19 de Noviembre de 2008
Oct
6

Sysene'eh - Capítulo 2: Martes

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 MARTES

 

 

Adam abrió los ojos súbitamente. Se había vuelto a dormir. Sentado en su sillón, se aferraba con fuerza a su escopeta, cargada y lista para disparar sobre cualquier cosa que se moviera ahí fuera. La paranoia se había apropiado de su mente. Tenía el férreo convencimiento de que en cualquier momento una horda de hombrecillos verdes iba a asaltar su casa. El arma que sostenía en sus manos le creaba la ingenua sensación de que tenía alguna oportunidad de salvar el pellejo si tal cosa sucediera. Todo este tiempo había permanecido a su lado su viejo compañero, sentado a sus pies y en el mismo estado de tensa vigilia que su dueño. De cuando en cuando, Ridge giraba la cabeza hacia atrás, cerciorándose de que su dueño seguía allí.

Echó un vistazo a su reloj de pulsera, que en las últimas horas se había convertido en el único nexo de unión que tenía con la realidad. Desde la aparición de Aquello, la noche y el día habían desaparecido bajo el influjo de aquel crepúsculo sostenido, a pesar de que el Sol y la Luna seguían danzando su fútil vals sobre ese cielo ajeno, de forma similar a como el rabo de una lagartija sigue coleando espasmódicamente cuando ya no está unido al resto del cuerpo.

Llevaba muchas horas sin dormir, más aún sin comer, y su cuerpo comenzaba a resentirse. Hastiado por el largo período de vigilancia, decidió bajar la guardia durante un par de minutos. Se levantó y fue a la cocina a preparar rápidamente algo para él y para Ridge. Rebuscó entre los cajones. Generalmente, era una cocina bastante espartana en cuanto a la variedad y cantidad de sus alimentos, pero la mala fortuna quiso que la situación le encontrara en un momento de especial escasez. De no ser por lo ocurrido hubiera ido el día anterior con la furgoneta a por más comida, pero ahora no tenía más que queso, tocino ahumado, café, whisky, algo de pan gomoso, y lo poco que daba el pequeño huerto que tenía en la parte trasera de la casa. Preparó un frugal almuerzo y con él volvió al salón.

Le dejó a Ridge un pequeño plato delante para que lo disfrutara mientras él inspeccionaba el exterior en busca de algún cambio. Se acercó a la ventana y dirigió una vez más la vista hacia el orbe flotante. Entornó los ojos y observó más detenidamente. Le costó darse cuenta a primera vista, pero una inspección más exhaustiva le reveló algo inquietante. Algo había cambiado en la silueta de aquella cosa. En su mitad inferior se había abierto un estrecho surco, dejando entrever ligeramente un interior carmesí. Puede que se estuviera volviendo loco, pero la vista aún no le había traicionado. Estaba seguro que algo, algo maligno, habitaba el vientre de Aquello, y ahora comenzaba a emerger.

Las conjeturas acerca de la naturaleza de semejante centinela diabólico le llevaban a mil y una explicaciones, a cual más horrible. Tan absorto estaba en sus pensamientos, que le llevó unos segundos percatarse de un hecho inusual, si acaso aquella era una palabra que todavía tenía sentido allí. Algo estaba cayendo del cielo, y parecía nieve. Millones de diminutas partículas que brillaban y titilaban bajo esa luz espectral, creando una belleza macabra en aquel desolado paisaje. Nieve… La temperatura en el exterior debía rondar los treinta grados, y sin embargo nevaba. Adam quiso ver en aquello un milagro y por un instante la chispa de la vida se volvió a encender en su corazón. Una euforia imprudente se apoderó de su cuerpo y le llevó a abrir la ventana. Extendió su brazo hacia fuera con la palma de la mano extendida hacia cielo, y cerró los ojos, dispuesto a acoger en su piel aquel resquicio de cordura helada. Sintió el frío en su mano y en su brazo a la vez que algo resurgía en su interior ¿Era acaso esperanza? No podía ser, de ningún modo, la esperanza no produce dolor ni perfora la piel como millones de agujas. Abrió los ojos y observó horrorizado como una legión de diminutas heridas sangrantes se abría en su antebrazo y en la palma de la mano.

Adam retiró el brazo del alféizar de la ventana en un espasmo, y bajó bruscamente el cristal. Se dirigió con urgencia hacia el cuarto de baño y abrió el grifo. No le importaba que el agua ya no manara limpia y cristalina como antes, y rápidamente dejó que aquel líquido cenagoso se derramara a borbotones sobre sus heridas. Con el brazo aún chorreando una mezcla de agua turbia y sangre, se dirigió a la cocina y tomó la botella de whisky barato que guardaba para los momentos especiales. Abrió el tapón con los dientes mientras sujetaba la botella con la mano izquierda, y vertió el preciado contenido sobre las heridas. El escozor no era capaz de enmascarar el dolor penetrante que ardía en cada laceración de su piel. Se desinfectó a conciencia y enrolló el brazo en un paño de cocina a modo de improvisada venda, sujetándola con fuerza con la otra mano.

-Qué estúpido he sido-se recriminaba Adam con el pulso aún acelerado. Aquel hostil escenario ya no era la tierra en la que había crecido, ahora era un peligroso desierto plagado de dientes punzantes.

Se dirigió al salón, y allí abrió el paño ensangrentado, descubriendo su maltrecho brazo. Tomó una pequeña navaja y, apretando los dientes, comenzó a extraer uno a uno los pequeños cristales que habitaban cada una de sus heridas. Tomó un par de aquellos pequeños fragmentos y los examinó. Parecían zafiros, aunque poseían un tono azulado menos intenso, tornándose verdosos bajo la luz del ocaso. Terminó de extraer todos los fragmentos y apretó de nuevo el paño sobre su brazo.

La extraña nevada continuaba en el exterior, y cada vez cobraba más intensidad. Los fragmentos que caían eran cada vez más grandes, y arañaban los cristales de las ventanas cada vez que chocaban contra ellos. En un momento dado, uno de aquellos proyectiles atravesó el cristal de una ventana del salón, haciéndola estallar en pedazos, y se quedó clavado en el suelo, a unos pocos pies del sofá. Adam reaccionó rápidamente agarrando a Ridge del collar y arrastrándole con él hacia el dormitorio, donde ambos se refugiaron bajo la cama. Desde donde estaban oyeron sucumbir otra ventana, luego otra, y a los pocos segundos ya no quedaba un vidrio intacto en toda la casa.

Aquella tormenta imposible se prolongó durante lo que se le antojó una vida entera. Después, todo quedó en calma. Una vez cesado el ruido esperó unos minutos para salir de su refugio, e inspeccionó la casa para determinar los daños. Las ventanas estaban rotas, y decenas de dagas de cristal del tamaño de una cabeza se habían ensartado en el techo, colgando a modo de estalactitas. Podía oír en el exterior como continuaban cayendo, aunque la intensidad era notablemente menor. Adam se acercó con cautela al marco de la ventana y observó con incredulidad lo que se extendía ante él.

El cielo como hasta ahora lo había conocido ya no existía. En su lugar, un mar de plasma ondulante del color del mismísimo infierno cubría todo lo que alcanzaba su vista. Sólo quedaban en pie aquí y allá algún parche celeste que pronto se desintegraba y caía al suelo en forma de cristal. A Adam le resultaba inconcebible la idea de que lo que había estado cayendo sobre su propio techo durante todo el día era la bóveda celeste, pero la realidad a la que ahora se enfrentaba así lo demostraba. A través de la cortina de la extraña materia que ahora ocupaba el lugar del cielo aún se podía observar al Sol, testigo mudo de aquella catástrofe, que luchaba en vano por recuperar su soberanía.

Observó además como el surco que recorría la mitad inferior de Aquello se había ensanchado, y le pareció adivinar algo negro que se erigía en la masa sanguinolenta del interior.

Adam se sentó sobre el suelo y se llevó las manos a la cabeza. Todo aquello le superaba. Se enfrentaba a lo desconocido. No se podía creer que tras la barrera celeste se ocultaba algo tan grotesco como aquel océano inverso que pendía sobre su cabeza como una guillotina que pudiera caer en cualquier momento. Poco a poco el concepto de realidad que había tenido presente a lo largo de toda su vida se desmoronaba como lo acababa de hacer su cielo.

Adam consiguió sobreponerse a la situación pasados varios minutos de tortura mental, y tras levantarse con dificultad, comenzó a rebuscar entre todos sus trastos. Encontró unos sacos de plástico, clavos y un martillo, y comenzó a tapar todos los huecos de las ventanas. No es que aquello fuera un muro infranqueable, pero al menos a él le transmitía cierta seguridad tapar todas las posibles entradas de la casa con unos plasticuchos. Recogió con una escoba todos los fragmentos de cielo que habían quedado desperdigados cerca de las ventanas y los metió en una bolsa. Al reunirlos despedían un tenue brillo que les hacía en cierto modo hermosos. Algunos de ellos, los más grandes, esbozaban en su superficie retales de una nube, como últimos pedazos de un tesoro perdido.

Adam dejó la bolsa en un rincón de la cocina y se sentó en el sillón dispuesto a conservar la poca cordura que aún le quedaba.

Entonces, una vez más, ocurrió lo imposible bajo aquel cielo infecto.

Había empezado a llover.

5
Valoración media: 5 (1 voto)

4 Comentarios:

Esta segunda parte...

esta realmente emocionante. A la espera de la proxima!

5 estrellas colega!

¡Nos vemos!

EDITADO: Para la Cthulhumedalla que seguro que te correspondera, esperare a que termine esta historia... ¡Maste vale que continue asi de interesante XD!

Gracias colega! La verdad

Gracias colega! La verdad es que es dificil conseguir que la gente vea un relato que es algo largo y que encima está contado por capítulos, y se entretenga en leerlo. Espero no defraudarte con los demás!

Siempre lo digo...

pero es bueno que sepas que en el blog de Lester_Knight se publican relatos tambien por entregas. Yo mismo colaboro bastante en el. Por si te apetece pasarte un rato leyendo te pongo este enlace a su "Comunidad Literaria", en el que encontraras relatos de muchos de los blogeros de gamefilia.

¡Nos vemos!

Gracias por la informacion,

Gracias por la informacion, me pasare a leer algo!