa fue la única vez que tuve el valor de hacerles una pregunta directa. “No queremos destruir sociedades que albergen el potencial para trascender lo común”

Tal contestación me ha planteado numerosos interrogantes. Desde entonces no he podido evitar observar que jamás han conquistado un mundo sin enfrentarse a una fuerte oposición en todos los campos. Como si las civilizaciones autóctonas de cada mundo elegido ya hubieran estado inmersas en la guerra a gran escala entre ellas como algo habitual. Acaso ignoraban deliveradamente mundos más indefensos en nombre de cierta emoción o rasgo de sus gentes que causaba simpatía o piedad. Recuerdo una vez que, antes de aterrizar en mundo y desplegar el manto de oscuridad, por unos breves instantes, vi otro planeta muy cercano cuya cara nocturna mostraba grandes luces de urbes deslumbrantes aisladas entre sí, el cual fue perdonado. Pues tras concluir la campaña, la ciudad sin amanecer, saltó al hiperpespacio nada más abandonar la órbita del mundo cosechado. Aquel parecía más grande y rico en recursos que el asaltado. No había ninguna razón lógica para su conducta, a menos que no sean tan terribles como me imagino.

Me siento tan sólo, tan perdido. Mi mente se desgarra por momentos. He absorbido demasiada información en plena transformación. Quiero respuestas cuyo conocimiento me atemoriza.

Apenas un ligero resquicio de humanidad perdura en mí.

Cada noche, justo antes de abrazar el esquivo sueño, cada vez con más fuerza, procedentes del corazón de la Torre Arcana, donde los Cuatro Brujos Inmortales permanecen en la cámara entre dos esferas, percibo sus mentes rozando la mía, como a uno más de sus oscuros hijos, bendiciéndome con el olvido del sueño por unas horas. Cada vez la sensación de que existe una conciencia colectiva inconsciente entre todos ellos es más fuerte.

Pronto me convirtiré definitivamente en un Vampiro Oscuro.

La Hermana Aethra ha decidido no intervenir por el momento, a la espera de la evolución del sujeto en sucesivas entradas, hasta que su destino sea sellado durante el transcurso de la inminente prueba en la que va a participar…

  Crónicas de Mundo Destierro:

 

¡Saludos, Desterrados!

Llevaba mucho tiempo queriendo volver a estar entre vosotros, pero como no conseguía vencer el bloqueo en la escritura que tenía desde hace años, he aguardado hasta que ayer de pronto algo cambio en mí.

Este relato lo escribí ayer de manera improvisada. Espero que no sea sino el primero de muchos ;-)

¡Un saludo a todos!

 

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2 Comentarios:

Me alegra un monton volver

Me alegra un monton volver a verte por aquí, a falta de tiempo para leer con calma tus relatos te diré que eres el mejor escritor "no profesional" que nunca he leido. Por cierto en su momento gamefilia y mundo destierro (Foro) fueron geniales, estaría bien coordinarnos para intentar retomar aquel espíritu de comunidad. 

Lamento escuchar lo de tu bloqueo, ahora mismo aparte de la falta de tiempo temo que sufro lo mismo, veremos si consigo ponerme en los próximos días. 

 

Saludos 

¡Saludos, amigo mío!

Me alegra mucho saber de ti. Es precisamente por la gente tan estupenda que conocí en Gamefilia que he vuelto abrir el blog.
 

Todavía guardo una copia de Destiérrame en el disco duro con todo cuanto hicimos juntos ;)

A mí me encantaría recuperar aquella comunidad de amigos unidos por la literatura tan maravillosa que tuvimos. Estoy abierto a cualquier iniciativa. Es más, si quieres que hagamos algo juntos, cuenta conmigo.

No puedo más que animarte a escribir para superar el bloqueo. No te pongas ninguna meta salvo volver a empezar. Las buenas sensaciones irán llegando solas.

A mí escribir por primera vez me costó una barbaridad. Ahora ya llevo tres relatos en apenas poco más de una semana, y he escrito anotaciones para tres historias diferentes por capítulos. No lo hago tan bien como antes, ni mucho menos, pero al menos vuelvo a estar en marcha ;)

¡Un saludo!