Sentado en el muro con mi cabeza álgida observo las hojas mecidas por el aire, y a lo lejos distingo un fondo azul, el cielo, al observarlo recuerdo todo lo bello y lo positivo, en cambio, si bajo la mirada al suelo, entre ramas rotas y apiladas un agujero que se sume en la oscuridad atrae mi atención, un perverso deseo de saltar invade mi cabeza. Acompaña esta larga incertidumbre una melodía suave y profunda que me ayuda a reflexionar.
Esa oscuridad, he estado ahí abajo antes, puedo acariciar con los pies las ramas secas, romperlas con el sutil balanceo de mis pies. De pronto cuando una ráfaga de viento eriza mi espalda, recuerdo que existe otro mundo y retomo la posición inicial.
El cielo, he saboreado esa dulce sensación, nuestra concepción personal de la felicidad se hace real en este utópico mundo, esa fascinante atracción me impulsa a volar hasta los brazos acogedores de mis deseos, pero cuando una sensación extraña de agobio contraataca recuerdo donde estoy…
El muro, la barrera entre dos realidades, una tercera vida, la que deseo y disfruto con ahínco, la agridulce sensación de que el libre albedrío desencadena la mayor variedad de momentos y recuerdos, se que estoy atado a esta vida, pero de vez en cuando me gusta imaginarme la posibilidad de romper con lo establecido y afanarme en lo onírico de mi mente.