1
Era la primera vez que llevaba a mi hijo fuera del barrio humano, pero no sería la última. Me había convencido de que no lo había hecho hasta ahora para proteger a Paul. Fuera, estaba la realidad, obstinada y cruel, que los adultos teníamos que enfrentar a diario. Paseando, sus ojos chispeaban con el brillo del que descubre las cosas por primera vez, asimilando, recreándose en detalles triviales y bombardeándome con preguntas que no era capaz de responder. Cogimos un transporte que nos llevó a la plaza de las Pequeñas madres, cerca del Ascensor, el primer lugar que visité cuando llegué a Tran como polizón. No había un sitio mejor para empezar a contarle mi historia.
Como todas las especies incapaces de encontrar un equilibrio con el ecosistema y no colapsarlo, la humana había sido considerada como plaga y le eran vetados los viajes a otros mundos. Aún así, había toda una serie de transportes ilegales a planetas industria secundarios donde el desconocimiento, sólo una minoría de la población sabía distinguir a un humano de otras razas, y una ley laxa hacía que fuese posible encontrar empleo. Un pequeño grupo nos habíamos colado en la bodega de un carguero minero meriliano de los muchos que en aquellos días escarbaban en los restos de ciudades. Un anciano se pasó todo el trayecto quejándose de que aquello era indigno de ciudadanos norteamericanos. En la Tierra, desolada y envenenada, incapaz de sustentar la vida humana por mucho tiempo, ser de una nación ya significaba poco, fuera de ella, nada.
Finalmente llegamos a Tran. Visto desde el aire, el planeta tenía la forma de una telaraña gigante. En el centro, como si fuese el eje sobre el que rotase toda actividad, estaba el Ascensor, pálido y monstruosamente largo, desde lejos parecía más un fenómeno meteorológico que una obra de ingeniería. En él, subían cargas y personas hasta los muelles de atraque en la estratosfera. La industria se encontraba en un círculo alrededor y, en circunferencias concéntricas que se alejaban, los barrios donde habitaba la población. Los más cercanos eran los destinados a personas relevantes y diplomáticos, a medida que se distanciaban eran habitados por gente de rango inferior. Conectándolo todo estaba la red metálica de transporte.
El último de los barrios, el círculo más alejado del centro, se había utilizado para servir de hospedaje para los xrlon, que se encargaron de construir la ciudad y que después de abandonarlo lo habían ocupado marginados e inmigrantes, como yo. Un xrlon tenía el tamaño de un niño de diez años, así que hospedarse en un habitáculo destinado para ellos por un humano adulto era realmente incómodo. Ya en aquellos días de mi llegada era conocido como el barrio humano, aunque tardaría unos años en hacerlo de manera oficial.
Era verano y hacía un calor húmedo asfixiante. No tenía donde ir y en la plaza cogí un transporte para recorrer la ciudad buscando no sabía qué. Estaban ocupados por voltaranos: gordos y de piel blanca, con un pelo dorado que les cubría cabeza, barba y pecho. Se dedicaban a labores políticas e institucionales, siendo lo más parecido a una aristocracia que tenía el complicado entramado político universal. Pero eran los merilianos: altos, de piel gris, con ojos grandes e inexpresivos y de manos diminutas, los que llevaban el peso de la industria planetaria y los que constituían el 90 por ciento de la población.
Empezaba a anochecer. Estaba cansado y debía de haber estado mirando demasiado fijamente a un meriliano que se levantó, y tras soltar un chasquido amenazante apretó un interruptor. Una pequeña luz roja se encendió en el vagón y noté como alguien tiraba de mi camisa. Corre, me dijo aquel desconocido, el primer humano que conocí en Tran. Apretó el botón de parada de emergencia y abrió la puerta de seguridad a base de empujones. Han llamado a “Control de plagas”, hay que salir antes de que nos atrapen. No entendía nada pero seguí a aquel hombre bajo y entrado en carnes que se movía con agilidad entre las recargadas vías metálicas del andén. Llegó a una mampara y sacó una palanca para forzarla. Yo miraba a los lados aterrado y oí el sonido de pasos apresurados, después, entre las rendijas bajo mis pies, tuve la visión fugaz de trajes negros. Por aquí, rápido, aquel hombre seguía tirando de mí. Continuamos por túneles hasta encontrar la salida. Una vez en la calle nos paramos, estaba jadeando. Eres nuevo aquí, ¿verdad? Soy Ramírez. Vaya, tienes la espalda mojada. Pronto te acostumbraras al clima y dejaras de sudar con cada movimiento, mientras tendrás que cambiarte de ropa, está cayendo la noche y se te helará el sudor, me dijo.
Así fue como conocí a Ramírez. Juntos fuimos a un pequeño piso donde otros dos humanos se encargaban de gestionar los trabajadores de la Tierra de una de las fabricas. Me asignaron un puesto, un minúsculo piso y la tarjeta energética que perteneció a otro hombre. Cuando alguien moría, la identidad y posesiones pasaban a otro inmigrante. Así fue como llegué al apartamento en el que viviría cinco años.
2
Paul había escuchado atento mis palabras, cosa rara en él pues debido a su hiperactividad le era difícil concentrarse en algo durante mucho tiempo. Finalmente volvimos a coger el transporte para llegar a otro de los puntos importantes de la historia, la Plaza del Sol.
El invierno en Tran dura cerca de un año terrestre. Aquel fue el peor que recuerdo, quizá por ser el primero. Un aire helado recorría las calles y conseguía introducirse por cualquier rendija de los abrigos. La fabrica era gélida y trabajábamos encogidos en los controles de la maquinaría, entre el vaho de nuestras respiraciones. En mi apartamento, tuve que destinar la energía de una de mis comidas diarias a mantenerlo unos grados más cálido.
Con la cabeza baja para proteger el cuello y la nariz congelada, me dirigí a la Plaza del Sol en uno de mis escasos días libres. Era un trozo de asfalto que quedaba encajonado entre edificios, con escasa luz y difícil acceso. Los humanos lo utilizábamos como lugar donde comprar y vender cosas, así como punto de encuentro. Era el único sitio en el planeta en el que había graffitis. No tenía nada que cambiar ni saldo energético con el que adquirir nada, por lo que me entretuve en mirar ociosamente a la gente y a los objetos que a sus pies disponían en improvisados puestos. Caminaba con las manos en los bolsillos cuando alguien me detuvo. Cuidado, me dijo. Me giré y vi que era una chica, debía medir cerca de metro y medio. Una bufanda afelpada protegía su garganta dejando sólo al descubierto su rostro y cabello, negro y fino, que caía confundiéndose con sus ropas. Su piel era pálida y sus ojos, marcadamente rasgados, tenían un brillo que denotaba inteligencia. Un trozo de mí quedó atrapado en su mirada. Señaló hacia abajo, había estado apunto de pisar una hierba que había conseguido crecer entre el asfalto. No hice más que pedir perdón como un idiota y quedarme allí plantado, entre la corriente helada de aire que castigaba mi cara desprotegida, la vi perderse entre la muchedumbre.
No pude sacarme su rostro de la cabeza. En los días siguientes, sin ser plenamente consciente de cómo, mis pensamientos siempre acababan en ella. Su imagen me asaltaba a la menor oportunidad, especialmente en la soledad de mi apartamento. Cuando circulaba en el transporte, tras el último túnel, aparecían súbitamente las luces de los edificios del anillo que formaba el barrio humano, una semiesfera de metal y vidrio iluminada tímidamente por cientos de débiles lámparas. De vez en cuando, pasaba alguien delante de alguna y se intuía fugazmente una silueta, siempre me preguntaba si sería la suya. La semana siguiente volví a la plaza pero no la encontré. Pasé los siguientes días mortificado por la culpa de haber sido tan cobarde en nuestro primer encuentro. ¿Y si nunca la volvía a ver?
Pensaba en ella cuando manejaba los controles de las prensas el día en que uno de los operarios que limpiaba su interior quedó atrapado. No había tiempo para que nadie pudiera entrar allí y sacarlo antes de que empezasen a funcionar de nuevo, así que solo pudimos mirarlo y pulsar el botón de emergencia. En el interior de la maquinaria apareció una luz ámbar que indicaba que se estaba procesando la situación. Un técnico meriliano evaluaba si el esfuerzo en unidades de energía de rescatar a la persona atrapada compensaba el retraso en la producción. La luz se apagó y se escuchó el sonido de los cierres magnéticos al sellarse. El ruido de la maquinaria al reconectarse impidió que nos llegaran sus gritos. Quiero pensar que aquel accidente no fue necesario para que, al día siguiente, cuando la encontré finalmente, me decidiera a hablar con ella.
Primero empezamos a vernos esporádicamente, después varias veces a la semana. Llegó el día de las pequeñas madres, el único día festivo en Tran. Ella me condujo a un pequeño balcón desde el que se podía ver la plaza abarrotada de merilianos. Era un espectáculo curioso pues nunca los había visto ociosos ni fuera de las fabricas o transportes, pero allí estaban, quietos, en un silencio expectante. Cuando el sol asomó por encima de los edificios empezaron a entonar un canto colectivo que me pareció infinitamente triste, fue creciendo hasta que su voz se acopló en las estructuras metálicas, las barras de sujeción que teníamos delante empezaron a vibrar con fuerza, como si intentaran unirse en su llanto. ¿Qué conmemoran?, le pregunté. No lo sé, pero estoy segura de que es algo que no quieren olvidar. Parecen tristes, le repliqué. No lo están, no al menos como nosotros, no son humanos y no debemos medir sus emociones o sus actos como si lo fueran. Su mano rozó la mía, estaba congelada y cogí sus dedos, blanquísimos y finos, entre mi callosa mano.
3
Al oficializarse la población humana en Tran se habían abierto comercios legales, así la Plaza del Sol había sido abandonada y ahora sólo quedaban los grafittis. Paul nunca los había visto y recorría con la palma de su mano alguno de los más llamativos. Yo deambulaba sumergido en mis pensamientos. Hacía tanto tiempo que no había vuelto que los recuerdos acudían en tromba a mi mente, creando una confusión de sensaciones que, sin llegar a serlo, podríamos decir que eran de melancolía.
Tras aquel primer invierno llegó la época de lluvias, la más larga de las tres estaciones. Había comenzado de manera bastante benigna, con algunos días realmente buenos. Las semanas se sucedieron rápidamente, cada vez se veían más humanos en Tran y Ramírez me comentó que estaba provocando el recelo en las otras razas, que debía ir con cuidado y no llamar la atención. Cada vez se veían más agentes de plagas y los controles de entrada de los cargueros se habían endurecido.
La noche que lo cambió todo llegó precedida de una tarde de lo más normal, sólo cuando el transporte empezó a acercarse al barrio humano vi las primeras columnas de humo. Se detuvo entre un chirrido de metal contra metal y nos hicieron bajar formando una columna de pasajeros. Ramírez me detuvo y me señaló el final de la cola, había agentes de control de plagas inspeccionando a los pasajeros, los vimos como separaban a un humano y lo retenían. Salimos de la fila y nos perdimos entre el entramado de los andenes con facilidad, era una jungla metálica por la que Ramírez se movía con su acostumbrada soltura. En el exterior, me recomendó buscar un sitio seguro en el que guarecernos hasta que pasara todo. Para mí era imposible, sabía que ella estaba allí, en algún lugar entre las columnas de humo que salían del barrio humano. Discutimos pero finalmente cedió, me dio una pistola de proyectiles terrestre antigua y me despidió. Corrí entre las calles vacías.
A medida que me iba acercando las llamas empezaron a hacerse visibles, los brillos anaranjados coloreaban las superficies de charcos y edificios y comencé a oír los primeros gritos.
El barrio humano era un campo de batalla. Al doblar una esquina me encontré con una barricada, me uní a ellos para recuperar el aliento. Algunos se habían atrincherado allí para lanzar piedras y objetos contra una patrulla de control de plagas que, parapetada al otro lado, respondía con disparos. Asomé fugazmente la cabeza para ver como podía seguir avanzando, su apartamento todavía quedaba lejos y no podía quedarme. Uno de los disparos, una bola de energía que aullaba en su trayectoria mientras ionizaba el aire, impactó en la barricada, se dispersó entre los componentes metálicos y llegó a una tubería que tenía entre mis manos. Un dolor recorrió mi brazo derecho que quedó dormido e inútil. Cuidado con esas cosas, se propagan por el metal y pueden dejarte fuera de juego, pero sobretodo cuidado con que no te impacten directamente, están hechas para aturdir pero podrían matarte, dijo uno de aquellos tipos, que masticaba algo mientras recogía improvisados proyectiles.
En la siguiente andanada de piedras salí de la barricada en dirección a una de las puertas de los edificios, escuché el aullido de los disparos pero no llegué a verlos. Me concentré en la carrera y preparé el hombro para derribar la puerta, esta cedió con sorprendente facilidad y la inercia me hizo recorrer varios metros en el oscuro rellano hasta que caí. A tientas, encontré la escalera. El brazo incapacitado empezaba a hormiguearme y a recuperar poco a poco la sensibilidad. Subí varias plantas cuando una patrulla entró en tromba, sus trajes negros apenas eran visibles en la penumbra. Los disparos, que se perdieron inofensivos, iluminaron fugazmente las tinieblas revelando una desvencijada estructura y la puerta a la azotea que tenía a poca distancia. La forcé mientras los pasos se acercaban, cada vez más próximos. Finalmente se abrió.
De haber tenido tiempo habría visto como cada calle se había fortificado en aquella redada antihumana decretada por un gobierno hipócrita que no impedía ni nos molestaba mientras trabajábamos en las fabricas y que ahora nos perseguía como a alimañas. Los fuegos y disparos coloreaban las calles, los gritos y golpes se confundían con el latido de mi corazón mientras saltaba entre las azoteas. Corrí solo mirando atrás para disparar las pocas balas que tenía el arma que me había dado Ramírez. Llegué a su edificio y me di cuenta de que ya no me seguían. Entré y bajé sin hacer ruido. Había montones de guardias de control de plagas, perfectamente visibles. Vi como dos de ellos salían de su puerta. Sin pensar, me abalancé sobre los que estaban en el umbral y los derribé de un golpe, sin importar lo que sucedía a mi espalda ni los gritos de advertencia ininteligibles que se intercambiaron el resto. Estaba tendida, todavía caliente pero sin pulso. Su pequeño cuerpo había sido incapaz de resistir un impacto directo. En cambio el mío si lo hizo cuando me dispararon por la espalda.
Como todos los humanos que apresaron aquella noche me esterilizaron. Según un comunicado era la única manera de moderar el descontrolado aumento de población humana en Tran. Muchos, como ella, murieron, también muchos merilianos.
Aquella noche despertó algo dormido y pronto los humanos empezaron a organizarse más eficazmente, pasaron años y muchas muertes para que empezasen a cambiar las cosas. Primero el reconocimiento como ciudadanos para los nacidos en Tran, luego la oficialidad del barrio humano.
Mi hijo me zarandeaba, pues había permanecido largamente en silencio, incapaz de contarle esta última parte, mucho menos como lo había encontrado, tras escucharle llorar por tres días en el apartamento situado encima mío. Cuando forcé la puerta lo encontré sólo, apenas debía tener unos meses de vida, sus padres, probablemente, habían muerto o lo abandonaron. Era la primera vez que llevaba a mi hijo fuera del barrio humano, pero no sería la última.
p.d. Este relato estaba pensado para ser publicado en el concurso de relatos edición XI, dado que parece que nunca se realizará he preferido publicarlo yo mismo para que no quede por siempre en el limbo.
7 Comentarios:
Gran relato, habrías ganado
27 de Febrero de 2010 • 15:07 — tidus 7Pues...
27 de Febrero de 2010 • 15:26 — WoozieExc relato!
27 de Febrero de 2010 • 20:25 — thouyDem bien elaborado! Ojalá alla ese tipo de oportunidades de concursos pronto. Mi pregunta es por qué ya no se hacen?
Saludos!
gracias por loc
27 de Febrero de 2010 • 22:29 — Falsworthgracias por loc comentarios!
Pues verás se venian haciendo regularmente pero en el último ha habido un parón, primero debido a que hubo participantes y después a que el organizador no ha podido presentar los relatos a concurso, lleva algún tiempo sin aparecer.
Yo sería partidario de que Woozie, que fue el que quedó en segundo lugar en el penultimo tomase el relevo como organizador para evitar que desaparezca el concurso.
Mmm ya veo!
28 de Febrero de 2010 • 00:02 — thouyPues me parece una buena idea, pero dependería del compañero que tome la batuta!!!
Creo que estas muestras de talento no tienen por que detenerse por nada jeje..
Medalla
26 de Abril de 2010 • 16:15 — LoganKellerY un relato muy triste. Triste no solo por el destino de los protagonistas, sino porque si de verdad existe vida mas allá de este planeta, nos tratarían así y con todo el derecho del mundo, aunque no sea justo. Los humanos somos una raza que cometemos un error, nos dan una oportunidad y volvemos a cometerlo, así hasta el infinito.
Buen relato
@Logan
26 de Abril de 2010 • 23:34 — FalsworthDe hecho esa era exactamente la idea. Alejar la historia del tan manido tópico de presentar a los humanos como una especie de raza elegida destinada a destacar entre todas.
Gracias por la medalla