24 de Julio de 2008
Abr
6

El Barón Negro. Capítulo II: Recuerdo Cánibal - Relato de Ciencia Ficción Épica

Lilith se concentro en él, que estableció un canal en el que los pensamientos de ambos flotaban libremente.

- Todo marcha bien – Dijo Lilith que regresaba a la parte delantera de la plataforma lejos de él, mientras hablaba con un oficial mostrando normalidad.

- No hay nadie con vida en el sistema solar – Le contesto Enardel, que miraba fijamente la representación del planeta en llamas-, sólo ecos vacíos.

- Captó angustia en ti – Afirmo Lilith, intranquila sólo a ojos de Enardel.

- Hay algo más que no logro ver - Susurro concentrado en la consola analizando la información de los sensores.

- Tal vez sea la tripulación de la nave que nos espera.

- Tal vez no – Enardel rompió el contacto sin más deseos de hablar de ello. Lilith lo acepto y continuó la misión según lo planeado.

Confirmada la ausencia de piratas espaciales en el sistema solar. El crucero estelar se estaciono en la cara diurna del planeta frente el sol. A la espera de recibir señales de la nave a la que debían escoltar de vuelta al espacio del Nuevo Imperio Galáctico. En misiones secretas el procedimiento de las naves de apoyo. Era ocultarse de los sensores en orbitas cercanas a un sol gracias a las interferencias que producía a su alrededor. Ahora sólo quedaba esperar una señal.

Pasada media hora se produjo la primera llamada por un canal seguro. Los códigos fueron verificados. Se trataba de la nave de transporte que habían venido a buscar.

Frente a la plataforma superior una proyección holográfica tridimensional del comandante de la nave de transporte saludo a Lilith. Y mientras le contestaba con las frases de rigor del ejercito. Hizo una evaluación completa del sujeto. Era un hombre inquietante, distinto a lo que esperaba, que no generaba la menor confianza en ella, al contrario. Además le recordaba algo que no llegaba a adivinar. Estudió su rostro en silencio. Entonces lo supo y todo su cuerpo se estremeció de la impresión.

Años atrás, una noche en su camarote. Enardel le hablo del brutal asesinato de su familia a manos de una fuerza mercenaria que conquisto su planeta natal. Una de las descripciones de los líderes del genocidio era la del hombre silencioso que esperaba su respuesta frente a ella.

Nerviosa, quiso establecer contacto con Enardel. Entonces supo que había abandonado el puente de mando. Volvió a intentarlo con mayor fuerza. Y lo encontró embargado por unas emociones del tal fuerza que la arrastraron consigo al interior de su propia conciencia.

De pronto vio a través de su propio ojo. Caminaba por uno de los pasillos del crucero. Con la mirada fija en un medallón de oro abierto con forma de sol que nunca le había mostrado. En su interior había dos fotos: las hermanas de Enardel. Ambas eran muy parecidas a él. Una era adolescente y la otra una niña de no más de ocho años.

El pasillo del crucero se desdibujo en la mente de Enardel para dar paso a un bosque. Veía a través de dos ojos mientras corría entre la maleza a una velocidad endiablada. Una lluvia torrencial sacudía el denso bosque. El cielo oscuro se teñía de nubes grises y columnas de humo. El sonido de baterías disparando, naves sobrevolando los cielos, explosiones y gritos resonaba por encima de la tormenta. Alguien invadía el planeta.

Enardel llevaba un traje de combate del Imperio Sombrío. Iba camuflado, cubierto por encima de barro y hojas adheridas al traje. Sus ojos azules eran lo único visible de él. Concentrados en un fuego al que se dirigía tras del bosque.

Una vez en el límite del bosque se agacho entre la maleza para observar la situación. Desde ahí un verde prado se extendía durante kilómetros. Una casa de madera blanca de dos pisos en lo alto de una colina cercana ardía en llamas, como la mitad del prado. Conocía muy bien el lugar, era una de las casas de su familia. Muy próxima una pequeña nave de transporte de infanteria permanecía abierta. Cuatro soldados con trajes de combate blindados negros manchados de sangre, con el rostro oculto tras un casco, en el que destacaba su ojo mecánico rojo en el centro, patrullaban el prado. Equipados con ametralladoras láser o espadas de energía. Por todo el lugar había decenas de cuerpos muertos sin vida en el suelo con evidentes signos de lucha. Todos trabajadores del campo, todos amigos.

De la puerta principal de la casa, entre las llamas. Su hermana pequeña salió corriendo vestida con un traje blanco parcialmente quemado. Gritaba histérica desconsolada entre lloros llamándole.

Cuando iba a incorporarse para salir en su auxilio quedo paralizado por la impresión de lo inevitable. Un hombre de cerca de dos metros. Corpulento y vigoroso, con la cabeza afeitada, ojos negros sin vida, nariz prominente y afilada, con unos labios estrechos esbozando una perpetúa sonrisa cínica y reservada. Salió de la casa en llamas. Vestía un traje de combate gris ceniza metálico, que potenciaba las habilidades físicas de quién lo llevaba, bajo una capa de cuero gris reluciente. Su mirada estaba clavada en su hermana.

Todo fue muy rápido, demasiado rápido. En apenas dos segundos su hermana había salido de la casa por sorpresa. Y detrás aquel hombre. Su hermana apenas pudo recorrer quince metros. El hombre desenfundo con una velocidad vertiginosa una pistola láser. El primer disparo alcanzo a su hermana que cayo al suelo moríbunda. Mientras ella trataba de arrastrarse el hombre la alcanzo con pasos medidos, volvió a dispararla a bocajarro quitándole la vida. Entonces miro al bosque dónde él estaba, esbozando la mayor de sus sonrisas.

Enardel se incorporó descubriendo su escondite en estado de shock. Lanzo un grito visceral que ensordeció al resto de sonidos. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Gritó y gritó con el alma desgarrada mirando al cielo con los puños apretados. En su dolor ni siquiera vio a los soldados acercarse a él. Toda su familia había sido asesinada con él lejos del hogar sin haberles podido ayudar.

Continúa en...

Crónicas de Mundo Destierro:

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