El último
Mentalizador del Imperio Galáctico yacía con una
expresión triunfal ante el pórtico rúnico. Atrás
quedaban años de traiciones y persecuciones que habían
llevado a su ilustre raza a la extincion. Ya no sentía el peso
de la soledad ni el dolor de sus heridas. Su cuerpo, en otro tiempo
hermoso, estaba parcialmente carbonizado y desfigurado por las armas
de fuego láser y los ataques psíquicos que habían
pretendido detenerle. El suyo fue un viaje sin retorno. El sacrificio
del último de su estirpe por un sueño de justicia
basado en una leyenda tan antigua que ni siquiera los nobles
inmortales más ancianos del Imperio habían vivido en
aquella remota época de caos.
Ninguno de los vivos
llego a ver la paz que reflejaba el medio rostro intacto del
Mentalizador. Estaban demasiado ocupados disparando todas sus armas y
conjuros mentales contra el pórtico rúnico, mientras
sus científicos y eruditos manipulaban la consola de cristales
flotantes de control sin éxito: desconocían el idioma
ancestral de sus sigilos y el artefacto mágico no reconocía
su sangre transmutada genéticamente durante milenios.
Los Barones de la
Guerra rugían amenazas surgidas de la fustración por el
fracaso de sus ofensivas contra el pórtico rúnico. Un
instrumento arcano construido mediante la alta magia por los Eternos,
la raza inmortal que había dominado el universo durante eónes,
cuya composición era inalterable a cualquier intervención
que no fuera mágica, y, los nobles del Imperio Galáctico,
carecían del don. Era el precio por su adaptación al
espacio, la inmortalidad y sus fabulosos poderes mentales.
Las Damas Plateadas
contemplaban la escena en silencio. La naturaleza introespectiva de
sus poderes les permitían ver más allá de lo que
cualquier varón jamás soñaría, y, sus
visiones las inquietaban profundamente. Veían tras el velo que
ocultaba el pórtico rúnico, con sus runas ardientes
escribiendo composiciones de alta magia en sus bordes a un ritmo
demencial, variando la realidad del universo para hacer de dos puntos
lejanos uno sólo durante un instante, y escuchaban las
reverberaciones desde el otro lado. Un sonido cuyo recuerdo perduraba
al paso de los siglos: el gemido desgarrador de millones de inocentes
abandonados en un mundo maldito. Aquel que habían colonizado
en los primeros albores del Imperio, atraidos por la voz de un dios
de otra era, que les invitaba a renacer en su auténtica forma.
Una posibilidad que
aterró a la nobleza imperial al ver a millones de plebeyos
dotados en la magia, desarrollando poderes que pronto superarían
los suyos, a quienes sentenciaron al robar los mayores secretos del
dios de otra era, escapando en su planeta artificial antes de que su
furia cayerá sobre ellos.
Lo último que
vieron de aquel mundo maldito al que llamaban Mundo Destierro, fue
como una tormenta espectral de oscuridad invocada desde regiones
ignotas de las esferas dimensionales lo devoraba, sirviendo a los
plebeyos en honor de dioses menores sangrientos y seres infernales.
Nadie había
regresado jamás de Mundo Destierro.
Los diarios imperiales
de hacia doscientos años aseguraban que se había
enviado un Mentalizador, Falkenberg, el más dotado de su raza,
a combatir algunos nobles deportados que planeaban escapar y traer la
guerra al imperio, pero no existía ningún registro
oficial que mencionara nada más de él. Se le había
perdido el rastro en la noche sin amanecer del mundo maldito, aunque
corrían leyendas susurradas por visionarias en trance, que
habían violado la ley trasladando su mente más allá
de la frontera del universo con la tormenta espectral que latía
donde una vez había estado Mundo Destierro.
Relataban historias
extraidas de almas que no encontraban el descanso en la fría
noche. El Vampiro Libertador, le llamaban. Señor del Norte,
Brujo, Mentalizador y desciente de la antigua sangre. Historias cuya
difusión estaba prohibida incluso entre los nombres, y que
estas Damas Plateadas conocían por su rango de maestras. No
podían impedir pensar en ellas ahora que ambos pórticos
rúnicos se estaban conectando y abriendo, ignorando los
rituales establecidos representandos en los en bajorrelieves de la
sala cuadrada iluminada por fuegos mágicos donde estaban.
Los jeroglificos
ilustraban la opertura de los pórticos rúnicos como una
ceremonía conjunta desde ambas partes por círculos de
hechiceros muy poderosos que sintonizaban los pórticos y
transmitían su energía al conducto mágico.
Sólo alguien
podía abrir un portal en solitario, y lo estaba haciendo.
Los ecos del mundo
maldito se ahogan ante las palabras de poder que llegaban a las
mentes de las Damas Plateadas, entonadas desde el otro pórtico
rúnico. Destilaba un poder que no pertenece a ningún
ser mortal. De pronto, la composición mágica que fluía
por los bordes del pórtico rúnico, toca su última
nota y se apagó. Los Barones de la Guerra rugieron proclamando
su victoria sobre el artefacto arcano. Necios. Un sigilo de poder
deslumbrante apareció en el borde inferior izquierdo seguido
de un segundo y un tercero... La marea del interior del pórtico
rúnico se estabiliza y se abre succionando el aire de la sala.
Desde el otro lado les llegan las palabras de poder del conjurador en
voz viva. Suena como tañidos agudos que truenan haciendo
temblar la sala.
Se hace el silencio y
dos mundos se unen.
Los Nobles Imperiales
gritan aterrados. Las luces mágicas de la sala se han apagado
y ven a intervalos a través de rayos que rebotan en las
paredes de la sala sesgando los bajorrelieves jeroglíficos con
su furia. Durante esos breves instantes de luz y alivio, ven a su
alrededor, decenas de vampiros de piel azulada vestidos con armaduras
barrocas de aleaciones mágicas desconocidas. Les atraviesan
con miradas brillantes de odio sin fondo pronunciando maldiciones en
lenguas perdidas, les muestran sus dientes y se abalanzan sobre ellos
exigiendo su sangre y almas.
El pórtico
rúnico explota llevándose consigo la visión de
los vampiros.
Se hace la oscuridad,
unos segundos, hasta que los ojos de los nobles se acostumbran a la
luz del atardecer que se filtra por la entrada del templo. Barones de
la Guerra y Damas Plateadas gritan acongojados por la visión
infernal del mundo que crearon sus padres.
Sienten el miedo por
primera vez en sus vidas.
Las Damas Plateadas
maestras contemplan las ruinas del pórtico rúnico
ajenas a la debilidad de sus congeneres. Su visión
extrasensorial ilumina como si fuera un sol a la sombra que emerge de
las piedras quebradas y cobra forma.
Un latido centra la
atención de todos los nobles. A los pies de los restos del
pórtico rúnico se ha formado una figura humana. Un
hombre. Si la muerte fuera tangible, ese sería su aspecto.
Era un hombre alto e
imponente de casi dos metros de altura, delgado y musculoso, que
vestía una armadura siniestra negra como el temor. Su conjunto
de placas escamadas sobrenatural exhalaban un vaho sombrío en
las junturas de cada pieza; aunque todos los nobles miraban al
gigantesco rubi brillante que ardía y latía en el
centro de su pecho. El corazón de un antiguo dragón,
susurró una voz glacial en sus mentes. Estaba engarzada a la
armadura por pequeñas garras demoníacas de niebla
espectral negra que se movían dando fe de su perversa
vitalidad. Casi podían palpar el odio que sentía por
ellos el alma atrapada del dragón. Turbados por semejante
fuerza, elevaron sus miradas a las hombreras, grandes escamas sujetas
por garras afiladas que también sostenían la larga capa
que caía hasta el suelo, tejida por una legión de
criaturas espectrales compuestas por sombras densas y untuosas que
mostraban sus rostros inhumanos para alimentarse de su miedo.
Lo peor, sin ninguna
duda, era el rostro de aquel hombre, si es que alguna vez lo había
sido. Sus facciones denotaban el poder de la antigua sangre en una
proporción temible. Rasgos afilados forjados en tiempos
preteritos. Mandibula firme con hoyuelo, pomulos como aristas, nariz
aguileña, labios crueles que esbozaba la sonrisa lobuna de un
cazador acentuada por sus colmillos vampíricos. Su piel
palida, blanca y pulida como el alabastro, indicaba un estado de
muerte desmentido por el pulso firme que hinchaba las venas negras,
que destacaban sobre su piel a la altura del cuello y las sienes, por
las que corría una sangre más antigua que los viejos
soles. Hacia un frío terrible en la sala y, cada vez que latía
el corazón del hombre, no hacía sino estrechar su
implacable abrazo sobre los temblorosos cuerpos de los nobles.
Él, les
observaba imperterito con sus ojos azul celeste. Pozos brillantes e
insondables que transcendían las mareas del tiempo con su
visión. Los antepasados de los nobles, no habían tenido
el valor de preguntarle al hombre, cuando aún era humano, qué
veía a través de ellos. Ahora lo sabían. Sus
mentes, protegidas por las más ferreas defensas mentales,
habían sucumbido ante su implacable voluntad. Les obligaba a
que ver su visión. El futuro de su raza de post-humanos pasaba
a una velocidad vertiginosa en el interior de sus mentes, aunque el
gemido placentero de una voz femenina ímpia y sádica,
les devolvió a la realidad.
Aquel hombre que una
vez fue Falkenberg, el Cazador, un Mentalizador, acariciaba con su
mano derecha el largo pomo de un espadón hasta ahora
invisible. Su contacto físico, despertó del ensueño
a la criatura que habitaba la espada. Una Príncesa
Demoníaca, Erishkigal. Les volvió a responder
la abominación que los sometía. El metal perverso que
componía la espada rúnica devoraba la luz con tal
fuerza que, estando dormida, era imposible verla en aquella sala tan
oscurecida por la sombra de la tragedia. Ahora que Falkenberg la
acariciaba, la espada volvía a latir despertando los fuegos
infernales que traspasaban su vaina de obsidania.
La visión del
futuro que navegaba por sus mentes, les infundó un nuevo
temor. Veían a sus desciendentes combatiendo en interminables
guerras civiles por el poder, consumiendo mundo tras mundo,
esclavizando y destruyendo a otras razas para saciar las necesidades
de sus ambiciones. La galaxia que ellos esperaban colonizar por
siempre, ya no era más que un yermo esteril, y su nuevo
destino parecía que iba a correr su misma suerte.
Empezaron a comprender,
demasiado tarde, que los Mentalizadores, cuando vieron tocar a su
fin, no buscaron la manera de permitir el regreso de Falkenberg para
vengarse, sino con el fin de salvar un futuro que jamás
llegarían a ver. No estaban aquí para concluir un
conflicto que se había alargado durante décadas: iban a
ser juzgados como raza a vida o muerte. Desconocían en qué
se había convertido Falkenberg, pero era imposible que
supusiera una amenaza para su imperio.
Unas risas espectrales,
pronunciadas por gargantas desgarradas, graves, guturales y sesgadas,
se rieron de los pensamientos de aquellos nobles, como si los
hubieran escuchado. Captaron la fuente de las risas: la corona de
obsidania de nueve puntas que lucía sobre su larga melena
blanca, Falkenberg. Cada punta era la representación en
relieve de un dios sangriento de Mundo Destierro. Señores de
las Tinieblas a los que el Vampiro Libertador había sometido,
quienes le habían visto combatir demasiadas veces para no
conocer el futuro de aquellos patétitos y débiles seres
mortales tan engreidos en su ignorancia.
Falkenberg les señaló
apuntándoles con su espadón mientras los cabellos
blancos de su larga melena comenzaban a flotar mecidos por el poder
que emergía de su interior, y les indicó con su mano
izquierda abierta que no hicieran el menor gesto, a menos que
desearan precipitar los acontecimientos. La mera revelación de
su guantalete abierto por las palmas, mostrando una boca secundaria
de forma pentagonal rematada por cinco colmimillos vampíricos,
fue suficiente para desarbolar sus intenciones de sorprenderlo.
La espada rúnica
se transformaba a cada instante. Su metal al rojo vivo no hacía
sino expandirse, esculpiendo una bella y formidable espada de dos
manos gigantesca. En el centro de la hoja, bajo océanos de
metal líquido, el voluptuoso cuerpo de la príncesa
demoníaca, Erishkigal, danzaba invocando ritos satánicos.
Su belleza carnal no tenía comparación entre las
mujeres mortales, y su apetito por la sangre y el dolor, la consumían
en los fuegos de sus ambiciones. Entonaba una letanía en el
lenguaje demoníaco del abismo que reforzaba la espada con ríos
rúnicos esculpidos sobre sus agudos filos.
Los Barones de la
Guerra, hechizados por su belleza y poder, no advirtieron la
naturaleza del orbe rubi de la empuñadura: una dimensional
infernal cuyo vínculo con el universo era la espada; ni
tampoco se esforzaron por comprender las palabras de la príncesa
demoníaca. Caso en el que hubieran captado una inflexión
basada en una deformación del lenguaje imperial que, tal vez,
se hablaba en Mundo Destierro en la actualidad, en el que Erishkigal
se dirigió directamente a Falkenberg, expresándole su
deseo de volver a bañar el universo con la sangre de las razas
mortales más jóvenes y corruptas antes de yacer con él.
Las Damas Plateadas,
que desearon no haber entendido una palabra, se concentraron en la
visión del futuro de su raza, rogando por que sus hijos
supieran ver el camino al que les conducían sus acciones. De
pronto, la visión saltó a un planeta idílico
propio de los tiempos perdidos en que habitaron su mundo natal antes
de rendir culto a la tecnología y las ciencias, desterrando
las voces de los muertos y el canto de la magia que sólo
algunos escuchaban. Lo poblaba una raza humana cargada de vida,
ilusión y esperanza. Eran el futuro del universo. Las Damas
Plateadas lo supieron al instante.
Y entonces gritaron.
Vieron un gigantesco
planeta artificial, mil veces más grande que el suyo, Mare
Exilium, devorar aquel mundo de jubilo y belleza, para alimentar su
maquinaría industrial, sedienta de los recursos de un mundo
terrestre fertil; mientras sus habitantes eran conducidos a tetricos
pasillos hasta cámaras de muerte. Allí, unas máquinas
tomaban muestras de su ADN ignorando sus intentos de comunicación,
y, al determinar que eran una raza inferior sin posibilidades
comerciales, los descuartizaban por miles, a fin de venderlos como
carne para bestias exóticas de un millón de mundos.
La visión se
desvaneció de sus mentes con el eco de los sacrificados del
futuro.
Y Falkenberg comenzo a
arder: su larga cabellera blanca, sus ojos azul celeste, el corazón
dragón de su pecho, la espada rúnica de Erishkigal...
se transformaron en una sinfonía llamas que besaban las
paredes de la sala.
Habían sido
juzgados, y conocían el veredicto.
No hay redención
en vuestra raza.
Fueron
las últimas palabras que escucharon los nobles imperiales
antes de que el silbido de la espada rúnica cortando aire,
armaduras, carne, musculos, huesos, tendones, órganos y almas,
a una velocidad espeluznante, acompañado por el aullido
salvaje de la princesa demoníaca, les rompiera los timpanos
justo antes de morir.
Los
soldados imperiales que custodiaban las puertas del templo de los
Señores de la Muerte desenterrado a las afueras de la gran
ciudad de Kar-Thagorin, arrojaron sus armas al suelo y escaparon a la
metropolis cuando, tras los agónicos gritos de los nobles,
vieron emerger por las puertas un río de sangre que descendía
por los escalones de piedra basáltica. Algunos gritaron hasta
perder la razón. Fueron quienes tardaron demasiado tiempo en
volver la cabeza, y vieron a Falkenberg surgir del umbral cubierto
con la sangre de los nobles. Borbotones de sangre caliente se
deslizaron desde su boca hasta el pecho pasando por la garganta
después de tan magnífico festin, cuando proclamó
con un rugido agudo y bestial que el tiempo de la extinción
había llegado.
Donde
su poderosa voz no llego, si lo hicieron sus poderes psíquicos,
gritando a fuego su condena en la mente de todos los habitantes de
Kar-Thagorin, que gimieron atemorrizados echándose las manos a
la cabeza escuchando de fondo los gritos de las almas de los nobles
atrapadas en el corazón del orbe de Erishkigal, donde la
príncesa demoníaca jugaba con sus almas saboreando su
tormento y dolor.
Recordando
palabras arcanas que le dictaba su alma inmortal atrapada en
Disolución, Falkenberg pronunció un hechizo de
auténtico poder. Una llamada que transcendió el tiempo
y el espacio. Océanos de runas blancas brillantes como soles,
giraban en espiral en derredor suyo. La espada demoníaca
flotaba frente a él tejiendo una ventisca de runas demoníacas
que reforzaban su hechizo, mientras volvía a transformarse: la
voluptosa guerrera vestida con una armadura de huesos demoníacos,
se convertía en una hechicera cubierta por una bella túnica,
ataviada por hermosas joyas de poder que se reflejaban en la nueva
espada de una mano, más delgada y elegante.
La
espada de un Señor Brujo.
Un eclipse cubrió
la atemorrizada ciudad de Kar-Thagorin. La llamada de Falkenberg
había sido escuchada. La nave mágica orgánica
más grande y poderosa jamás construida por los Señores
de la Muerte flotaba por encima de la peninsula de aquel país
condenado. La alarma de la ciudad apenas anunció lo inevitable
unos segundos. La monstruosa nave disparó un rayo que atravesó
el planeta de punta a punta evaporando Kar-Thogorin con sus millones
de habitantes. Herido de muerte, el planeta se descomponía
furiosamente: mares y ríos de fuego asolaban la tierra, los
océanos hundían continentes, la atmósfera rugía
con la tormenta del día del juicio final... la muerte sembraba
su cosecha por doquier alimentando a la nave con la agonía del
mundo y sus habitantes culpables.
Falkenberg conocía
bien la sensación que experimentaba la nave al quitar una
vida, porque ambos extraían su fuerza de la muerte. La tierra
en derredor del templo no eran más que miles de pedazos de
tierra y roca chocando unos con otros frenéticamente. Sólo
la fuerte magia del templo lo protegía por el momento.
Falkenberg volvió a pronunciar su hechizo de llamada
Entonces la nave lo
vio.
Durante unos segundos
que le parecieron eternos, la conciencia de la nave lo examinó
en busca de una presencia familiar, que ni el propio Falkenberg sabía
si había existido nunca.
Un haz de tracción
lo envolvió al mismo tiempo que el templo cedía ante la
destrucción del mundo. Falkenberg se río salvajemente
mientras la nave lo izaba a su interior abriendo las compuertas, al
tiempo que se alejaba del mundo a punto de explotar.
Falkenberg no llego a
ver la explosión del mundo. La nave lo había
teletransportado así que subió a bordo al puente de
mando. A pesar de la inescrutable oscuridad envuelta en una
silenciosa amenaza, Falkenberg se dirigió con paso firme y de
memoría al trono del piloto situado en el nivel superior.
Arrojó al vacío sin ceremonias el cadaver de un Señor
de la Muerte y tomó asiento. La consola de mando se encendió
al sentir sus manos sobre el panel de control. La carne de la nave se
deslizó desde las paredes hasta él, infiltrando sus
redes nerviosas a través de su cuerpo. Al cabo de unos
instantes, Falkenberg escuchó la voz de la nave dentro de su
mente.
¿Cuáles
son sus órdenes, maestro?
Reanima a los
Durmientes y pliega el espacio.
¿Destino?
Mare Exilium.
Miles
de años luz más lejos y unos segundos después,
Falkenberg se asomaba por el balcón principal de una boveda
vertical del tamaño de una ciudad. Podía escuchar los
pasos de millones de pies de los mejores guerreros jamás
creados mientras formaban filas y se asomaban por los anillos de la
boveda. Cuando vieron en el balcón a Falkenberg empuñando
Erishkigal transformada ahora en un cetro arcano, no tuvieron la
menor duda de que era un antiguo maestro, y gritaron exhaltados en un
crisol de lenguajes.
En
Mare Exilium la flotaba estaba en alerta máxima. Por la basta
red de colosales anillos de pliege espacial alrededor del planeta
artificial, miles de guerra regresaban de todas las provincias del
Imperio para unirse a la flota defensiva que avanzaba a toda
velocidad contra la misteriosa nave desconocida que había
aparecido en el espacio próximo hacía apenas unos
minutos. Los nobles almirantes transmitían por la red psíquica
un torrente de órdenes a sus capitanes. La flota se organizaba
a un ritmo impresionante sobre la marcha, millones de cazas
despegaban de las catapultas, los esclusas de torpedos eran cargadas,
los cañones magnéticos y láser acomulaban
energía, y las ordenes de Caballería Espacial
desplegaban sus hordas de cazas de elite y naves planetarias en la
retaguardia para liderar el martillo de la segunda oleada.
La
maquinaría de guerra construída a los largo de tres mil
años, avanzaba como una manada de lobos hambrientos contra la
nave arcana, que crecía usando la energía tomada de la
muerte de aquel insignificante mundo mientras seguía
reanimando a los Durmientes, cargaba las naves de la flota y sus
cazas, y reproducía nuevas copias en masa.
Falkenberg
hablaba desde su tribuna a los guerreros de decenas de razas mortales
creadas en tiempos preteritos por los Señores de la Muerte,
que habían jurado luchar por sus principios: la preservación
del universo aniquilando aquellos que amenazaran su equilibrio.
Algunos habitaban la nave desde sus principios cuando el universo era
joven, y habían sido despertados cientos de veces a lo largo
de millones de años; otros eran los últimos
supervivientes que los Señores de la Muerte habían
podido salvar poco antes de su propia caída. Falkenberg les
decía con un tono melancólico y apesumbrado que, a
pesar de la desaparición de sus razas y hogares, habían
jurado servir por el equilibrio del universo hasta el fin de los
tiempos, y que la desapareción de los Eternos no podía
ser una excusa; ahora más que nunca, las razas jóvenes
que sembrarían los germenes de la recuperación,
necesitaban su protección frente aquellas sin esperanza que no
hacían sino devorarlo todo para saciar por un instante el
hambre sin fondo de sus almas vacías.
Ellos,
los supervivientes de la caída, eran los únicos que
podían combatirlas.
Un
grito de guerra visceral cerró la sesión entre
hermanos. Los guerreros corrieron en tropel por los pórticos
de teletransporte a sus estaciones de combate ocupando los centros de
mando de la nave insignia, subiendo a las naves de la flota y
entrando con sus cazas a las catapultas de lanzamiento.
Falkenberg
ascendía con un disco flotante al techo de la boveda que se
abrió a su paso. Una vez sobre la cubierta de la nave
insignia, en el espacio, se dirigió al templo que habían
construido en el exterior los Señores de la Muerte para
participar en la batalla con sus propios poderes. Desde el trono de
invocaciones, rodeado de columnas esculpidas en relieves de Señores
de la Muerte y Eternos, tuvo una magnífica visión de la
apoteósica flota Imperial que avanza hacia él a toda
velocidad cubriendo el espacio con las llamas de sus impulsores
estelares.
Miles
de estrellas que muy pronto se extinguirían.
Falkenberg
insertó verticalmente Erishkigal en el centro de cristales de
poder grabados en sigilos rúnicos, habló
telepaticamente con la príncesa demoníaca, y le dijo
que pensaba hacer con una sonrisa lobuna en los labios. Una carcajada
ímpia y perversa fue el preludio de la extraordinaria
composición rúnica que iban a interpretar alterando la
realidad del universo. Mientras la príncesa demoníaca
iniciaba los primeros compases, Falkenberg dio instrucciones a la
nave: los escudos se activaron, las baterías de armas mágicas
se desplegaron por las cubiertas, los impulsores la situaron en rumbo
de interceipción dándole un aspecto de cometa furioso,
y su flota se desplegó cubriendo los flancos de la nave
insignia. Iban a golpear el centro de la flota imperial con toda su
fuerza.
En
respuesta a la canción rúnica que interpretaban y
cantaban Falkenberg y Erishkigal, una tormenta cósmica empezó
a formarse por detrás de la nave insignia y su flota, a las
que cabalgó rumbo a Mare Exilium, el primer planeta artificial
del Imperio, de fondo.
Fuego,
caos, destrucción y muerte brillaron en el firmamento.
Falkenberg,
El Vampiro Libertador, Desciente de los Señores de la Muerte.
Había
regresado del reino de las tinieblas, Mundo Destierro
Crónicas de Mundo Destierro:
Diario de un sueño - 23/04/09:
Lester
Knight: ¡Muy buenas queridos, lectores y amigos! Después
de unas semanas de ausencia, en las cuales he estado escribiendo mi
primera novela, vuelvo con vosotros con un pequeño relato que
he escrito para relajarme. Me apetecía mucho volver a
actualizar el blog, saber de vosotros y tratar de haceros pasar un
buen rato con uno de mis relatos. Este en particular, ha sido escrito
hoy mismo de un tirón para disfrutar como un enano. Quería
escribir algo de Falkenberg usando una parte de los nuevos diseños
y posibles futuros alternativos de las novelas. Y la verdad es que me
he desmelenado un poco.
Estas
semanas por fin he concluido mi primera novela no publicable, un
silmarillion de 322 páginas de Mundo Destierro puro y duro,
que ahora mismo estoy usando para consultar dudas según
escribo la novela. Me ha costado mucho empezar a escribirla. Había
varios guiones sobre la mesa y me gustaban todos. Pero al final me he
lanzado de cabeza por “El Duque del Destierro”, y ya estoy en
ello. La novela recoge precisamente el principio del relato: los
últimos días de los Mentalizadores y su persecución
por el Imperio, y, sí, Falkenberg realizará una
aparición.
De
momento las cosas marchan sobre ruedas. Si nada se tuerce después
del verano me tendréis dando la vara por aquí de nuevo
con la novela terminada buscando editorial. A pesar de mi escasa
actividad bloguera, me acuerdo mucho de todos vosotros, y os deseo
que paséis un feliz verano y vacaciones.
¡Un
abrazo a todos!
3 Comentarios:
¡Welcome back!
5 de Junio de 2009 • 11:24 — LoganKellerAunque sea por un dia xDDD Pero te estaremos esperando a la vuelta.
Sobre tu novela, que decirte que tengas toda la suerte del mundo encontrando un editor y que las ventas acompañen. ¿Quien sabe? Quizá en breve este leyendo una novela de un tal Lester Knight ^^
Bienvenido Lester, siempre
7 de Junio de 2009 • 23:26 — EhldairBienvenido Lester, siempre se hace agradable leerte de nuevo!!
Espero que tengas mucha suerte con la novela, que te la mereces.
Saludos!
¡Muy buenas!
25 de Junio de 2009 • 11:42 — Lester Knight¡Muchas gracias, Logan y Ehldair, por el apoyo!
Tengo muy buenas noticias: la novela marcha de miedo. Después de meses y meses de desarrollar la historia de Falkenberg, darle un subidón a Mundo Destierro, actualizar toda la parte imperial, y barajar múltiples guiones, al final comence a escribirla con las ideas muy claras, y, hasta la fecha, va mucho mejor de lo que me esperaba.
La historia de la primera novela está acabada, y según la escribo no hago sino ampliarla, como si hubiera cobrado vida propia. Los personajes responden y las tramas se dejan llevar. Tengo la sensación de que voy a conseguirlo.
De momento, os puedo adelantar que la novela se divide en dos actos: la presentación de un personaje principal, un joven Mentalizador que es usado como esclavo por los piratas de una estación espacial, en una época convulsa y caótica; y, que el segundo acto narra las últimas horas de los Mentalizadores supervivientes perseguidos por el imperio, con el personaje anterior ya mayor y participando, en un día de combates épicos, muerte y esperanza.
La extensión prevista es de 200 páginas, y será la primera novela de siete, de las que ya he escrito la trama principal. Si me la publican... vais a tener Falkenberg y Mundo Destierro por mucho, mucho tiempo.
¡Un abrazo a todos y feliz verano!