El Rincón del Jugador Reflexivo
Con la finalidad de desahogar mis inquietudes videojueguiles tanto pasadas como de la más rabiosa actualidad me he propuesto crear este blog.
Hoy quisiera salirme un poco de la tónica que venía llevando en mis últimas entregas. Quiero decir, la de hoy no será sobre temática videojueguil. Hoy me gustaría dar a conocer el libro que comencé a escribir hará unos añitos y que por distintos motivos dejé colgada cuando llevaba más de 100 páginas.
La novela es de temática épico-fantástica, mi género favorito (ahora estoy con la saga de Geralt de Rivia, que os recomiendo encarecidamente y de la cual haga una entrada a lo largo de esta semana), aunquecuando la comencé a escribir no tenía el bagaje que ahora puedo tener.
La idea la tengo, el desenlace y algunas sorpresas que esperan, pero me gustaría que le echárais un vistazo para que pueda volver a andar. Me gustaría vuestra opinión, sugerencias sobre cambios de nombres o situaciones y demás, que serán más que bienvenidas. Sin más dilación os dejo con el prólogo de El Vástago Oscuro:
“Y aquél que parecía no tener sentimientos
concebirá un hijo con un ser de luz.
Y aquel vástago oscuro será su desdicha,
pues está destinado a derrotarle.
Traerá
al demonio con su luz la muerte.
Y el ser infernal no tendrá redención.”
Profecía élfica
El llanto de un recién nacido quebró la oscuridad como un rayo un árbol seco. La matrona, una elfa de bellas formas y rubio pelo por la cintura llevó al bebé fuera de la habitación por un intrincado laberinto de pasillos hasta un pórtico de enormes puertas talladas e incrustadas de esmeraldas y rubíes. Allí la esperaba una imponente figura.
- Déjame pasar, Hadex - dijo con dulce voz la elfa.
- ¿Qué me traes? - respondió en tono sarcástico la regia figura. - ¿Es un regalo?
- Dile a tu Señor que me reciba - aquel Señor sonó en un tono entre despectivo y temeroso. - Tengo prisa.
- Claro que sí, preciosa.
Dicho esto Hadex abrió las majestuosas puertas hacia un increíble salón de frío mármol negro pulido. Sin mirar atrás caminó por una alfombra escarlata franqueada por lisas columnas de ámbar iluminadas con antorchas. La elfa le siguió desconfiada. Las vidrieras representaban pasajes de la Última Gran Guerra que había azotado el mundo conocido y de las matanzas del demonio Alasiar con su ejército infernal. Hadex paró frente a un grotesco trono de una piedra negra. Estaba adornado con figuras de demonios, gárgolas y otros seres infernales en brillante rubí que despedía un brillo sanguinolento. El inquilino del trono era un hombre enorme con una pesada capa, ropajes oscuros, botas de metal, coronado con un yelmo astado de hierro. Llevaba inscrito un terrible símbolo demoníaco en el pecho. Su actitud en el trono, aún sin abrir la boca, era brutal, despiadada e inhumana. Tras el asiento había una espada sobre un altar. Tenía un tenue brillo purpúreo.
-Señor, le pido permiso para comunicarle que todo... - La frase de Hadex se vio interrumpida por la fina voz de la elfa, que apoyaba a la criatura contra su pecho.
- Ha sido un niño sano y fuerte. Creo que deberías plantearte tu reinado de terror. Desprende una energía mágica increíble.
- Debes hablar a Tu Señor con respeto, estúpida elfa -replicó Hadex enfurecido.
- Yo no rindo cuentas ante tu Señor y le hablo como me plazca.
- Pide disculp... - Hadex fue interrumpido de nuevo, pero esta vez por una voz fría y desalmada.
- ¡Silencio! Dejaos de estúpidas riñas triviales. Lo importante es Mi Hijo.
- Creo que lo más prudente sería matarlo, Señor. Recuerde las profecías.
- No quiero que muera... no ahora. Hadex, proclama un Decreto. Este niño no ha nacido. Murió durante el parto... la madre también. Quiero que secuestres a una campesina embarazada, mates a su hijo y le entregues a mi vástago. Será criado como un simple campesino, aparentemente, claro. Todos los días te asegurarás de que sigue vivo. De ninguna manera quiero que sepa nada de su procedencia. Que no sepa de tu presencia. No permitas ningún contacto con los elfos. El nombre lo dejo en manos de la aldeana.
- Creo que eso no fue lo que acordamos - dijo la elfa.
- ¿Qué hago con ella? - Preguntó Hadex ignorando la presencia de la matrona.
- Mátala. - La mirada del que ocupaba el trono se cruzó un momento con la de la elfa. - Ahora. Lo siento Tèrym.
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Sentía cómo el aire se escapaba de sus pulmones. Las piernas cada vez le pesaban más. No podía pensar en nada, pero continuaba corriendo, sin descanso. El corazón le palpitaba agitadamente. Tenía heridas por todo el cuerpo. De repente, una flecha se clavó en su gemelo derecho, rasgando la carne. “No importa, sólo otra herida” – se decía. Pero aquella no era una flecha común. Al arrancarla y fijarse en un momento inesperado de lucidez en su punta sangrante, sabía que estaba perdido. Cayó fulminado al suelo, con la flecha fuertemente agarrada en su mano.
De entre las sombras aparecieron dos figuras desdibujadas. Una de ellas, pequeña y agachapada, empuñaba una daga mellada. Saltaba alrededor de la otra de una manera estúpidamente rítmica. La otra, mucho más alta, llevaba un arco en la mano, pero no tenía colgado al hombro ningún aljaba con flechas como era habitual en los arqueros. Una espada colgaba de su cinto. También cargaba con una daga enfundada en su pequeña vaina. Su mano izquierda brillaba. Llevaba una pesada capa sin ornamento alguno.
–Atadle de pies y manos – dijo con una voz trémula que parecía sacada de las mismas entrañas del inframundo.
En un suspiro, alrededor de quince hombres, armados hasta los dientes unos, con antorchas otros, aparecieron en escena con intención de llevar a cabo lo que su amo les ordenó. Uno de ellos ataba las manos fuertemente sin piedad de su víctima cuando el guerrero sintió que una espada atravesaba su pecho. El hombre empezó a gritar como un poseso. El resto del grupo, ocupado con sus broncas habituales y sus competiciones sobre quién tenía más cicatrices, se quedó mirándole con cara de perplejidad e incredulidad: Merenor, el más joven de todos sangraba por el pecho, retorciéndose de dolor en un intento desesperado por sobrevivir al lado de la maniatada víctima, pero su ropa no presentaba ninguna rasgadura que evidenciase el origen de la sangre. La figura alta gritó:
– ¡Terminad con esto! Clavadle una daga en el cuello y que calle de una maldita vez. – Entonces Selenor calló para siempre.
– ¿Qué ha sido eso, mi amo y señor? – preguntó la criatura, cuya figura, a la luz de las antorchas era mucho más asquerosa.
– Creo que conozco la respuesta – dicho esto desenvainó la espada - ¡A las armas, malditos inútiles!
Como si ese grito hubiera despertado a una bestia dormida durante siglos, un gran revuelo se apoderó del grupo, que empuñaban hachas, mazas y espadas. Antes de que pudieran reaccionar, uno de ellos cayó fulminado, luego otro, después otro, y así uno a uno murieron los bárbaros.
– ¡Déjate ver, maldito conjurador! – dijo el hombre alto, que llevaba pegado a la pierna a la lastimera criatura.
En ese instante, interponiéndose entre la alta figura y el inconsciente prisionero, apareció rodeado de una brillante luz, un joven elfo de fino pelo plateado como la luna y ojos tan profundos como la infinidad del mar Quel´Talesha, confín del mundo, envuelto en una delicada capa hecha de hojas del bosque y empuñando una afilada espada inmaculada, como si acabara de ser forjada.
– Aquí estoy – contestó mientras le asomaba una sonrisa.
– ¿Qué demonios quieres? – preguntó el hombre alto, que al estar iluminado por la luz del elfo se le adivinaban unos rasgos similares, aunque con ligeras diferencias: orejas puntiagudas más caídas y pegadas a la cabeza, unos ojos negro azabache y un pelo oscuro con tonos violáceos. Una cicatriz le cruzaba la mejilla hasta llegar a la frente donde se perdía en la abundante mata de pelo. Era un elfo oscuro.
–Sabes lo que quiero, quiero a tu prisionero. Ahora.
–Ve y cógelo – respondió con tono sarcástico el elfo oscuro.
– ¿Le darías la espalda a un lobo hambriento?– reflexionó el elfo.
– Si está muerto, tal vez lo haría.
– ¿Insinúas que quieres morir? – entonces la sonrisa de su iluminado y bello rostro se hizo más visible.
– Resolvamos esto de una maldita vez.
El mago, poniéndose serio, afirmó con la cabeza a la vez que la mano del elfo oscuro comenzaba a brillar, rodeándose de un fulgor de luz negra.
Con la finalidad de desahogar mis inquietudes videojueguiles tanto pasadas como de la más rabiosa actualidad me he propuesto crear este blog.

1 Comentario:
Veo que no soy el único que
29 de Agosto de 2010 • 20:52 — tidus 7