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IV. Luciérnagas
A cien pasos de la casa, sobre el lago Toluca, y como lámparas que se quiebran y agonizan moribundas, decenas de luciérnagas revoloteaban parpadeantes y sin seguir un rumbo fijo, nerviosas.
Jack Corbent abrió la puerta de la habitación. Las bisagras chirriaron levemente, despacio, echando por tierra todo intento de entrar sin molestar. Las últimas y moribundas luces del atardecer entraban por la ventana y dibujaban extrañas sombras alargadas sobre los muebles y los cuadros y terminaban perdiendose por el extremo opuesto de la sala.
Ella estaba de espaldas, apoyada contra el marco del ventanal. Su pequeño y delgado cuerpo permanecía sentado en el diván que formaba parte de la ventana, ese diván en el que ella tanto había insitido cuando remodelaron la habitación, repleto de cojines y revestido una tela de colores apagados.
Junto a la gran cama de matrimonio, en una de las mesitas de noche, un pequeño despertador con radio emitía un ruido incoherente, como si la señal de alguna emisora se hubiese perdido de forma repentina y ahora el aparato sólo escupiera una retalía de sonidos absurdos e incomprensibles.