11 de Febrero de 2012
Jun
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E3: Mundo Destierro - The Rise of Falkenberg: Relato y Conferencia

El último Mentalizador del Imperio Galáctico yacía con una expresión triunfal ante el pórtico rúnico. Atrás quedaban años de traiciones y persecuciones que habían llevado a su ilustre raza a la extincion. Ya no sentía el peso de la soledad ni el dolor de sus heridas. Su cuerpo, en otro tiempo hermoso, estaba parcialmente carbonizado y desfigurado por las armas de fuego láser y los ataques psíquicos que habían pretendido detenerle. El suyo fue un viaje sin retorno. El sacrificio del último de su estirpe por un sueño de justicia basado en una leyenda tan antigua que ni siquiera los nobles inmortales más ancianos del Imperio habían vivido en aquella remota época de caos.

Ninguno de los vivos llego a ver la paz que reflejaba el medio rostro intacto del Mentalizador. Estaban demasiado ocupados disparando todas sus armas y conjuros mentales contra el pórtico rúnico, mientras sus científicos y eruditos manipulaban la consola de cristales flotantes de control sin éxito: desconocían el idioma ancestral de sus sigilos y el artefacto mágico no reconocía su sangre transmutada genéticamente durante milenios.

Los Barones de la Guerra rugían amenazas surgidas de la fustración por el fracaso de sus ofensivas contra el pórtico rúnico. Un instrumento arcano construido mediante la alta magia por los Eternos, la raza inmortal que había dominado el universo durante eónes, cuya composición era inalterable a cualquier intervención que no fuera mágica, y, los nobles del Imperio Galáctico, carecían del don. Era el precio por su adaptación al espacio, la inmortalidad y sus fabulosos poderes mentales.

Las Damas Plateadas contemplaban la escena en silencio. La naturaleza introespectiva de sus poderes les permitían ver más allá de lo que cualquier varón jamás soñaría, y, sus visiones las inquietaban profundamente. Veían tras el velo que ocultaba el pórtico rúnico, con sus runas ardientes escribiendo composiciones de alta magia en sus bordes a un ritmo demencial, variando la realidad del universo para hacer de dos puntos lejanos uno sólo durante un instante, y escuchaban las reverberaciones desde el otro lado. Un sonido cuyo recuerdo perduraba al paso de los siglos: el gemido desgarrador de millones de inocentes abandonados en un mundo maldito. Aquel que habían colonizado en los primeros albores del Imperio, atraidos por la voz de un dios de otra era, que les invitaba a renacer en su auténtica forma.

Una posibilidad que aterró a la nobleza imperial al ver a millones de plebeyos dotados en la magia, desarrollando poderes que pronto superarían los suyos, a quienes sentenciaron al robar los mayores secretos del dios de otra era, escapando en su planeta artificial antes de que su furia cayerá sobre ellos.

Lo último que vieron de aquel mundo maldito al que llamaban Mundo Destierro, fue como una tormenta espectral de oscuridad invocada desde regiones ignotas de las esferas dimensionales lo devoraba, sirviendo a los plebeyos en honor de dioses menores sangrientos y seres infernales.

Nadie había regresado jamás de Mundo Destierro.

Los diarios imperiales de hacia doscientos años aseguraban que se había enviado un Mentalizador, Falkenberg, el más dotado de su raza, a combatir algunos nobles deportados que planeaban escapar y traer la guerra al imperio, pero no existía ningún registro oficial que mencionara nada más de él. Se le había perdido el rastro en la noche sin amanecer del mundo maldito, aunque corrían leyendas susurradas por visionarias en trance, que habían violado la ley trasladando su mente más allá de la frontera del universo con la tormenta espectral que latía donde una vez había estado Mundo Destierro.

Relataban historias extraidas de almas que no encontraban el descanso en la fría noche. El Vampiro Libertador, le llamaban. Señor del Norte, Brujo, Mentalizador y desciente de la antigua sangre. Historias cuya difusión estaba prohibida incluso entre los nombres, y que estas Damas Plateadas conocían por su rango de maestras. No podían impedir pensar en ellas ahora que ambos pórticos rúnicos se estaban conectando y abriendo, ignorando los rituales establecidos representandos en los en bajorrelieves de la sala cuadrada iluminada por fuegos mágicos donde estaban.

Los jeroglificos ilustraban la opertura de los pórticos rúnicos como una ceremonía conjunta desde ambas partes por círculos de hechiceros muy poderosos que sintonizaban los pórticos y transmitían su energía al conducto mágico.

Sólo alguien podía abrir un portal en solitario, y lo estaba haciendo.

Los ecos del mundo maldito se ahogan ante las palabras de poder que llegaban a las mentes de las Damas Plateadas, entonadas desde el otro pórtico rúnico. Destilaba un poder que no pertenece a ningún ser mortal. De pronto, la composición mágica que fluía por los bordes del pórtico rúnico, toca su última nota y se apagó. Los Barones de la Guerra rugieron proclamando su victoria sobre el artefacto arcano. Necios. Un sigilo de poder deslumbrante apareció en el borde inferior izquierdo seguido de un segundo y un tercero... La marea del interior del pórtico rúnico se estabiliza y se abre succionando el aire de la sala. Desde el otro lado les llegan las palabras de poder del conjurador en voz viva. Suena como tañidos agudos que truenan haciendo temblar la sala.

Se hace el silencio y dos mundos se unen.

Los Nobles Imperiales gritan aterrados. Las luces mágicas de la sala se han apagado y ven a intervalos a través de rayos que rebotan en las paredes de la sala sesgando los bajorrelieves jeroglíficos con su furia. Durante esos breves instantes de luz y alivio, ven a su alrededor, decenas de vampiros de piel azulada vestidos con armaduras barrocas de aleaciones mágicas desconocidas. Les atraviesan con miradas brillantes de odio sin fondo pronunciando maldiciones en lenguas perdidas, les muestran sus dientes y se abalanzan sobre ellos exigiendo su sangre y almas.

El pórtico rúnico explota llevándose consigo la visión de los vampiros.

Se hace la oscuridad, unos segundos, hasta que los ojos de los nobles se acostumbran a la luz del atardecer que se filtra por la entrada del templo. Barones de la Guerra y Damas Plateadas gritan acongojados por la visión infernal del mundo que crearon sus padres.

Sienten el miedo por primera vez en sus vidas.

Las Damas Plateadas maestras contemplan las ruinas del pórtico rúnico ajenas a la debilidad de sus congeneres. Su visión extrasensorial ilumina como si fuera un sol a la sombra que emerge de las piedras quebradas y cobra forma.

Un latido centra la atención de todos los nobles. A los pies de los restos del pórtico rúnico se ha formado una figura humana. Un hombre. Si la muerte fuera tangible, ese sería su aspecto.

Era un hombre alto e imponente de casi dos metros de altura, delgado y musculoso, que vestía una armadura siniestra negra como el temor. Su conjunto de placas escamadas sobrenatural exhalaban un vaho sombrío en las junturas de cada pieza; aunque todos los nobles miraban al gigantesco rubi brillante que ardía y latía en el centro de su pecho. El corazón de un antiguo dragón, susurró una voz glacial en sus mentes. Estaba engarzada a la armadura por pequeñas garras demoníacas de niebla espectral negra que se movían dando fe de su perversa vitalidad. Casi podían palpar el odio que sentía por ellos el alma atrapada del dragón. Turbados por semejante fuerza, elevaron sus miradas a las hombreras, grandes escamas sujetas por garras afiladas que también sostenían la larga capa que caía hasta el suelo, tejida por una legión de criaturas espectrales compuestas por sombras densas y untuosas que mostraban sus rostros inhumanos para alimentarse de su miedo.

Lo peor, sin ninguna duda, era el rostro de aquel hombre, si es que alguna vez lo había sido. Sus facciones denotaban el poder de la antigua sangre en una proporción temible. Rasgos afilados forjados en tiempos preteritos. Mandibula firme con hoyuelo, pomulos como aristas, nariz aguileña, labios crueles que esbozaba la sonrisa lobuna de un cazador acentuada por sus colmillos vampíricos. Su piel palida, blanca y pulida como el alabastro, indicaba un estado de muerte desmentido por el pulso firme que hinchaba las venas negras, que destacaban sobre su piel a la altura del cuello y las sienes, por las que corría una sangre más antigua que los viejos soles. Hacia un frío terrible en la sala y, cada vez que latía el corazón del hombre, no hacía sino estrechar su implacable abrazo sobre los temblorosos cuerpos de los nobles.

Él, les observaba imperterito con sus ojos azul celeste. Pozos brillantes e insondables que transcendían las mareas del tiempo con su visión. Los antepasados de los nobles, no habían tenido el valor de preguntarle al hombre, cuando aún era humano, qué veía a través de ellos. Ahora lo sabían. Sus mentes, protegidas por las más ferreas defensas mentales, habían sucumbido ante su implacable voluntad. Les obligaba a que ver su visión. El futuro de su raza de post-humanos pasaba a una velocidad vertiginosa en el interior de sus mentes, aunque el gemido placentero de una voz femenina ímpia y sádica, les devolvió a la realidad.

Aquel hombre que una vez fue Falkenberg, el Cazador, un Mentalizador, acariciaba con su mano derecha el largo pomo de un espadón hasta ahora invisible. Su contacto físico, despertó del ensueño a la criatura que habitaba la espada. Una Príncesa Demoníaca, Erishkigal. Les volvió a responder la abominación que los sometía. El metal perverso que componía la espada rúnica devoraba la luz con tal fuerza que, estando dormida, era imposible verla en aquella sala tan oscurecida por la sombra de la tragedia. Ahora que Falkenberg la acariciaba, la espada volvía a latir despertando los fuegos infernales que traspasaban su vaina de obsidania.

La visión del futuro que navegaba por sus mentes, les infundó un nuevo temor. Veían a sus desciendentes combatiendo en interminables guerras civiles por el poder, consumiendo mundo tras mundo, esclavizando y destruyendo a otras razas para saciar las necesidades de sus ambiciones. La galaxia que ellos esperaban colonizar por siempre, ya no era más que un yermo esteril, y su nuevo destino parecía que iba a correr su misma suerte.

Empezaron a comprender, demasiado tarde, que los Mentalizadores, cuando vieron tocar a su fin, no buscaron la manera de permitir el regreso de Falkenberg para vengarse, sino con el fin de salvar un futuro que jamás llegarían a ver. No estaban aquí para concluir un conflicto que se había alargado durante décadas: iban a ser juzgados como raza a vida o muerte. Desconocían en qué se había convertido Falkenberg, pero era imposible que supusiera una amenaza para su imperio.

Unas risas espectrales, pronunciadas por gargantas desgarradas, graves, guturales y sesgadas, se rieron de los pensamientos de aquellos nobles, como si los hubieran escuchado. Captaron la fuente de las risas: la corona de obsidania de nueve puntas que lucía sobre su larga melena blanca, Falkenberg. Cada punta era la representación en relieve de un dios sangriento de Mundo Destierro. Señores de las Tinieblas a los que el Vampiro Libertador había sometido, quienes le habían visto combatir demasiadas veces para no conocer el futuro de aquellos patétitos y débiles seres mortales tan engreidos en su ignorancia.

Falkenberg les señaló apuntándoles con su espadón mientras los cabellos blancos de su larga melena comenzaban a flotar mecidos por el poder que emergía de su interior, y les indicó con su mano izquierda abierta que no hicieran el menor gesto, a menos que desearan precipitar los acontecimientos. La mera revelación de su guantalete abierto por las palmas, mostrando una boca secundaria de forma pentagonal rematada por cinco colmimillos vampíricos, fue suficiente para desarbolar sus intenciones de sorprenderlo.

La espada rúnica se transformaba a cada instante. Su metal al rojo vivo no hacía sino expandirse, esculpiendo una bella y formidable espada de dos manos gigantesca. En el centro de la hoja, bajo océanos de metal líquido, el voluptuoso cuerpo de la príncesa demoníaca, Erishkigal, danzaba invocando ritos satánicos. Su belleza carnal no tenía comparación entre las mujeres mortales, y su apetito por la sangre y el dolor, la consumían en los fuegos de sus ambiciones. Entonaba una letanía en el lenguaje demoníaco del abismo que reforzaba la espada con ríos rúnicos esculpidos sobre sus agudos filos.

Los Barones de la Guerra, hechizados por su belleza y poder, no advirtieron la naturaleza del orbe rubi de la empuñadura: una dimensional infernal cuyo vínculo con el universo era la espada; ni tampoco se esforzaron por comprender las palabras de la príncesa demoníaca. Caso en el que hubieran captado una inflexión basada en una deformación del lenguaje imperial que, tal vez, se hablaba en Mundo Destierro en la actualidad, en el que Erishkigal se dirigió directamente a Falkenberg, expresándole su deseo de volver a bañar el universo con la sangre de las razas mortales más jóvenes y corruptas antes de yacer con él.

Las Damas Plateadas, que desearon no haber entendido una palabra, se concentraron en la visión del futuro de su raza, rogando por que sus hijos supieran ver el camino al que les conducían sus acciones. De pronto, la visión saltó a un planeta idílico propio de los tiempos perdidos en que habitaron su mundo natal antes de rendir culto a la tecnología y las ciencias, desterrando las voces de los muertos y el canto de la magia que sólo algunos escuchaban. Lo poblaba una raza humana cargada de vida, ilusión y esperanza. Eran el futuro del universo. Las Damas Plateadas lo supieron al instante.

Y entonces gritaron.

Vieron un gigantesco planeta artificial, mil veces más grande que el suyo, Mare Exilium, devorar aquel mundo de jubilo y belleza, para alimentar su maquinaría industrial, sedienta de los recursos de un mundo terrestre fertil; mientras sus habitantes eran conducidos a tetricos pasillos hasta cámaras de muerte. Allí, unas máquinas tomaban muestras de su ADN ignorando sus intentos de comunicación, y, al determinar que eran una raza inferior sin posibilidades comerciales, los descuartizaban por miles, a fin de venderlos como carne para bestias exóticas de un millón de mundos.

La visión se desvaneció de sus mentes con el eco de los sacrificados del futuro.

Y Falkenberg comenzo a arder: su larga cabellera blanca, sus ojos azul celeste, el corazón dragón de su pecho, la espada rúnica de Erishkigal... se transformaron en una sinfonía llamas que besaban las paredes de la sala.

Habían sido juzgados, y conocían el veredicto.

No hay redención en vuestra raza.

Fueron las últimas palabras que escucharon los nobles imperiales antes de que el silbido de la espada rúnica cortando aire, armaduras, carne, musculos, huesos, tendones, órganos y almas, a una velocidad espeluznante, acompañado por el aullido salvaje de la princesa demoníaca, les rompiera los timpanos justo antes de morir.

Los soldados imperiales que custodiaban las puertas del templo de los Señores de la Muerte desenterrado a las afueras de la gran ciudad de Kar-Thagorin, arrojaron sus armas al suelo y escaparon a la metropolis cuando, tras los agónicos gritos de los nobles, vieron emerger por las puertas un río de sangre que descendía por los escalones de piedra basáltica. Algunos gritaron hasta perder la razón. Fueron quienes tardaron demasiado tiempo en volver la cabeza, y vieron a Falkenberg surgir del umbral cubierto con la sangre de los nobles. Borbotones de sangre caliente se deslizaron desde su boca hasta el pecho pasando por la garganta después de tan magnífico festin, cuando proclamó con un rugido agudo y bestial que el tiempo de la extinción había llegado.

Donde su poderosa voz no llego, si lo hicieron sus poderes psíquicos, gritando a fuego su condena en la mente de todos los habitantes de Kar-Thagorin, que gimieron atemorrizados echándose las manos a la cabeza escuchando de fondo los gritos de las almas de los nobles atrapadas en el corazón del orbe de Erishkigal, donde la príncesa demoníaca jugaba con sus almas saboreando su tormento y dolor.

Recordando palabras arcanas que le dictaba su alma inmortal atrapada en Disolución, Falkenberg pronunció un hechizo de auténtico poder. Una llamada que transcendió el tiempo y el espacio. Océanos de runas blancas brillantes como soles, giraban en espiral en derredor suyo. La espada demoníaca flotaba frente a él tejiendo una ventisca de runas demoníacas que reforzaban su hechizo, mientras volvía a transformarse: la voluptosa guerrera vestida con una armadura de huesos demoníacos, se convertía en una hechicera cubierta por una bella túnica, ataviada por hermosas joyas de poder que se reflejaban en la nueva espada de una mano, más delgada y elegante.

La espada de un Señor Brujo.

Un eclipse cubrió la atemorrizada ciudad de Kar-Thagorin. La llamada de Falkenberg había sido escuchada. La nave mágica orgánica más grande y poderosa jamás construida por los Señores de la Muerte flotaba por encima de la peninsula de aquel país condenado. La alarma de la ciudad apenas anunció lo inevitable unos segundos. La monstruosa nave disparó un rayo que atravesó el planeta de punta a punta evaporando Kar-Thogorin con sus millones de habitantes. Herido de muerte, el planeta se descomponía furiosamente: mares y ríos de fuego asolaban la tierra, los océanos hundían continentes, la atmósfera rugía con la tormenta del día del juicio final... la muerte sembraba su cosecha por doquier alimentando a la nave con la agonía del mundo y sus habitantes culpables.

Falkenberg conocía bien la sensación que experimentaba la nave al quitar una vida, porque ambos extraían su fuerza de la muerte. La tierra en derredor del templo no eran más que miles de pedazos de tierra y roca chocando unos con otros frenéticamente. Sólo la fuerte magia del templo lo protegía por el momento. Falkenberg volvió a pronunciar su hechizo de llamada

Entonces la nave lo vio.

Durante unos segundos que le parecieron eternos, la conciencia de la nave lo examinó en busca de una presencia familiar, que ni el propio Falkenberg sabía si había existido nunca.

Un haz de tracción lo envolvió al mismo tiempo que el templo cedía ante la destrucción del mundo. Falkenberg se río salvajemente mientras la nave lo izaba a su interior abriendo las compuertas, al tiempo que se alejaba del mundo a punto de explotar.

Falkenberg no llego a ver la explosión del mundo. La nave lo había teletransportado así que subió a bordo al puente de mando. A pesar de la inescrutable oscuridad envuelta en una silenciosa amenaza, Falkenberg se dirigió con paso firme y de memoría al trono del piloto situado en el nivel superior. Arrojó al vacío sin ceremonias el cadaver de un Señor de la Muerte y tomó asiento. La consola de mando se encendió al sentir sus manos sobre el panel de control. La carne de la nave se deslizó desde las paredes hasta él, infiltrando sus redes nerviosas a través de su cuerpo. Al cabo de unos instantes, Falkenberg escuchó la voz de la nave dentro de su mente.

¿Cuáles son sus órdenes, maestro?

Reanima a los Durmientes y pliega el espacio.

¿Destino?

Mare Exilium.

Miles de años luz más lejos y unos segundos después, Falkenberg se asomaba por el balcón principal de una boveda vertical del tamaño de una ciudad. Podía escuchar los pasos de millones de pies de los mejores guerreros jamás creados mientras formaban filas y se asomaban por los anillos de la boveda. Cuando vieron en el balcón a Falkenberg empuñando Erishkigal transformada ahora en un cetro arcano, no tuvieron la menor duda de que era un antiguo maestro, y gritaron exhaltados en un crisol de lenguajes.

En Mare Exilium la flotaba estaba en alerta máxima. Por la basta red de colosales anillos de pliege espacial alrededor del planeta artificial, miles de guerra regresaban de todas las provincias del Imperio para unirse a la flota defensiva que avanzaba a toda velocidad contra la misteriosa nave desconocida que había aparecido en el espacio próximo hacía apenas unos minutos. Los nobles almirantes transmitían por la red psíquica un torrente de órdenes a sus capitanes. La flota se organizaba a un ritmo impresionante sobre la marcha, millones de cazas despegaban de las catapultas, los esclusas de torpedos eran cargadas, los cañones magnéticos y láser acomulaban energía, y las ordenes de Caballería Espacial desplegaban sus hordas de cazas de elite y naves planetarias en la retaguardia para liderar el martillo de la segunda oleada.

La maquinaría de guerra construída a los largo de tres mil años, avanzaba como una manada de lobos hambrientos contra la nave arcana, que crecía usando la energía tomada de la muerte de aquel insignificante mundo mientras seguía reanimando a los Durmientes, cargaba las naves de la flota y sus cazas, y reproducía nuevas copias en masa.

Falkenberg hablaba desde su tribuna a los guerreros de decenas de razas mortales creadas en tiempos preteritos por los Señores de la Muerte, que habían jurado luchar por sus principios: la preservación del universo aniquilando aquellos que amenazaran su equilibrio. Algunos habitaban la nave desde sus principios cuando el universo era joven, y habían sido despertados cientos de veces a lo largo de millones de años; otros eran los últimos supervivientes que los Señores de la Muerte habían podido salvar poco antes de su propia caída. Falkenberg les decía con un tono melancólico y apesumbrado que, a pesar de la desaparición de sus razas y hogares, habían jurado servir por el equilibrio del universo hasta el fin de los tiempos, y que la desapareción de los Eternos no podía ser una excusa; ahora más que nunca, las razas jóvenes que sembrarían los germenes de la recuperación, necesitaban su protección frente aquellas sin esperanza que no hacían sino devorarlo todo para saciar por un instante el hambre sin fondo de sus almas vacías.

Ellos, los supervivientes de la caída, eran los únicos que podían combatirlas.

Un grito de guerra visceral cerró la sesión entre hermanos. Los guerreros corrieron en tropel por los pórticos de teletransporte a sus estaciones de combate ocupando los centros de mando de la nave insignia, subiendo a las naves de la flota y entrando con sus cazas a las catapultas de lanzamiento.

Falkenberg ascendía con un disco flotante al techo de la boveda que se abrió a su paso. Una vez sobre la cubierta de la nave insignia, en el espacio, se dirigió al templo que habían construido en el exterior los Señores de la Muerte para participar en la batalla con sus propios poderes. Desde el trono de invocaciones, rodeado de columnas esculpidas en relieves de Señores de la Muerte y Eternos, tuvo una magnífica visión de la apoteósica flota Imperial que avanza hacia él a toda velocidad cubriendo el espacio con las llamas de sus impulsores estelares.

Miles de estrellas que muy pronto se extinguirían.

Falkenberg insertó verticalmente Erishkigal en el centro de cristales de poder grabados en sigilos rúnicos, habló telepaticamente con la príncesa demoníaca, y le dijo que pensaba hacer con una sonrisa lobuna en los labios. Una carcajada ímpia y perversa fue el preludio de la extraordinaria composición rúnica que iban a interpretar alterando la realidad del universo. Mientras la príncesa demoníaca iniciaba los primeros compases, Falkenberg dio instrucciones a la nave: los escudos se activaron, las baterías de armas mágicas se desplegaron por las cubiertas, los impulsores la situaron en rumbo de interceipción dándole un aspecto de cometa furioso, y su flota se desplegó cubriendo los flancos de la nave insignia. Iban a golpear el centro de la flota imperial con toda su fuerza.

En respuesta a la canción rúnica que interpretaban y cantaban Falkenberg y Erishkigal, una tormenta cósmica empezó a formarse por detrás de la nave insignia y su flota, a las que cabalgó rumbo a Mare Exilium, el primer planeta artificial del Imperio, de fondo.

Fuego, caos, destrucción y muerte brillaron en el firmamento.

Falkenberg, El Vampiro Libertador, Desciente de los Señores de la Muerte.

Había regresado del reino de las tinieblas, Mundo Destierro

Crónicas de Mundo Destierro:

Diario de un sueño - 23/04/09:

Lester Knight: ¡Muy buenas queridos, lectores y amigos! Después de unas semanas de ausencia, en las cuales he estado escribiendo mi primera novela, vuelvo con vosotros con un pequeño relato que he escrito para relajarme. Me apetecía mucho volver a actualizar el blog, saber de vosotros y tratar de haceros pasar un buen rato con uno de mis relatos. Este en particular, ha sido escrito hoy mismo de un tirón para disfrutar como un enano. Quería escribir algo de Falkenberg usando una parte de los nuevos diseños y posibles futuros alternativos de las novelas. Y la verdad es que me he desmelenado un poco.

Estas semanas por fin he concluido mi primera novela no publicable, un silmarillion de 322 páginas de Mundo Destierro puro y duro, que ahora mismo estoy usando para consultar dudas según escribo la novela. Me ha costado mucho empezar a escribirla. Había varios guiones sobre la mesa y me gustaban todos. Pero al final me he lanzado de cabeza por “El Duque del Destierro”, y ya estoy en ello. La novela recoge precisamente el principio del relato: los últimos días de los Mentalizadores y su persecución por el Imperio, y, sí, Falkenberg realizará una aparición.

De momento las cosas marchan sobre ruedas. Si nada se tuerce después del verano me tendréis dando la vara por aquí de nuevo con la novela terminada buscando editorial. A pesar de mi escasa actividad bloguera, me acuerdo mucho de todos vosotros, y os deseo que paséis un feliz verano y vacaciones.

¡Un abrazo a todos! Wink

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3 Comentarios:

¡Welcome back!

Aunque sea por un dia xDDD Pero te estaremos esperando a la vuelta.

Sobre tu novela, que decirte que tengas toda la suerte del mundo encontrando un editor y que las ventas acompañen. ¿Quien sabe? Quizá en breve este leyendo una novela de un tal Lester Knight ^^

Bienvenido Lester, siempre

Bienvenido Lester, siempre se hace agradable leerte de nuevo!!

Espero que tengas mucha suerte con la novela, que te la mereces.

Saludos!

 

¡Muy buenas!

¡Muchas gracias, Logan y Ehldair, por el apoyo!

Tengo muy buenas noticias: la novela marcha de miedo. Después de meses y meses de desarrollar la historia de Falkenberg, darle un subidón a Mundo Destierro, actualizar toda la parte imperial, y barajar múltiples guiones, al final comence a escribirla con las ideas muy claras, y, hasta la fecha, va mucho mejor de lo que me esperaba.

La historia de la primera novela está acabada, y según la escribo no hago sino ampliarla, como si hubiera cobrado vida propia. Los personajes responden y las tramas se dejan llevar. Tengo la sensación de que voy a conseguirlo.

De momento, os puedo adelantar que la novela se divide en dos actos: la presentación de un personaje principal, un joven Mentalizador que es usado como esclavo por los piratas de una estación espacial, en una época convulsa y caótica; y, que el segundo acto narra las últimas horas de los Mentalizadores supervivientes perseguidos por el imperio, con el personaje anterior ya mayor y participando, en un día de combates épicos, muerte y esperanza.

La extensión prevista es de 200 páginas, y será la primera novela de siete, de las que ya he escrito la trama principal. Si me la publican... vais a tener Falkenberg y Mundo Destierro por mucho, mucho tiempo.

¡Un abrazo a todos y feliz verano! Wink