20 de Abril de 2018
Nov
26

Un sueño del que nunca despertaremos...

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Tenía pensado titular esta entrada El sueño eterno, pero ése es el título de una maravillosa película de Howard Hawks. Hoy me apetece hablar sobre cine, pero no sobre ninguna película en concreto. En ocasiones merece la pena olvidarse un poco de la cartelera (aunque sea viernes y haya estrenos) o de los clásicos, y reflexionar acerca del estado actual de una forma de contar historias que nos permite soñar. Pueden parecer palabras ñoñas, pero yo, que he pasado buena parte de mi vida en las salas de cine, he temido más de una vez por el final, como el niño al que le quitan el caramelo. Y, aún asumiendo el riesgo de que la realidad tumbe mis predicciones algún día, cada vez estoy más seguro de que nunca despertaré del sueño. Podré seguir yendo al cine...

Los tiempos que vivimos hacen que sea inevitable plantearnos la pregunta. Pero no deja de ser, al fin y al cabo, la misma pregunta que nos hacíamos hace décadas. Quienes estamos en la treintena podemos recordar aquellos 90, en los que el auge del cine en casa, con en VHS haciendo estragos, amenazaba a acomodadores, taquilleros y salas oscuras. Fue, quizás, la primera vez que el acto tan usual y placentero de comprar una entrada de cine se puso en cuestión. La razón por la que esos temores vuelven a surgir ahora la encontramos, lógicamente, en la tecnología. La vieja cinta de vídeo no fue rival, y terminó asociándose con un enemigo rocoso al que prefirió unir sus fuerzas antes que claudicar pagando un más alto precio. El cine en casa y el cine en las salas se complementaron, convivieron. Hoy tenemos internet, blu-ray, reproductores de vídeo portátiles...y también asumirán su derrota. Y me da que el 3D no será ese aliado decisivo para el cine que muchos aventuran...

Si hacemos memoria, podremos recordar sin excesivos esfuerzos cuál ha sido la historia de nuestros temores. A mediados de los 80 descubrimos la gozada que suponía ver una película en casa, y yo encontré en los videoclubs el apéndice perfecto de los cines, otra manera de descubir películas, de recordar otras y de empaparme de cine. Fueron muchas las veces en las que entraba a un videoclub justo después de salir del cine, como si quisiese que la fiesta continuase. Entrabas, mirabas las novedades, buceabas en los clásicos, leías las sinopsis, contemplabas las carátulas y te llevabas unas cuantas pelis a casa...Y nunca jamás dejé de ir al cine. Pero claro, no todo el mundo está conectado a los cines por esa simbiosis, y empezaron a aparecer los agoreros: ¿quién querrá ir al cine pudiendo ver la película en casa?

Poco después la televisión creció, llegaron las autonómicas y las privadas, y la consiguiente nueva oferta de películas emitidas. Y llegó el dvd, y la tele digital, el pay per view, internet, el blu-ray...Y, por supuesto, la piratería, que iba a ser el azote de los grandes estudios, el fin...

En lo que pocos cayeron es en el hecho ineludible de que el cine, o, mejor, los cines, como recintos de exhibición cinematográfica, son los auténticos primos de zumosol de todos los demás formatos, por muy numerosos y variados que sean. Me explico. A principios de los 90 proliferaban los videoclubs, que se nutrían, mayormente, de los éxitos más recientes de la cartelera, aunque es cierto que en poco tiempo cualquiera de ellos contaba con una importante oferta de cine clásico. Pero los regentes de aquellos negocios hoy casi extintos basaban su facturación en los beneficios derivados del alquiler y venta de las películas más taquilleras, es decir, de aquellas que habían llevado a mucha gente a las salas de cine. Dicho de otro modo, el videoclub era un negocio rentable por culpa de las salas de cine. El reclamo para que alguien comprase o alquilase una cinta de vídeo era el éxito que el contenido de esa cinta había tenido en su exhibición en otro formato. Es imposible que pelis como el Batman de Tim Burton, o Pretty Woman, o Ghost, o Terminator 2 triunfasen en el formato doméstico si antes no hubiesen sido los fenómenos cinematográficos que fueron cuando se estrenaron en salas.

Es exactamente lo mismo que sucede en la actualidad. Ahora que está a punto de editarse en nuestro país la edición en blue-ray 3D de Avatar, en una maniobra lamentable que obliga al usuario a adquirir un reproductor y una tele de una marca en concreto, podemos preguntarnos si ese lanzamiento casero sería un éxito si la peli de James Cameron no se hubiese estrenado en las salas de cine, o, dicho de otro modo, si no se hubiese convertido en la película más taquillera de todos los tiempos...

Otro ejemplo. Internet ha propiciado la visión de cine on line, a través de emisiones piratas o legales. Pero, en cualquiera de los dos ámbitos, una película será más demandada cuanto mayor haya sido su repercusión en las salas. Igualmente, los abonados a una plataforma de televisión digital pagarán por ver una película dependiendo de su trascendencia obtenida meses atrás en los Kinépolis, Cinebox, Yelmo y demás recintos de exhibición.

Evidentemente habrá momentos buenos y malos, mejores y peores, pero hoy, en este final de 2010, puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que siempre podremos ir al cine. Y no porque nos brinden la posibilidad de ver películas en 3D (de hecho apuesto por la progresiva finalización de ese boom que a mi empieza a hartarme), sino por la necesidad de que papá siga alimentando a sus hijitos.

Seguiremos soñando, seguiremos yendo al cine...

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