10 de Enero de 2009
Jul
11

Gafotas

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El día que probé el mundo sin el resguardo de unos cristales culo de vaso, permitiendo que los mirones disfrutaran de unos ojos auténticos, pequeños, a veces azules, a veces verdes, siempre grises, cambió por completo la concepción que tenía de mí mismo y de lo que los demás creían que yo era. Empezó el infierno, de cierta manera. Empecé a odiar las gafas.

 

Parece que realmente creía que al ponerme esas diminutas escamas de plástico, un nuevo yo emergía y se presentaba para que todos se postraran de rodillas y alcanzasen el orgasmo  al unísono. El yo sin gafas era peor que el yo sin ellas; el ocultar mis ojos, un pecado.

 

Así fue como me volví imbécil. Así fue como me creí, en cierto modo, Clark Kent.

 

Ahora llevo unas magníficas gafas de pasta, y me pongo las escamas de cuando en cuando. Pero nada cambia el hecho de que YO, tal cual SOY, seguiré SIENDO.

 

No hacen falta escamas para provocar orgasmos colectivos.

  
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