26 de Mayo de 2013
Oct
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Sysene'eh - Capítulo 3: Miércoles

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MIERCOLES
 
 
 
 
Adam podía escuchar el incesante repiqueteo de la lluvia sobre el tejado. Era incapaz de decir cuántas horas llevaba lloviendo, aunque no tenía la sensación de que fuera a terminar pronto. Desconocía el porqué del exótico fenómeno atmosférico pero, teniendo en cuenta que ya no existía el cielo, y por ende tampoco las nubes, debía venir desde más allá de la fulgurante nebulosa rojiza que ahora se extendía en el firmamento. Parecía como si el antiguo cielo hubiera existido con el propósito de servir de dique a algo que presionaba desde el otro lado, aunque ni siquiera la más descabellada de sus ideas podía dar una explicación de la naturaleza de ese otro lado. Siempre había pensado que más allá de las nubes se escondía la infinita negrura del espacio. No, definitivamente esa cosa estaba más allá en otro sentido, menos mundano que el del simple espacio físico. Sin lugar a dudas “lluvia fantasma” era una definición vaga pero adecuada a la situación.

Había taponado todos los puntos por los que el agua pudiera entrar a la casa; rendijas que quedaban por debajo de las puertas, grietas y agujeros abiertos el día anterior, todo había sido sellado cuidadosamente de manera que nada pudiera colarse. Sin embargo, quedaban un par de agujeros abiertos en el techo, que había sido incapaz de reparar. No eran demasiado grandes, pero permitían que unos finos hilos de agua cayeran como cascadas en miniatura. Puso un par de cubos para retenerlos y procuró mantener a Ridge apartado de ellos. El agua corriente había dejado de ser potable y la sed se les aferraba a la garganta, no quería arriesgarse a que Ridge bebiera de los cubos llevado por la necesidad.
El aguacero vino acompañado de un descenso de la temperatura tan brutal que su boca despedía un halo de vapor con cada espiración y su cuerpo se estremecía. Adam encendió el generador de gasoil que hacía funcionar la rudimentaria calefacción durante las raras noches de invierno en las que la temperatura bajaba de los diez grados. Sabía que estaban en verano, y que por lo tanto el depósito del generador no debía tener combustible más que para un día, quizá menos. Después ya vería.
El temor ya no habitaba en el cuerpo de Adam. Esa sensación con la que había aprendido a convivir en los últimos días había ido abandonándole en favor de otras más humanas como el frío, el hambre o la sed. Era un extraño en su propio mundo, obligado a velar por su supervivencia a cada momento, y no tenía tiempo de tener miedo. Al menos, no todavía.

La tempestad arreciaba y los cubos, que a duras penas retenían las goteras, debían reponerse cada vez con más frecuencia. Su contenido estaba tan frío que Adam necesitaba usar guantes para tocar las asas metálicas. Aquello parecía agua en todos los sentidos. Era transparente, no despedía olor y tenía la misma consistencia, sin embargo tenía algo sobrecogedor. Quizá era su ausencia de brillo o su tono sombrío, parecía oscuridad en estado líquido.
Se dirigió a su cuarto y tomó un par de mantas, las más gruesas que tenía, a fin de ahuyentar el frío mientras siguiera lloviendo. En el camino de vuelta al salón, se fijó en una de las pocas plantas que adornaban la casa. Hacía varios días que no la regaba y tenía un aspecto enfermizo. Las hojas, cabizbajas, estaban secas y arrugadas, y los bordes oscurecidos. El tallo se combaba, vencido por el peso y había adquirido un insano aspecto grisáceo.
-Lo siento-se dirigió a la planta-parece que me había olvidado de ti. Ahora iré a buscar algo de agua.
Le pasó suavemente dos dedos sobre una de las hojas y, apenas rozaron la superficie, ésta de descompuso, se desintegró como un terrón de arena y desapareció. Intentó tomar el tallo con la mano, y la planta entera se convirtió en un castillo de ceniza que se desmoronó sobre la maceta y lentamente comenzó a posarse sobre el suelo.
-¿Pero qué coño…?- Adam retrocedió un par de pasos y tragó saliva. Observó a su alrededor; nada más parecía alterado. No acertó a dar con la causa por la cual en tan poco tiempo una planta sana se había convertido en un adorno cadavérico. Podía deberse al ambiente húmedo y frío, a la luz que entraba por las ventanas, que no aportaba un ápice de calor, o a cualquier otra cosa. Ya nada le impresionaba.

En un colosal ejercicio de abstracción, Adam hizo caso omiso a lo que acababa de ver, y se dirigió hacia Ridge, que tiritaba sobre el suelo de su rincón. Le tapó con una de las mantas, y se echó la otra sobre los hombros a modo de capa. Un rugido retumbó en sus entrañas y cayó en la cuenta de que no había comido nada desde antes de que la casa fuera acribillada el día anterior. Decidido a recuperar algo de fuerzas se dirigió a la cocina, haciendo un repaso mental de lo poco que le quedaba. Al ritmo al que iban, se quedarían sin provisiones en un par de días. Recordó que aun tenía un pimiento, un par de pepinos y algunas naranjas que había recogido la semana pasada y, dispuesto como estaba a consumirlos antes de que se estropearan, comenzó a planear una imaginativa ensalada. La triste estampa que semejante engendro culinario supuso en su mente le divirtió, y por primera vez en tres días, esbozó una sonrisa.
Abrió uno de los armarios y alargó la mano para tomar un cestillo que usaba a modo de frutero. Cuando lo tuvo a la altura de sus ojos contempló estupefacto que en el lugar que ocupaban las naranjas ahora no había más que cenizas. Abrió otro cajón donde guardaba las hortalizas, más cenizas. Todo rastro de vida vegetal se estaba descomponiendo, víctimas de una inexplicable incineración in situ.

En el exterior, un fulgor que vino acompañado de un chasquido le hizo girarse hacia el salón. A través del plástico de las ventanas contempló un rectángulo luminoso que desapareció en décimas de segundos. De nuevo, un ruido ensordecedor acompañó al resplandor. Fuera, una tormenta eléctrica se desataba al compás del furibundo diluvio, que no parecía conceder tregua. Se acercó a uno de los marcos, miró hacia un rincón cercano y pudo ver como su pequeño huerto ahora no era más que un montón de barro y agua. Definitivamente hoy no era un buen día para las plantas, pensó. Otro rayo que cayó desde el abismo, perdido en la lejanía, iluminó los alrededores con su brillo escarlata. La intensidad de su luz se extendió fugazmente por el horizonte, el tiempo justo para que Adam contemplara, horrorizado, como todo el páramo se estaba inundando. Las aguas lo anegaban todo allá donde le alcanzaba la vista y su nivel se acercaba peligrosamente a la casa.
El planeta se estaba ahogando, y si seguía lloviendo de aquella manera ellos correrían la misma suerte.
Adam se alejó de la ventana y sopesó la situación. No tenía a donde ir, pero si se quedaba donde estaba, la casa sería su tumba. A la desesperada, tomó la decisión de largarse de allí. Haría una balsa y se dejaría llevar por la deriva con la esperanza de arribar a algún lugar poblado.
Recogió unas cuantas herramientas y reunió aquellos muebles cuya madera era más ligera y flexible. Comenzó a desensamblarlos y a colocar por tamaños los tablones que iba sacando. Adam no era un experto en navegación, de hecho nunca había visto el mar, y no tenía la menor confianza en lo que estaba haciendo. Por lo que a él respectaba, aquello era un suicidio, si cabe una muerte con honor. Sencillamente, se negaba a dejarse morir.

Adam invirtió un par de horas en construir una primitiva embarcación que con suerte conseguiría mantenerse a flote y se disponía a recoger los pocos víveres que quedaban y alguna cobertura para resguardarse de la tormenta, cuando algo le hizo detenerse. Irguió la cabeza y prestó atención unos segundos. Ya no se oía el ruido del agua impactando contra el tejado.
Soltó la herramienta que sostenía en la mano, dejándola caer sobre el suelo, y se dirigió a la puerta. Tras quitar los trapos que sellaban la entrada, la abrió con cautela. Había dejado de llover. Sin embargo, el desolador paisaje que pudo contemplar al otro lado no alivió un ápice el atormentado alma de Adam. El agua había dejado de subir cuando estaba a unos escasos metros de distancia de la casa, dejándola aislada como una solitaria isla en un océano que se extendía hacia el horizonte en todas las direcciones. Aquí y allá se dejaban ver pequeños picos de tierra que rompían la uniformidad del paisaje, aunque ninguno de ellos parecía lo suficientemente grande como para albergar vida humana.

Sin embargo iba a descubrir que él no era el único testigo de esa catástrofe, sino que desde las alturas alguien más observaba. Un grito de terror se escapó de la garganta de Adam cuando elevó la vista. Sobre su cabeza, aquella cosa se había seguido abriendo, dejando al descubierto su aterrador secreto. En el interior de la carcasa dorada, una gota azabache extendía la negrura de sus venas sobre una esfera de lo que asemejaba sangre coagulada. Adam ya no tenía dudas. Era un inmenso ojo, que vigilaba con interés macabro todo aquello. Un perverso guardián que comenzaba a despertar de su letargo sobre un planeta agonizante.

Adam lo contemplaba hipnóticamente, incapaz de articular palabra o realizar movimiento alguno, cuando el Ojo giró repentinamente sobre su órbita, dirigiéndole una mirada que le atravesó el cerebro de parte a parte, destruyendo su razón. Reaccionó tarde, muy tarde, y se ocultó en la casa lo más rápido que le permitieron sus temblorosas piernas.

Aquella cosa ya le había descubierto.

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