24 de Marzo de 2017
Dic
21

Balada triste de trompeta

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Estoy convencido de que la capacidad de un cineasta para combinar sus inquietudes personales con las del gran público es lo que finalmente puede convertirle en un cineasta de éxito. Precisamente ahí reside, en mi opinión, el secreto de los más grandes, más allá de un dominio imprescindible de la técnica cinematográfica. Ellos son capaces de plasmar su personalidad, a veces paranoica, en historias que llegan al gran público, que las recibe con satisfacción. Así le ocurrió a Alex de la Iglesia en alguna de sus películas, concretamente en El Día de la Bestia, y, creo yo, en la no menos estupenda La Comunidad. Balada triste de trompeta es, como el propio director ha afirmado, su película más personal, y la que más le ha exigido desde un punto de vista de compromiso laboral. Y todo ello se nota. El bueno de de la Iglesia se nos ha olvidado del público, contrariamente a lo que nos tenía acostumbrados.

Precisamente de directores egocéntricos está repleta nuestra minúscula industria, y puede que ésa sea la razón principal por la que es así de minúscula. Podría citar de carrerilla a unos cuantos cineastas sólo preocupados por plasmar en sus películas sus inquietudes, sus paranoias, sus cosas... Y así nos va. Acción Mutante, El Día de la Bestia, La Comunidad y Crimen Ferpecto tenían la enorme virtud de conectar con un amplio espectro de público, que además identificaba en esas obras la impronta de un director astuto y personal, capaz de crear cine infinitamente más divertido que la mayor parte de cosas rodadas por aquí. Por el contrario, Perdita Durango o Los Crímenes de Oxford resultaban menos satisfactorias, en el primer caso por excesivamente personal y truculenta, en el segundo por la absoluta absorción del director por un ambicioso proyecto que no le dejó ni un resquicio de autoría.

Desgraciadamente, Balada triste de trompeta completa el trío de decepciones. Mete a una chica entre los dos protagonistas de Muertos de risa, que en comparación con éstos son como Winnie the pooh, y se destaca ampliamente como compendio de influencias de un director de marcada personalidad. Cuando uno ve la película, es capaz de citar tantas referencias cinéfilas que todas ellas terminan por eclipsar al director. Todo se agrava, además, por la evidente necesidad del mismo por ajustar cuentas con un periodo histórico que sin duda le marcó, y que, por otra parte, está magníficamente recreado en la película. Precisamente por ahí se encuentra perdido el espectador, que asiste a una historia muy alejada de lo que en principio suponía.

Más de una vez he apuntado la necesidad de nuestro cine de abrir abanicos temáticos. Los primeros veinte minutos de Balada triste... nos hacen creer que estamos viendo un nuevo drama guerra-civilista, otro más de los muchos que abundan en nuestra industria, y que parece emparentarse con la estupenda Pájaros de papel, de Emilio Aragón. Era de esperar que, como ella, la película de de la Iglesia se basara en la cruenta coacción de las fuerzas nacionales hacia los cómicos, aquí payasos, siempre inclinados hacia las ideas de izquierda. Es el mismo relato visto en Pájaros de papel: el testigo que un padre entrega a un hijo, basado en la creación, para superar el totalitarismo. Santiago Segura, felizmente reconciliado con el director, tiene en la película otras intenciones...

Tras ese prólogo, asistimos a algo muy distinto de lo esperado. Es lo que tiene cuando gustas de ir "vírgen" al cine. La película no es más que una historia de amour fou, un triángulo amoroso cuyo contexto histórico no es más que una excusa. La esencia de su director se manifiesta en la violencia, a veces excesiva, y en las impactantes escenas que rueda, siempre con talento. Es como si en El Día de la Bestia la historia fuese mucho menos importante, como si el edificio Schweppes se cambiase por la cruz del Valle de los Caídos, y los personajes de Segura y Alex Angulo fuesen mucho más grotescos. Porque los personajes que aquí componen Carlos Areces y Antonio de la Torre son auténticos freaks, payasos más allá de su profesión. Y por eso, por semejante nivel de frikismo, aplaudió entusiasmado Quentin Tarantino durante la proyección de la película en Venecia. La historia, desgraciadamente, no importa tanto.

Es una balada triste de de La Iglesia, porque se intuyen tantas inquietudes que uno termina perdiéndose en todo ese universo. Sabemos que le gustan los cómics, y los dos payasos recuerdan, inevitablemente, a villanos de cómic. Y buceando en referencias, podríamos perdernos.

Lo mejor, surge, además, de esa apabullante colección de homejanes. La película es tan bruta, tan excesiva, que es imposible apartar la mirada de la pantalla. Y no seré yo quien diga que es aburrida. Pero a mi, al menos, me hubiese gustado que fuese otra cosa...

Mi puntuación en IMDB:6.

http://www.imdb.com/title/tt1572491/

5
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