23 de Julio de 2014
Ene
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LA SERPIENTE EMPLUMADA

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Intentó distraer su mente durante las nueve horas que duraba el viaje de la mejor forma que pudo, pero aún así, se le hicieron extraordinariamente largas en comparación a la rapidez con que transcurrían las ocho horas de su jornada laboral. El tiempo ganado al reloj hacía que el día no pareciera tener fin. Sin embargo, una mala película de estreno y unas cuantas partidas con su inseparable compañera de viaje, la videoconsola portátil, hicieron más ameno el trayecto hasta Cancún.

Tras recoger su equipaje en el aeropuerto, las puertas acristaladas de la salida se abrieron súbitamente de par en par y le empujaron hacía una realidad que no esperaba. A ambos lados de la calle se arremolinaba una multitud de hombres de pequeña estatura y tez morena que en un vano intento por formar un pasillo humano, luchaban entre sí por captar la atención de los turistas mediante gritos y carteles. Enseguida se rió de la absurda idea que lo había acompañado hasta allí y desterró de su cabeza las imágenes de jóvenes y bellas cantantes que tanto había visto por televisión. Había sido un pensamiento tan disparatado como él de creer que iba a ser recibido por las bondades de un clima agradable, lo cual desapareció de su mente tan pronto como la humedad del aire abofeteó su cara, para dar paso a un calor agobiante que abrazó su cuerpo con tal fuerza, que sus ropas se adhirieron a la piel provocando que gotas de sudor brotarán de ella de forma repentina. ‘Bienvenido a México’, dijo para sí, al mismo tiempo que un taxista local lo saludaba con estas mismas palabras y le ofrecía subir a un vehículo.

Murmuró el nombre del hotel con el inútil propósito de evitar una conversación acerca de su procedencia o el motivo de su viaje, simplemente porque odiaba hablar de si mismo con desconocidos, pero el chofer no se dio por aludido, y ante sus preguntas, respondió con desinterés para dejar constancia de su desgana. El paisaje que se proyectaba a través de los cristales del coche no venía descrito en ninguna guía, en ningún foro de Internet. Era como viajar sobre una estampa sepia de los Estados Unidos en los años cincuenta en la que el tiempo no se hubiera detenido. Antiguas furgonetas y camiones con sus chasis oxidados se resistían a formar parte de la chatarra y se mantenían inexplicablemente en marcha sobre los amplios tramos de asfalto carcomidos por la maleza. Todos sin excepción, dejaban atrás enormes carteles que promovían una conducción segura, los cuales pasaban desapercibidos por algunos conductores que convertían la parte trasera dedicada a la carga en una improvisada área de descanso tanto para personas como para sus respectivos animales de granja o compañía.

La carretera que llegaba hasta el hotel, no resultó ser mejor que las anteriores, y se adentraba en una espesa jungla de árboles bajos y frondosos matorrales, pero cuando el coche se detuvo, suspiró aliviado. Un mozo pertrechado con un impecable uniforme beige se acercó para abrirle la puerta, obsequiarle con una toallita refrescante, y hacerse cargo de las maletas mientras lo acompañaba hasta la recepción del hotel. A partir de ese instante, todo lo que su mirada alcanzó a ver fue un fiel reflejo de lo contemplado meses antes en tantos y tantos catálogos sobre la Riviera Maya, un enorme complejo que se interponía entre la selva y la costa provisto de varias piscinas, bares y restaurantes a su entera disposición.

Subió a la habitación acompañado por un joven botones que se esmeraba en informarle de todos los entresijos de aquel cuarto, mientras él se preguntaba cuanta cantidad de dinero tenía que dejar por que le explicaran donde quedaba el baño, la nevera o la cama, como si fuera difícil encontrarlos. Cuando por fin el chico se despidió no sin antes recordarle que estaba a su entera disposición, él le respondió a regañadientes con una sonrisa forzada haciéndole entrega de lo que pensaba que era una inmerecida propina. ‘Podía haber subido el equipaje yo sólo’, mascullaba para sí mientras se vestía con el bañador que había sacado de la maleta encima de la enorme cama doble.

Descendió hasta una de las enormes piscinas y se tumbó en una de las hamacas libres situadas en la misma orilla. Rápidamente la atenta camarera se le acercó para preguntar lo que deseaba beber. ‘Un Daiquiri’ contestó complacido mientras abría un libro desde el principio y se ponía sus gafas de sol, olvidándose por completo del protector solar. Con el primer sorbo, una amplia sonrisa de satisfacción se perfiló en su rostro, y mientras acomodaba su tenso cuello sobre el cabezal pensó ‘Esto si es vida, esto si son vacaciones’.

Los siguientes días transcurrieron entre comidas pantagruélicas en los diversos buffet y restaurantes, bebidas exóticas en el chiringuito ubicado en pleno centro de una de las piscinas, actividades varias preparadas por los animadores para los huéspedes del hotel, visitas al SPA o a la playa de arena blanca sobre la que se lanzaba una y otra vez un mar de aguas templadas y cristalinas, e infructuosos intentos de relacionarse con alguna de las pocas extranjeras que, al menos a simple vista, no andaban con pareja. Poco a poco nada empezaba a parecerle novedoso, estimulante, o divertido, y cuando comenzó a sentirse como un ave presa en una jaula de oro, decidió dar vueltas por la zona de recepción como forma de romper su rutinaria vida en el paraíso. Tras ojear un rato la prensa internacional, unos folletos ubicados encima del mostrador acabaron por llamar su atención.

Al día siguiente, tras desayunar aceleradamente, empezó a correr hasta la entrada del hotel mientras lamentaba haberse tenido que levantar tan temprano estando de vacaciones, a la vez que maldecía una y mil veces la hora en que había tenido la idea de realizar la excursión. Esperó pacientemente un autobús que no llegaba, observando como el resto de turistas subían de forma ordenada a los vehículos que aparecían de forma constante y que les habían sido asignados por una agencia organizadora más competente, o al menos más puntual que la suya. Cuando llegó su turno, se sentó al lado de una ventana ubicada en la parte trasera y deseó quedarse sólo, que nadie se sentara a su lado mientras el autobús proseguía su itinerario por los hoteles cercanos. Esta vez tuvo suerte, pero sonrío como si su fortuna se hubiera debido a la efectividad con la que había ejercido su poder mental sobre los recién llegados a bordo.

La primera parada fue en uno de los miles de cenotes que se extienden por la Riviera, con la peculiaridad de que éste había sido adecuado para la multitudinaria visita de curiosos y turistas. Tras el almuerzo, la excursión continuó bajo el acuciante sol del mediodía que se daba cita sobre los monumentales restos de Chichen Itza, antigua capital del imperio Maya. Una vez allí, pensó que sería interesante contratar los servicios de algún guía local por lo que se unió a un grupo de mexicanos que como él habían tomado la misma iniciativa. Juntos atravesaron las ruinas en dirección al estadio de la pelota, el más grande encontrado en la península del Yucatán, donde les mostraron como en aquel lugar el sonido de una palmada rebotaba entre sus dos paredes paralelas un número exacto de veces escogido por los mayas. Tras la exhibición, y mientras andaban en dirección Este en busca de una enorme estructura pétrea conocida bajo el nombre de ‘El Castillo’, también llamada ‘La pirámide de Kukulkán', sonreía pensando como habían transformado una casualidad de la naturaleza en un acto que asombraba enormemente a los turistas más ingenuos.

Cuando llegaron al templo, buceando entre una inmensa marea humana que se agolpaba a los pies de aquella gigantesca plataforma rodeada de 365 escalones, el guía explicó como aquí el sonido ascendía por las empinadas escalinatas de piedra para, una vez arriba, convertirse en el grito del dios Quetzal, el águila. Estaba a punto de emitir una sonora carcajada como respuesta al absurdo comentario cuando, tras una palmada, el grito de un ave poderosa descendió desde lo alto de aquel monumento a través de sus irregulares escalones y se desplazó por la tierra hasta alcanzar sus pies, a los que se encaramó para ascender por su cuerpo y estremecerlo por medio de un enorme escalofrío. Se quedó helado, mudo, y absorto, todo al mismo tiempo. Instantes después una pequeña y dulce niña descalza se le acercó ofreciendo un diminuto pañuelo a cambio de una moneda. Como no contestaba a pesar de que su mano le sacudía con insistencia la manga de su camisa, la chiquilla comenzó a cantar en una lengua desconocida para él, pero familiar para todas aquellas antiguas ruinas. Tras el tierno canto, aguantando las lágrimas, se agachó para deslizar en sus minúsculos dedos la preciada recompensa, mientras recogía a cambio un bonito pañuelo blanco bordado. Era el mes de Septiembre y sus empapados ojos no estaban preparados para lo que iban a contemplar.

El murmullo y la aglomeración de gente aumentaron cuando el sol del equinoccio comenzó a dibujar luces y sombras triangulares sobre las paredes de las escalinatas, haciendo que una impresionante forma de serpiente, coronada con una monumental cabeza de piedra, descendiera desde lo alto del cielo hasta la misma tierra. Su cuerpo temblaba atónito mientras el dios Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, regresaba un año más a Chichen Itza, y él como tantos otros miles de devotos eran testigos de lo importante que llegó a ser aquel pueblo casi extinto.

Fue entonces cuando le pareció que aquellos hombres con sus vehículos y carreteras, que aquellas gentes con sus trajes y costumbres, no eran tan extraños. El mismo instante en que supo que el extraño había sido él desde el momento en que pisó esa tierra en la que, a cada paso, en cualquiera de sus rincones, habitaban objetos con más de mil formas distintas impregnados de cultura, o brotaban resquicios de piedra cargados de historia. Jamás volvió a realizar un viaje como aquel, ni quiso más encerrarse en un hotel, al menos no hasta llegar a conocer un poco más de la realidad del lugar que lo hospedaba, hasta entender lo que hace especial a tantos hombres y mujeres en cada uno de tantos lugares y parajes que conforman este planeta al que llamamos ‘mundo’.
5
Valoración media: 5 (5 votos)

7 Comentarios:

Maya

Solo puedo decir 2 palabras: Fantastico relato. Muy bien construido y los ultimos parrafos son geniales. aunque me han entrado ganas de ir a unas vacaciones como esas.

10 mil aplausos y 5 estrellas porque no te puedo dar 10 ( pero piensa que lo hice). Sin duda tienes el don de la escrita

Medalla

Un relato simple y llanamente sublime. En breve te pasaré un MP con cierto requisito para que formes parte de la elite de los Lectores ;)

¡Sigue así querido duende! ^^

 

Esto es una entrada literaria con todas las de la ley ¡He Dicho! (Otorgable por LoganKeller, RikkuInTheMiddle, In_Anywhere o Shaiyia)
(Pincha para Informarte de como conseguir este reconocimiento)

Me has dejado cómo "choff"

Me has dejado cómo "choff" Meh. ¡Esperaba que la historia continuase! Pero bueno, me tendré que conformar. Lo bueno, si breve... Very Happy.

Eso sí, tienes que prometer que harás más relatos de esta calidad. ¡5 stars!

Interesante

Muy buen relato, corto pero con un bello mensaje. El sentido despectivo del principio del relato me dejó un mal sabor de boca, pero el final compensa espléndidamente esa sensación. 5 estrellas, por supuesto.

Y, por cierto, pronto recibirás un MP con la colaboración que te prometí hace algún tiempo.

Saludos,
Desmodius.

Muchas gracias a todos por

Muchas gracias a todos por comentar, pero sobre todo a Desmodius, ya que sin duda él mejor que nadie sabe de lo que hablo, y tenía BASTANTE miedo a que mis palabras fueran mal interpretadas. Tan sólo quería expresar la riqueza cultural de un país al que pienso volver, pues en él me he sentido como en mi propia casa. Vivo en una zona geográfica donde las playas y el sol es el pan nuestro de cada día, lo que nos da de comer a una gran parte de los Canarios, pero sin embargo nuestro patrimonio histórico fue reducido a unas pocas momias, gánigos y palabras guanches.

He oído como literalmente, mucha gente piensa que allí “sólo hay piedras” y que prefieren quedarse en los lindos y paradisíacos RESORTS, y me da mucha pena que alguien pueda hacer un viaje tan grande para quedarse con tan poco. Simplemente es IMPRESIONANTE ver el valor de esos restos arqueológicos, que son tan sólo la representación en piedra de una cultura que aún pervive con el paso de los años gracias al cariño y al amor por las tradiciones que vive en el corazón del pueblo mexicano. UN ABRAZO A TODOS!.

PD: Subir las escalinatas de Nohoch Mul, bañarse en la pequeña cala de Tulum, entrar en un cenote oculto bajo la espesa jungla, comer en un poblado, reflejarse en la sonrisa de las mujeres de Veracruz, ver los edificios de Valladolid… No soy el hombre que aparece en la historia, pero si hice esa visita guiada y si que emocioné cuando ví cantar en maya a la niña, pero por desgracia no era la época de ver descender de los cielos a LA SERPIENTE EMPLUMADA.

Interesante

Me ha gustado mucho cómo está escrito. Sé que suena tópico, pero es fácil dejarse llevar por tus palabras para hacer un viaje desde la silla del ordenador. Me encanta el cambio de de sentido de las dos partes del relato, está muy conseguido ^^

Por otra parte, creo que la "introducción" y las descripciones son innecesarimente detalladas -pero por supuesto, esto es algo completamente personal-.  Por lo demás, estupendo.

Hay que joderse con lo bien que escriben los duendes ^^u

Invitación

Vista y comentada la calidad de este relato y tus demás creaciones, mi eléctrico amigo, te exhorto a participar en una nueva iniciativa dentro de mi blog...

Concurso de Relatos

Estás cordialmente invitado a esta primera edición; si te resulta imposible participar como escritor por las condiciones establecidas o la falta de tiempo, siempre serás bienvenido como un lector.

Saludos,
Desmodius.