Capítulo II: El Informe del inspector Legrasse.
Capítulo I: El bajorelieve de arcilla
Los
sucesos anteriores por los que mi tío diera tanta importancia
al sueño del escultor y al bajorrelieve
eran el tema de la segunda mitad del largo manuscrito. Ya una vez,
parecía, el profesor
Angell había visto los odiosos contornos del monstruo anónimo,
había meditado sobre
los desconocidos jeroglíficos, y había oído las
sílabas que sólo la palabra Cthulhu podía
traducir... Todo esto en circunstancias tan sobrecogedoras que no es
raro que persiguiese
al joven Wilcox con preguntas y ruegos.
Esta
experiencia anterior había ocurrido dicisiete años
antes, en 1908, mientras la Sociedad Americana
de Arqueología celebraba su consejo anual, en Saint-Louis. El
profesor Angell, por
su autoridad y sus méritos, había desempeñado un
papel importante en todas las deliberaciones,
y a él se acercaron varios profanos que aprovechaban la
oportunidad de la convocatoria
para hacer preguntas y plantear problemas.
El
jefe de ese grupo no tardó en convertirse en centro de
atracción de todo el congreso. Era un
hombre de aspecto muy común, mediana edad, y que había
hecho el viaje de New Orleans
a Saint-Louis en busca de cierta información que no había
podido obtener en su distrito.
Se llamaba John Raymond Legrasse y era inspector de policía.
Traía consigo el objeto
de su viaje: una estatuita de piedra, repugnante y grotesca, muy
antigua aparentemente,
cuyo origen no había logrado determinar.
No
debe creerse que el inspector Legrasse se interesara por la
arqueología. Todo locontrario;
su deseo de instruirse tenía como único origen razones
puramente porfesionales.
La
estatuita, ídolo, fetiche o lo que fuese, había sido
capturada meses antes en los pantanos boscosos
del sur de New Orleans, en el curso de una expedición contra
una presunta ceremonia
vudú. Tan singulares y odiosos eran los ritos, que la policía
comprendió que se hallaba
ante un cluto totalmente ignorado, e infinitamente más
diabólico que los del vudú.
Los
confusos e increíbles relatos arrancados por la fuerza a los
prisioneros nada informaron sobre
su posible origen. De ahí el deseo de la policía de
consultar a alguna autoridad para identificar
así el horrible símbolo, y seguir las huellas del culto
hasta sus fuentes.
El
inspector Legrasse no había esperado que su pedido convocara
una impresión semejante. La
aparición de la curiosa estatuita bastó para excitar a
los hombres de ciencia, y pronto todos
rodearon al inspector para contemplar de cerca la diminuta figura
cuya rareza y aspecto
de genuina y abismal antigüedad abrían perspectivas tan
misteriosas y arcaicas.
Nadie
reconoció la escuela escultórica de la que había
nacido la estatua, y sin embargo centenares
y hasta miles de años parecían haberse posado en la
oscura y verdosa superficie de
aquella piedra desconocida.
La
figura, que los miembros del congreso pasaron de mano en mano para
estudiarla con más
minuciosidad, medía de unos veinte a veinticinco centímetros
de altura y estaba finamente
labrada. Representaba un monstruo de contornos vagamente antropoides,
pero con
una cabeza de pulpo cuyo rostro era una masa de tentáculos, un
cuerpo escamoso que sugería
cierta elasticidad, cuatro extremidades dotadas de garras enormes, y
un par de alas largas
y estrechas en la espalda. Esta critura, que exhalaba una malignidad
antinatural, parecía
ser de una pesada corpulencia, y estaba sentada en un pedestal o
bloque rectangular, cubierto
de indescriptibles caracteres. La punta de las alas rozaban el borde
posterior del bloque,
el asiento ocupaba el centro, mientras que las garras largas y curvas
de las plegadas extremidades
asían el borde anterior y descendían hasta un cuarto de
la altura del pedestal.
La
cabeza de cefalópodo se inclinaba hacia el dorso de las garras
enormes que apretaban las elevadas
rodillas. El conjunto daba una impresión de vida anormal, más
sutilemente terrorífico
a causa de la imposiblidad de establecer su origen. Su vasta,
pavorosa e incalculable
edad era innegable; sin embago, nada permitía relacionarlo con
algún tipo de arte
de los comienzos de la civilización.
El
material de la estatua encerraba otro misterio. No había nada
parecido, en la geología, o la
mineralogía, a aquella pieza jabonosa, verdinegra, de estrías
doradas o iridiscentes. Los caracteres
de la base eran igualmente desconcertantes, y ninguno de los miembros
del congreso,
a pesar de que representaban a la mitad de las autoridades mundiales
en esta esfera,
pudo descubrir el más remoto parentesco lingüístico.
Tanto la figura como el material
pertenecían a algo increíblemente lejano, totalmente
distinto de la humanidad que conocemos:
algo sugería, de un modo terrible, antiguos y profanos ciclos
en los que nuestro mundo
y nuestras concepciones no habían participado.
Y,
sin embargo, mientras los miembros del congreso sacudían la
cabeza y se confesaban incapaces
de resolver el misterio, uno de ellos creyó descubrir algo
raramente familiar en laefigie
y los jeroglíficos, y al fin, no sin reticencia, confesó
lo que sabía. Este hombre era el hoy
desaparecido William Channing Webb, profesor de antropología
en la Universdad de Princeton
y explorador de bastante renombre.
Cuarenta
años antes el profesor Webb había recorrido Groenlandia
e Islandia en busca de ciertas
inscripciones rúnicas que hasta ese entonces no había
podido descubrir. En la costa de
Groenlandia se había encontrado con una tribu degenerada de
esquimales, cuya religión, forma
singlar de los cultos demoníacos, lo había impresionado
sobremanera por su faz deliberadamente
sanguinaria y repulsiva. Era aquella una fe que los otros esquimales ignoraban
casi del todo, y a la que se referían estremeciéndose.
Databa, decían, de épocas muy
antiguas, anteriores al nacimiento del mundo. Junto a ritos anónimos
y sacrificios humanos
había invocaciones de origen tradicional dirigidas a un
demonio supremo otornasuk.
El profesor Webb había oído esa invocación en
boca de un viejo angekok, o brujo sacerdote,
y la había transcripto fonéticamente, hasta donde era
posible, en caracteres romanos.
Pero lo que ahora parecía importante era el fetiche adorado en
ese culto, y alrededor
del cual bailaban los esquimales cuando la aurora boreal brillaba muy
por encima de
los acantilados de hielo. Era, declaró el profesor, un tosco
bajorrelieve de piedra con una figura
horrible y algunos caracteres misteriosos. Creía recordar que
se parecía, por lo menos
en todos los rasgos escenciales, a la criatura bestial que ahora
estaban examinando.
Este
relato, recibido con asombro y sorpresa por los miembros del
congreso, pareció excitar al
inspector Legrasse, que abrumó al profesor a preguntas.
Habiendo copiado una invocación
recitada por uno de los oficiantes del pantano, rogó al
profesor Webb que tratase
de recordar las sílabas recogidas en Groenlandia. Siguió
una comparación exhaustiva
de todos los detalles y un instante de sombrío silencio cuando
el profesor y el detective
convinieron en la virtual identidad de las frases. He aquí, en
sustancia (la división de
las palabras fue establecida de acuerdo con las pausas tradicionales
observadas por losoficiantes),
lo que el brujo esquimal y los sacerdotes de Luisiana habían cantado a sus ídolos:
Ph'nglui
mglw'nafh Cthulhu
R'lyeh
wgah'nagl fhtagn
Legrasse
había tenido más suerte que el profesor Webb, pues
varios prisioneros le habían revelado
el sentido de esas palabras. Era algo así:
En
su casa de R'lyeh
el
desaparecido Cthulhu espera soñando.
Y
entonces, respondiendo a un ruego general, el inspector relató
minuciosamente su experiencia
con los fieles del pantano; veo ahora que mi tío dio gran importancia a esa historia.
Tenía cierto parecido con las ensoñaciones más
extravagantes de los teósofos y los creadores
de mitos, y revelaba una asombrosa imaginación de carácter
cósmico que nadie hubiese
esperado entre parias y vagabundos.
El
1° de noviembre de 1907 la policía de New Orleans había
recibido un alarmado mensaje de
la región pantanosa del Sur. Los colonos, gente primitiva,
pero de buen natural, descendientes
en su mayor parte de Laffite, eran presas del pánico a causa
de algo desconocido
que había invadido la región durante la noche. Se
trataba en apariencia de un culto
vudú, pero de una especie más terrible que todo lo que
ellos conocían. Desde que el malévolo
tam-tam había comenzado a sonar incesamente en aquellos
bosques oscuros donde
nadie osaba aventurarse, habían desaparecido varias mujeres y
niños. Se habían oído gritos
irracionales, chillidos desgarradores y cantos lúgubres, y
unas llamas diabólicashabían
bailado en la espesura. Los vecinos, añadía el
aterrorizado mensajero, no podían soportarlo.
En
las primeras horas de la tarde veinte policías partieron en
dos carrioches y un automóvil, guiados
por el tembloroso colono. Cuando el camino se hizo intransitable,
abandonaron los vehículos,
y durante varios kilómetros chapotearon en silencio a través
de los espesos bosques
de cipreses donde nunca penetraba la luz del día. Raíces
tortuosas y nudos malignos
de musgo español retardaban la marcha, y de vez en cuando una
pila de piedras húmedas
o los fragmentos de una pared en ruinas hacían más
depresiva aquella atmósfera que
los árboles deformados y las colonias de hongos contribuían
a crear. Al fin apareció un miserable
conjunto de chozas, y los histéricos colonos corrieron a
agruparse alrededor de las
vacilantes linternas. El apagado golpear de los tam-tams se oía
débilmente a lo lejos, la brisa
traía muy de cuando en cuando un chillido que helaba la
sangre. Un respandor rojizo parecía
filtrarse por entre el follaje pálido, más allá
de las interminables avenidas de la noche
selvática. A pesar de su repugnancia a quedarse nuevamente
solos, todos los habitantes
del lugar se rehusaron a avanzar un solo paso hacia la escena del
culto maldito, de
modo que el inspector Legrasse y sus diecinueve colegas tuvieron que aventurarse sin guías
por aquellas negras arcadas de horror donde ninguno de ellos había
puesto el pie.
La
región en que ahora entraba la policía tenía
tradicionalmente muy mala fama, y en su mayor
parte no había sido explorada por hombres blancos. Algunas
leyendas se referían a un
lago secreto en que vivía una colosal e informe criatura, algo
parecida a un pólipo y de ojos
fosforescentes, y, según los colonos, unos demonios de alas de
murciélago salían a medianoche
de sus cavernas para adorar al monstruo. Afirmaban que éste
estaba allí desde antes
que La Salle, de los indios, y aun de las bestias y pájaros
del bosque. Era una verdadera
pesadilla, y verlo significaba la muerte. Pero se aparecía en
sueños a los hombres,
y eso bastaba para que éstos se mantuviesen alejados. La orgía
vudú se desarrollaba
en los límites extremos del área aborrecida, pero aun
así el emplazamiento era bastante
malo, y eso quizá había aterrorizado a los colonos más
que los chillidos o incidentes.
Sólo
la poesía o la locura podían haber reproducido los
ruidos que oyeron los hombres de Legrasse
mientras atravesaban lentamente el sombrío pantano,
acercándose a la luz rojiza y a
los apagados tam-tams. Hay una cualidad vocal propia de las bestias;
y nada más terrible que
oír una de ellas cuando el órgano de donde proviene
debería emitir otra. Una furia animal
y una licencia orgiástica se exacerbaban allí hasta
alcanzar alturas demoníacas con gritos
y aullidos extáticos que reverberaban en los bosques
tenebrosos como ráfagas pestilentes
surgidas de los abismos del infierno. De vez en cuando cesaban los
gritos y lo que
parecía un coro de voces roncas ntonaba la odiosa melopea:
Ph'nglui
mglw'nafh Cthulhu
R'lyeh
wgah'nagl fhtagn.
Por
fin los hombres llegaron a un sitio donde el bosque era menos denso,
y se encontraron de
pronto en el lugar mismo de la escena. Cuatro trastabillaron, un
quinto perdió el conocimiento,
y otros dos lanzaron un grito de horror que, por suerte, fue apagado
por el tumulto
salvaje de la orgía. Legrasse roció con agua pantanosa
el rostro del hombre desvanecido,
y luego todos contemplaron el espectáculo fascinados por el
horror.
En
un claro natural del pantano se alzaba una isla verde de unas
cuarenta áreas de extensión,
desprovista de árboles, y bastante seca. Allí saltaba y
se retorcía una horda de anormalidades
humanas más indescriptibles que cualquiera de las que hubiese
podido pintar
un Sime o un Angarola. Sin ropas, esta híbrida muchedumbre
bramaba, rugía y se contorsionaba
alrededor de una hoguera circular. De vez en cuando se abrían
las cortinas de fuego
y se podía distinguir en el centro un bloque de granito de
unos dos metros y medio de alto,
en cuya cima, incongruente por su pequeñez, se alzaba la
funesta estatuita. En diez cadalsos
instalados a intervalos regulares en un ancho círculo que
rodeaba la hoguera, con el
monolito como centro, colgaban cabeza abajo los cuerpos extrañamente
mutilados de los desaparecidos
colonos. Dentro de este círculo saltaba y rugía el
anillo de fieles, moviéndose de
izquierda a aderecha en una bacanal interminable entre el círculo
de cadáveres y el círculo
de fuego.
Pudo
haber sido sólo la imaginación o pudo haber sido un
simple eco, pero uno de los hombres,
un impresionable español, creyó oír que las
invocaciones eran seguidas por unas respuestas
antifonales que procedían de un lejano y sombrío lugar,
situado en lo más profundo
de aquel bosque de leyenda. Este hombre, Joseph D. Gálvez, a
quien más tarde encontré
e interrogué, era desbordantemente imaginativo. Llegó a
decir que había oído el débil
golpear de unas grandes alas y que había vislumbrado unos ojos
luminosos y una enorme
masa blanca detrás de los árboles más lejanos.
Pero creo que estaba demasiado influído
por las supersticiones locales.
La
inactividad de los hombres paralizados fue comparativamente de poca duración. El deber
venció pronto todas las dudas, y aunque los celebrantes debían
de llegar al centenar, la
policía, confiada en sus armas de fuego, irrumpió en
medio de la horda. Durante cinco minutos
el caos y el tumulto fueron indescriptibles. Hubo furiosos golpes,
disparos, y huidas.
Pero finalmente Legrasse pudo contar cuarenta y siete prisioneros, a
los que obligó a
vestirse rápidamente, y que rodeó de policías.
Cinco de los celebrantes habían muerto, y otros
dos, muy malheridos, fueron transportados por sus cómplices en improvisadas parihuelas.
La imagen del monolito fue sacada con todo cuidado y llevada por
Legrasse.
Examinados
en el cuartel de la policía, luego de un viaje agotador, los
prisioneros resultaron
ser mestizos de muy baja ralea, y mentalmente débiles. Eran en
su mayor parte marineros,
y había algunos negros y mulatos, procedentes casi todos de
las islas de Cabo Verde,
que daban un cierto matiz vudú a aquel culto heterogéneo.
Pero no se necesitaron muchas
preguntas para comprobar que se trataba de algo más antiguo y
profundo que un fetichismo
africano. Aunque degradados e ignorantes, los prisioneros se
mantuvieron fieles, con
sorprendente consistencia, a la idea central de su aborrecible culto.
Adoraban,
dijeron, a los Grandes Antiguos que eran muy anteriores al hombre y
que habían llegado
al joven mundo desde el cielo. Esos Antigos se habían retirado
ahora al interior de la
tierra y al fondo del mar, pero sus cadáveres se habían
comunicado en sueños con el primer
hombre, quien inventó un culto que nunca había muerto.
Este era ese culto, y los prisioneros
dijeron que había existido siempre y que siempre existiría,
ocultándose en lejanías
desiertas y lugares retirados hasta que el gran sacerdote Cthulhu
saliese de su sombría
morada en la ciudad submarina de R'lyeh para reinar otra vez sobre la
Tierra.
Algún
día vendría, cuando los astros ocuparan una determinada
posición; y el culto secreto estaría
allí, esperándolo.
Mientras
tanto no podían decir nada más. Se trataba de un
secreto que ni la tortura podría arrancarles,
La humanidad no era lo único consciente en la Tierra, pues
había unas formas que
emergían de la sombra para visitar a sus escasos fieles. Pero
éstas no eran los Grandes Antiguos.
Ningún ser humano había visto a los Antiguos. El ídolo
de piedra representaba al gran
Cthulhu, pero nadie podía decir si los otros eran o no como
él. Nadie era capaz de descifrar
ahora la antigua escritura; muchas cosas se transmitían
oralmente. La invocación ritual
no era el secreto. Éste no se comunicaba nunca en voz alta. El
canto significaba: "En su
casa de R'lyeh el desaparecido Cthulhu espera soñando".
Sólo
dos de los prisioneros fueron juzgados bastante cuerdos y se los
ahorcó; el resto fue enviado
a diversas instituciones. Todos negaron haber participado en los
crímenes rituales, y
afirmaron que los culpables de aquellas muertes eran los Alas-Negras
que habían venido hasta
ellos desde su refugio inmemorial en el bosque encantado. Pero nada
coherente se pudo
saber de aquellos aliados misteriosos. Lo que la policía logró
obtener salió en su mayor
parte de un viejísimo mestizo llamado Castro, quien pretendía
haber tocado puertos distantes
y hablado con los jefes inmortales del culto en las montañas
de China.
El
viejo Castro recordaba fragmentos de odiosas leyendas que
empequeñecían las especulaciones
de los teósofos y hacían de nuestro mundo algo reciente
y fugaz. En ciclos muy
lejanos otros seres habían gobernado la Tierra. Habían
vivido en grandes ciudades, y sus
vestigios podían encontrarse aún -le habían
dicho a Castro los inmortales de China- en unas
piedras ciclópeas de algunas islas del Pacífico. Habían
muerto muchísimo antes de la aparición
del hombre, pero había artes que podrían revivirlos
cuando los astros volvieran a ocupar
su justa posición en los cielos de la eternidad. Estos seres, indudablemente,procedían
de las estrellas y habían traído sus imágenes
con ellos.
Estos
Grandes Antiguos, continuó Castro, no eran de carne y hueso.
Tenían forma -¿no lo probaba
acaso esta imagen estelar?-, pero esa forma no era material. Cuando
las estrellas eran
propicias iban de mundo en mundo a través del cielo; pero
cuando eran desfavorables, no
podían vivir. Pero aunque ya no viviesen, no habían
muerto en realidad. Yacían todos en casas
de piedra en la gran ciudad de R'lyeh, preservada por los sortilegios
del gran Cthulhu para
el día que las estrellas y la Tierra pudiesen recibir su
gloriosa resurrección. Pero en esa época
alguna fuerza exterior debía ayudar a la liberación de
sus cuerpos. Los conjuros que impedían
que se descompusieran impedían también que se moviesen,
y los Antiguos tenían que
contentarse con yacer y pensar en la oscuridad mientras transcurrían
millones de años.
Conocían
todo lo que ocurría en el mundo, pues su lenguaje consistía
en la transmisión delpensamiento.
En ese mismo instante hablaban en sus tumbas. Cuando, luego de un
caos infinito,
aparecieron los primeros hombres, los grandes antiguos hablaron a los
más sensibles
moldeándoles los sueños.
Aquellos
primeros hombres, murmuró Castro, establecieron el culto con
que se adoraba a los
ídolos de los Grandes Antiguos; ídolos traídos
de estrellas oscuras en una época infinitamente
lejana. Ese culto no moriría hasta que las estrellas volvieran
a ser favorables.
Los
sacerdotes sacarían entonces al gran Cthulhu de su tumba para
que reviviese a sus vasallos
y volviera a asumir su reinado en la Tierra. Ese tiempo sería
fácil de conocer, pues entonces
la humanidad se parecería a los Grandes Antiguos: salvaje y
libre, más allá del bien
y del mal, sin moral, y sin ley. Y todos los hombres gritarían
y matarían, y gozarían alegremente.
Los Antiguos, liberados, enseñarían nuevos modos de
gritar y matar y gozar, y
el mundo entero ardería en un holocausto de libertad y
éxtasis. Mientras tanto, el culto, con
apropiados ritos, debía conservar el recuerdo de aquellos días
antiguos y presagiar su retorno.
En
los primeros tiempos algunos hombres escogidos habían hablado
en sueños con aquellos seres,
pero luego algo había pasado. La gran ciudad de piedra de
R'lyeh, con sus monolitos y
sepulcros, se había hundido bajo las olas, y las aguas de los
abismos, con ese misterio primigenio
en que nadie había pensado ni siquiera en penetrar, habían
interrumpido esas citas
espactrales. Pero los recuerdos no morían, y los altos
sacerdotes afirmaban que cuando los
astros fuesen favorables la ciudad volvería a la superficie.
Entonces los viejos espíritus de
la Tierra, mohosos y sombríos, saldrían de sus
subterráneos y propagarían los rumores recogidos
allá, en olvidados fondos del océano. Pero de ellos el
viejo Castro no se atrevía a hablar.
Se interrumpió de pronto y ni la persuasión ni las
sutilezas pudieron arrancarle otras informaciones.
Tampoco quiso mencionar, curiosamente el tamaño de los
Antiguos. En cuanto
al culto, afirmó que su centro debía encontrarse en los
desiertos intransitados de Arabia,
donde Irem, la ciudad de los Pilares, sueña aún intacta
y secreta. No tenía relación alguna
con la brujería europea, y sólo era conocido por sus
miembros. Ningún libros aludía a
él, aunque los chinos inmortales decían que en el
Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred
había un sentido oculto que el iniciado podía
interpretar de muy diversas maneras, especialmente
en el tan discutido dístico:
No
está muerto quien puede yacer eternamente,
y
con el paso de los años la misma muerte puede morir.
Legrasse,
profundmente impresionado, y no poco intrigado, había buscado
sin éxito las filiaciones
históricas del culto. Castro, aparentemente, había
dicho la verdad al afirmar que era
un secreto. Las autoridades de la Universidad de Tulane no pudieron
arrojar luz alguna sobre
el culto o la imagen, y ahora recurría a las mayores
autoridades y se econtraba nada menos
que con el episodio de Groenlandia del profesor Webb.
El
ferviente interés que despertó el relato de Legrasse,
corroborado por la presencia de la estatuita,
tuvo algún eco en las cartas que intercambiaron luego los
miembros del congreso; pero
apenas hay alguna mención en el informe oficial. La prudencia
es preocupación primordial
de aquellos que se enfrentan a menudo a la charlatanería y la
impostura.
Legrasse
prestó durante un tiempo la estatua al profesor Webb, pero a
la muerte de este último
le fue devuelta, y está desde entonces en su casa. Allí
la he visto no hace mucho tiempo.
Es de veras algo estremecedor, e indiscutiblemente parecida a la
escultura labrada en
sueños por el joven Wilcox.
No
me asombró que mi tío se hubiese excitado con el relato
del joven. ¿Qué pudo pensar al saber,
ya enterado de la información recogia por Legrasse, que un
joven sensible no sólo había
soñado la figura y los jeroglíficos de las
imágenes del pantano y de Groenlandia, sino que
también había oído en sueños tres
de las palabras de la fórmula repetida por los maestros
de Luisiana y los diabólicos esquimales? Era natural que el
profesor Angell hubiese
iniciado instantáneamente una minuciosa investigación,
aunque yo en mi fuero interno
sospechaba que el joven Wilcox había oído hablar del
culto, y había inventado una serie
de sueños para acrecentar el misterio ante los ojos de mi tío.
El relato de los otros sueños
y los recortes coleccionados por el profesor parecían
corroborar la historia del joven;
pero mi bien fundado racionalismo y la total extravagancia del asunto
me llevaron a adoptar
las conclusiones que estimé más razonables. De modo que
luego de estudiar otra vez
el manuscrito y comparar las notas teosóficas y antropológicas
con la descripción del culto
que había hecho Legrasse, viajé a Providence para ver
al escultor e increparle el haberse
burlado de tal modo de un sabio anciano.
Wilcox
vivía aún, solo, en el Fleur de Lys de Thomas
Street, desagradable imitación victoriana
de la arquitectura bretona del siglo XVII. La fachada de estuco del
hotel lucía ostentosamente
entre las encantadoras casas coloniales y a la sombra del más
hermoso campanario
georgiano que pudiera verse en América. Encontré a
Wilcox en sus habitaciones,
sumido en su labor, y comprendí en seguida, por las piezas que
lo rodeaban, que
su genio era profundo y auténtico.
Creo
que durante un tiempo Wilcox figurará entre los grandes
decadentes; pues ha cristalizado
en arcilla, y reflejará un día en el mármol,
esas pesadillas y fantasías evocadas en
prosa por Arthur Machen y que Clark Ashton Smith ha hecho visiblees
en versos y pinturas.
Moreno,
frágil, y de un aspecto un poco descuidado, Wilcox se volvó
lánguidamente y sin dejar
su silla me preguntó qué deseaba. Cuando le dije quién
era, manifestó cierto interés, pues
mi tío había excitado su curiosidad al examinar sus
raros sueños, aunque sin expresar las
razones de ese examen. Sin sacarlo de su ignorancia, traté
prudentemente de hacerle hablar.
Poco
tiempo me bastó para convencerme de que era absolutamente
sincero; hablaba de sus sueños
de un modo inequívoco. Esos sueños, y su residuo
subconsciente, habían influido profundamente
en su arte, y me mostró una estatua mórbida cuyo
modelado me estremeció, casi,
por la fuerza de su oscura sugestión. No recordaba haber visto
el original excepto en el bajorrelieve
creado durante un sueño, pero los contornos se habían
formado insensiblemente bajo sus manos. Era, sin duda, la forma
gigantesca de la que había hablado en su delirio.
Comprobé
muy pronto que no sabía nada del culto, salvo lo que el
constante interrogatorio de mi tío había dejado
escapar, y traté otra vez de concebir de qué modo podía
haber recibido esas impresiones sobrenaturales.
Hablaba
de sus sueños de un modo extrañamente poético,
haciéndome ver con terrible claridad la ciudad ciclópea
de piedra verde y musgosa -cuya geometría, añadió
curiosamente, era totalmente errónea-, y oí otra
vez con un temor expectante el subterráneo llamado
mental: Cthulhu fhtagn, Cthulhu fhtagn.
Esas
palabras figuraban en la temible invocación que evocaba el
sueño-vigilia de Cthulhu
en
su bóveda de piedra de R'lyeh, y a pesar de mis racionales
ideas me sentí profundamente perturbado.Wilcox,
era indudable, había oído hablar casualmente del culto,
y lo había olvidado
en seguida en la masa de las lecturas y concepciones igualmente
fantásticas. Más tarde,
en virtud de su impresionable carácter, el culto había
encontrado un modo de expresión
subconsciente en los sueños, el bajorrelieve de arcilla y la
estatua que yo estaba ahora
contemplando. De modo que la superchería había sido
involuntaria. El joven tenía unos
modales un poco afectados, y un poco vulgares, que me desagradaban de
veras; pero yo
ya estaba dispuesto a admitir todo su genio como su honestidad. Me
despedí amablemente, y le desee todo el éxito que su
talento prometía.
El
asunto del culto continuó fascinándome y a veces
imaginaba poder adquirir un gran renombre
investigando su origen y relaciones. Visité New Orleans, hablé
con Legrasse y otros
de los que habían participado en aquella vieja expedición,
examiné la estatuita, y hasta
interrogué a los prisioneros que todavía vivían.
El viejo Castro, por desgracia, había muerto
hacía varios años. Lo que escuché entonces de
viva voz, aunque no fue más que una confirmación
detallada de los escritos de mi tío, acrecentó mi
interés, y tuve la seguridad de estar
sobre la pista de una religión muy antigua y secreta cuyo
descubrimientos me convertiría
en un antropólogo de nota. Mi actitud era aún entonces
absolutamente materialista,
como aún quisiera que lo fuese, y por una inexplicable
perversidad mental rechacé
la coincidencia de los sueños y los recortes coleccionados por
el profesor Angell. Hubo
algo, sin embargo, que comencé a sospechar y que ahora creo
saber: la muerte de mi tío
no fue nada natural. Cayó al suelo en la colina, en una de las
estrechas callejuelas que partían
de unos muelles donde abundaban los mestizos extranjeros, luego del
descuidado empujón
de un marinero de tez oscura. Yo no había olvidado que los
oficiales de Luisiana se
distinguían por la mezcla de sangres y sus intereses marinos,
y no me hubiera sorprendido
conocer la existencia de agujas venenosas y métodos criminales
secretos tan faltos
de piedad como aquellas creencias y ritos misteriosos. Legrasse y sus
hombres, escierto,
no habían sido molestados; pero en Noruega acaba de morir un
marino que veíacosas.
¿No pudieron haber llegado a oídos siniestros las
investigaciones realizadas por mi tío
luego de encontrarse con el escultor? Creo hoy que el profesor Angell
murió porque sabía
o quería saber demasiado. Es posible que me espere un fin
semejante, pues yo también
he aprendido mucho.
Continuará...
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Capítulo I: El bajorelieve de arcilla
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2 Comentarios:
Sólo la poesía o la
4 de Mayo de 2008 • 00:01 — ShaiyiaSólo la poesía o la locura podían haber reproducido los ruidos que oyeron los hombres de Legrasse...
Esa frase siempre ha podido conmigo, porque te explica perfectamente ciertas situaciones que no sabes describir :D
5 estrellazas, para variar!!
PD - Un consejo, al principio de cad acapitulo podias poner un enlace a capitulos anteriores, por si alguien no ha tenido la oportunidad de leerlos :)
La frase es portentosa
4 de Mayo de 2008 • 12:21 — Lester KnightPD: Lo he puesto justo debajo del título del segundo capítulo al principio de todo
¡Un saludo!