La Fucktoría
Blog sobre cosas que no tienen cabida en mis otros blogs.
El día que probé el mundo sin el resguardo de unos cristales culo de vaso, permitiendo que los mirones disfrutaran de unos ojos auténticos, pequeños, a veces azules, a veces verdes, siempre grises, cambió por completo la concepción que tenía de mí mismo y de lo que los demás creían que yo era. Empezó el infierno, de cierta manera. Empecé a odiar las gafas.
Parece que realmente creía que al ponerme esas diminutas escamas de plástico, un nuevo yo emergía y se presentaba para que todos se postraran de rodillas y alcanzasen el orgasmo al unísono. El yo sin gafas era peor que el yo sin ellas; el ocultar mis ojos, un pecado.
Así fue como me volví imbécil. Así fue como me creí, en cierto modo, Clark Kent.
Ahora llevo unas magníficas gafas de pasta, y me pongo las escamas de cuando en cuando. Pero nada cambia el hecho de que YO, tal cual SOY, seguiré SIENDO.
No hacen falta escamas para provocar orgasmos colectivos.
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