¿De qué está hecho? Del material con el que se hacen los sueños...
pelis y pelis y pelis, y más pelis y pelis y pelis...y series, y más pelis
Internet nos ha mejorado la vida en tantos aspectos que en ocasiones conviene reflexionar acerca de la suerte que hemos tenido de poder asistir a semejante avance. Quién me iba a decir a mi, en aquella tarde-noche de septiembre de 1989, cuando salí del cine de ver el Batman de Tim Burton, que veinte años después el avance tecnológico más importante de nuestra era me permitiría disfrutar de películas sobre el personaje, realizadas por gente que probablemente sintieron la misma emoción que yo tras ver aquélla. Lo que demuestra Batman; City of Scars, si es que no había quedado ya demostrado, es que cuando se exige a los grandes estudios fidelidad y respeto a la hora de llevar al cine las historias de estos personajes del cómic, es porque representan para mucha gente algo más que una simple película con la que pasar un buen rato. Batman, como tantos otros personajes, significa para mi, y para millones y millones de personas, infancia, aventura y emoción.
Lo hago con bastante retraso, pero tenía que recoger en el blog la triste noticia. El pasado 8 de agosto nos dejaba Patricia Neal, una dama del cine, una delicia de actriz cuyo nombre, a mi, me remite directa e inevitablemente a tres palabras míticas: Klaatu barada nitko...
Y es que ella fue Helen Benson en la maravillosa Ultimátum a la Tierra, esa joya del cine de ciencia ficción dirigida por Robert Wise en 1951, en la que ayudaba al extraterrestre encarnado por Michael Rennie. Pero su filmografía incluye otras estupendas películas, como Operation Pacific, junto a John Wayne, A Face in the Crowd y, sobre todo, la icónica Desayuno con Diamantes, con la que reapareció en los 60 tras un paréntesis en su carrera motivado por su matrimonio con el escritor Road Dahl y sus cinco hijos. Su vida personal estuvo marcada por una serie de desgracias y problemas de salud, como el infarto cerebral que sufriría y que le provocaría la pérdida de memoria y audición, y del que lograría recuperarse, o el fallecimiento de uno de sus hijos. Yo recuerdo verla en un pequeño papel en la divertida comedia de Robert Altman Cookie`s Fortune.
Descanse en paz, la maravillosa Patricia Neal.
Comentaban los responsables de Predators, básicamente el productor Robert Rodríguez y el director Nimrod Antal, que su película era una secuela de la primera, aquella maravilla de John McTiernan, despreciando e ignorando la segunda película dirigida por Stephen Hopkins. A veces es mejor respetar trabajos ajenos, porque, aún asumiendo que la cinta protagonizada por Danny Glover era peor que la primera, resulta que, en mi opinión le da una soberana patada en el trasero a estos Predators...
Más de una vez he apuntado lo mucho que me gusta ese tipo de cine pequeño, ya no en cuanto a cuestiones presupuestarias, sino en lo que se refiere a ambientes, situaciones y personajes. Pocas cosas, pocas localizaciones, una historia intensa aunque sencilla y una atmósfera inquietante suelen ser la tarjeta de presentación de un cine minimalista que no necesita de grandes alardes para ser recordado. Supongo que el máximo exponente de este cine será esa maravilla de Joseph L. Mankiewicz titulada La Huella, sin olvidarme de La Soga, lección magistral de Hitchcock con sólo tres personajes y un pequeño apartamento como localización. Stuck está, como no podía ser de otro modo, a años luz de estas dos, pero tiene su encanto...
Stuart Gordon es ese director adscrito al cine de género, que logró cierta relevancia hace unas décadas con sus películas de Re-Animator, y que a finales de los 90 trabajó con presupuestos españoles gracias a la Fantastic Factory, pariendo cosas como Dagon. Con Stuck se aleja de planteamientos fantásticos, para adentrarse en una historia sencilla pero asfixiante, de una intensidad que crece por momentos, con unos personajes que viven al límite.
Es ésta una pequeña película de 2006, una de esas comedias que tratan de apartarse del trillado género que tiene a Cupido como hilo conductor de historias y personajes. Sin excesivos alardes innovadores, ni pretensiones de renovar radicalmente el panorama, el director libanés Alek Keshishian nos presenta una entretenida película que sirve para que este blog rinda un pequeño homejane a esa chica que nos dejó hace no mucho, Brittany Murphy, quien lleva todo el peso de la cinta y demuestra que podría habernos deleitado con buenas interpretaciones, si la desgracia no hubiese llegado. El amor, y otros desastres, pueden servir muchas veces para que el más importante problema se minimice.
Cuando parecía que no nos quedaba más remedio que asumir que este verano había sido desastroso cinematográficamente hablando, un género, el cine de acción, ha logrado que ir al cine volviese a ser algo placentero. Nos faltó esa gran película, ese blockbuster que se convirtiese en icono del periodo estival (sobre todo teniendo en cuenta que Iron Man 2 fue un bluff y que Toy Story 3, que todavía no he visto, no parece alcanzar la grandeza de Up, auténtico motor del verano 2009), pero lo cierto es que el cine de tiros, explosiones y peleas ha animado de forma importante el último tramo del verano. Como Los Mercenarios, El Equipo A e incluso Origen (aunque ésta compita en otra liga), y a la espera de Predators, Salt es adrenalina pura, cine claro y diáfano como el agua cristalina, ideal para esta época del año.
Es ésta una de esas películas que mejor reflejan la importancia de internet a la hora de proclamar a determinadas películas como maravillas incontestables, condición que muy probablemente nunca alcanzarían de no ser por la red de redes. Shaun of the Dead, como antes Equilibrium, Undead y tantas otras, es una de esas obras defendidas y veneradas en foros y páginas, alabada por cinéfilos que de no ser por esta maravillosa globalización, seguramente no la hubiesen visto. Aunque cierto es que ésta sí se estrenó en nuestro país, alcanzando notoriedad, sobre todo, en festivales especializados.
Uno recuerda con cariño aquel proyecto del que se habló en las revistas de cine durante un tiempo, a principios de los 90, que avisaba sobre la posibilidad de que los grandes del cine de acción del momento, todos ellos cachotas imponentes, se reuniesen para protagonizar una adaptación del cómic Sargent Rock. Se decía que Stallone encabezaba la idea, que pretendía reunir a los que habían hecho suyo el género en los 80 (el propio Stallone con Schwarzenegger) y los que empezaban a despuntar en los 90, con Seagal, Van Damme y Bruce Willis. Aquello no cuajó, y yo me llevé una gran alegría cuando comprobé que el bueno de Stallone se había desquitado con The Expendables, una producción que sí se pudo levantar y que supone una entrañable vuelta a aquel cine que tan buenos momentos nos dejó. Estos mercenarios dan lo que prometen, ostias como panes, y así se están haciendo con la cartelera estival, alzándose como la película más taquillera. Se lo merecen.
Probablemente ninguna adaptación cinematográfica de una serie televisiva de éxito logre el reconocimiento unánime que está logrando El Equipo A. Cualquier espectador, tanto los que crecieron (crecimos) con el equipo original, como aquellos que no vivieron aquel cartón-piedra, puede disfrutar de una película que, sorprendentemente, funciona a la perfección cumpliendo con todas las exigencias impuestas a priori por el fandom más acérrimo. Y es que los planes han salido bien...
Efectivamente, El Equipo A puede ser la película que indique el camino. Todavía espantados por las adaptaciones de Los Vengadores, Los Ángeles de Charlie o Corrupción en Miami (sí, es hora de reconocer lo espantoso de aquella producción), recibimos ahora a este cuarteto de mercenarios con una satisfacción absoluta, gracias a la capacidad de la cinta para entretener y, sobre todo, de ser fiel a ese material entrañable en el que se basa. Y no parece que haya resultado muy complicado. Los competentes responsables lo han tenido claro: acción del siglo XIX con espíritu de los 80, una trama sencillita y todos los ingredientes que hicieron de la serie original un producto triunfador. En otras palabras, he aquí la (casi) perfecta adaptación al cine de El Equipo A.
Mira que es difícil que salga yo indignado y cabreado de un cine. Quien esto escribe ha visto y ha padecido de todo cuando de sentarse en una butaca se trata, pero ayer, por primera vez desde que tengo uso de razón (precisamente en ese debut de mi racionalidad empecé a ir al cine), me sentí estafado. Y no por ver una mala película, que en peores plazas hemos toreado, sino por el abusivo y mezquino comportamiento de dos empresas, la exhibidora y la productora, que se sirven de la moda del 3D para clavarnos un traicionero puñal a quienes amamos el cine. 9,70 euros por ver El Último Guerrero en 3D, película que no contiene ni un sólo plano tridimensional. Señores, aunque pensé que nunca se me pasaría semejante deseo por la cabeza, espero que muy pocos caigan en su insidiosa trampa...
pelis y pelis y pelis, y más pelis y pelis y pelis...y series, y más pelis
