Confesiones de un Agnóstico
Videogames & me
Cuarta parte del relato Jugando con el Destino. Saludos.
Hay alguien allí. Realmente sólo está de forma física. Su mente está vagando por unos caminos de ida y vuelta. Trasladando imágenes de un pasado próximo hasta sus ojos. Son imágenes de la vergüenza, de la deshorna. Van y vienen. De su cerebro a su mente. De la mente al corazón. Del corazón a su cuerpo. Por cada imagen se hace un corte en la piel. Hay decenas de ellos.
Se encuentra en un campo de batalla. Una innumerable multitud le rodea. En el centro de la multitud tres personas. Él y dos más. Es un combate. Un combate a muerte. Las reglas son claras: sólo uno saldrá con vida. Tiene que andarse con muchísimo cuidado y precaución. No se va a enfrentar a novatos espadachines. Son expertos guerreros. El más mínimo error de precisión puede acarrear la muerte. La más leve pérdida de concentración puede llevar a la derrota. Un hilo separa la vida de la muerte. No debe romper ese hilo.
El guerrero de la derecha comienza atacándole directamente. Lo mismo hace el de su izquierda. Van derechos a él. Es una encerrona. Tampoco se esperaba otra cosa. Desvía como puede el envite del primero mientras con el pie izquierdo se prepara para soportar el golpe del segundo atacante. No tambalea al recibirlo. En su lugar, cambia rápidamente su espada de la mano izquierda a la derecha, a la vez que con el brazo acompaña el golpe. De arriba hacia abajo. Con ello, la espada del primer atacante, que se encontraba en posición horizontal, queda hendida en la tierra. Le basta con hace un ataque lacerante en su garganta. Uno menos. El otro guerrero ataca con fiereza. Descarga su adrenalina lanzando ataques furiosos sin control ninguno de la situación. Es por causa del miedo. Él desvía los ataques uno tras otro. Espera pacientemente a que se agote el atacante. Una vez exhausto, el guerrero cae al suelo. Recibe sin resistir el frío tacto de la espada, clavándose en el espacio entre el esternón y las costillas. Muere al instante.
Sigue vivo. Cansando, pero vivo. Apenas puede presentar batalla cuando se abalanzan contra él la multitud que presenciaba la batalla. Es una traición en toda regla. Cada uno de los tres combatientes representaba una facción. Uno por los “Indestinados”, otro por los guerreros de la “Alianza” y la otra facción “era” él. Después de haber sido capturado, le habían dado la opción de enfrentarse a muerte a dos combatientes. Si salía vivo, podría marcharse. Para siempre. El había aceptado.
Ahora se encontraba otra vez encerrado. Su odio no hacia más que incrementarse. Ratas traicioneras. Todos. No merecían vivir.
De pronto lo sintió. Una voz en su cabeza se reía. Alto, fuerte. Los humanos habían firmado su sentencia de muerte. Ahora ya nada le detendría. Ni siquiera esos grilletes que le ataban a la sucia y fría pared. Estallaron en mil pedazos inesperadamente. Se sentía capaz de todo. Sus ojos llameaban de ira y rencor. Los que se intentaron interponer en su paso murieron sin piedad alguna. No había sitio en su mente para la fragilidad o el perdón.
Su mente volvió al risco al recibir otro corte en el brazo. Este sangraba copiosamente. Con ello no se libraría de la vergüenza, pero le hacia sentirse mejor. El dolor de los hechos recordados era peor que el de los cortes. Estos le ayudaban a nublar en parte su cerebro, pero los recuerdos seguían estando ahí.
Estaba a punto de desmayarse. Estaba perdiendo mucha sangre. La vista se le nublaba. Pronto se iría de aquel mundo. Lejos de la vergüenza, de la deshonra, del odio y del miedo. Lejos de todo lo que él había propagado en aquel lugar. Lejos de las muertes que su arma habían causado.
¿En que momento había sucedido? ¿Cómo había sido posible?
Él solo era un padre en busca de venganza. Vengar la muerte de su hijo. Vengar el hecho de que su hijo hubiera nacido sin destino. El responsable de aquello se hallaba encadenado en un templo al norte del mundo. Era un lugar prácticamente inaccesible del que nadie que había osado acercarse había regresado. Pero eso no le había echado atrás.
Ahora se hallaba a punto de morir, después de haber llevado la devastación al mundo. Después de haber matado cientos de personas. Después de haber llevado esa armadura. Esa armadura negra.
¿Cuándo perdió la cordura?
¿En que momento su cuerpo pasó a estar controlado por Eris?
Y lo más importante, ¿cuándo se convirtió en el “Paladín de la Muerte”?
Videogames & me

2 Comentarios:
Hola hola!!
10 de Marzo de 2010 • 17:42 — thouyExc entrada como siempre!!!! De verdad que tienes talento!!!!
A propósito, hay un concurso de relatos abierto por si tienes el tiempo, por ahí anda la entrada con las reglas y demás!!
Saludos!!!
gracias por tus comentarios
11 de Marzo de 2010 • 02:14 — Ehldair